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viernes, 19 de octubre de 2012

Un bombardeo poco certero.

Toda guerra se caracteriza por ser un cúmulo de calamidades, bando por bando. La Segunda Guerra Mundial no sólo no fue una excepción, sino que fue la más funesta regla. Sin ánimo de dejar el “bando aliado” en esta ocasión sí que debo criticar con fiereza un bombardeo aliado menos conocido que el de la bella ciudad de Dresden: el bombardeo a Munich de 1944. Particularmente, me estoy refiriendo a la cuasi total destrucción del Deutsches Museum, uno de los museos de la ciencia más importantes del Mundo en aquel momento. Que las guerras destruyen patrimonio no es ningún secreto. El saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad por tropas americanas está ahí para demostrarlo. Sin embargo, en esta ocasión no sólo se destruyeron importantísimos hallazgos paleontológicos, sino que, además, se cambió la historia de la narración de la vida pasada y, muy especialmente, la mitología de los dinosaurios para siempre.

Nuestra historia comienza en 1910, en el norte de África. El paleontólogo alemán Ernst Stromer, queriendo encontrar mamíferos del Terciario topa con un descubrimiento mayor aún, un yacimiento del período Cretácico. Virtud de sus excavaciones, Stromer halló los primeros fósiles del Aegyptosaurus (un saurópodo, “cuellilargo”), Bahariasaurus (un carnívoro encontrado en el oasis de Baharia, Egipto), del cocodrilo Stomatosuchus (que se alimentaba de pequeños organismos, como las ballenas) y de dos gigantescos dinosaurios terépodos (carnívoros). Los fósiles fueron trasladados a Munich, concretamente al susodicho Deutsches Museum, pero el bombardeo aliado los destrozó, así como al resto del museo. De nada sirvieron las advertencias de Stromer para que salvaguardaran los fósiles ante el peligro. El propio científico perdería dos hijos en el conflicto, mientras que otro fue hecho preso, y luego liberado, por los soviéticos. Todos estos maravillosos fósiles fueron destruidos, y con ellos, el prestigio emergente de África como cuna de los mayores dinosaurios carnívoros conocidos.

Como si de Mickey Mouse se tratara, Tyrannosaurus Rex se convirtió en un producto mediático. El más pavoroso dinosaurio, el orgullo cretácico de USA. La desaparición de los dos grandes carnívoros (Carcharodontosaurus y Spinosaurus) con el bombardeo allanó el camino al saurio tirano rey. Hubo que esperar a tiempos recientes para que los nuevos hallazgos situaran a ambos saurios donde les corresponde, en un estrato superior a Rex. Si bien, todo sea dicho, los hallazgos hechos a principio de los noventa en Argentina, harían ver la luz a otro saurio carnívoro de gran tamaño: Giganotosaurus, también mayor que T-Rex.

Así pues... ¿No es curioso como las guerras condicionan la ciencia? ¿Cómo un bombardeo poco certero es capaz de cambiar toda la narrativa de la historia natural del planeta?

