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domingo, 8 de julio de 2012

El cuento del sasín.


El subcontinente indio, además de ser una de las zonas más densamente pobladas del Mundo, contiene muchas especies animales, más relacionadas con el África austral que con el resto del continente asiático. El leopardo, el guepardo, el rinoceronte, el búfalo, el elefante o el león son ejemplos de ello. Si bien siendo especies o subespecies diferentes a las africanas, es ciertamente curioso cómo las praderas indias tienen mayor parecido con el Serenarte que con China o Afganistán. De la misma manera, la India también tiene antílopes. No emparentados con el resto de miembros del “grupo antílope” (nombre poco científico con el que se denomina a varias especies de artiodáctilos), en la India destacan dos especies: el nilgai y el sasín.

 Sasín (Antilope cervicapra

Nilgai (Boselaphus tragocamelus)

Pocos animales pueden rivalizar en belleza con el sasín macho. El juego de colores blanco y negro de su piel, sus largos y retorcidos cuernos (que de haber sido singulares seguro le habrían identificado con el unicornio)... Se trata de un animal magnífico, merecedor de toda protección, y como no es extraño en la India, culto. Al sasín se le considera un suerte de mensajero celestial. El simbolismo de este animal es tal, que incluso algún que otro actor famoso en la India ha sido condenado por su caza...

La caza... Precisamente ese arte, a mi ver de tan poco gusto, que identifica, intergeneracionalmente, al hombre actual con el del Pleistoceno, ha producido una gran paradoja, a la postre, genial para la conservación de la especie. La misma suerte ha corrido el nilgai o antílope azul, mamífero más próximo a la vaca (en tamaño y parentesco) que, aun sin tener la belleza del sasín, ostenta el título de “antílope mayor de la India”.

Nilgais y sasines no sólo los hay en la India y Pakistán. No hace muchos años, empresarios estadoudineneses soltaron individuos de estas especies en terrenos de Tejas y algún otro Estado americano. Experimentos semejantes se realizaron en la Patagonia, teniendo por consecuencia que los ejemplares existentes para la caza en estos lugares sean más abundantes que los nativos de la India. Paradoja caza - conservación.

Estas iniciativas, en todo caso nacidas con el ánimo de lucrarse con la caza de estos seres, nos demuestran que el hombre a la vez que “destructor” de ecosistemas, puede crearlos. Prácticas semejantes han tenido peor resultado, habiendo resultado las especies introducidas especies invasoras. Obviamente, cada caso es un tema a tratar, y seguramente, aunque para mi sea imposible considerarlo, habrá quien opine que el sasín es una especie invasora en Tejas, y que por ello, debiera ser eliminada.

En un Mundo donde la conservación de la biodiversidad animal, y vegetal, es cada vez más complicada, las medidas de “introducción” tal vez pudieran ser vistas con otros ojos, con otra intención y finalidad. No deja de ser injusto que demonicemos a los habitantes del África austral o de Indonesia por querer progresar. Ellos están destruyendo ecosistemas vírgenes, como antes lo hiciéramos los occidentales. No deja de haber hipocresía cuando se pretende salvar al rinoceronte negro y no las vidas de los niños del Cuerno de África. Protección animal debe ir aparejada con protección humana, intentándose, siempre, que los derechos de ningún ser ajeno a nuestra especie sean mayores que los de uno de los de la nuestra.

Directamente, ¡llámenme loco! ¿Por qué no soltar rinocerontes negros en Doñana? ¿Por qué no hacer un par de grandes reservas en cualquiera de las dos Mesetas y poner allí especies que en sus países están en peligro y que pueden medrar en un clima como el nuestro? La experiencia acaecida con el sasín y el nilgai, con sus respectivos “cuentos”, nos debieran hacer reflexionar. ¿Acaso no necesitamos animales “de caza mayor” que limpien nuestros bosques? ¿Acaso no está en retroceso el ganado ovino y caprino, que tradicionalmente ha pastado por nuestra geografía?

Sueño con un monte español donde especies en peligro de extinción puedan sobrevivir, habiendo actuado, una vez más, el hombre como protector-creador, y no como exterminador de especies. No dejen de fijarse en el caso de estos dos antílopes, ni mucho menos, en el ejemplo del bisonte europeo y su reintroducción, tras siglos, en los bosques de Palencia.

* Origen de todas las ilustraciones: http://commons.wikimedia.org/wiki/Portada

lunes, 1 de agosto de 2011

"El olor de los pedos" (reflexiones evolutivas)

No hace mucho tuve la suerte de leer algunos fragmentos de la obra: “Soy un gato”, de Natsume Soseki. Sin lugar a dudas, lo que más que me atrajo de ese libro fue el hecho de que antaño soñara con escribir un cuento “ecologista” donde el narrador fuera un lince ibérico que reflexionara sobre la idiotez humana, en persona y comportamiento. ¡Mira por dónde, alguien mucho más reconocido escribió algo parecido, también con un felino, adelantándoseme!
Algunas de las reflexiones gatunas que tuve ocasión de leer son de lo más sugerentes. En general, la tónica es la de criticar la renuncia humana a las características que la Naturaleza nos ha brindado como especie. La excusa me sirvió para reflexionar y recordar algunos pensamientos que en muchas ocasiones me vienen a la cabeza, no pensando como un gato, pero sí con cierto sigilo mental felino y vergüenza, que la ocasión hace que quiera plasmar por escrito. Sin ánimo de reducirme a lo coloquial, pero con ansias de incentivar una reflexión sobre algo plenamente mundano, me atrevo a hacer la siguiente afirmación: ¿se han fijado que no todos los pedos huelen iguales? Sin risa, y con intento de usar un “bisturí” científico, que no penetre en la materia física sino en lo que connota, me gustaría sugerir que prueben de “oler” un lavabo propio (de ser hombres) antes y después de haber pasado otro hombre por él. Pruébenlo después con su mujer, ¿son las mismas sensaciones? ¿los mismos “olores”?.
Generalmente, los animales carnívoros, u omnívoros, producen unas heces más olorosas. No es de extrañar que muchas especies las utilicen con “otros propósitos” que los meramente evacuatorios, particularmente, para delimitar su territorio. Dejando a un margen la polisemia del término “mojón”, no puedo dejar de pensar en que nuestros olores más íntimos quizá tengan algo de “identificativo”. Con todo, no puede desconocerse que nos encontramos ante uno de los ejemplos más claros, y olorosos, valga la broma, de cómo el ser humano “ha renunciado” a características dadas por la evolución, en pro de una “evolución cultural”, que en no pocas ocasiones ha inhibido buena parte de nuestras particulares adaptaciones físicas. Ello, incluso, ocurre muy especialmente con las funciones de uno nuestros sentidos.
No será nada innovador decir que la nariz es nuestro sentido más abandonado. En comparación con el resto de mamíferos, la nariz no pasa de ser una protuberancia en la faz que guarda, ínfimamente, alguna utilidad en casos extremos. La higiene, por otro lado recomendable, ha acabado con nuestro “hedor” personal, haciendo que perdamos la “adaptación biológica” de ser capaces de identificarnos por el olor. Quizá queden vestigios de ello en nuestro “poco agradable” ejemplo anterior, quién sabe.
El eminente biólogo inglés, Desmond Morris (autor de “El mono desnudo”) es el autor de algunas de las observaciones evolucionistas más llamativas (entre las que se encuentran buena parte de las vertidas en este artículo). Morris defiende que la función de nuestra nariz es, en cierto modo, eminentemente sexual. Dado que hemos conseguido prescindir, cuasi totalmente, de nuestro sentido del olfato, no deja de ser paradójico que la evolución nos haya dotado de preeminentes narices (algunas superlativas, como dijera Quevedo). Poniendo el ejemplo de una especie africana de babuino, los gelada (que tienen “señales sexuales”, en forma de colores, tanto en sus genitales como en sus pechos), el insigne científico opina que tal vez nuestra nariz sea una “señal sexual”, guardando correlato con nuestro pene.
Sea a través del desuso de partes de nuestro cuerpo, sea a través del abandono de la percepción de señales naturales antaño usadas (campo magnético por poner otro ejemplo), el cambio de “animal común” a “animal cultural” es más que evidente, evolutivamente hablando. Si bien, nuestra cultura no queda jamás totalmente al margen de nuestra naturaleza congénita, nutriéndose de ella en no pocas ocasiones.
Quizá coincidiendo con algunos psicoanalistas (pero sin reconocerles la consideración de “científicos” infalibles), cabe decir que muchas manifestaciones sociales del humano de hoy en día tienen un trasfondo fálico que obviamos. Sea a través del típico corte de mangas, con la apertura de la botella de cava en una celebración (similar a una eyaculación), con la forma de las guitarras (sean españolas o eléctricas), o con el diseño de los coches deportivos, el trasfondo “sexual-natural” parece presente. ¿Nos desvinculamos de lo naturalmente predeterminado o, simplemente, evolucionamos, como todo ser en este Mundo, sin apenas darnos cuenta, dejando en vigor, camuflándolo, aquello que la Naturaleza nos regala en tanto que predeterminado?
* Sobre la segunda imagen: sujeta a GNU Free Documentation License.

