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sábado, 26 de noviembre de 2011

La mejor literatura


Leer es sano. A falta de confirmación oficial-sanitaria se me ocurre decir que es la más eficaz práctica de prevención del Alzheimer, la mejor forma de fortalecer la aptitud para el aprendizaje, y cómo no, una placentera forma de sentirse bien, aprender y, por ende, hacer subir la autoestima. Comenzar un sábado leyendo tranquilamente bajo el edredón de un moribundo (y algo cálido) noviembre, es un placer exquisito.

No es una práctica que siempre me pueda permitir, o que siempre se me ocurra practicar (no así por las noches, cuando acontece “conditio sine qua non” para el sueño), pero este sábado he podido gozar de este pequeño placer, gratuito, leyendo “El lector” de Bernhard Schlink. Es muy gratificante gozar de un libro inesperado. Esta pequeña joya de la literatura alemana contemporánea ha hecho como los grandes aprendices: pasarse las colas (de lectura en este caso) y subir muchos grados y jerarquías de una sola vez.

Leer a Schlink me hace reflexionar en torno a lo excelsas que son ciertas literaturas por encima de otras. Obviando eventuales superioridades de unas culturas sobre otras, no podemos dejar de ver que existen ciertas lenguas más proclives a darnos grandes ejemplos de "alta literatura". Quién sabe si por los fonemas y lexemas, o por el rancio abolengo histórico que arrastran algunas lenguas, existen idiomas que son capaces de emitir un sinfín de grandes novelas, sin apenas acabar con sus recursos. En tiempos de Crisis, de dudas económicas, y también intelectuales, no podemos dejar de preguntarnos sobre lo justo, o erróneo, de los pensamientos que en ocasiones damos por indubitados.

El inglés no es, ni mucho menos, la mejor lengua para la literatura. Estamos cansados de escuchar que es la lengua talismán para la música moderna, y que es una lengua idónea para su aprendizaje rápido y efectivo, sin embargo, ¿acaso es una lengua literaria?. Lo dudo. No por capricho, sino por necesidad, me atrevo a cuestionar lo que el mundo anglosajón nos impone como incuestionable. Tras Shakespeare y Dickens “no todo el monte es orégano”. No deja de ser inquietante ver cómo existen literaturas que, con un menor grado de alfabetización, han brindado a la Humanidad mayor número de grandes obras que la lengua inglesa.

No caeré en el chovinismo excesivo, al menos en esta ocasión, aunque no me prive de decir que Quevedo no tiene nada que envidiar al autor, ¿anónimo?, de “Romeo y Julieta”, pero debo recordar que la literatura española del Siglo de Oro (con Cervantes, Alemán, Quevedo, Góngora...) es uno de los momentos álgidos del genio humano, y eso que la España Imperial no era excesivamente culta y sí, en cambio, profundamente analfabeta (como la mayoría de su época). Algo similar ocurre con la que, a mi juicio, es la mejor de cuantas literaturas haya creado el hombre, la rusa.

Ni el inglés, ni el chino, el ruso es una de las grandes lenguas literarias, o quizá la mayor. Posiblemente ello explique lo difícil de su aprendizaje y lo rico de su fonética. No creo decir nada nuevo, ni rompedor, si afirmo que los mayores prosistas de la Historia son Dostoievsky y Tolstói. Curiosamente, el grado de analfabetismo de la Rusia zarista y de la España Imperial no distan en exceso, al igual que la excelsitud de sus obras, por lo que, no sin cierta curiosidad poco disimulada, me planteo cuál es el carácter que favorece mayormente un alto grado de excelsitud en lo que a literatura se refiere.

Obviamente, el idioma es un factor clave. Tanto el ruso como el español son idiomas que se prestan mucho más a la literatura que el inglés. El “inglés culto” debe recurrir en cuantiosas ocasiones a latinismos, no así el ruso, valga el ejemplo. El español tiene un sustrato único en el Mundo, atesorando en su seno elementos latinos, prerromanos, árabes, germánicos, precolombinos... Pero la cuestión idiomática no parece ser ni la única ni la definitiva.

No hace tanto recuerdo tener una conversación con un buen amigo en la que discutíamos sino eran las calamidades vividas por una sociedad lo que hace que, en muchas ocasiones, se generen grandes obras literarias. Bien mirado, ello podría explicar la gran producción literaria durante los ocasos español y zarista, y muy especialmente, también podría corroborar lo interesante, y elevada, que es la literatura yugoslava (si bien, aquí también intervenga el componente idiomático, al ser lengua eslava).

Se mire por donde se mire, la verdad no es lo que se dice ni lo que parece, sino un calificativo que muchas veces nos transciende, es cuestión de fe, y que pocos podemos conocer. No crean que su literatura es inferior a la del “Imperio”, pues pueden llevarse sorpresas, ¿verdad?

lunes, 4 de enero de 2010

Número 9

Existen obras para cada época. Pocos dudarán de la coherencia de La Eneida con la época en que le tocó nacer, o la armonía de la novela picaresca con la decadencia, barroca, del Imperio Español. No me atreveré a equipar “Número 9”, aun siendo un filme excelente, a estas obras, pero sí que diré que es un producto sublime de una época determinada: ¿la decadencia de Occidente?