sábado, 19 de febrero de 2011

Los cuernos del vikingo

“La raza a la que se llama hoy en su conjunto gálica o galaica es apasionada de la guerra, pronta a la cólera y a llegar a las manos, tosca de costumbres y sin vicios. A la menor excitación corren al combate abiertamente y sin mirar a derecha o izquierda, son así fáciles de vencer por quien quiera combatirles a través de maniobra, no hace falta si no provocarles” Estrabon “Geografía” 4, 4, 2-3
“Los celtiberos cortan las cabezas de sus enemigos muertos en el combate y las cuelgan de los cuellos de sus caballos”. Diodoro de Sicilia 5, 9, 5
Ya sea por un disfraz de carnaval, por el bueno de Vicky, por el primer gran clásico de BlizzardLost Vikings”, o por ser un fanático de la historia, lo primero que le viene a la cabeza a uno al hablar de vikingos, son los cuernos. Rudos, violentos, conquistadores sin escrúpulos, bandidos y borrachos, la imagen del vikingo, como la de todo “bárbaro” en general, nos llega en términos similares. Nada importa que jamás se haya acreditado que los vikingos llevaran casco con cuernos, o que se piense que el mito venga de haberse encontrado cuernos (como vaso) en las tumbas de algunos guerreros. El vikingo “debe” llevar cuernos, pues es bárbaro, extranjero, y afín al Diablo.
No es un suceso aislado. Por todos es “aceptado”, más que sabido, que la civilización a Hispania llegó con griegos y romanos. Más allá de cutres series televisivas (muy deudoras de los estereotipos), cada vez se tiene más constancia de que existieron culturas, poco menos desarrolladas que la romana, y que en verdad, como no podía ser de otra manera, el Imperio se impuso por las armas, el comercio y la moneda. Estrabón hablaba de los celtíberos como borrachos guerrilleros, cuando, valga por ejemplo, investigaciones en las inmediaciones de Calatayud han descubierto, incluso, calendarios astronómicos celtíberos. La percepción del otro es un instrumento de poder para nada nuevo. Los últimos sucesos en el norte de África, así nos lo confirman.
No dejaré constancia de una ignorancia única si digo que hasta hace poco Hosni Mubarak se me presentaba como el más respetable líder del mundo islámico. Sus continuos “ires y venires” a EEUU, Europa o Israel, parecían situarle como una figura “mediadora” de primer orden. Podría llegar a parecer que, incluso, Egipto era uno de los países islámicos más desarrollados, aunque una simple visita bastara para probar a cualquiera lo contrario. Los últimos sucesos, y muy especialmente la retransmisión de sus discursos a la población, nos han mostrado a un Mubarak “diferente”. El viejo mediador se ha vuelto inútil, donde antes había paz ahora se ve el régimen de un tirano, parece ser, ya derrocado. No conozco a nadie que haya tenido el privilegio de hablar con el anterior líder egipcio, o que diga ser amigo suyo, por lo que no puedo tener una opinión sobre cómo es su persona. Las últimas imágenes, discursos y documentos nos muestran a una persona muy egocéntrica, prototipo de cacique de, como diría el bueno de Miguel Ángel Asturias, “república bananera”. Una vez más, el poder de los medios como instrumento de poder es más que notable.
Roma tenía una original forma de tratar a los “políticos” del momento. A los rivales (véanse Aníbal o Arminio) se les “deificaba” y consideraba cuasi como héroes, por el mero hecho de haber sido capaces de vencer a Roma, el Imperio, en varias ocasiones. Algo así sigue sucediendo, de forma un tanto diferente, con las naciones conquistadas por el actual estado hegemonón. El Iraq de Sadam (claro caudillo laico) era una amenaza “islamista” poseedor de armas de destrucción masiva (a la vez que petróleo...). Los talibanes, tan útiles para bloquear avances soviéticos, resultaron ser unos poderosos señores de la guerra, mientras que “el cutre” régimen de Corea del Norte, se ha llegado a convertir en una de las máximas amenazas mundiales. Si no te gustan mis principios, tranquilo, tengo otros. Al poder económico y al militar se le ha unido otro, el de los medios de comunicación, sólo que, para sorpresa de muchos, llevan más tiempo existiendo del que pudiéramos creer...
Para finalizar un consejo. Si quiere examinar al “bárbaro” de turno intente conocerlo, leer, estudiarlo... no se quede “con los cuernos del vikingo”. Origen imágenes: 1) http://wire.ggl.com/wp/wp-content/uploads/2007/12/lost-vikings.jpg
2) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f7/Napolitano-Mubarak.jpg

domingo, 7 de junio de 2009

Los herejes de la Razón

¿Qué sucedería si las farolas no fueran planas, Si todos los huevos no tuvieran una misma “proporción” en cuanto a su forma? ¿Qué pasaría si las ruedas no fueran perfectamente redondas, y las baldosas tampoco rectas? ¿Qué sucedería si nos diéramos cuenta de que todo esto es así, y no de otra manera? Propongo seguir “soltando” delicadezas, y es que... ¿qué sucedería si Pitágoras hiciera más por la Iglesia Católica que San Agustín de Hipona? ¿Y si las matemáticas fueran una ficción, producto de la convención científica, realidad irreal, mal reflejo de la Naturaleza? Según nuestro actual estado de la ciencia, no sería extraño poder hablar de que nos encontramos, al fin, ante el inicio de un nuevo paradigma científico, una "nueva era".