sábado, 14 de mayo de 2011

Koalas asesinos

Miquel Barceló, auténtico “gurú” de la ciencia ficción en España, (no confundir con el pintor contemporáneo) afirma que es bien curioso cómo la mayoría de novelas del género tienden siempre hacia un futuro caótico sacudido de guerras y decadencia. Ciertamente, no abundan las novelas donde el Futuro sea puesto "en color de rosa", con facilidades por todos lados y una mejora exponencial de la calidad de vida humana. Aplicado a la zoología, no cabe duda de que “todas” las predicciones se encaminan hacia una “Sexta Extinción” (como escribiera Richard Leakey), donde muchas de las especies animales y vegetales desaparecerán de nuestro Planeta, algunas sin haber llegado a ser descubiertas... Permítanme escribir en estas líneas una cábala al respecto.
Más allá de una óptica de destrucción, quisiera “girar la tortilla” y hacer que nos fijemos en las posibles, aunque siempre imprevisibles, novedades que pueden acaecer en los tiempos futuros. Estoy prácticamente seguro de que pasados unos años no habrá ningún territorio virgen. Toda la Tierra habrá sido, de una u otra forma, colonizada. Es bien probable que el déficit natural sea suplido con soluciones ingeniosas. Veo grandes rascacielos culminados por bosques urbanos. Árboles robóticos capaces de intercambiar dióxido de carbono por oxígeno a gran ritmo. Veo una capa de ozono “reparada”. Los grandes jardines (cuasi genuinamente tropicales) no serán difíciles de encontrar, y NINGUNA de nuestras especies animales “más queridas” habrá desaparecido. Quédense con lo de “queridas”.
Dentro de las diferentes líneas evolutivas adoptables por la Naturaleza, tal vez se generalice aquella que conduce hacia bestias más amigables. El “atractivo”, lo apreciable, lo cariñoso y amigable seguro que serán factores evolutivos muy positivos para todas aquellas especies que los adopten. El panda gigante, el oso hormiguero, el titi leonado... o el koala, seguro que estarán presentes en los próximos tiempos, aunque su supervivencia sea plenamente artificial, producto de programas de laboratorio y cría en lugares especializados.
Aunque pueda parecernos mentira, los servicios medioambientales australianos se han visto forzados en varias ocasiones a esterelizar o reducir las poblaciones de koala. En ciertos lugares su número amenaza a los propios eucaliptos, siendo todo un problema el hecho de que se haya potenciado la superviviencia de esta amigable especie, y no de sus depredadores. Seguramente, en los próximos tiempos los grandes depredadores desaparezcan, o bien se conviertan en seres alimentados con carne de granja. La tendencia es obvia: cualquier animal peligroso para el ser humano acabará siendo expulsado de su hábitat. Animales como el koala o el oso panda estarán entre algodones cuasi eternamente. El propio “merchandising” que generan los transformará, de hecho ya ha sucedido, en valiosos activos.
Parece mentira que el koala haya tenido alguna vez “primos” feos y de gran tamaño, excavadores de surcos o, incluso, feroces depredadores. La evolución, junto a la acción humana (que no deja de ser un factor de ésta, cada vez más imprescindible) ha ido potenciado la aparición de seres tiernos e inofensivos, y no parece que vaya a cambiar la tendencia de seguir los humanos por muchos millones de años.
De todos sus primos, el koala ha tenido, sin lugar a dudas, uno especialmente pavoroso: el león marsupial (Thylacoleo carnifex). Cojan lápiz y papel y dibujen un koala “en forma”, sin gorduras y con un cuerpo felino. Añadan una dentadura de wombat (sus primos) con dientes más desarrollados y tendremos a un espécimen muy parecido al terrible Thylacoleo. A diferencia de otros depredadores australianos existentes o extintos (véanse el lobo marsupial o tilacino o el célebre diablo de Tasmania), el león marsupial no dejaba de ser un primo “malo” de wombats, koalas y canguros. Fue el miembro malvado del orden de los dripodontos.
Su existencia tenía una justificación evolutiva en un Mundo sin humanos. Con hábitos similares al león o el leopardo (con quienes experimentó una cierta evolución convergente, pero siempre desde la ausencia de parentesco), fue un controlador clave de canguros y demás marsupiales. La llegada del hombre, junto a un gravísimo Cambio Climático que desertizó cuasi la totalidad de la isla-continente australiana, hizo que el león marsupial fuera desapareciendo hasta su total extinción. Además de por no presentar peligro alguno para el hombre, su “primo”, el koala, sobrevivió entre las ramas de eucalipto, experimentando en la actualidad una suerte de “renacimiento como especie”. ¿Podemos comenzar a decir que el ser “bonito”, “amigable”, “tierno”... es un factor evolutivo positivo? ¿Es la garantía de que especies como el koala, el oso panda o el kiwi vayan a sobrevivir, aunque sea en jardines zoológicos? Creo que sí.
Fotografías:
1) Koala (http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Australia_Cairns_Koala.jpg) sujeto a CC-BY-SA licence.
2)Esqueleto del Thylacoleo carnifex en la Cueva de Naracoorte, en Australia Meridional.
*Al poco de escribir esta reflexión descubrí este vídeo:

