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Mi postura ante las próximas elecciones y ante la "política internacional" en general...
especie única. Atrás quedan las asimilaciones de los hunos de Atila con centauros, o de los pigmeos africanos con monos, la especie humana es una, por más que difiera en rasgos. Los movimientos de exclusión social de grupos “étnicos”, siempre políticamente interesados, no han sido inmunes a estos cambios científicos.
con argumentos tipo “caso esloveno” o “caso eslovaco”, quizá sea el momento de hacer una reflexión, algo superficial, sobre lo ficticio de estas comparaciones.
waterpolo o voleibol. Para aquéllos que vivieron los éxitos deportivos de la Yugoslavia de los años ochenta, principios de los noventa, aquellos jugadores fueron el paradigma de la competitividad y la efectividad, todo un ejemplo de cómo debieran salir los deportistas bien entrenados. Los éxitos en lo deportivo no dejaban de translucir un país con graves carencias, pero en el que, pese a todo, había equipos deportivos que, aunando a gentes de diferentes ideologías o religiones, fueron capaces de hacer ‘temibles’ a las escuadras balcánicas. No por motivos deportivos, Yugoslavia desapareció a principios de los noventa, con mucho ruido y poca discusión pública exterior. Las aspiraciones, pasadas por sangre, de la ‘Gran Serbia’ de Slobodan Milošević, unidos a los intereses de Alemania, el Vaticano o Turquía, hicieron de Yugoslavia un pastel demasiado apetitoso para ser respetado en un mundo de ‘golosos chacales’. Ciertamente, la historia de la potencia balcánica distaba mucho de ser perfecta. Muchas fueron las nubes y sombras que pasaron por los cielos de Belgrado durante el régimen del mariscal Tito. Lo autoritario de su mandato se manifestó en múltiples episodios, motivos, cada uno de ellos, de condena y necesaria reflexión. En palabras de Kissinger, Tito era “el último superviviente en funciones de las legendarias figuras de la Segunda Guerra Mundial”, inteligente estratega capaz de mantenerse en un punto equidistante entre la URSS de Stalin y las potencias anglosajonas. Poca gente recordará que, durante su ‘reinado’, Yugoslavia fue capaz de cometer actos de lo más temerarios contra los intereses de las grandes superpotencias globales. El régimen de Tito subministró armas a buena parte de las revoluciones marxistas que iban prosperando por muchas partes del Globo, si bien, sus mayores ‘proezas’ fueron dos sucesos acaecidos en un mismo año.
El 22 de octubre de 1946 varias fragatas de la Armada inglesa navegaban por el estrecho de Corfú, cuando toparon con varias minas allí colocadas, provocando su explosión y, con ella, la muerte de varios militares británicos. Albania, un ‘país’ que ni tan sólo estaba en la ONU, recibió todas las culpas, prefiriendo Gran Bretaña la mentira a enemistarse con el poderoso ‘amigo Tito’. Algo semejante sucedió con los EE.UU., cuando la seguridad yugoslava derribó a un avión de transporte estadounidense, en ese mismo año, deteniendo a la tripulación. Pese a todo ello -y el falso patriotismo que pudiera desencadenar-, es evidente que el binomio ‘Yugoslavia-Tito’ fue, a la postre, más un problema que una bendición. A la muerte del dictador, las diferentes repúblicas emprendieron campañas dirigidas a obtener una mayor representación de sus intereses. Lejos de conseguir la necesaria depuración política del país, varios factores de poder, internos y, ante todo, externos, ayudaron a fraguar los fatales embriones que conducirían al némesis de la poderosa potencia balcánica. Todo ello, no en poca medida, basado en el odio visceral, consecuencia de manipuladas hostilidades civiles internas, que aún no habían sido digeridas.