“La ciencia es en esencia un esfuerzo del hombre para ayudarse a sí mismo. Homero, en la Ilíada, emancipó al hombre de la tiranía de los dioses, a los que había temido desde los orígenes de la especie, enseñándole a considerarse a considerarse a sí mismo como creador, hasta cierto punto, de su propio futuro. Durante unos cuantos siglos, el hombre avanzó con cierta confianza a lo largo del camino del saber, dándose cuenta del poder que da. Pero cuando el péndulo inició su retroceso, cuando el hombre empezó otra vez a inclinarse delante de los ídolos que él mismo había construido, cuando no tanto las imágenes que había esculpido sino los libros que había escrito llegaron a considerarse como divinos, el humanismo tocó a su fin y la ciencia también”. Estas geniales líneas, escritas por el no menos notable Benjamin Farrington, en su “Ciencia y filosofía en la Antigüedad” (Sant Joan D´Espí, Ed. Ariel, 1980), son una muy profunda reflexión sobre un hecho, por lo demás, evidente.

El hombre tiene en su cerebro un mecanismo de defensa que le prohíbe concebir el infinito. Todo individuo necesita creer, tener incentivos, luchar por unos ideales, aunque se sepa que jamás podrán llevarse a término. Sin embargo, aún llegándose a defender la teoría del “homo religiosus” (por lo demás discutible), es bien cierto que no sólo es recomendable, sino necesario, ser conscientes de la existencia de dos “dimensiones”: la mística y la física, lo irreal y lo real. Por necesidad la Ciencia es, o pretender ser, “realidad”, para lo otro ¡ya está, entre otras disciplinas, la más bella lírica! En efecto, es una carencia global el que aún no sean accesibles para el gran público, ni aún orientativamente, los principios fundamentales de la teoría del Caos, la física cuántica, y cómo no, la teoría evolutiva.Todo ello, empíricamente contrastado, genera un mundo diferente al contenido en los “Elementos” de Euclides, y del cual, en no poca medida, aún somos esclavos…

La culpa la tiene Pitágoras, el “gran matemático” que acabó por la concepción que creía indisociables: números – técnica. Los pitagóricos consiguieron transformar a las matemáticas de un “arte práctico” a un “arte liberal”, en no poca medida arcano y “filosófico”. Pitágoras negaba la realidad del mundo sensible, manteniendo que la única realidad era la unidad estática (lo “transcendente” que diría la teología católica) de un universo a semejanza de Dios. Al respecto, de las ideas de Farrington, por lo general geniales, se me desprende la siguiente reflexión.

Es un postulado unánimemente aceptado que los pilares de Occidente son: el Derecho romano, la filosofía griega y la religión hebrea. Dejando a un margen la jurisprudencia de los romanos (no sólo por razón de oficio), podría afirmarse que tanto la filosofía griega (en parte) como la religión judía “han perjudicado” al avance de la Ciencia, durante largos siglos. Pitágoras puso los cimientos que Euclides consolidó en su obra, sirviendo todo ello de base a una concepción ideal que conoció su máximo explendor con Platón y su recepción por parte del Cristianismo. El mundo de los griegos pudo “acabar” con el clima de progreso, próspero y fecundo, que se había iniciado con los habitantes de la antigua Mesopotamia y Egipto.

El teorema de Pitágoras ya fue conocido por los matemáticos de Babilonia. El valor de π se “supo”, con verdadero rigor, por parte de los egipcios. ¿Quiénes son los herejes de la razón; quienes falsificaron lo que otros descubrieron primero? ¿Fue Persia una mejor alternativa que los “valientes” espartanos? Oriente ha contribuido mucho más con su ciencia que con sus creencias. Bien lo saben la medicina, la física, la química, y ante todo, el bienestar de nuestras vidas.

Ilustraciones:

1) "Pythagoreans celebrate sunrise" de Fyodor Bronnikov, (1827—1902)