martes, 7 de diciembre de 2010

Escapada a la Reserva africana de Sigean

“Escapada” es una palabra vaga, un término que puede denotar varias ideas: salir de un local sin pagar, escabullirse de un encuentro con una persona especialmente pesada, o más románticamente, hacer un pequeño viaje con tu pareja. “Escapada” es la acción de escapar de la rutina. Salir lo suficientemente lejos, no necesariamente en magnitud métrica, de aquello que constituye tu más común rutina. En tiempos de crisis puede formularse todo un “arte de la escapa”, toda una serie de fórmulas que, dependiendo de cuál sea el lugar de origen, pueden hacerse de la forma más económica y placentera. Les sugiero la escapa que ayer hice desde Barcelona.
Es puente de la Constitución, y la frontera con Francia así me lo confirma. Como si de una “Reconquista” del Rosellón se tratare, legión de coches con matrícula española invaden las tierras de Aquitania en busca de relax y desconexión. Mi pareja, eficaz conductora entre otras muchas virtudes, me conduce a la Reserva Africana de Sigean, su regalo para mi 25 años, una escapada de ensueño que, desde tiempos de infante, poblaba mi mente.
No sin cierto toque “rancio”, revelador de su larga experiencia como centro de protección y divulgación de la fauna (no sólo africana) el trayecto empieza por un tour en coche por diferentes instalaciones. Comenzamos por un primer recinto de herbívoros. En él, con suerte sólo a las puertas de la copiosa vegetación de matorral, nos encontraremos con varios ejemplares de “Syncerus caffer nanus”, o lo que es lo mismo, búfalos africanos enanos. Se trata de una subespecie de búfalo cafre (cusa ausencia, en no poca medida, se justifica por su alto número de incidentes con los individuos de nuestra especie) especialmente adaptada a la vida en la selva tropical. Junto a estos curiosos “toricos” (no confundir con el de Teruel) se ven impalas (uno de los antílopes africanos más célebres y hermosos).
Pasando a un segundo, y después a un tercer, recinto de herbívoros, nos encontramos con los springboks, o gacelas saltarinas. Estos hermosos antílopes son célebres por dar nombre a la selección sudafricana de rugby. Junto a ellos hay cobos (antílopes de gran porte, un tanto tímidos)... y avestruces. Seguramente sea una de las especies “más comunes” pero no podemos dejar de premiar a las avestruces con el título de “animales más simpáticos”. Como si de guardias de tráfico se trataran, las avestruces paran a los visitantes, no pidiéndoles documentación pero sí picando todo lo que tienen a su alcance. Sabida es su glotonería, por lo que procuraremos tener las ventanillas subidas y el coche cerrado (son especialmente amantes del “hurto”, picando con alevosía todas las manillas de las puertas de los automóviles). En el recinto colindante, sin dificultad alguna, veremos a las jirafas y a las cebras, así como a algún antílope ruano.
Tras pasar por la última de las tres separaciones de barras de hierro (que evitan que las pezuñas de las herbívoros pasen de su recinto) nos dirigimos a los recintos más emocionantes. Sería “todo un puntazo” que el excursionista llevara en el coche la banda sonora de Jurassic Park, pues los muros (con alambrada incluida) le recordaran a la célebre película. Cuando uno ya se está preguntado qué huésped poblará la próxima sección, el visitante se sorprenderá al contemplar un recinto superpoblado de osos tibetanos. No será extraño, pues fue nuestro caso, ver cómo se aposentan en medio de la carretera (tumbados). Su peligrosidad (es una de las especie de oso más agresivas) no será proverbial, pues el lujo de su recinto (junto a la vigilancia de un encargado expreso) lo evitarán en todo momento. Dejado este recinto, pasamos al segundo recinto de carnívoros, el de los leones.
La atmósfera del lugar no puede ser más sobrecogedora. Entre matorrales de sabana, charcas y árboles sentiremos la “inquietud” de estar siendo observados. La escena de “miedo contenido” cesa al ver cómo los coches se apelmazan, como si de un actor americano se tratara, en un lugar concreto (junto al guarda en comioneta, que en todo momento, vigila los movimientos del verdadero “monarca” de la reserva). No sin sorpresa contemplaremos la majestuosidad del gran león macho. Con sus rugidos llama a su harem de hembras, las cuales, no dejarán de vigilar a sus traviesos hijos en todo momento (una visión única).
Dejados los leones uno se inserta en tres nuevos recintos de herbívoros. Tras la visita a los grandes felinos, no dejará de ser menos interesante la interacción con los rinocerontes blancos... con no más barrera de separación que el propio coche. Quizá un tanto acostumbrados a los caprichos visuales del “homo sapiens sapiens”, no se inmutarán en exceso ante nuestra visita, y mostrarán sus mejores galas para ser fotografiados. Más que en cualquier otra celda, será importante que no abramos ninguna puerta. Junta a ellos hay una pareja de ñues de cola blanca, unos herbívoros que están entre los más hermosos, y amenazados, del planeta. Pasado este recinto... las avestruces, con su curiosidad congénita, vuelven a repasar nuestros coches, mientras que, no sin gran alegría, nos sorprenderemos al contemplar la belleza de las hermosas cebras. Posiblemente sea uno de los animales que más sorprenda al visitante, verlas en persona no tiene precio. Junto a los toros watussi (un clásico en todo safari europeo...) podremos ver a “mi animal insignia”... el ñu. Tímido y un tanto amedrentado por el público, mi animal favorito no dejará de vigilar los movimientos del viajero, pues a falta de cientos de amigos, es un animal doblemente cauto. Antes de terminar con los herbívoros podremos saludar al asno salvaje de Somalia, un animal en vías de extinción, que nos alegrará la vista con sus “cebradas” piernas. Premio a quien pueda llegar a ver al facocero ("Pumba") corretear por su recinto...
Después de tantas emociones se acaba el periplo en coche. Dejamos el auto y nos disponemos a vivir nuevas emociones. Cerca de los coches tenemos un lugar para hacer pic-nic, eso sí, con compañeros de excepción. Pavos reales... y ¡cigüeñas blancas! serán especialmente impertinentes con su peticiones alimenticias... Una vez se ha descansado visitamos el zoo a pie. Arruís, muflones, dromedarios, kudús, emúes, ñandúes, loros, puerco espines... el surtido es de lo más variopinto, pero una vez más, no serán pocos quienes se sorprendan con la visión de guepardos y licaones (el perro salvaje africano). Por motivos obvios, será a pie como podremos ver a los elefantes africanos. Dependiendo de la época, los veremos juntos o separados, siendo muy interesante poder admirar al gran paquidermo macho en su destierro.
Si Sigean destaca por algo es por el uso que hace del ecosistema natural en que se encuentra el parque. Pelícanos, flamencos, mil y una especies de patos, grullas y cigüeñas pueblan por saturación las marismas de la zona acotada, pudiendo, el visitante, llegar a acercarse (e incluso tocar) a algunas de estas aves. Posiblemente sea esta experiencia una de las más emocionantes de la visita. No se olviden de ver los cocodrilos, los macacos de Gibraltar, los suricatas ("Timón"), las serpientes... y los chimpancés. Sigean es puntero en su estudio, y podremos ver, aunque más intuir, el gran recinto del que disponen (con centro de estudios incluido, obviamente para el estudio de especialistas, que no de los primates).
Tras casi un día entero contemplando animales será muy recomendable que el visitante se acerque a Narbona, una de las ciudades más históricas del Mediterráneo (eso sí, muy venida a menos en cuanto a tamaño) y dependiendo del tiempo, que visita la urbe amurallada de Carcassone (un tanto “achocolatada” para mi gusto...). Es interesante llevar bocadillo para comer durante la visita a la reserva, pero de completar el viaje con algo de ocio cultural, mejor probar el plato típico de la zona: la Cassoulet, un plato (con judías blancas, pato, botifarra...) de lo más suculento y recomendable.
* Todas las imágenes son propiedad del autor.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El último grito del orangután