La huella de Barton se nota a lo largo de toda la producción (pese a que el bueno de Johnny Depp no aparezca, milagrosamente, en la obra). Ese clima equidistante entre lo gótico y lo decadente, lo imaginario y lo histórico, dota a “Número 9” de una atmósfera tan misteriosa como “identificadora”. Cierto es que los motivos ambientales son propios de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, esta película tiene total, y necesario, apego con la Crisis, no sólo económica, que nos está tocando sufrir.

La trama es de lo más apocalíptica. Tras una feroz guerra entre hombres y máquinas la Tierra queda devastada. El científico creador del primer “cerebro artificial” (quien comandara las máquinas que acabarían ganando en este imaginario conflicto), construye una serie de muñecos de trapo, humanoides de pequeña escala, de entre los cuales, número 9 es la versión más perfeccionada. Si el cerebro artificial representa el raciocinio del genio, nuestro protagonista y sus semejantes denotan sus sentimientos. El saber puede acabar en tragedia, por ello es necesario acudir en última instancia, siempre, al poder moderador de los sentimientos.

La película no deja de jugar con múltiples facetas, sobretodo bélicas; así, en el filme, el fin de los humanos tuvo por motivo el uso generalizado de armas químicas (¿a alguien le recuerda el “cuento” de Iraq?). Pese a su escasa aparición, la figura del científico creador es clave. En un principio creí ver en él una representación de Einstein, y en el “poder devastador” del cerebro mecánico, la energía nuclear. No obstante, con su encomiable juicio, mi pareja me hizo ver que más bien pudiera tratarse de una sombra de Alfred Nobel (inventor de la dinamita) quien consiguiera una cuantiosa fortuna al utilizar sus explosivos para la extracción de petróleo en las costas del Mar Caspio. La afirmación no podía ser más adecuada, Nobel, sabedor de los peligros de su invento, que poco tardarían en confirmarse, creó un premio, el Premio Nobel, con los fondos que recaudó con su actividad. En “Número 9” el protagonista y sus “hermanos” son la respuesta al sentimiento de culpa del “científico creador”.

Cambio Climático, Fascismo, Crisis económica, falta de cultura... son mil y unos los temas que se desprende de esta película “de dibujos animados”, cuanto menos, muy interesante. Sin ánimos de decir el final de la película, antes de acabar, caen sobre la difunta tierra gotas portadoras de manchas verdes (bacterias). La frase final del protagonista, contestando a un “¿y ahora qué?” no deja de ser de lo más inquietante..., algo así como: “depende de lo que hagamos con éste, nuestro Mundo”.

Unas notas para concluir:

  • No consideren que el hecho de tratarse de un film de animación significa que es una película “para niños”. Muchos se aburrirán o llorarán de pavor.

  • En todo momento, deben fijarse en la rica simbología de la producción: los diferentes humanoides, en especial Número 1 y su liderazgo (eclesiástico) y el uso que hace del "miedo" como instrumento de poder (al más puro estilo Bush).

  • Por favor, espero que esto sea el principio del boom de la “animación para adolescentes y adultos”.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Sector 9