2) Assyria - Portal Guardian from Nimroud. British Museum

domingo, 2 de noviembre de 2008

Argelia y el peligro del islamismo

“El rasgo más singular de la política exterior soviética es, por supuesto, la ideología comunista, que transforma a las relaciones entre estados en conflictos entre filosofías. Es una doctrina de la historia y también una fuerza motivante. Desde Lenin a Stalin, Khrushchev, Brezhnev y quienquiera que le suceda, los líderes soviéticos han estado parcialmente motivados por una autoproclamada perspicacia para interpretar las fuerzas de la historia, y por la convicción de que la causa de ellos es la causa de la inevitabilidad histórica. Su ideología enseña que la lucha de clases y el determinismo económico hacen inevitable el alzamiento revolucionario. El conflicto entre las fuerzas de la revolución y la contravolución es irreconciliable. Para las democracias industriales, la paz aparece como una condición naturalmente alcanzable; es la composición de las diferencias, la ausencia de lucha. Para los líderes soviéticos, por el contrario, la lucha no termina con la transacción sino con la victoria de un bando. La paz permanente, según la teoría comunista, solamente puede lograrse aboliendo la lucha de clases, y la lucha de clases sólo puede terminar con la victoria comunista”.
Henry Kissinger, “Mis memorias”.
A priori, Kissinger es un personaje que podría causar recelos, cuanto menos en lo que a mí respecta. Halcón del neoconservadurismo de los EEUU (sigue siendo uno de los más relevantes en la actual administración Bush, por no decir “el más”), responsable de la conspiración contra Allende…, Kissinger es una personalidad de la máxima importancia, quizá, a mi ver, una de las cinco personas más importantes del pasado siglo XX. De lo que no hay duda es de su perspicaz, y raramente superable, inteligencia. Leo las frases arriba transcritas y no acabo de poder diferenciar la situación que motivó la redacción de estas palabras (la “Guerra Fría” en los años 70) con la situación que ahora bien las podría motivar. Me gustaría quedarme, muy especialmente, con la idea de que el comunismo es una “es una doctrina de la historia y también una fuerza motivante”, ¿qué pasaría si cambiáramos a la hoz y el martillo por la media luna islámica?
Como es bien sabido, Islam significa “sumisión”. Desde esta óptica, la yihad de los fundamentalistas islámicos bien puede verse a la luz del texto de Kissinger. Con ellos no puede haber transacción, sino sólo la derrota de un bando. Tal y como acaece en muy raras ocasiones, la lectura de este monumental, e indispensable, obra se me juntó con el análisis de un estudio, no menos interesante. Se trata de “El Sahara: vínculos sociales y retos geoestratégicos”, de Mohamed Cherkaoui (Director de investigación del Centro Nacional de Investigaciones Científicas francés, CNRS), (Bardwell Press-Siglo XXI, 2008). Gracias a la lectura de esta obra he podido saber de la situación “geopolítica” de uno de los países que siempre más me han incomodado: Argelia.
Si tuviera que elegir uno de los países que mayor pavor me genera, sería éste. Su vasta extensión (en su mayor parte desértica) junto con una casta militar que monopoliza el poder, en un país “rico”, virtud de los hidrocarburos y demás recursos en su haber, me hacen ver el país con suma desconfianza. Cherkaoui habla de una “unificación de la unidad nacional argelina” dentro de un contexto de “conflicto (incompatibilidad) con el resto de sociedades”, véase, un nuevo y “sui generis” imperialismo. Sin querer pensar al son de las trompetas de los EEUU, o al menos intentando ser un tanto independiente en mi pensamiento, debe decirse que el “islam”, no en todo, pero sí en su variante más integrista y genuinamente “purificadora” es un enemigo de primer nivel.
En Oriente Medio cada día se constata, con mayor intensidad, el auge de Irán en países como Siria, Líbano o Palestina, ¡qué decir en Iraq, pese a los intentos fallidos de dominación por parte de EEUU! Como países “contenedores” siguen estando Pakistán, Marruecos y Egipto, a la vez que el eterno enemigo iraní: Turquía.
Que hay una necesidad global de establecer un “derecho democrático cosmopolita”, institucionalizado en organismos representativos de verdadera soberanía (véase una nueva, y en cierto modo imperial, Organización de Naciones Unidas) es evidente. Sin embargo, asimilando a este contexto las palabras de otro genio: no se hará de golpe, sino sumando pequeños pasos. Por el momento debe vigilarse a países infernales como Argelia. Intentar que no forme alianzas potencialmente fatales con el eje iraní. Debe acabarse de integrar a Turquía y utilizar su “autoridad geopolítica” para sembrar el orden, junto a su “rival” Egipto.
El enemigo, para el caso de Europa, está dentro, pero también cerca de nuestras fronteras. ¿Cómo imponer el derecho democrático global cosmopolita? ¿Es conveniente hacerlo en gentes con cultura limitada, impregnada de los valores violentos del islamismo radical?. Quizá sea el momento de recordar el modelo turco, y ver los pros y contras de la figura de Atatürk y el kemalismo.