“Hay dos cosas de las que yo (...) no logro deshacerme, y esto desde hace ya cuatro años y medio, desde junio de 1991, desde el comienzo de la llamada guerra de los diez días en Eslovenia, el pistoletazo de salida para el desmoronamiento de Yugoslavia; dos cosas: un número y una imagen, una fotografía. El número: unos setenta personas perdieron la vida en aquella guerra inicial; pocos, digamos, en comparación con las muchas decenas de miles de las guerras que siguieron. Sin embargo, ¿cómo fue que casi la totalidad de estas setenta víctimas pertenecían al Ejército Popular Yugoslavo, que por aquel entonces pasaba ya por ser el gran agresor y que, superior con mucho en todos los sentidos, habría tenido un juego -¿juego?- incluso fácil con los pocos eslovenos que luchaban por la independencia? (...) ¿Quién se lió a tiros con quién? (...) Y la foto de la que hablaba la vi luego en la revista ‘Time’: un grupo de eslovenos, no especialmente compacto, con vestimenta de guerra ligeramente fantástica, presentando con pancarta y estandarte la recién creada República”. Este fragmento de ‘Un viaje de invierno por los ríos Danubio, Save, Morava y Drina’, del polémico escritor alemán Peter Handke, es un ejemplo de cómo los medios han manipulado los hechos acaecidos en suelo balcánico. Eslovenia, el país más occidentalizado, más rico -la mayor parte, aún hoy en día, de los supermercados de Belgrado son eslovenos- y actual miembro de la UE -partícipe, mismamente, de la Unión Monetaria-, inició las hostilidades contra el Gobierno federal, proclamando, con total vulneración de los principios del Derecho Internacional, una República del todo ilegal, pese al apoyo foráneo, clave por lo demás. No es el único ejemplo.
Poco se ha oído hablar en España de los temibles Ustaše (ustachis), terroristas nacionalistas croatas que perseguían la independencia del país, cometiendo graves masacres entre las poblaciones serbia y gitana. Su amparo en la Alemania nazi no dejaría de ser irónico con las circunstancias posteriores, más cuando los propios Ustaše se consideraban germánicos y no eslavos. Cierto es que los serbios también tuvieron a sus Chetniks -de menor resultado funesto, pero igualmente deleznables-, pero el pasado libertador de Croacia debe ser algo a tener muy en cuenta, si pensamos en afrontar, con cierta neutralidad, el análisis de la desintegración yugoslava. “Más tarde descubrimos que Genscher, ministro alemán de Asuntos Exteriores, había estado diariamente en contacto con el ministro croata de Asuntos Exteriores. Animaba a Croacia a dejar la federación y a declarar su independencia, mientras que nosotros y nuestros aliados, incluyendo a Alemania, intentábamos organizar un enfoque común”, palabras de William Zimmerman, en aquel entonces embajador americano en Yugoslavia, ¿hacen falta mayores comentarios? No mucho tiempo después, las mentiras se sucedieron con los conflictos de Bosnia y Kósovo.
“Bosnia no era posible más que en el interior de Yugoslavia”. Esta frase pertenece a Renate Hennecke -abogada, una de las mayores especialistas en asuntos sobre la antigua Yugoslavia-. Más de la mitad de los serbios de Yugoslavia, antes de su desmembración, vivían fuera de Serbia. Lo llevaban haciendo desde hacía siglos. Con el comienzo de las hostilidades, ya referenciadas, las masacres étnicas se llevaron a cabo por todas las facciones del cóctel balcánico, a España, como al resto de Occidente, sólo nos llegaron las cometidas por los serbios. Croatas, eslovenos, etc. ‘limpiaron’ de serbios sus estados, con el beneplácito exterior. El caso de Kósovo es, aún hoy en día, si cabe más flagrante.
Según el Centro Superior de estudios de la Defensa Nacional, del Ministerio de Defensa español: “La guerra en Kosovo provocó un desplazamiento masivo de la población albanesa en un principio, un número de víctimas civiles notablemente inferior al que los medios señalaron en los orígenes del conflicto y un número alto de bajas entre las fuerzas policiales y militares serbias. También hubo un alto número de bajas civiles en los ataques efectuados contra objetivos supuestamente ‘militares’ en Serbia”. Mentiras reconocidas por el Ministerio de Defensa del país originario del, por aquel entonces, secretario general de la OTAN, Javier Solana, son un ingrediente más para confirmar el alto grado, no sólo de implicación, sino mismamente de hipocresía, que la UE, con algunos de sus miembros en cabeza, cometió con la antigua potencia yugoslava. Los ejemplos no acaban aquí.