Seguramente se hayan preguntado alguna vez por qué siempre los alienígenas llegan a Nueva York, Los Ángeles o Chicago, ¿y si alguna vez, quién sabe si interesados por el próximo Mundial de fútbol, a los extraterrestres (que no marcianos, dado que seguramente jamás vengan de Marte…) les diere por aterrizar sobre Johannesburgo?. Districto 9 es la mejor respuesta a esta pregunta. Sector 9 es una aventura genial. Las reminiscencias a videojuegos como Oddworld o Starcraft son claras, y efectivas, dado que permiten a las nuevas generaciones inmiscuirse en una trama que difícilmente hoy en día podría ser tratada con novela artúrica o amadíes de Gaula…. En términos post-modernos, con medios y moralejas contemporáneas, Neill Blomkamp (genial director de cine sudafricano) nos muestra una historia ficticia que no deja de manar jugos de realidad. Víctimas de una enfermedad, o accidente, un gran grupo de extraterrestres se quedan atrapados en su nave nodriza. Las autoridades del MNU (autoridad encargada de las investigaciones secretas llevadas a cabo), irrumpen en la nave llevándose a las víctimas del accidente hacia la superficie terrestre. Los accidentados son llevados a un “campo de refugiados” cerca de la urbe de Johannesburgo, y allí son “concentrados” como otrora lo fuera la población negra. Pasado el tiempo (20 años aproximadamente), en el campo de refugiados prolifera la población, produciéndose una superpoblación de la zona que preocupa a las autoridades. Obviamente, los "bichos", pues así les llama la población blanca (y también la negra), tienen totalmente prohibido salir de su “reserva”, siendo perseguidos todos aquéllos que se internan en la ciudad. En la miseria, muertos de hambre y con problemas de salud graves, los “bichos” comercian con mafias (nigerianas, en la película), cambiando armas de su planeta… por comida de gato (único producto alimenticio que llega a su zona (junto a la carne de cabra y de vaca, siendo, en todo caso, deshechos de casquería). La trama argumental es ciertamente impactante. Curiosamente, los alienígenas reciben nombres ingleses, llamándose el protagonista “extraterrestre” del film… Christopher Johnson. Junto a su hijo, Christopher pretende conseguir volver a su planeta, recogiendo materiales oriundos de su planeta de los que extrae un principio activo único que, supuestamente, les servirá como combustible con el que poder subir a su nave nodriza. El MNU decide un buen día que los “bichos” deben trasladarse a otro lugar más lejano de la ciudad, a un “campo de concentración” mucho menos “acogedor” que sus paupérrimas barracas. Los pobladores se rebelan, los agentes del poder político les obligan a firmar órdenes de desahucio, y muchos de los “bichos” son asesinados como escarmiento para el resto. Wikus van der Merwe, el director de la operación (y yerno del “jefazo” delegado, ahí va nada) resulta salpicado, por accidente, por este compuesto que va recolectando nuestro alienígena protagonista. A causa de esto, Wikus experimenta un proceso de metamorfosis que poco a poco le va convirtiendo en alien, experimentando cómo se pasa, paulatinamente, de perseguidor a víctima…. La moraleja última del film es comparar esta fantasiosa situación con el, no tan remoto, Apartheid sudafricano (en especial con el conocido Distrito 6 de Ciudad del Cabo). Las ideas y reflexiones que surgen de la cinta son de lo más profundas: ver cómo la población negra discrimina a los “bichos” (demostrando que el hombre no tiene “memoria histórica”), los sentimientos de humanidad que inspiran los “bichos”, los alimentos que se ven obligados a comer las víctimas…. Sin lugar a dudas, el mayor éxito de la película es conseguir hacer una crítica, brutal, de la industria farmacéutica mundial, y las prácticas que llevan a cabo en países pobres. Los símiles con la población negra de este país y el sida, frente a los bichos y sus “enfermedades” son constantes. Wikus, el protagonista humano, es acusado por los medios de comunicación (manipulados) de haber tenido sexo con los bichos, de ahí su metamorfosis (¿a alguien no le recuerda el "cuento" del negro que tuvo sexo con un mono?). Los extraterrestres son asesinados, diseccionados y tratados como conejillos de indias, haciendo subir los ingresos de la industria biotecnológica. Debido a la “riqueza” genético-biológica del espécimen, Wikus tendrá que huir (y esconderse en el “campo de concentración” de los bichos) con el fin de no ser diseccionado vivo, como pretende la MNU, con el afán de comerciar con la industria farmacéutica con sus órganos….
En definitiva, el filme de Blomkamp nos plantea todas estas cuestiones. “District 9”, producida por Peter Jackson (artífice de la versión cinematográfica de “El Señor de los Anillos”, y el remake de “King Kong”), es una de las mejores películas que jamás haya visto. Háganme caso, ¡que vayan escuelas, facultades, familias y amigos a verla!, el contenido pedagógico, filosófico y la forma en que está expuesto es digno de alabanza.

1ª imagen: http://www.impawards.com/2009/district_nine_ver2.html

2ª Imagen: District Six Memory Plaque at the Moravian Church in District Six, Cape Town, South Africa. It commemorates the victims of apartheid-era forced removals through the racially divisive Group Areas Act. Picture by Henry Trotter, 2000. Henry M. Trotter grants anyone the right to use this work for any purpose, without any conditions, unless such conditions are required by law.