Escribió Estrabón que antaño una ardilla era capaz de atravesar España, desde los Pirineos hasta Gibraltar, sin bajarse de un árbol. Bien es sabido que el escritor griego no fue excesivamente riguroso en la mayoría de sus descripciones (y, de hecho, no se ha conservado el texto donde se realice tal afirmación, ya legendaria), pero el aspecto de Iberia debió ser por aquel entonces muy diferente al de hoy en día. Es evidente, como podemos ver aún en ciertos espacios naturales dispersos por lo ancho de nuestra geografía, que el bosque mediterráneo autóctono no se caracteriza por su espesura ni por gozar de árboles de gran altura, sino más bien por todo lo contrario, por tener un sotobosque rico y un arbolado predominantemente compuesto por carrascas, encinas, robles y sabinas... por lo que algo difícil debió tenerlo la ardilla en cualquiera de las eras recientes.
El bosque mediterráneo (no confundir con los hayedos de ciertas zonas del norte peninsular, herederos de tiempos pasados, y primos hermanos de los grandes bosques del centro de Europa) ha ido retrocediendo con el paso de los siglos. De un bosque donde habitaba el uro (antepasado directo del toro), el oso o el lobo, se ha pasado a una geografía compuesta por retales, de mayor o menor extensión, que, pese a todo, siguen situando a España como pulmón verde del Occidente “civilizado”. La interacción del hombre con el medio, hizo que este medio ibérico, privilegiado, sirviera de fondo para la construcción de grandes potencias e imperios: Roma, al-Ándalus o la Corona Hispánica. Sin embargo, sea por la roturación de grandes extensiones de bosque, o por la tala indiscriminada (no sólo en episodios como el de la construcción de “la Armada Invencible”), la superficie de nuestro arbolado patrio se vio menguada en pro de nuestro propio progreso como Estado. Llegados a este punto, se preguntarán cuál es el porqué de esta reflexión.
Pese a la concienciación global con el medio ambiente, las exitosas iniciativas en pro de la conservación de buena parte de las especies animales y vegetales más características o el incremento, en casos como el español, de la superficie boscosa en los últimos años, en los países en desarrollo la destrucción de la naturaleza sigue siendo una realidad. A todos nos viene a la cabeza el caso de Brasil, potencia emergente por antonomasia, y la destrucción, cada vez mayor, de la selva amazónica, pero no es el único caso.
En Indonesia se halla la segunda isla más grande del Mundo, Borneo. Hasta hace poco era el verdadero Edén, un mundo plagado de especies enigmáticas y grandes selvas vírgenes. Reino del orangután, Borneo cuenta con algunos de los ecosistemas más increíbles de todo el Globo. Rinocerontes, gibones, násicos (una curiosa, e incluso cómica, especie de mono narigudo)... el número de especies que pueblan este amenazado “Jardín del Edén” es fascinante. Sin embargo, el auge económico de la superpoblada Indonesia está poniendo en peligro este trozo de Cielo en la Tierra.
La dictadura de Suharto y la elevada tasa de corrupción interna no han sido los únicos enemigos del bosque pluvial. Como en cuasi cualquier otro lugar del planeta, las grandes internacionales económicas han puesto sus tentáculos en pro de la obtención de un negocio “bueno, bonito y barato”. Los jardines de América, Europa, y sobre todo Japón, lucen bonitos muebles hechos con madera selvática, la misma que sirve de materia prima para los acabados de lujo en muchos automóviles. La hipocresía de nuestro consumismo llega, incluso, hasta nuestras antípodas.
Sin embargo, a la “fiebre de la madera” se le ha unido una mayor y mucho más peligrosa, la “fiebre del biodiesel”. Lo mismo que en Madagascar o en la propia Brasil, Borneo está siendo presa de las grandes plantaciones para la obtención de aceite de palma (la mejor y más eficiente fuente de producción para este tipo de combustible). De seguir a este ritmo, la selva de Borneo, y sus orangutanes, desaparecerán en menos de lo que tarde en cumplirse la próxima década. La desaparición del orangután o el gibón es especialmente dolorosa, pues son algunas de las especies que comparten con nosotros más ADN. Sin embargo, la reflexión de fondo es mucho mayor, y si cabe, aún más conflictiva.
Este artículo ha podido ser escrito porque el autor dispone de un ordenador. Y ese ordenador es producto de pertenecer a una sociedad avanzada, como es la española. Obviamente, el avance de España como Estado privilegiado, por más que ahora estemos en una Crisis económica gravísima, se ha visto históricamente favorecido por la destrucción del medio: explotación masiva de los recursos mineros, tala indiscriminada o extinción de múltiples especies (como los propios uros, o el oso y el lobo en la mayor parte de nuestra geografía).
¿Dónde está el derecho al desarrollo y dónde la obligación de conservar el medio ambiente? ¿Cómo fomentar la igualdad de los hombres y al mismo tiempo garantizar la supervivencia de oragutanes y gibones, entre otras especies? La mejor política medioambiental es garantizar la justicia universal. Si admitimos que ésta es un deseo inalcanzable... ¿no tienen alternativa los orangutanes? ¿Sólo les queda la opción de extinguirse, lentamente, en los diferentes parques zoológicos?
* Nota: los problemas de Borneo no son endémicos, su vecina isla de Sumatra, no digamos ya Java, están experimentando una destrucción, no sólo equiparable, sino más avanzada. El oranguntán de Sumatra (una de las dos subespecies que existen, junto al de Borneo) ha visto reducido su número a más del 90 por ciento, en los últimos tiempos.
* Algunas fuentes para ampliar información:
* Para ver derechos y origen de cada ilustración, clickea sobre ella.

sábado, 9 de octubre de 2010

Ni perros, ni gatos...

