domingo, 6 de mayo de 2012
Ganar en orgullo. Homenaje a Pep Guardiola.
domingo, 29 de mayo de 2011
Si me dejaran a mí...
todo, en oportunidades. Me imagino un gran Estado (mayor que Francia y próximo a Alemania en población) donde las administraciones fueran eficientes. ¡Adiós a Autonomías, adiós a provincias y diputaciones! La nueva “Ítaca” con la que yo sueño, es hasta cierto punto “independentista”.
tener competencias normativas en exclusiva sobre los problemas cotidianos de la ciudadanía, el establecimiento de comunicaciones, urbanismo... etc. viernes, 6 de mayo de 2011
Por la radio te escuché
vecinos “cívicos” que lanzan su bolsa de la basura a la papelera... todo ha sido cotidiano, maleducadamente normal, hasta que, como cualquier otra mañana, encendí la radio.
es la catalana (ni que sea por la tenencia de una lengua endémica), no puede centrar sus bromas en anticuallas folclóricas, ni mucho menos en el insulto a barrios con fuerte inmigración nacional e internacional. Centrarse en la risa respecto a lo ajeno muestra las carencias de lo propio. sábado, 29 de enero de 2011
España: unidos en la diversidad.
“trasplantes” de difícil asimilación patria. Ora con base a la filosofía germana, ora con la idiosincrasia francesa, España es capaz de acoger una institución austriaca (como el Tribunal Constitucional) y al mismo tiempo un Código Civil de clara simetría napoleónica. El núcleo duro del funcionamiento nacional es una simbiosis de instituciones foráneas. Cual ejemplo de internacionalismo, España se obceca en soluciones consolidadas en vez de regocijarse de sus propias posibilidades como realidad diversa.
situar el Parlamento autonómico de Castilla-la Mancha.
catalán o el gallego. Muy gráficamente... ¿Nadie ha pensado que "la Valencia" del Cid fue una entidad autónoma? ¿o que si Nápoles fue española en algún momento fue "por culpa" de la Corona de Aragón, que no por Castilla?lunes, 29 de noviembre de 2010
Crónica de una socialista muerte anunciada.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Guarra
Era una tarde cualquiera de octubre. El tren de Cercanías Renfe (Hospitalet-Mataró) realizaba su periplo habitual por la costa del Maresme. En aquella ocasión había sitio donde sentarse. La gente estaba absorta en el viaje, unos pensando en qué les esperaría en casa después de un largo día de trabajo, otros, en cuál sería el resultado del próximo partido del F.C. Barcelona. Nada era diferente en la más absoluta normalidad; en mí sólo era especial el pensamiento que me corría por la mente, refiriéndose a la chica que descansaba sus pies sobre el asiente de enfrente.lunes, 12 de julio de 2010
viernes, 28 de mayo de 2010
Querido museo
es de todas las edades. 
domingo, 9 de mayo de 2010
¡Enhorabuena campeones!
sábado, 8 de mayo de 2010
El pulpero de Lugo
España jamás fue un país de mercaderes. Obviando a la civilización tartésica, desaparecida con afán de crear el mito, la Península Ibérica fue siempre terreno para la especulación foránea, más que para la generación de capital con el propio comercio. Hubieron intentos notables, y éxitos “imperiales”, al aprovechar la antigua Corona de Aragón las virtudes de una Cataluña abocada al mar, con sucursales en todo el Mediterráneo, sin embargo, a diferencia de los italianos, los españoles jamás fuimos capaces de consolidar un “fondo de comercio exclusivo”, virtud de la venta de lo propio. En las Españas siempre se ha estado siempre más propenso a la religiosidad y al misticismo (ahora político), que a la generación de empresa y capital. “Españoles e italianos, primos hermanos”, es un dicho de lo más incorrecto. A los parecidos físicos y lingüísticos no le acompaña una competitividad a prueba de bombas, quién sabe si heredera de los tiempos del Imperio Romano. En cualquier deporte, y ahora también en los restaurantes, los habitantes de "la bota balompédica" nos ganan en ingenio, quedándose siempre un mayor porcentaje de beneficio, aún siendo rancios con la materia prima.
Por favor, no coman más pizza. Ese plato tan vanagloriado por los esbirros de “Berlusco” aune las mayores glorias del país italiano: la "rentabilidad" de la harina, unida a la "ingeniosa" combinación de unos pocos ingredientes. Tortillas, croquetas, empanadas o demás tapas variadas poco tienen que hacer con tamaño margen comercial, so pena de ser los españoles, por lo general, fácil presa para la italiana “sopa boba”. ¡Gracias a Dios! Cual alabando los escritos de Cicerón (y sus odas al trabajo manual, al cultivo de la tierra y las materias primas), aún existen lugares de nuestra geografía propensos a dar buenos guisos patrios. Como si de aquel programa de documentales se tratara, a veces existen verdaderos “paraísos cercanos” para los más exigentes gurmets, no demasiado lejos de casa, y cerca de los italianos...