WEB DEL FILM: http://www.d-9.com/

domingo, 23 de noviembre de 2008

Gomorra o sobre el eterno problema de Italia

Se dice que el Emperador Nerón gustaba de ir camuflado por entre las calles de Roma. Escoltado por guardias, igualmente disfrazados, veía, gozaba y reflexionaba acerca de la vida nocturna de su capital. Prostíbulos, tabernas… el ojo purpúreo del César ansiaba conocer los vicios y costumbres de su pueblo. Posiblemente fuere en una de estas visitas cuando se le ocurriera la idea de quemar el grueso de la ciudad, eliminar el desorden reconstruyendo una urbe nueva.
Nerón fue uno más en una sucesión de viciosos. Los biógrafos del Poder, en aquel momento romano, nos hablan de un Augusto, ávido desvirgador” de niñas inocentes, de un promiscuo Tiberio, un obseso Calígula o un “curioso”, con todos los significados posibles, Nerón. Pese a todo, no cabe duda de que fue uno de los gobernantes más ingeniosos, un Emperador equiparable al más grande, una persona enigmática. No cuesta pensar que los continuos disturbios callejeros le molestaran. El orden era su obligación, y la plebe más radicalizada, unos incómodos inquilinos.
El Imperio Romano, en cuanto a su nacimiento se refiere, mucho debería a la Guerra Civil entre Pompeyo y César, y la victoria de éste, al domino en la guerra de “pandillas”. Estuvieren inmersos en la lascivia del lupanar, o en el enojo de no ser recompensando por un pueblo honorable, está meridianamente claro que pensar en los ojos de Nerón, del Princeps de la antigua Roma y haber visto el film-documental, “Gomorra”, sirven para recapacitar sobre el problema italiano, cuasi por necesaria definición, mediterráneo. Hace un tiempo tuve a un entrañable profesor de italiano, D. Giaccomo. Cuando aún no había sido, siquiera, traducida al español, fue la primera persona de la que oí hablar respecto al libro, en lo sucesivo “obra maestra”, de Roberto Saviano. Mi “primordial” nivel de italiano en aquel momento me privó de poder hacerle caso, sólo ahora he podido comprender cuánto me arrepiento. Tal y como ya se hiciera en España con el memorable “Diario de un Skin”, Saviano se sumerge en las vergüenzas de Italia, no sin peligros, sí con coraje y rigurosidad. Nerón, haciendo un cambio de paradigma en el tiempo, que no en el espacio, bien podría haber sacado provecho del mismo libro.
Italia se caracteriza por ser un país densamente poblado, ya desde la antigüedad. La abundante emigración italiana, a lo largo del globo, es proverbial, fácilmente comprensible si tenemos en cuenta el tamaño de su territorio en comparación, por ejemplo, con España. Muy intuitivamente, creo ver cierta correlación entre la densidad y la violencia. La sobrepoblación de los barrios bajos con una autonomía del Poder, monopolizada por aquellos que mejor saben valerse, es decir, los violentos. César ganó su Guerra Civil en parte a ellos, algunos políticos actuales ganan elecciones. El fenómeno “mafioso” no es tanto un tipo delictivo como una estructura de poder. Sin miedo a equivocarnos, podríamos llegar a decir que Italia forma parte del G-8, en parte por su mayor internacional, la propia mafia.
De la misma forma que es cuasi imposible acabar con el árbol sin desenterrar sus raíces, algo semejante pasa con la mafia. Los motivos, en no pocas veces, nos remiten a misteriosos intereses, pendientes resbaladizas donde sólo los valientes, como Saviano, son capaces de husmear. Allá donde actúa, monopoliza la delincuencia. No existen bandas de albano-kosovares o de gitanos rumanos donde se alza el águila de Roma. Sufrirla siempre implica monopolizarla, pues se trata de un segundo Estado, que como tal, intenta monopolizar el uso de la violencia.
Siendo utilitaristas, y en esta ocasión “egoístas” al preocuparnos sólo de nuestro problema interno, debemos decir que España se halla, según se nos informa por multitud de medios, en el punto de mira de los mafiosos. Sin llegar a envenenar la tierra sepultando bidones de residuos tóxicos (véase el “caso de la mozzarella”), o el alto índice de asesinatos de la región de Nápoles, diversos enclaves de la geografía patria comienzan a sufrir los achaques de esta genuina internacional (sobre todo, en forma de semi-desiertas pizzerías).
La globalización, una vez más, extiende los tentáculos del pulpo local hacia el global océano. Somos víctimas de unos mismos males, al igual que partícipes de una misma economía internacionalizada. Los problemas de unos nos agotan al resto, no habiendo sido capaces, aún, de percatarnos sobre cómo los problemas de un rincón de Europa son capaces de ensuciar al resto de la Unión Europea. ¿A qué espera la “eventual potencia”? ¿Cuándo habrá una firme respuesta contra los violentos camorristas? ¿Será posible que vuelva a pasar un tiempo como el que nos separa de Nerón? Esperemos que nuestros hijos, no vean a través de los ojos del César…
Ilustraciones:
1) Image by John Leech, from: The Comic History of Rome by Gilbert Abbott A Beckett.
2) Frank_Costello_-_Kefauver_Committee

jueves, 17 de julio de 2008

NUEVO LIBRO A LA VENTA! : "Una historia de Anguita: el pueblo y su entorno"

"Este libro ofrece la historia completa de un pueblo emblemático de la Serranía del Ducado: ANGUITA es un espacio cubierto de pinares, de altos páramos y curiosos entornos naturales, en cuyo territorio existió una densa población celtibérica que ha dejado huellas singular es en forma de castros, necrópolis, campamentos, dólmenes, y un largo etcétera de sitios. La historia antigua se complementa con la medieval, y con épocas sucesivas que son referidas por el autor con gran cantidad de datos y enorme sencillez y claridad. Se ofrece también una descripción amenizada de multitud de grabados del patrimonio cultural de Anguita: la iglesia, las ermitas, la torre medieval, los espacios naturales, las fiestas y un largo etcétera de cuestiones que hacen de este libro una auténtica enciclopedia sobre Anguita, la villa serrana que desvela aquí sus misterios y sus encantos, dispuesta siempre a su visita".
Reseña de la solapa
PVP: 20 €
YA A LA VENTA EN LAS MEJORES LIBRERÍAS!

jueves, 22 de mayo de 2008

Meme literario

“Cuando entro a primera hora de la mañana en una librería, en cualquiera, me siento inundado por una silenciosa excitación. No debería sentirme así. Me he pasado la mayor parte de mi vida trabajando en librerías, bien como librero, bien como representante comercial, y aunque ya no estoy en el sector, sigo siendo un lector incurable y acabo en una librería al menos cinco veces por semana. ¿No debería sentir cierta indiferencia a estas alturas? En el silencia de la mañana, sin embargo, ante las pilas de libros perfectamente alienadas y los anaqueles ordenados y prometedores, me doy cuenta de que ésta no es una tienda como las demás. Cuando una librería abre sus puertas, el mundo entero entra por ellas, junto con la climatología y las noticias del día, el flujo de clientes y, por supuesto, las cajas de libros, con todos esos mundos que contienen: libros de divulgación, libros recién escritos, libros que se leen desde hace siglos, libros de gran importancia, libros absolutamente banales. En medio de esa confluencia, no puedo dejar de presentir la posibilidad de que una parte del universo vaya a desplegarse ante mí: “érase una vez”...”.