Durante el pasado mes de abril, la prensa nacional dio eco del aislamiento al que estaban siendo sometidos los serbios de Kósovo -sin poder llamar, siquiera, a teléfono de socorro alguno-. Sus compañías de teléfono fueron boicoteadas por la ‘autoridad kosovar’, dejándose operar en el territorio sólo a Vala Mobile -a la sazón, compañía afincada en Mónaco-. Por otra parte, según José-Miguel Palacios y Cesar L. Díez, en un interesantísimo trabajo titulado ‘Terminología del conflicto de la antigua Yugoslavia’ (Papeles del Este 5(2003), 1-17), el propio término ‘kosovar’ tiene un alto componente propagandístico favorable a las aspiraciones de Albania, puesto que esta palabra equivale a ‘albanés de Kósovo’, no siendo utilizada por los serbios y otras minorías de la región.
Musulmanes, judíos, cristianos, serbios, croatas, albaneses, zíngaros... visto lo hasta aquí escrito, Yugoslavia no sólo era necesaria, sino que era la única alternativa por la que poder mantener a gentes de tan distinta procedencia, de alguna forma unida. Los deportes, o la riqueza de sus músicas y literatura, nos muestran a una Yugoslavia que, en muchas ocasiones, supo aunar lo mejor de cada cultura para poder crear elementos mestizos, de no poco encanto. Efectivamente, regiones como Bosnia o Kósovo sólo podían mantener la paz dentro de un Estado multicultural, que aún con sus muchas carencias, servía de freno a los excesos racistas entre comunidades.
Evidentemente, los prejuicios entre facciones ya estaban antes presentes. Ivo Andrić, el Nobel yugoslavo, ya escribió en ‘Un puente sobre el Drina’ (un libro genial, de obligada lectura) acerca de la brutalidad represora de los otomanos -con claras connotaciones a una inferioridad, según sus convicciones, de la cultura musulama-. El propio Karadžić recomendaba su lectura y, de hecho, el famoso puente fue escenario de ejecuciones de bosnios musulmanes durante la guerra... Pero, aun existiendo restos de litigios pasados, de piques religiosos y discusiones políticas... ¿algo de eso justificaba la guerra? Para la OTAN y algunos de sus miembros sí.
Las semejanzas con España, por más que algunos pretendan verlas, son más bien escasas -si obviamos que Tito inició buena parte de su carrera alistando a reclutas para las Brigadas Internacionales, siendo el yugoslavo uno de los componentes más numerosos-. España no está poblada por una diversidad cultural tal cual la yugoslava, ni mucho menos por varias comunidades nativas, residentes durante siglos. Cierto es que coexisten varias lenguas, si bien, en lo poblacional no existen regiones con distintas religiones, vestimentas o festividades. Por más que algunos lo deseen, el nacionalismo extremo, que tanto daño ha hecho por el mundo, no acaba de imponerse en España, ni tampoco lo hizo por sí mismo, en cierta forma, en Yugoslavia.
Yugoslavia podría haber sido el ejemplo a seguir, siempre y cuando se le hubiera ayudado a entrar en la modernidad democrática, al igual que se hizo con España. Yugoslavia pudo haber sido la mesa en la que se sentaran, en armonía, poblaciones de las tres grandes religiones monoteístas. Yugoslavia podía haber sido el ejemplo a seguir por la propia Unión Europa, siendo capaz de crear una potencia de entre retales de la historia.
Ahora Yugoslavia no existe, existen países ‘buenos’ -miembros de la UE o en trámites-, estados ‘malos’ (Serbia) y pseudo-estados ineficientes por sí mismos y objeto de malévolas intenciones (Kósovo). De un genocidio se ha sacado un puerto franco para la droga y el crimen, de una tutela internacional, una región donde los serbios viven acobardados y, ahora, también incomunicados. España debe aprender, como el resto. Debe aprender que el nacionalismo cultural puede llegar a tener un mínimo sentido en lo relativo a la preservación de lenguas y folclore, pero jamás debe monopolizar la política de un país. El nacionalismo, gracias a Dios no siempre, mata. El nacionalismo segrega y confronta. Los entes políticos democráticos deben, y para eso se crearon, servir a los ciudadanos, servir a las personas individuales, predestinadas a formar, ellas, sus propias fantasías colectivas de creerlo oportuno, no como reclutas o ‘buenos ciudadanos’, sino como ciudadanos libres.