miércoles, 2 de abril de 2008

Querida Reina


No quisiera apagar la última luz de esta solitaria jornada, obviando el pensamiento que ordena los designios presentes de esta frágil y mortal alma. El tintero chorrea alegorías en tu nombre, ganas de escribir transmutadas por nenúfares, furor por el futuro encuentro. Lo afortunado del momento me induce a felicitar a la áurea señora por el día conmemorativo de su bienaventurada llegada a nuestro mundo. Desde Roma felicito al Nilo por tan bello fruto. ¡Que lo pretérito no mengue nunca lo lozano; aquello que bien sabe cómo mostrarnos tu afortunado espejo!

Dice la leyenda que las aguas retaron al fuego, queriendo dibujar su efigie con su reflejo. El cieno bajó blanco en aquel instante, luchando con desespero dentro de la titánica guerra. El Sol rechistó con calor, el Nilo dándote vida. Se dice que el calor de las arenas encuentra causa en ti, en la rabia que al Dios Astro le genera ver a su pareja a mi eventual alcance, a pie de tierra.

En un día de felicidad perdóname no hacer hincapié en nada mundano, quizás sea miedo a profanar, a enardecer la furia del astro. Lástima que no haya papiro que vuele, que tenga el don de poder rozar tus tiernas mejillas. ¡Qué decir de mis manos! ¡Ni las Hespérides custodiaron mejor manzana, acaso tampoco, antes de Troya, las discordantes lucharon por tanto!

No existen guerras entre nuestros países, pues el mundo tuvo suficiente conflicto mezclando nuestras esencias, haciendo joyas de las posibles diferencias, convirtiendo en vasallo a quien, perentoriamente, lució coraza de valor y posible resistencia. Quisiera ser un río que ahora estuviera irrigando tus orillas, sólo el Nilo me prohíbe hacerlo, pues él te lame los pies, cual padre trata a su más tierna hija.

Perdona mi ausencia momentánea, aguarda mi felicitación presente, mi abrazo inminente. Sólo sé que no soy nada, el griego decía cosas, queriendo desvestirlas en tu carnal ropero. Vestir de ropas fantasiosas lo excelso, retar en belleza, perder ante ti, en lo celebérrimo.

¡Que los dioses protejan a la soberana del Nilo! ¡Sean Júpiter y Ra paladines en tu existencia!

Feliz Cumpleaños Cielo!

lunes, 17 de diciembre de 2007

Libia: la paradoja del desierto

Libia siempre ha sido vista como un desierto, una frontera de Sol y arena, enemiga las más, ignorada el resto de veces. Alrededor suyo se alzaron Imperios, que la dominaron, subyugaron o lucharon contra el país de las arenas. Cartago, Roma, Bizancio, Vándalos o los propios egipcios, a Libia siempre le ha costado hacerse un sitio en el mapa, alcanzar un mínimo resquicio de dignidad histórica, un mero apunte que separe al país de un líder mediático y sus treinta guardas vírgenes. Dentro de su rica historia, por poner nombres propios, quizás tengamos que destacar a dos significativos personajes: el faraón Sheshonk y el César Septimio Severo.

Sheshonk se alzó con el cetro de Egipto armas en mano. Durante las guerras del país del Nilo contra los Pueblos del Mar (los filisteos de la Biblia), cuantiosos contingentes humanos emigraron desde la cercana Libia, la mayor parte entrando a formar parte de los contingentes de mercenarios del faraón Ramsés III (soberano, el último de los importantes, del Imperio Nuevo Egipcio). Sheshonk intentó restablecer el poderío de Egipto, teniéndose constancia escrita en la Biblia de sus campañas por la Medialuna Fértil.

Septimio Severo no fue menos relevante. Consiguió restablecer el orden en el Imperio Romano después de la caída del último emperador antonino: Cómodo, hijo de Marco Aurelio. Los romanos siempre le conocerían por “el africano”, al igual que Sheshonk, siempre fue extranjero dentro del imperio que dirigió: de hecho, se guardan testimonios, un tanto peyorativos, de cómo pronunciaba la lengua de Virgilio.