Lewis Buzbee, “Una vida entre libros”

Existen ciertos factores a tener siempre en consideración cuando se intenta comprar un libro que se precie. Obviamente todo cambiará en función de nuestros gustos, inquietudes y necesidades. En lo que a mí se refiere, no soy un gran amante de la novela, pura y dura. Prefiero el ensayo, la divulgación científica o histórica, y en caso de comprar alguna obra narrativa, me acostumbro a decantar, muy de vez en cuando por la ciencia ficción y, más a menudo dentro de lo esporádico, por la narrativa histórica o un clásico de otros tiempos, sea éste griego, bizantino, islámico o romano.

El autor arriba citado, Lewis Buzbee es un librero. Un librero con una extraordinaria capacidad para la escritura, siendo autor de una de las mejores memorias que jamás haya podido leer, y que seguramente pueda en el futuro. Como aquél que busca un lugar mejor viviendo en el Paraíso, mi búsqueda de autores interesantes me cegó los ojos, en un principio, frente a un libro de tales características. Una vez más, quise dejarme aconsejar por Aristóteles cuando tenía al sabio idóneo, en el cojín de al lado. Compartir asiento y, sobre todo, apellido, puede ser perjudicial para la percepción neutral de la sabiduría del prójimo, aquél que siendo familia, no es siempre cuerdamente observado. Buzbee es un gratísimo descubrimiento de mi tío, un libro que, sinceramente, quizás no hubiera comprado jamás por mí mismo. El género narrativo utilizado por el autor le brinda la posibilidad de plantearnos anécdotas, dudas y contingencias de lo más reales y entretenidas. Sus sentimientos frente a los libros son, en cuasi totalidad, compartidos durante su lectura, haciéndonos nosotros mismos aquellas cuestiones que el autor, en tiempos pasados, se hizo.

Una idea que me ha gustado del libro es el concepto de “lectura formativa”: dícese de aquellos libros, leídos, que han cambiado tu forma de pensar, formando tu pasión por la lectura. Para Lewis fueron “Las Uvas del Mal” y demás obras de John Steinbeck. Quisiera plantear a mis lectores cuáles fueron las suyas, qué tres libros, por poner un número, son los que recomendarían a un tercero, a un perfecto desconocido que les pidiera consejo. Efectivamente, en este artículo os planteo un “meme”, en este caso literario. Mi recomendación de "novelas formativas" sería:

1) “Nerópolis” de Hubert Monteilhet: la mejor novela ambientada en Roma que leerse pueda, sea por rigurosidad histórica, como por falta de complejos o censura.

2) “El Nombre de la Rosa” de Umberto Eco: por más que pueda recibir el calumnioso término de “best-seller” creo que se trata de una de las dos o tres mejores novelas de finales del pasado siglo.

3) Permitidme una licencia citando una “colección” o “serie”, mejor dicho: las obras de divulgación científica, y ante todo histórica, del genial Isaac Asimov, por haber sido capaces de introducirme, en mi tierna juventud, en mundos reales, que virtud de la rigurosidad de los textos académicos me estaban vedados.

* En la reserva quedarían: "La Historia Interminable" (como Bíblia de mi juventud e infancia), "Dune", "Un puente sobre el Drina", "Juliano El Apóstata" o "Alamut" la obra cumbre de Bartol (eminente escritor esloveno del pasado siglo).

Ahí queda la pregunta... cuál es vuestra respuesta? Se esperan comentarios con recomendaciones!

sábado, 17 de mayo de 2008

Genios en la sombra, visibles para frikis

Es muy cierto que nuestras percepciones, y sensaciones que experimentamos con ellas, están totalmente condicionadas por las coordenadas espacio-tiempo. Un ejemplo sería el buen vino, que con los años mejora, o los periódicos, que aun estando peor escritos pierden todo interés de una mañana a una tarde de un mismo día. Sin embargo, una vez más, aquello que parece suceder sólo a pequeña escala lo experimentan los más variopintos elementos, sean éstos desde una óptica u otra. Me atreveré a hablar de Homero y del Poema del Mío Cid en comparación con la saga de StarWars y del Señor de los Anillos. El tiempo hace que unos, los primeros, habiten el mundo de las viejas glorias (accesibles, a priori, a aquellos dotados de ciertos parámetros de “cultura”), si bien, las segundas son consideradas, la más de las veces, aficiones del universo de lo “freak”, novedades de interés reducido, en cerebros de jóvenes imberbes.