Si hay un orden animal interesante por antonomasia es el de los carnívoros. Motivo de mitos y atávicos recuerdos de predación, los miembros de este orden fueron nuestros peores enemigos en tiempos pretéritos, habiendo pasado algunos de sus miembros, hoy en día, a ser fieles amigos y compañeros. Y es que, como perro y gato, nunca mejor dicho, el orden de los mamíferos carnívoros se divide en dos subórdenes: “caniformia” (afines al perro) y “feliformia” (afines al gato). Dentro de los primeros, además de lobos, perros y zorros, se encuentran los osos, los mustélidos (comadrejas, hurones...) y las focas, mientras que dentro de los “feliformes” se encuentran los felinos, las hienas, y los vivérridos y mangostas. La presencia de felinos y cánidos en nuestra sociedad nos es recordada por nuestros perros y gatos, ¿pero qué sucede con los otros miembros del orden “Carnivora”, y muy especialmente, con los miembros más pequeños? Dejando a un lado a los mustélidos, quisiera centrarme en los parientes memores de los felinos, los vivérridos y mangostas.
Los restos de antiguas civilizaciones no se reducen nunca a un cúmulo de piedras. A las ruinas arquitectónicas siempre les acompañan otros restos: sean culturales o, como será en este caso, “zoológicos”. La presencia del dingo en Australia, o del puercoespín en los bosques de la Toscana italiana, se deben a la introducción por parte del hombre (por más que en la actualidad se hayan integrado perfectamente en el ecosistema, siendo parte indispensable para su actual equilibrio). Sin embargo, ¿existen casos similares en nuestra Península Ibérica?
Iberia ha sido cuna de grandes civilizaciones. Los mayores imperios de la historia humana han tenido a la actual España, bien como centro, bien como núcleo duro. Roma y el propio Imperio Hispánico tuvieron a la Bética (actual Andalucía) como gran vergel para el ocio y la horticultura, a la vez que supieron aprovechar el potencial agrícola, y ante todo minero, del resto de nuestra geografía. Dado el rendimiento de estas tierras, no es de extrañar que existieran regiones en España muy densamente pobladas. Con las gentes llegaron sus mascotas, y en ocasiones, otras especies que hicieron de polizones en las diferentes naves y navíos o que fueron introducidas con finalidades cinegéticas o de control de alimañas. Nuestro bosque mediterráneo, a la vez que acondicionador de la “cultura española” a lo largo de los siglos, también ha sido acondicionado, él mismo, por las gentes que han poblado sus aledaños. Dos grandes potencias extranjeras: Roma y el Islam, fueron quienes introdujeron varias de las especies animales y vegetales que hoy consideramos como “típicamente españolas”. El algarrobo en lo vegetal, o el faisán en lo animal no son ejemplos únicos, destacando, y no precisamente poco, la inserción de carnívoros foráneos en nuestros bosques.
Hallazgos en las cuevas de Nerja (Málaga) han dado luz a los investigadores sobre la inquietante presencia de meloncillos (Herpestes ichneumon), una especie de mangosta, en nuestros bosques. Según se deduce de estos restos, hallados en 1959 (y analizados recientemente por la Universidad de Upsala), el meloncillo fue introducido por los árabes como mascota (bien como diversión, bien como fiel controlador de las poblaciones de reptiles y roedores). Origen que vendría a ser el mismo que el de la jineta.
La jineta (Genetta genetta) se cree que fue importada por los romanos como mascota, habiendo sido documentada su presencia en las casas romanas con anterioridad a la llegada del gato doméstico, procedente éste del Antiguo Egipto. La jineta fue vista como un cazador infalible útil para el control de las poblaciones de conejo, a la sazón, muy abundantes antes de la llegada de la mixomatosis (hay quien llega a afirmar que el conejo es originario de Iberia y Baleares, significando, incluso, el nombre de Hispania: "tierra de conejos"). La abundancia del conejo en Baleares fue tal que fomentó una considerable introd
ucción de jinetas, que han llegado a convertirse en una suerte de "subespecie", la jineta ibicenca, de menor tamaño debido a la insularidad.
Pese a no ser considerados como vivérridos ambos, la mangosta española, meloncillo, y la jineta son parientes cercanos, ambos del suborden feliformia. Al igual que sus parientes, las hienas, se trata de especies violentas, muy propensas a la agresión para con los suyos y el resto de las especie. Es proverbial la destreza de la mangosta en la lucha contra las serpientes, sean éstas cobras o culebras, habiendo llegado hasta nosotros mitos y leyendas respecto a ellas de lo más interesantes. Marcial, el célebre poeta de Calatayud (Bílbilis), llegó a hablar del valor de las entrañas de la mangosta para el tratamiento de las heridas de serpientes venenosas. Otros mitos en torno al animal, lo situaban como un terrorífico enemigo, no sólo de las serpientes, sino también de los cocodrilos. Se decía por los romanos que eran capaces de meterse dentro de los cocodrilos cuando estaban con la boca abierta, yendo rápido a sus entrañas, para comérselas y vencer así al animal. Obviamente, los mitos romanos, como respecto a otros muchos animales, son sumamente sensacionalistas y no debe hacerse especial caso de su veracidad.
Se mire por donde se mire, el hombre ha servido como “factor” para la Naturaleza muchas más veces de las que nosotros creemos. Jinetas y meloncillos vinieron a enriquecer nuestros ecosistemas sin que tuviéramos la conciencia de hacerlo. Participamos, no de una inteligencia superior, sino de un equilibrio, un medio, una existencia, que nos hace partícipes de su totalidad, en cada cual de nuestras acciones particulares...
1ª imagen: jinetas
2ª imagen: mangosta

domingo, 4 de julio de 2010

Jugando a ser dioses.