Leptis Magna fue la ciudad que vio nacer a Septimio. Sus imponentes ruinas, aún hoy en día, la configuran como una de las mayores joyas de la Antigüedad, quién sabe si no estamos hablando de la ciudad romana mejor conservada en el orbe. El Foro de Septimio y sus famosas medusas, o su imponente teatro, son meras muestras del esplendor alcanzado por esta urbe: pasto, primero de los beréberes, después del desierto. Realmente, Leptis, la no menos esplendorosa Cirenne, Berenice (actual Bengasi), Trípoli o el oasis de Gadamés, son algunos de los lugares más sorprendentes de todo el norte de África. Pese a aquello que pudiera deducirse al contemplar, sin condicionante alguno, el país de Gadafi, Libia es un lugar de contrastantes, aleccionador como pocos. Una primera conclusión coherente con su estudio bien podría ser ésta: ver cómo la gloria y la prosperidad son tan idílicas y placenteras como temporales, por sí mismas, transitorias y perecederas.

Libia deviene un espejo desde el que observar los rigores del Cambio Climático. Sus tierras fueron otrora mayormente fértiles, ricas en oasis y en especies animales como el elefante norteafricano (animal que sirviera de buque insignia en las tropas de Aníbal). Igualmente, el país guarda en su haber importantes reservas de hidrocarburos (muestra de cuán importante fuera la biomasa antaño existente en el lugar), así como un auténtico “mar de agua dulce” en las profundidades del desierto.

El proyecto del “Gran Río Libio” constituye una de las obras faraónicas, nunca mejor dicho, de mayor interés, coste e implicaciones. El plan hidrológico de Gadafi pretende trasladar el gran acuífero del desierto (y sus 150.000 km2 de agua subterránea) al litoral libio; en otras palabras, en él existe agua con la que poder construir una gran piscina del tamaño de toda Alemania. Gadafi utiliza, junto a sus caprichos, los cuantiosos petrodólares recibidos, desde Occidente, en construir esta obra, sin duda alguna, digna de ser mencionada en los libros de historia de la Humanidad venidera. Pese a todas estas promesas de auge económico, advenimiento de Libia como potencia geopolítica del lugar, socio privilegiado de Occidente, existen graves paradojas que no disponen de automática solución.

El año 1986 los EEUU atacaron las principales urbes del país: Trípoli y Bengasi, muriendo multitud de civiles (entre ellos, la hija de Gadafi). De ser acusado de organizar el atentado de Lockerbie, el de la Discoteca La Belle de Berlín o apoyar al palestino Abu Nidal, ha pasado a ser uno de los socios de mayor importancia para la UE, unión económica, más que europea...

No hay duda de que Libia ha progresado. Trípoli es una de las ciudades con mejor calidad de vida del continente, monumentos como la ciudad de Leptis Magna (junto con sus tranquilas y bellas playas de alrededor) amenazan con convertir al país en un eminente gigante turístico. Nadie sabe qué pasará cuando llegue el agua al litoral, como tampoco nadie sabe lo que pasará cuando muera Gadafi. Su régimen ha sido sanguinario, odiado por Occidente, sus pilares discutidos (promover la unidad árabe, neutralidad internacional...), pero el caso es que Libia renace como nunca, negocia con el capitalismo y se convierte en suculento pastel. Después de todo, ¿qué es la diplomacia sino el arte de saber utilizar los contrastes y las antítesis en busca del interés patrio?

Ambas fotografías son obra del genial Luca Galuzzi: http://www.galuzzi.it/, sujetas a: Creative Commons Attribution ShareAlike 2.5 License

lunes, 4 de junio de 2007

Caprichos del Destino o sobre el mérito en la Historia

Quienes siguen la Teoría del Caos aceptan totalmente cómo el regreso al Pasado es imposible. El efecto mariposa gobierna la mayoría de los fenómenos, siendo las relaciones causa-efecto, que superen el sentido unidireccional, raras en la realidad; preciadas joyas transformadas en eventuales presas para el arqueólogo o historiador. Poca duda cabe de que la distorsión es inevitable en la comprensión del Pasado. Lo sucedido nunca llega a nosotros en su estado primordial sino en los trozos dejados por el alubión del paso del Tiempo, por la incontrolable e impredecible fuerza del cambio. Lejos de asemejarse a las matemáticas, la Historia adolece del albedrío del convencionalismo de aquellos que la estudian. Las impresiones mayoritarias acontecen sucedáneo de ciencia verdadera y la carga emotiva de cada civilización, cartel atractivo, o no, para el interesado aficionado de turno.