En la imagen superior, un sello del mariscal Tito. En la imagen central, Winston Churchill y Eden Greet Tito, en Londres. En la imagen inferior, un mapa de los Balcanes, del alemán Adolf Stielers, en 1891.
primera categoría, o sea la materia, hablando en términos generales, la forman individuos por su naturaleza conservadores, disciplinados, que viven en la obediencia y gustan de vivir en ella. A juicio mío, están obligados a ser obedientes, por ser ése su destino y no tener, en modo alguno, para ellos nada de humillante. La segunda categoría la componen cuantos infringen las leyes, los destructores y propensos a serlo, a juzgar por sus facultades. Los crímenes de estos tales son, naturalmente, relativos y muy diferentes; en su mayor parte exigen, según los más diversos métodos, la destrucción de los presente en nombre de algo mejor”. Dostoievski, “Crimen y Castigo”
Zweig dejó escrito que las conversaciones entre Raskólnikov, protagonista de “Crimen y Castigo”, y el inspector de policía, pueden ser consideradas como una de las cimas de la literatura universal; Virginia Woolf se llegó a preguntar si valdría la pena leer a otro autor, siendo admirado, igualmente, por Nietzsche, Sartre, Kafka o Bukowski, entre otros. No hay duda de que Dostoievski es uno de lo más importantes escritores que jamás hayan existido. Se ha afirmado de él que nadie ha sido capaz de conocer tan bien el alma humana. Textos como el arriba transcrito así lo demuestran, sin embargo, es público, a la vez que notorio, que ideas semejantes a las ahí expuestas, han servido para justificar tesis propias del fascismo o el nacionalsocialismo.
Esta diferenciación entre individuos “geniales” y “materiales” está presente también en obras como “Un mundo feliz”, pudiéndose ver en ella, incluso, resquicios de una cierta distinción entre individuos predestinados al éxito, y otros, destinados al sometimiento, en términos biológicos ("individuos alfa"). Según se explique, y así reflexiona Dostoievski, estas ideas pueden justificar, tanto las acciones de los futuros genios, como las inherentes a aquellos grandes crímenes en masa, dirigidos por seres “especiales”, ni tan si quiera fuere, en vileza. La gran virtud del ruso es poder plasmar los ambientes más congestionados, y realidades más contradictorias, en las hojas de sus obras, por lo demás, ya clásicas.
"Si Dios no existe, todo está permitido". Dostoievski, sin pensarlo, da cabida, y fundamento, al más profundo ateísmo, basado en la creencia del Caos. Él siempre se consideró cristiano, y así lo plasma en su obra, sin embargo, no hace falta decir que, en primer lugar, la falta de peligrosidad de las tesis en el fragmento defendidas, se basa en la consideración de que existe un Dios juez, que vigila el correcto devenir de esas tendencias. De no creer en Dios, todo está permitido, el hombre está desamparado y requiere encontrar la base para sus límit
es. No es de extrañar que Sartre viera en esta frase la clave del existencialismo.
Si Dios no existe, debe haber normas que prohíban. Pero... ¿los genios necesitan saltarse “las normas”, sean sociales, científicas, y no sólo jurídicas, para que la sociedad progrese? Creo que, en cierto modo, el fragmento de Dostoievski es de lo más profundo que jamás haya podido haber leído. Para quienes creen en la “teoría del Caos”, no hace falta decir que la existencia, impredecible, de genios rompedores de conductas preestablecidas (gentes con “palabra nueva”) está plenamente relacionada con el Azar, con la entropía y demás fuerzas que rigen la Realidad, por lo demás, no divina. Es evidente que sin determinismo, sin control divino, el asunto asume una peligrosidad de lo más inquietante. ¿Quién pone unas normas que escapan a la razón?
En el fondo, quizá sea eso, el hombre es “homo religiosus”, necesita creer en un patrón, sea antropomorfo o filosófico. El hombre necesita cumplir las tesis de Dostoievski y dar pie, por naturaleza, a que surjan infractores que revolucionen, hagan cambiar la sociedad en la que viven. Será difícil discernir entre revolucionarios innovadores y criminales llanos, pero ¿acaso alguien dijo que los textos de Dostoievski fueran fáciles de comprender? ¿No es la verdad revelada una fuente eterna de discusiones, una verdad que jamás seremos capaces de alcanzar? ¿No fue el propio Cristo un hombre con “nuevas palabras”?