Siempre me han gustado los juegos de estrategia (a poder ser “en tiempo real”, y no tanto “por turnos”). Stracraft (cuya segunda entrega espero con ansias), Age of Empires, Empire Earth, o los Total War, incluso, son juegos que me han seducido muy especialmente, quizá como correlato a mis fantasiosas ganas, tan joviales, de dirigir ejércitos, construir ciudades, o Imperios. Podemos decir que se trata de uno de los géneros de videojuegos más existosos, junto a los simuladores deportivos o los arcade bélicos (ambas categorías, no muy de mi agrado). Si hay algo que sobresale en estos productos, son las posibilidades que prestan al jugador: ser “un dios” en un submundo virtual, y finito. Me pregunto si desde los dogmas de la Iglesia (o del Islam u otra religión), estos juegos no debieran ser prohibidos. A lo largo de la Historia se ha demostrado que “jugar a ser Dios” es uno de los grandes pecados capitales, pues por definición, la Religión implica “misterio” y “transcendencia”.
Personalmente apoyo incondicionalmente a la Ciencia. Existen muy pocos reductos que puedan serle privados. El progreso del hombre se basa en la investigación, sin rígidos moldes o límites, y no me parecería legítimo que la “metafísica” pudiera imponerse “a la física” privándonos de mejoras, muchas veces saludables, en lo que se refiere a nuestra calidad de vida. Desde la ignorancia, siempre he creído en la existencia de un cierto “clero” en lo que a las ciencias se refiere, especialmente en las biológicas.
Un concepto que siempre me ha picado la curiosidad es el de “especie invasora”. Tradicionalmente identificamos el concepto con las cotorras argentinas (un ejemplar de los cuales tuve por mascota, quién sabe si ello me condiciona) o los cangrejos americanos, por poner dos claros ejemplos. Se afirma, y constata, que estos seres producen gravísimos desequilibrios en los ecosistemas que los reciben, produciendo, en no pocas ocasiones, la mengua, e incluso desaparición, de las especies nativas. Tal sería el caso, muy especialmente, de las especies introducidas en las islas de todo el Mundo. Serán pocos quienes no hayan oído hablar del kiwi neozelandés o del dodo de San Mauricio. Al tratarse de especies muy adaptadas a su medio, evolucionadas virtud del aislacionismo físico de sus hogares en la naturaleza, el impacto que la introducción de especies foráneas (incluidos nosotros mismos como especie) ha causado, en algunas ocasiones, la reducción drástica de individuos, en otras, su extinción.
Hace unos días, pasándome por la mejor taberna bloggera de cuantas conozco, me estoy refiriendo a “La taberna del Drunkerosteus”, me enteré de la reintroducción del bisonte europeo en España, concretamente en la localidad palentina de San Cebrián de Mudá. Se trata de siete ejemplares traídos desde la célebre selva de Bielowieza, en Polonia, todos ellos de “pura sangre” salvaje, no mestizada con ganado vacuno. Como indica mi avispado amigo bloggero, su introducción puede que tenga efectos en la conservación del urogallo, por lo que se deberá estar atento. Dicho esto, se confirma una idea que llevaba tiempo paseándose por mi cabeza, y es que me pregunto si no sería posible que estos experimentos se realizaran más a menudo. ¿Por qué no comenzar a creer en la generación de “ecosistemas artificiales”? ¿Por qué no jugar a ser divinidades creadoras de jardines del Edén? Al invocar este sueño, tal vez irrealizable, a muchos les vendrá a la cabeza del ejemplo de las islas Hawaii.
Con la llegada del hombre occidental, llegaron a las Hawaii otros animales. Al igual que ocurriera en los archipiélagos del Pacífico Sur, el hombre trajo consigo a los gatos, los perros, las cabras, los cerdos... y las ratas. Las plagas de ratas en Jamaica y Hawaii fomentaron la introducción de mangostas, con el fin de que éstas las exterminaran. El resultado fue más bien funesto, las mangostas acabaron con buena parte de las biodiversidad de ambos lugares, pues se comieron los huevos de unas aves que no estaban acostumbrados a este tipo de depredadores. La introducción del siluro, caso especialmente conocido por los aragoneses, ha sido también un factor de desestabilización del equilibrio ecológico. Estos peces de gran longitud son especialmente voraces, y son capaces de acabar con las poblaciones de otros peces. Efectivamente, lo mismo que una especie puede llegar a extinguirse en su hábitat, puede llegar a acabar con otras de ser "movida" de su lugar de origen.
Una vez más, nos encontramos no ante un "aspecto artificial" sino ante un "aumento de velocidad". El traspaso de especies entre los diferentes lugares es un fenómeno constante, en buena parte fomentador de la creación de nuevas especies. Los camélidos, por ejemplo, surgieron en América del Norte, y de no haberse movido de sus planicies originales, no habrían sobrevivido hasta nuestros tiempos. El dingo, el famoso cánido australiano, ha llegado a convertirse en un depredador fundamental, siendo juez del equilibrio zoológico en lo que a las sabanas autralianas se refiere. La "introducción" no es un problema, lo mismo que "el calentamiento global", lo peligroso es la alteración de velocidades que provocamos con nuestras acciones.
Ojalá pudiera llegar el momento en que nuestros conocimientos nos ayuden a "alterar el medio" en pro de la conservación de las diferentes especies del Globo. El caso del bisonte europeo es un ejemplo para la experanza, pero no es el único (destaca el "reencuentro", después de siglos, del tigre y el león asiático en la India), ni tampoco el único que se practica en España (véase el problemático caso del oso pirenáico). ¿Podremos crear, innovar en lo natural, lo mismo que acceleramos los procesos naturales? ¿Sabemos fabricar "carrocerías", o sólo sabemos de "cambios de marchas"?
2) Dos ejemplares disecados de dodo, Museo Nacional de Historia Natural, Londres (foto del autor).

domingo, 12 de julio de 2009

El misterio de los murciélagos

¡Cuánto añoro aquellas tertulias nocturnas en la playa! Los juegos de juventud, no necesariamente con alcohol, en los que se jugaban besos, secretos, e incluso, se contaban historias en ambiente (leyendas urbanas y otras imaginaciones previstas para asustar a jóvenes incrédulos). El verano se presta para ello, para el ocio, el divertimiento y las reuniones de amigos… ello si no tienes que estar estudiando…. No recuerdo que en mi caso fuera tema de una de estas charlas, sin embargo, con total seguridad sí que lo ha sido en otras muchas el tema de los vampiros.

Más allá del mito, el vampiro (Desmodus rotundus) es un murciélago hematófago (es decir, se alimenta de sangre) que habita desde Chile hasta el sur de los EEUU, pasando por toda Centroamérica y la Amazonía. Aunque alguna vez son humanos (curioso testimonio es el mostrado por el colonizador Gonzalo Fernández de Oviedo, quien tuvo que usar de métodos indígenas para superar la picadura), lo normal es que sus presas sean ganado u otros grandes mamíferos (se estima que en los países de América Latina, la mortalidad anual es de 50 mil cabezas de ganado, y que anualmente por lo menos tres mil cabezas han muerto por la rabia en Bolivia[i]). No provocando la muerte, salvo en muy raras ocasiones, y por mera reincidencia. Muy diferentes al vampiro Drácula, la peligrosidad de estos seres reside en el largo haz de enfermedades que son capaces de transmitir con su mordedura, a destacar, la rabia….

Fuera de personajes históricos a los que presuntamente se les atribuyó una dieta hematófaga, como la Condesa Elizabeth Bathory o Vlad Draculea (Vlad III o Vlad Tepes), héroe nacional rumano que luchara contra los otomanos, los vampiros, a día de hoy, parecen tener una "explicación clínica". De hecho, no es casualidad que en la Transilvania (actualmente parte de Rumanía) de los siglos XVI y XVII hubiera una epidemia de rabia. Como es bien sabido, esta enfermedad se contagia por la mordedura de algunas animales que la aquejan, fundamentalmente los perros (quizá por ello "malditos" para el mundo islámico). Es posible que las víctimas de esta enfermedad (que sufren crisis nerviosas, insomnio, espasmos o hipersexualidad) fueran parte fundamental en la creación de esta leyenda. Paradojas de la historia, un animal como el vampiro, que no habita en Europa, es el principal transmisor de la enfermedad en América latina, sólo que, a diferencia del perro o el ser humano, sólo es portador, y no sufre ningún síntoma con la misma....

Un "misterio científico" de mayor trascendencia hace referencia a la evolución de estos animales. Se crea o no, los científicos más prestigiosos en la materia discuten cuál es la relación entre los murciélagos y los primates. Obviamente serán muchos quienes se escandalicen con esta idea, y opinen que: ¡el Creacionismo está en lo cierto, no pudiendo tolerarse que existan gentes que defiendan tal "parentesco"!. Antes de continuar, observemos estas dos ilustraciones:

Los "murciélagos" se dividen en dos grupos: megamurciélagos y micromurciélagos. La primera ilustración corresponde a una de las especies más características del primer grupo de "mordeguises" (como se les conoce en la "región" española de Celtiberia), el zorro volador, mientras que la segunda ilustración (a la derecha) representa a una de las múltiples especies de lemures que habitan la isla de Madagascar. El parecido es obvio.