“El pulpero de Lugo” roza lo sacrílego. Situado en la calle Joan Maragall de Sant Adrià del Besós (poesía pura a la gastronomía), es el lugar idóneo al cual pudiera llevarse a Cicerón, de resucitar y querer comprobar “in situ” sus sabias tesis. ¡Déjense de pizzas, pepperonis, calzones y demás intrusismos napolitanos! Cuales héroes en un mundo donde la comida tradicional no se precia, los dueños del local cumplen con creces la labor de anfitriones, aunando buen hacer a simpatía. Su pulpo es proverbial, con secreto (jamás revelable), son capaces de cocinar al molusco de tal forma que, lo que en otros lugares parece plástico, aquí acontece gloria.
Puestos a alabar, diré, con serios tintes realistas, que en ese lugar son propensos a romper mitos. A la leyenda de que “lo bueno” de España se va fuera, ellos anteponen los productos frescos que traen desde la misma Galicia. Carnes de los valles de O Caurel, navajas de Finisterre, todo ello bañado en caldo legendario, hacedor de inolvidables veladas entre amigos. El “turbio”, dulce y con esa propiedad de “pasar por agua, para subir como el wisky” bien pudiera tomar el puesto del sobrevalorado “Lambrusco”, a la vez que su pan, típico gallego, nada tiene que ver con cualquier masa de pizza, como si la mafiosa harina no entendiera la lengua de Cela o Pardo Bazán.
¡Vayan con amigos, con la novia/o, la amante o los suegros (de llevarlos la “primera vez”, los tendrán rendidos cual los de Breda)! ¡Hora era de que aparecieran lugares, bastiones, donde la harina no se haga oro, y en los que pagando “poco” uno, a base de comer, pueda, bien bien, volverse, gastronómicamente, loco de satisfacción!
Mis saludos a los miembros del “pulpero”, con ánimo de no hacerles publicidad gratuita, y sí, alabanza por su trabajo. ;-)
jueves, 29 de abril de 2010
"Las calles de todos"
Es curioso el trato que Roma siempre dispensó a sus antiguos enemigos. A aquéllos que le habían puesto contra las cuerdas siempre se les reservó una posición de preeminencia, de figura ejemplar, muy lejos del peligro que para la propia República, posterior Imperio, hubiera podido representar el entonces honrado. Aníbal es un claro ejemplo. La fealdad inherente al hecho de haberse quedado tuerto durante su heroico cruce de los Alpes, los asesinatos cometidos en suelo itálico o el hecho de que su fortuna hubiera surgido de una economía profundamente esclavista, como fuera la cartaginesa, poco influyeron en su representación posterior. Aníbal era un ‘héroe’, ante todo, porque debía serlo. El motivo era obvio: debía convencerse a la población de que sólo una figura con la irradiación del púnico podía haber vencido a quienes la gobernaban. El enemigo como heroicidad, la tergiversación del ‘enemigo’ en ‘ejemplo’.
Gellner, tal vez el más grande teórico del nacionalismo, dejó escrito que “una alta cultura impregna toda la sociedad, la define y exige ser sostenida por esa forma de sociedad y de organización política. Ése es el secreto del nacionalismo”. Obviamente, lo arriba explicado debiera verse más desde el prisma de la ‘naturaleza humana’, que desde el del nacionalismo, pues como afirmara el autor, no hay naciones o nacionalismos anteriores al proceso de industrialización. Sin embargo, no pueden dejarse de ver semejanzas entre las construcciones ‘ejemplarizantes’ de los romanos con las posiciones que sostienen los nacionalistas contemporáneos.
Dentro de esa ‘alta cultura’ normalmente están los políticos. Si comenzamos con Turquía, por ejemplo, nos daremos cuenta del superlativo peso, totalmente irracional, que descansa sobre la biografía de Kemal Atatürk. Si nos centráramos en la difunta Yugoslavia, algo así podría verse en Tito, lo mismo que en la antigua URSS con Stalin. También sucede algo semejante con ‘dirigentes escogidos’, véanse los casos de De Gaulle, Lincoln o el propio Garibaldi. Todo movimiento nacionalista requiere de personajes sobre los que hacer caer los valores de esa ‘alta cultura’, esos valores que incitan a imitar, lo máximo posible, la biografía, muchas veces inventada, de quienes son puestos como ejemplo. A nadie se le escapará que esta tendencia ‘ejemplarizante’ tiene una especial manifestación en lo que se refiere a la imposición de nombres para los diferentes espacios públicos. Los propios aeropuertos de Estambul o París así nos lo confirman, lo mismo que muchas, muchísimas, calles de Barcelona.