Segundo imagen: “Friedrich Nietzsche”, 1906, cuadro de Edvard Munch.
Hay quienes jamás pudieron dormir tranquilos por miedo a que les raptara el hombre del saco; otros, malaventurados todos ellos, por temer a Belcebú. Como miembro de la quinta del 85, yo lloré con el suceso de Atenas, y mi pesadilla, sin afán racista, tenía tez negra, y apellido Desailly.
¡Cuánto me deprimí ante el televisor, viendo cómo el Milán de Capello (para el resto de mis días el Club más temido) nos arrebataba nuestra segunda Copa de Europa! Hoy al fin puedo saludar, con muy buenas ganas, a mi cómoda almohada.
Que nadie se engañe. El Barça tenía “otros motivos” por los que ganar, obligatoriamente, esta Copa, mal llamada Liga, de Campeones. España gana en número de copas a las poderosas ligas inglesa e italiana. El Barcelona, no sólo ha evitado que el Manchester United consiga el doble de Copas de Europa, sino que le ha igualado. Ya ganamos a Inter y Juventus, también al Oporto y, ¡gracias a Dios!, al Nottingham Forest. La inercia del palmarés más reciente nos hace estar, a los culés, orgullosos de un equipo plagado de valores, en su mayoría, centrifugados por una única y sublime persona: Pep Guardiola.
Escucharlo hablar es un placer, tanto como ver jugar a su equipo, observar su estilo y vestimenta, o sus gestos con los jóvenes valores de la cantera. Se intentó personificar en él, hace no tanto tiempo, todos los siniestros designios del proceso de “construcción nacional”, cosa que rechazó de la mejor manera de entre las posibles... no haciendo caso. Disciplina, justicia, honradez y humildad son algunas de esas ideas que, esta vez en serio, dan sentido al eslogan de “ser més que un Club”. Sólo el condal Alcalde sabrá el por qué aún no se está proyectando dedicarle una plaza bien grande (donde pueda ir la afición culé a celebrar, sus cada vez más frecuentes, copas).
El partido, por lo demás, fue insustituible. En él se vieron reflejados, y al fin superados, muchos de los defectos, precisamente, producto de ese acerbo histórico al que nos refiríamos. El Barça demostró sobriedad defensiva, un gran portero, presión por todo el campo… y un gol marcado en su primera ocasión (como queriendo reivindicar que allá en Roma, hacía lo que hacen los romanos, o mejor dicho, futbolistas italianos). Los ingleses no se esperaron un equipo tan “veteranamente” curtido en cuanto a psicología. Pasados unos, inquietantes, primeros minutos, el fútbol inglés desapareció, quedándose la escudería anglosajona sin circo ni payaso (sí, ese Cristiano Ronaldo).
El Barça lideró la rebelión de los jugones. Supo no hacer notar, trabajo de estrategia y maestría (cuasi-íntegramente imputable a la labor de Pep), las carencias defensivas de un equipo plagado de lesiones, así como las molestias de algunos jugadores en baja forma. Lo demás fue pura literatura cervantina, en contradicción con las galeras del buen Felipe que no lograron vencer, ni tan si quiera, con tamaña honra.
Este Barça no es sentimiento, es fútbol y espectáculo. Un motivo por el que sentirse orgullosos por un buen rato, pues, hoy más que nunca, me siento miembro activo de un grupo de individuos unidos por su amor a un lugar del Mediterráneo: Barcelona, la ciudad campeona de Europa. No obstante, antes de acabar debo reconocer que hay algo que me hace más feliz que todo lo dicho (más aún que el 2-6 o la paliza al Bayern) y es que, después de varios años de penurias, podemos volver a pensar que las Copas de Europa de Di Stefano y compañía… ¡fueron en blanco y negro!.
FORÇA BARÇA
*Origen foto: http://www.futbolflash.com/wp-content/uploads/2008/12/guardiola2.jpg