La verdad es que, con total seguridad, los años harán perdurar a George Lucas y a Tolkien como a los rapsodas de otras épocas, juglares que sitúan, en otros universos imaginarios, alegorías, fantasías y deseos de la sociedad que les rodea. La religión Jedi (llegada a “practicarse” en países como Australia o Reino Unido) no es menos creíble que los muertos provocados por Rodrigo o Minaya, así como el viaje de Ulises no deja de ser una aventura, quizás mejor novelada, que la búsqueda de Frodo o el personaje de Gollum. Es obvio que los pensamientos y reconocimientos que se producirán en el futuro son insondables, sin embargo, sí que podemos afirmar que los reconocimientos actuales están plenamente influenciados, no sólo por la eventual calidad de lo creado, sino muy especialmente, por el marketing. Ambos ejemplos (Lucas y Tolkien) son creaciones rentables (como puedan serlo las sagas de Harry Potter o Eragon), sin embargo, quisiera no reducirme ni a éstos ni a este ámbito. Detrás de muchos productos de puro mercantilismo, existen, en infinidad de ocasiones, detalles a destacar, perlas que, con casi total seguridad, deberán ser reconocidas en el futuro. Más allá de la genialidad de Prince o Mike Oldfield, posiblemente con el tiempo se les acerque a Wagner, Mozart o Beethoven, existen “escritores”, que merecen mayor reconocimiento que no dirigirse a ellos por ese término, muchos de ellos merecedores de premio. Me refiero a oficios como al de guionista de películas, escritor de letras de canciones, y muy especialmente, a los guionistas de los videojuegos.

Que nadie se engañe. En este tiempo los niños, en poco número de ocasiones reconocerán a Platero o a Fujur, será más corriente, sin embargo, que junto a los protagonistas de diferentes series “Manga”, sean recordados personajes de múltiples videojuegos. Personalmente, como muchos de mi generación, me encuentro, en buena medida, entre éstos. Un “movimiento creativo” de interés para los de mi edad son las aventuras gráficas, típicas de los años 90, cuasitotalmente desaparecidas en nuestra época. A muchos les sonarán nombres como: “Monkey Island”, “El Día del Tentáculo”, Sam and Max o, uno de los mejores juegos de la historia: “Grim Fandango”. Todos ellos, a la vez que joyas del entretenimiento, son creaciones, algo más que loables, conseguidas por un mismo sujeto: Tim Schafer.

El autor cumple todos los requisitos para ser considerado como un artista, un creador de sutil valía: autor de fantásticas historias, ricas en argumento y humor, y ante todo, rentables. Con la llegada del nuevo Siglo los videojuegos, por lo general violentos o de simulación, que no práctica, de deportes, han monopolizado el mercado de forma inexorable, Tim trabaja creando juegos de poca, comparativamente, cobertura comercial, y los niños practican “karate”, sin salir de casa, en vez de participar de historias, que sólo se les priva del nombre (en muchísimas ocasiones) por el hecho de no estar escritas sobre papel, sino sobre carne de ordenador o consola...
En primer término: carátula del videojuego "El Día del Tentáculo", en segundo lugar: ilustración ambientada en Grim Fandango, obra de:

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Sobre la narración de la historia

Hace tiempo no supe distinguir bien, en un trabajo de Castellano, la novela histórica de los libros de historia, o al menos eso creía. La Historia vence a cualquier fantasía imaginable. Pensemos en la España de la Reconquista; en los juglares que iban de una villa a otra narrando las hazañas de personajes reales. Seguramente a muchos nos venga a la cabeza el nombre de Rodrigo Díaz de Vivar “El Cid”, otros piensen en Roland, e incluso habrá quien se acuerde de Alejandro Magno (Iskander), Ulises o Aquiles. Las gentes de esos lugares, por lo general analfabetas, creen ver en estas narraciones un reflejo de los hechos acaecidos. Las clases de historia, y muchas veces la propia escuela, son pintadas en verso por hombrecillos mucho más semejantes a artistas circenses que a catedráticos de quién sabe qué universidades.

En aquel momento nadie se atreve a hablar de novela histórica, y mucho menos de cantar de gesta. Las pautas que caracterizan a éstos últimos se siguen, obviamente, pero más como lex artis del oficio con la que seducir al público, y por correlación, a la clientela. Quizás el primer juglar del Cantar de Mío Cid no se diera cuenta nunca, pero su labor mucho tendría que ver con los libros de historia que posteriormente impregnarían de, presunta, rigurosidad las bibliotecas. No piensa en realidad o en fantasía, confundiendo ambos mundos, cosa por la cual, bien lo dijo Ende, los hechos narrados se transmutarían en fantástica y mística mentira... La falsedad y mimetismo generalizada en nuestra época no nos deja ver, en múltiples ocasiones, lo poco visible de nuestro paso por el tiempo.

La narrativa histórica es por definición fantástica, la narración de la historia, irremediablemente, también. Recuerdo haber visto una impactante película de ciencia ficción, por lo demás bastante floja, titulada “El sonido del trueno”. El argumento no deja de ser una discusión científica de relevancia, una plasmación sensacionalista de problemas que atañen desde la física cuántica a la más pura de las biologías. Quizás algo tenga que ver que la trama se extrajera del genial Ray Bradbury, quién sabe. En el film en cuestión se narra la creación de una empresa ofrece viajes al pasado con la posibilidad de poder cazar dinosaurios en su hábitat del mesozoico. El negocio rápidamente nos seduce en cuanto a nuestra pasión fantástica, al igual que a los eventuales clientes de la película. Sólo existen tres grandes principios que no pueden ser desobedecidos: no olvidarse nada en el pasado, no traerse nada de allí y, sobretodo, no cambiar nada en el pasado. Con el quebranto de una de las normas la evolución cambia su curso. Una mera pisada “fuera de tiesto” o acabar con un pequeño insecto de la jungla jurásica tienen como efecto grandes cambios en todo el proceso evolutivo posterior.