John Pettigrew, de la Universidad de Queensland (Australia) sugirió en 1986 que ambos grupos de murciélagos pertenecen a grupos totalmente diferenciados. Así, los megamurciélagos vendrían a estar íntimamente relacionados con los primates y el colugo (extraño animal planeador, con aspecto de "lemur", que habita en Indonesia). Esta tesis se basa en los cerebros de estos murciélagos, mucho más complejos y desarrollados que en el caso de los micromurciélagos (o "murciélagos" a secas). Esta teoría ha sido muy criticada. Investigaciones posteriores, destacar las llevadas a cabo por Simmons y Geisler (Museo de Historia Natural de Nueva York), defienden que todos los murciélagos participan de un mismo grupo taxonómico, no teniendo relación, al menos cercana, con los primates.

Si contemplamos el problema teniendo en cuenta el fenómeno de la "evolución convergente", nos daremos cuenta de que existen animales que pueden llegar a ser muy parecidos sin estar necesariamente emparentados, simplemente por efecto de la adaptación del medio y la selección natural (véase el caso del delfín y el ictiosaurio, por ejemplo). Por esta razón, es bien posible que megamurciélagos y micromurciélagos se parezcan por "convergencia", lo mismo que lemures y zorros voladores, desde el otro punto de vista.

Los partidarios de la segunda tesis afirman que el mayor desarrollo del cerebro de los zorros voladores se basa en los grandes ojos que poseen, razón por la cual requieren de un nervio óptico, y cerebro, de mayores proporciones (algo similar a lo que sucedió con Troodon, el dinosaurio con mayor masa encefálica). Sin embargo, ninguna postura parece clara. Los prejuicios son muchos, y entre quienes defienden la primera posición figuran científicos de la talla de Colin Tudge.

Se mire por donde se mire... los murciélagos son criaturas desconcertantes....

[i] Fuente: http://www.cetabol.cotasnet.com.bo/rzsp/9/sp/naka.pdf

Ilustraciones:

1) Vampiro (http://zmmu.msu.ru/bats/science/fauna/exfauna/desmod.html)

2 y 3) "Kalong, Pteropus celaeno Herm. 1/5 natürlicher Größe." de Gustav Mützel y Lemurs or Madagascar:Malagasy Primates, http://www.tsidy.com/lemurs/index.asp.

lunes, 6 de abril de 2009

Oda al hadrosaurio, el último dinosaurio...

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
Augusto Monterroso
En todo lo científico, y por ende, empírico, existen factores que distorsionan el cómo recibimos aquello que nuestros sentidos perciben (o en su defecto, interpretamos con nuestra habilidad de abstracción, véase imaginación). Quizá los más notorios de todos estos factores sean: el afán de originalidad y la fijación en aquellos modelos más sensacionalistas. Así, es extraño que alguna cultura a lo largo de la historia haya visto representado en su mente, sea individual o social, en el hallazgo de un fósil de dinosaurio, un ser bondadoso, o equivalente, a los que pueblan su medio ambiente. Nada más lejos de la realidad. No será ésta la primera vez que hablamos sobre cómo se ha centrado el saber “sauriano” popular en especies como el Tyrannosaurus, menospreciándose al resto.
Dentro del “grupo” de los dinosaurios, sin lugar a dudas, los hadrosaurios (o dinosaurios pico de pato) han sido, de siempre, los peor considerados. En nuestros “bestiarios” siempre los hemos representado como los “ñúes del Mesozoico”, carne fácil para los terépodos depredadores. Sin embargo, no sólo los hadrosaurios, sino todos los ornitópodos en general, están "lavando" su imagen virtud de los últimos hallazgos.
En el 2002 tuvo lugar uno de los hallazgos paleontológicos más inquietantes de todos los tiempos. En Nueva México (EEUU), yacimiento de Ojo Álamo (1), científicos americanos encontraron restos de hadrosaurios, presumiblemente pertenecientes al Paleoceno, o lo que es lo mismo, el primero de los periodos en los que se divide el Terciario. Según este hallazgo, cuestionado por no pocos científicos, los dinosaurios sobrevivieron a la "extinción masiva" de hace 65 millones de años para morir algunos, pocos, millones de años después...
Corythosaurus, Edmontosaurus, Hypacrosaurus, Kritosaurus (en la imagen) o el legendario Parasaurolophus son algunos de los miembros de este basto linaje de gigantes herbívoros. Sus orígenes se remontan, presumiblemente, a los dinosaurios afines a Iguanodon, siendo el Cretácico superior (convencionalmente, el último periodo de los dinosaurios), la época de mayor esplendor de esta variopinta dinastía. Especies como Anatotitan nos demuestran que se trataba de seres capaces de habitar los ecosistemas más diversos, desde ciénagas, selvas, pasando por sabanas o climas semiáridos. Precisamente, este último género citado se cree que fue capaz de alimentarse en pantanos y ciénagas, siendo estos lugares, a su vez, sus refugios en caso de peligro. Más allá de tener cuernos, púas o colosales porras, los hadrosaurios se caracterizarían por su versatilidad, cualidad que es la mejor defensa por la poder defender la tesis de que "sobrevivieron" a la gran extinción. Sin embargo, no sólo para este caso los hadrosaurios nos brindarían grandes incógnitas.
El equipo de Jack Horner (quizá uno de los más famosos paleontólogos de todos los tiempos, pese a su aspecto "western") descubrió en la Formación Dos Medicinas (Montana, EEUU), allá por el año 1979, unos restos excepcionales: fósiles de un hadrosaurio junto a nidos con restos de huevos, hojas fosilizadas y pequeñas crías de dinosaurio, de pocos días de vida. Por razones obvias, esta nueva especie recibiría el nombre de Maiasaura ("reptil buena madre") y demostraría a la ciencia algo, que a día de hoy, es ya evidente... los dinosaurios cuidaban de sus crías.
En biología, el coste energético, alimenticio, y ante todo, biológico que "invierten" las diferentes especies en el cuidado de su prole se conoce como "cuidado parental". La magnitud de éste siempre ha estado ligado, proporcionalmente, al nivel de complejidad de la especie. Se conocen pocos datos de reptiles que "inviertan" magnitudes considerables, a excepción de cuidados muy puntuales como los proporcionados por los cocodrilos a sus infantes, recién salidos del huevo, sin embargo, el dato que Maiasaura liga a los dinosaurios, nos sirve, una vez más, para acercar a estos seres a sus, inexcuables, descendientes las aves (por más que los ornitópodos, de los que forman parte los hadrosaurios, no fueran “antepasados” directos de éstas, como sí, parece ser, lo fueron los terépodos (dinosaurios carnívoros)).
Se mire por donde se mire, los prejuicios se ven superados por la realidad biológica. ¡No me juzguen por mi pico de pato! Podría ser el eslogan de una campaña en pro de estos “incomprendidos” seres maravillosos. El post no da para más, y su historia es larga… volveremos a ellos en otra ocasión, sin lugar a dudas, con motivos para ello.
Una última nota para la reflexión: científicos chinos acaban de publicar el hallazgo de un ornitópodo ("Tianyulong confuciusi") dotado de filamentos que bien pudieran ser “prototipos” de plumas. Teniendo en cuenta que las aves no están relacionadas con este grupo de animales (ornitisquios), y sí con los terépodos (saurisquios)… ¿deberá la ciencia de replantearse el origen de las aves? Personalmente creo que Sordes y los pterosaurios aún no han dicho la última palabra…
Y una propuesta para la comunidad científica: Maiasaura (“reptil buena madre”) debiera cambiar su nombre por el de “Dulcesauria”….
¡Felicidades por tu cumpleaños Mama!
(1) Fassett, J, R.A. Zielinski, & J.R. Budahn, 2002. Dinosaurs that did not die; evidence for Paleocene dinosaurs in the Ojo Alamo Sandstone, San Juan Basin, New Mexico. In: Catastrophic events and mass extinctions; impacts and beyond. (Eds. Koeberl, C. & K. MacLeod): Special Paper - Geological Society of America 356: 307-336. (2002).
* En contra de la teoría de que los hadrosaurios sobrevivieron hasta el Paleoceno, véase el estudio realizado por científicos mejicanos en: http://rmcg.unam.mx/22-3/(12)Benammi.pdf
- Segunda foto: Maiasauras con sus nidos del genio Fabio Pastori