Las fuentes divulgativas de la Historia no dejan de ser contendientes de un tácito juego de intentar ser la más atractiva. Toda civilización muestra sus cartas, sus inventos y ruinas queriendo manifestarse como la más sensacional, interesante, oscura o esotérica. Egipto sobrepasa todo molde, su misterio invade en tanto que sutil neblina todo lo relativo a ella y los faraones. Lo siento, nunca me he sentido egiptólogo en potencia. Sus ruinas son, a mi ver, mayormente devotas de la abundancia de piedra caliza que de la especialidad chovinista de quienes las construyeron. Las leyendas e ideas que nos denota tal cultura exceden de lo material para imperar mayormente en lo sacro. Ra, Osiris o Anubis no acaban de abandonar su panteón celestial inmiscuyéndose en la gracia de lo más genuinamente fantástico. Mis preferencias siempre se han decantado más por Mesopotamia. Será que siempre he aborrecido lo abstracto, o quizás sea mi carácter idealista, pegado a la rémora certeza, quien siempre me ha alejado de los misterios egipcios y acercado más a los empíricos logros del vergel mesopotámico.

Hace tiempo estudié la matemática de ambas civilizaciones, o en el caso de Mesopotamia, el dichoso cúmulo de ellas. Bajo mi más absoluto asombro la matemática de los mesopotámicos resultó ser, en no pocas ocasiones, mayormente compleja. Sus métodos de resolución de ecuaciones, aproximaciones al valor de π, son muestras irrefutables de una poderosa ciencia, acoso más desarrollado que la de los habitantes de las fértiles orillas del Nilo. Sin embargo, sus restos son escasos, los genios alados que pueblan los grandes museos arqueológicos de Europa, como mucho, generan respeto, siendo mayormente buscados los restos de tumbas egipcias, y qué decir de sus cadáveres, aunque no llegaran a ser momias.

El paso del Tiempo difumina el recuerdo del mérito. Poco queda del sapiencial naufragio, siendo los restos perlas difíciles de encontrar por el interesado estudioso. Son pocos quienes recuerdan que fueron las asirios quienes utilizaron el hierro por primera vez en sus ejércitos, bien lo saben los egipcios, puesto que debieron ceder ante la pavorosa armada asiria. La escritura también encontró sus primeras manifestaciones alrededor del Tigris y el Éufrates, quizás también las matemáticas, y según parece, la rueda. Todos ellos son descubrimientos valiosos, axiomas de los que se deriva nuestra actual civilización por pura lógica.

Caprichos del Destino, Egipto pasaría a la Historia a través de la Biblia hablándose de hechos de los que rara referencia se tienen. Cada día parece ser más cierto que el presunto esclavismo de los judíos fue mentira y que los hebreos, al menos a gran escala, no abandonaron Egipto para poblar Israel, Mesopotamia parece querernos decir algo al respecto. Del análisis de los hechos históricos, atisbados por el texto, presuntamente, sagrado, nos percatamos de cómo buena parte de la tradición de esas tierras se adentra en la narración del Antiguo Testamento. El mito de Moisés y su barca surgió respecto al monarca acadio Sargón y el mito del Diluvio en referencia a las graves inundaciones acaecidas en la región, situada entre dos grandes ríos, en remotas épocas pretéritas. No creo que en lo alto del monte Ararat se halle el Arca de Noé pero es más que probable que las precipitaciones caídas por tales sierras inundaran el territorio que actualmente ocupa el ceniciento Estado iraquí.

Cosas de la Historia. La herencia, a priori invisible, de las civilizaciones mesopotámicas se camufla, alguien diría que intencionadamente, en las páginas de la Biblia. Poca duda cabe que se trata del libro más influyente, superando con creces al Quijote de Cervantes. Mesopotamia nos llega a través de él, las leyendas que narra le pertenecen, así como buena parte de los personajes, eso sí, con otros atributos y nombres.