Es difícil hacerse a la idea de la contingencia, pero, desde cierto punto de vista, e ignorando la generación posterior de insectos gigantes y mandriles asesinos, parece bastante claro que el viaja al pasado o al futuro, a la vez que su narración (sea en novela histórica o de ciencia ficción según el caso) son imposibles en cuanto a su total verosimilitud, y es que las fronteras al conocimiento humano, una vez más, se aparecen como muros infranqueables por nadie de nosotros, ni ahora ni en el más remoto de los futuros. Todo se debe a las fuerzas físicas que mueven nuestro Universo. La teoría del Caos y la entropía bien pudieran justificarlo, todo se mueve-cambia a ritmos, por lo general, aleatorias e impredecibles; ¿a alguien le viene a la cabeza la paradoja de Gödel en estos momentos?

Llegado este punto bien pudiera hacerse un intento de conclusión. La novela histórica no es más que ciencia ficción pura, muchas veces mal narrada. Historia y literatura participan de los mismos dones y problemas, lejos de ser partes equidistantes de un sapiencial centro de nuestro cerebro. Todo es parte de nuestro intelecto, narración, necesariamente fantástica, que no puede ser realidad más que al haber sido, propiamente, experimentada. La abstracción, que nos define como especie, es el don que nos hace ser capaces de pensar en operaciones matemáticas, preparar unas oposiciones o recrear aquello que nos narran; crear una historia con la mayor concentración de hechos ciertos, o al menos generalmente aceptados, es lo que hace que nuestra mente puede imaginarse el mundo que nos están explicando, pudiendo convertirse la narración de la historia en algo más parecido al Quijote que a una mera comprobación científico-matemática.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Una de cine

Roma es el populacho… el corazón que late en Roma no es del mármol del Senado. Es el de la arena del Coliseo. (El Emperador) les traerá muerte y ellos le adorarán por eso.”

Gladiador (2000)

Las bandas sonoras es una de las modalidades musicales que más adoro. Escuchar apoteosis armónicas, trasladándote a los más recónditos lugares de tu mundo de fantasía. Las notas abandonan el reproductor terreno para servir de caprichosas excusas para la reflexión, la melancolía y el sueño. Como dijo Aristóteles: “la música imita directamente (es decir, representa) las pasiones o estados del alma -apacibilidad, enojo, valor, templanza, y sus opuestos y otras cualidades; por lo tanto, cuando uno escucha música que imita cierta pasión, es imbuido por la misma pasión”. Se podría decir que la música imita estados de alma, las bandas sonoras “argumentos” fílmicos. Sus sonidos presentan una variabilidad equiparable a las de las películas que sirven. Rock para la Acción, Jazz para los clásicos del cine de suspense y así un largo etcétera. Hans Zimmer es uno de los mejores músicos que he escuchado. Sus bandas sonoras de el Rey León, Gladiador del Rey Arturo son parte de mis discos favoritos. Aristóteles, y su certeza, se manifiestan en mis sueño al verme superando la adversidad montado en maravillosa acémila, o dirigiendo a mis legiones contra la voluntad de los obstáculos vitales. Me gusta soñar, tengo dos mundos, y sin lugar a dudas, uno es de fantasía.

Quizás alguien se vea en la misma situación, la banda sonora hace que la película sea un éxito para quien la escucha. No me refiero sólo a clásicos como el Último Mohicano o Excalibur, ambas de Trevor Jones, sino a cómo películas de dudosa historicidad y más que probado sensacionalismo pueden llegar a ser obras de culto para nuestros corazones. Algo así me pasó cuando contemplé por primera vez Gladiador. Mi edad de entonces, junto a una magnífica banda sonora, me hicieron ver la mejor película que hubiera podido saborear hasta entonces. Era una recreación de Roma, partícipe de buena parte de mis sueños, adaptada a las hormonas de los de mi época. Lejos de tratarse de farragosas charlas clásicas de patronas de la Asociación del Rifle, lo consideré como un orgasmo para el encéfalo a base de acción, sensaciones y efectos espectaculares. Igual me ocurriera con El Rey Arturo cuando pude verla en una de las sesiones de Cine de Verano de la Asociación de Amigos de Anguita. Pésimos argumentos para geniales películas, no por la historia sino por la música…

La lectura de “El Asesinato de Julio César” de Michael Parenti me reparó una muy grata reflexión al referirse al texto arriba trascrito. El autor habla de la visión anti-pueblo de los historiadores clásicos y actuales. Esa que reduce la historia de Roma al aforismo “Panem et circenses” con grandes aforos de anfiteatro ansiosos de sangre y trizas de intestino volando por los aires. Nada más lejos de la realidad, y no será aquí donde explique la semejanza de los gladiadores con el Pressing Cacth, en no pocos aspectos, la historia del pueblo de Roma es la misma que ha ido siguiendo al iter del tiempo y el ser humano: la existencia de ricos y de pobres, de opulencia y de hambre.