domingo, 9 de noviembre de 2008

Lucha por la Tierra: el combate que los dinosaurios nos ganaron.

Hace unos 251 millones de años (inicios del Triásico), la Tierra se estaba recuperando de una de las peores catástrofes que jamás haya sufrido: la extinción masiva del Pérmico (“Great Dying”). Ésta había acabado con buena parte de las especies vivas (96% de las marinas, 70% de las terrestres), dejando a la Tierra prácticamente huérfana de habitantes. Jamás tuvo tanto significado el postulado de “supervivencia de los más aptos”, pues fueron pocos, pero selectos, los taxones que sobrevivieron a tan perverso acontecimiento.
Los reptiles, no dispuestos a abandonar un planeta que hasta aquel momento les había pertenecido, no sin previas “luchas evolutivas”, continuaron detentando el cetro, pues fueron los más aptos para tamaña odisea. De entre los supervivientes destacarían dos grandes grupos reptilianos: los arcosaurios (“reptiles dominantes”) y los reptiles mamiferoides (en concreto, los terápsidos, su orden más evolucionado). De ambos bandos tenemos supervivientes (aves, cocodrilos o nosotros mismos), pues hay que decirlo, la “lucha” que en ese período geológico se produjo, condicionó, en demasía, la terrena posteridad.
Los terápsidos ya habían medrado por la Tierra durante el Pérmico. Célebres especies como Estemmenosuchus o Moschops, pastaban por las llanuras pérmicas, siendo víctimas de especies de lo más pavorosas (véanse, por ejemplo, el extenso linaje de los Gorgonópsidos, cuyo nombre se remite a las mitológicas gorgonas, bestias femeninas de la religión griega arcaica). En la extinción del Pérmico, fueron de los pocos grupos capaces de mantener a sus representantes en la “pole position” de la lucha por la Vida, bien lo sabría el eminente geológo, Alfred Wegener.
Imagínense un mundo poblado, cuasi exclusivamente, por una sola especie animal. Algo así sucedió a principios del Triásico. Lystrosaurus, pues así se conoce al animal, poblaba buena parte del Globo, habiéndose encontrado sus fósiles en lugares tan distantes entre sí como la India, África o la Antártida. Éste, junto con otros, fue uno de los argumentos de los que se valió Wegener para probar su “teoría de la deriva continental”, demostrando que el subcontinente indio, la Antártida, Sudamérica y África antaño estuvieron unidas en un mismo supercontinente: Gondwana (respecto a éstas dos últimas contrástese lo dicho con un mapa para ver cómo encajan, como si de un puzle se tratara). Los enormes rebaños de Placerias, Kannemeyerias y Lystrosaurus, cazados por terroríficos Cynognathus (primera ilustración)hacían presagiar que la balanza se decantaría a favor de ellos, sin embargo, no fue lo que aconteció.
Al mismo tiempo, en virtud del enorme potencial dado por la última extinción (fenómeno enervador de la maquinaria evolutiva), un nuevo grupo de reptiles, conocido genéricamente como arcosaurios, daba sus primeros, y exitosos, pinitos. El paso del desierto (de inicios del Triásico) a un clima cada vez más húmedo (conforme se acercaba el Jurásico), prestó una gamma de hábitats a los arcosaurios, que lejos de desaprovechar, ocuparon. Rutiodon fue un ejemplo del nuevo orden. El fitosaurio fue una de las especies, depredadoras, más abundantes en aquel ecosistema. Junto a él, aparecerían otros grupos, destacando el próspero taxón de los cocodrilos. Postosuchus y Erythrosaurus (dos enormes depredadores, a mitad de camino entre cocodrilos y dinosaurios), Desmatosuchus (un alargado reptil acorazado, herbívoro), o el propio Rutiodon, fueron algunas de las especies más características del momento.
Pasaba el tiempo, y como si de la más maravillosa de las historias se tratase, ambos grupos luchaban en sus respectivos ecosistemas. Poco a poco comenzaron a salir los testigos de futuras especies, algunas predestinadas al dominio. De entre los arcosaurios destacarían los cocodrilos, los pterosaurios, y muy especialmente, los dinosaurios. No cabe duda de que el éxito de éstos arrinconó a los terápsidos, condenándolos a una suerte de “exilio”, preferiría decir “retiro”, evolutivo. Eoraptor o Herrerasaurus nos demuestran que los primeros dinosaurios, de medianos a finales del Triásico, fueron eminentemente depredadores. Presa de ellos, manteniendo pocas especies preeminentes, los terápsidos fueron reduciendo su tamaño, evolucionando silenciosamente, preparándose para una fría venganza, un mejor porvenir. El pelo de estos animales nos da una pista de su próximo éxito. Una rama de los terápsidos halló un arma evolutiva de primer nivel: el cuidado de sus hijos. Ese fue el principio de la más exitosa legión, los mamíferos estaban a la vista.
Si bien los mamíferos son los actuales dominantes del planeta (siendo el hombre el más poderoso de todos ellos), cierto es que antaño los arcosaurios “nos ganaron la partida”. Muchas veces se ha oído que la extinción de los grandes saurios permitió el inicio de un proceso evolutivo que condujo al hombre. La realidad geológica parece demostrar este trayecto. Somos herederos de los terápsidos, un grupo animal tan enigmático como apasionante. Quién sabe cómo será el futuro, pero por el momento, ¡finalmente vencimos a los arcosaurios!.
Ilustraciones:
1) El terápsido Cynognathus, gentileza de Luis Rey (http://www.luisrey.ndtilda.co.uk/).
2) Ceratosaurus, un dinosaurio (arcosaurio) del periodo Jurásico, cortesía de Fabio Pastori (http://www.fabiopastori.it/).
Nota: un “nuevo” taxón evolutivo surgiría, en el Jurásico, de entre los arcosaurios, de los dinosaurios, en concreto, dando lugar a las aves modernas.