Una vez analizado esto, hagámonos la dichosa pregunta. ¿Los desconocidos mesopotámicos resulta que no lo son tanto? ¿Les debe más Occidente a ellos que a Egipto? ¿Somos más herederos suyos que de los faraones? ¿Qué hicieron para pasar a la Historia como pueblos malditos?

lunes, 30 de abril de 2007

La finalidad independentista y revolucionaria de las herejías

Es curioso percatarse de cómo aquellos extremos que en la actualidad supuestamente habitan mundos extremos, poseyeron ab initio origen y causas comunes. La eventual afinidad que pudiera poseer un Cristo actual con un movimiento antisistema o de liberación “nacional” (mejor dicho, popular) no es sólo la más clara de tales manifestaciones, sino que además no es la única durante la humana existencia.

La Iglesia Católica tiene como gran característica propia el poseer una organización centralizada entorno a la figura del Sumo Pontífice. La Administración Romana monopoliza el poder, imponiendo sus designios a todos los cleros miembros de su Iglesia. Obviamente, el centralismo siempre hace uso de su fuerza centrípeta para enardecer los susceptibles flagelos del separatismo, manifestándose, una vez más, como dos posiciones inexcusables, la una de la otra, que parecen comportarse como los más ansiosos amantes.

Caído el Imperio Romano de Occidente, el Papado monopolizó el Poder fáctico conformándose el sistema de hierocracia. Ello se tradujo en la configuración de una burocracia sumamente desarrollada que, en tanto que muestra de poderío, iría creándose a la vez que complejos rituales, miembros de la más rebuscada de las liturgias, y lujos innecesarios en lo terrenal, pero algo más útiles en los políticos terrenos del propagandismo. La inaccesibilidad al Papa y su irradiación de fáctico imperium no dejaría de molestar a los otros grandes patriarcas del orbe romano. Parece difícil de justificar el porqué el patriarca de Constantinopla, verdadera capital mundial del momento, o los de Alejandría, Antioquia o Cartago, debieran subyugarse a la voluntad del presunto sucesor de San Pedro. La Iglesia Ortodoxa no dejaría de ser el clímax de un movimiento de autoafirmación frente al monopolio del obispo romano, pero, más allá de ello, aquello que para nosotros tendrá mayor importancia será el surgimiento de la “herejía” monofisita.

El monofisismo se caracterizaría por la consideración de la naturaleza de Cristo como Divina, en tanto que fagotiza ésta a la mortal. Algo tan sumamente teológico, así como inaccesible para el grueso de la población, no dejaría de ser una “excusa” para configurar una Iglesia opuesta tanto a Roma como, con mayor intención, a Constantinopla. El Concilio de Calcedonia la convertiría en herética, pese a la protección mostrada por Teodora (esposa de Justiniano) a los monofisistas. Lo realmente interesante es pensar en cómo el monofisismo se transformó en un movimiento cada vez más de autodeterminación que en una discusión teológica. Ello debe de verse bajo el prisma de que la pertenencia a una Religión determinada, era en aquel entonces un sucedáneo del sentimiento “nacional” o de pertenencia a un grupo étnico. La verdad es que la población del sur y este del Imperio Bizantino era de origen semita, especialmente relevante sería ello en referencia a los nabateos y los gasánidas.

Ambos se convirtieron al monofisismo. Tanto los gobernantes de la mítica Petra como los gasánidas eran pueblos de consideración “árabe” que tenían el deber de defender las fronteras romanas del sureste frente a las incursiones sarracenas y frente al enemigo persa. El origen étnico, así como el monofisismo (tan mal visto desde Constantinopla), conformarían un caldo de cultivo excelente para que el Islam consiguiera seducir en masa a los habitantes de tales lugares.

Dice el profesor Vernet que Mahoma recibió la formación de un rabino y la de un sacerdote cristiano, por lo que sus ideas no serían ajenas a tales religiones sino más bien derivadas de ellas. El Islam surgiría, mayormente, como un movimiento social de reivindicación contra el clero oficial y el poder bizantino. El sureste del Imperio abrió las puertas a la fe mahometana creyendo que se trataba de una herejía más de oposición al poder, sofocante, del Basileo. La figura de un líder militar y religioso, encarnado en la figura del califa no dejó de ser sumamente seductora para el pueblo, por lo que los orígenes del mundo islámico se parecerían más a los de una revolución bolchevique que a la creación de un moderno Estado. Por supuesto, este no sería el único caso, ya que buena parte de la situación del Islam actual es devota de la política y el menosprecio, intencionado, de Occidente, que de discusiones teológicas entorno a la Fe.