El honor y el orgullo patrio parecen ser notas características del hombre del pasado: espejos en los que mirarse el súbdito actual, realizando todo aquello que le ha sido ordenado por el soberano democrático, o no, de turno. Lasalle hablaría de factores de poder, los espectáculos circenses bien pudieran haber sido eso, una institucionalización de la violencia con el sino de mantener a una plebe violenta presta para la Guerra y la arbitrariedad del soberano. Algo semejante a los discursos demagógicos de políticos, nacionalistas y otros que dicen no serlo camuflados, ideas metafísicas aglutinadoras para hombres a los que se les promete “Panem et circenses”, o simplemente, un futuro mejor

La visión distorsionada del Pasado es un instrumento para el presente. ¡Qué interés puede tener, fuera de la arqueología, que el Rey Arturo fuera parte de la resistencia “romana” contra los sajones! Absolutamente ninguno, al menos a mi ver, puede existir una maravillosa historia de dragones y princesas cuando se pondera la fantasía y las reales coordenadas de lo ficticio. Cuando se busca la Realidad histórica es fácil caer ante los prejuicios y la manipulación. Más vale una buena muestra de fantasía que un caro film, de gran banda sonora, que ni se aproxima ni siente la Realidad como algo que les caracterice. Para eso están los libros y documentales, aunque el público a veces mengue algo, pero por favor: ¡NO MÁS ALEJANDROS MAGNOS!

sábado, 28 de abril de 2007

En una isla llena de dinosaurios fueron y se fijaron en el mono

Pocas veces he leído una crónica tan corta, como genial, de una película. Obviamente se trata de King Kong, película que tuve la posibilidad de ver la pasada noche. Ya había sido advertido de su falta de sustancia y de lo efímero de su argumento, sin embargo, para un enamorado de la prehistoria y de todos los seres que en ella habitaron no deja de ser ciertamente interesante el fresco dibujado en tal superproducción. Una isla capaz de mantener a manadas enteras de brontosaurios y donde habita un gorila gigante capaz de liarse a manporrazos con tres tiranosaurios en un sólo asalto. Es curioso, lo fantasioso de lo humano se manifiesta una vez más mitificando lo desconocido y haciendo cavilaciones, pasadas totalmente de revoluciones, acerca de los habitantes del pasado.

El desconocimiento es un presupuesto clave para el artesano conceptual, para la invención intencionada y la manipulación sapiencial. De nada sirven las referencias y pistas del Pasado si no son, no sólo comprendidas, sino además desconocidas para el mismo público que asiste a la proyección de tan mayúsculas fantasías, inventos y alegorías. Seguramente es que sea lo más rentable, seleccionar lo más sensacionalista del misterio real y lo conocido por la ciencia y el pensamiento.

Decididamente es más seductor hablar de saurios triplicados en tamaño, carentes de plumas y dotados de superpoderes, inteligencia e ímpetu inquebrantable e imperecedero. El rey de los tiranos no pasaba los catorce metros de largo, considerable tamaño desde luego, pero es que no llegaba a ser más alto que diez humanos, ni mucho menos. Recuerdo cómo al entrar en el Museo de Historia Natural de Londres me sorprendió contemplar, como algo relativamente pequeño, un esqueleto entero de diplodocus. Era el primero que veía en mi vida y en ese aspecto me decepciono un poco. ¡Dónde estaba ese ser al que a penas alcanzaríamos a rascarle en el final de sus saurias pezuñas! El misterio siempre tiende a la sobredimensión y lo polémico al sensacionalismo. Los dinosaurios no son vistos como antepasados avianos que son sino como asesinos más próximos a nuestra concepción de los extraterrestres que a la de seres, meramente, reptilianos.

Algo así acontece con el dichoso mono, ya convertido en abuso de lo redundante y lo superlativo, de lo artificial y sobreestimado. El king kong real, también detrás del mito del hombre de las nieves, existió en la figura del gigantopithecus. Obviamente, su tamaño no pasaba de los tres metros de altura, siendo mucho más pequeño que el televisivo coloso, alimentándose cuasi exclusivamente de bambú. Su descubrimiento se realizó en base a los dientes gigantes de primate vendidos por los farmacéuticos chinos, se pensaban que eran mágicos, de dragón y no de un primate.

Estudios posteriores no sólo han confirmado su existencia en el pasado sino que convivieron con seres humanos. De hecho se considera que, más que una feroz competencia alimentaría con el panda gigante, fueron individuos de nuestra estirpe quienes acabaron con su existencia. Curioso pero cierto, no sólo no comía personas sino que el verdadero king kong era cazado por hombres peludos mal armados.

Una vez más la verdad ridiculiza a la fantasía. No sé cual debe ser el origen de esta noble característica humana. Pienso que tal vez sea un producto de la selección natural, una cláusula de escape que siempre nos conduce al sueño, las ganas de vivir y el afán de superación. Lo fantasioso en lo desconocido nos incita al conocimiento. La ignorancia de lo mundano no sólo no nos deprime en lo corriente sino que nos da fuerzas desmedidas para ejercitar nuestro músculo encelebrado. El pensamiento no deja de basarse en la mentira, en el sueño de superación. ¡Cómo nos interesaríamos en los dinosaurios en masa si pensáramos que fueron pavos, avestruzos de unos cuantos metros de largo! Imposible. El dragón, el yeti o el monstruo sobredimensionado no dejan de ser alegorías, parodias de nuestros pensamientos, de nuestra esencia, de cómo necesitamos de fantasiosos sueños para no aburrirnos en los mundano.