No es el único lugar, aunque muchos seguramente nos hayamos fijado muy especialmente en éste, pero en Barcelona, en sus principales calles y plazas, se manifiesta esta práctica nacionalista de ‘mitificar’ y buscar ‘ejemplos’ por los que defender unos ideales muy precisos, una ‘alta cultura’ sobre la que argumentar su pensamiento nacionalista: plaza Francesc Macià, paseo Lluís Companys, Estadio Olímpico Lluís Companys, calle Pau Claris, etc. Lo mismo sirve para los homenajes realizados, por ejemplo, a figuras como Cánovas del Castillo o Sagasta en las vías de Madrid. Con todos los males de esa legendaria ‘patria’ que algunos dicen encontrar en España, otros en los Países Catalanes o en Euskal Herria, es curioso que siempre se tienda a honrar a quienes son excluyentes por definición, aquellos que defienden ideas políticas y no resultados objetivos, indubitados y contrastables.
Es odioso pasear por la calle Sabino Arana de Barcelona, dedicada, como es bien sabido, a un fascista ‘ejemplar’, sin poder explicar a un hijo el porqué del nombre de Salvador Dalí de esa calle. Es poco más gratificante ver la plaza Francesc Macià sin tener la ocasión de explicar a un nieto que esa plaza se llama, por ejemplo, ‘De la neurona’, porque en la Ciudad Condal se descubrió este tipo de célula por Santiago Ramón y Cajal. Se honra a políticos que antes fueron producto de sufragio censatario y de ideas particularistas de una determinada clase social -la aristocracia y la alta burguesía- por unos políticos, que siguen siendo sectarios, y a falta de títulos nobiliarios ostentan, con pocas exclusiones, ‘nacionalidad’ y ‘alta cultura’.
Me pregunto dónde está la cultura de quienes no honran a sus muertos ilustres. Me pregunto cuándo honrará Barcelona, mi ciudad, a gentes como Dalí, los científicos Margalef, Crusafont u Oró, cuándo se le dedicará a nuestro queridísimo Copito de Nieve una plaza o cuándo Samaranch, quien trajo los Juegos Olímpicos a Barcelona, tendrá un premio, dándosele su nombre al estadio, gracias a él, olímpico... No tergiversemos como los romanos, no busquemos aníbales ni escipiones, tenemos gentes que bien valen un bravo o, en el menor de los casos, un simple reconocimiento. ¿Queremos nuevos Cajales, nuevos Dalíes u Oroes o nos quedamos con más esbirros de una política caduca, necesitada de regeneracionismo? Mi opinión es evidente: ojalá coincida, en muchos casos, con la suya propia.
Artículo aparecido en la web de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía.
http://www.ciudadanos-cs.org/prensa/Javier_Serrano_Copete_Las_calles_de_todos/3680/
lunes, 26 de abril de 2010

jueves, 22 de abril de 2010
Un estadio para Samaranch
lunes, 15 de marzo de 2010
Contra el nacionalismo (Segunda parte)
Muchos serán quienes se habrán dado cuenta de los problemas sociales que, poco a poco, va causando el nacionalismo catalán dentro de la sociedad catalana. Aún a riesgo de parecer querer tirar “piedras sobre mi tejado”, he traspasado las fronteras de lo “oficialista” para ejercer de blogger, es decir, expresarme libremente. Sin embargo, la primera parte de mi ensayo no acaba de tener “todo” su significado, si no se lee también esta segunda sección.
Se ha escrito antes sobre uno de los más genuinos “nacionalismos periféricos”, tratemos, ahora, el no menos criticable, a mi modo de ver, “nacionalismo centrípeto”. Junto a la “ley de convocatoria de referéndums con permiso del Estado”, a lo largo de la semana pasada destacaron las diferentes comparecencias en orden a discutir la prohibición, o no, de las corridas de toros en Cataluña. Coincidiendo con esta iniciativa, para nada centrada en el sufrimiento animal (o al menos no tanto como en el debate identitario), el gobierno de la Comunidad de Madrid ha propuesto declarar a la “fiesta nacional” como bien de interés cultural. Este juego de “vasos comunicantes” es un ejemplo de cómo funciona, en la mayoría de los casos, el fenómeno nacionalista.
Comúnmente se afirma que existen dos tipos de nacionalismos (así lo hace, por ejemplo, Walter Feinberg, de la Universidad de Illinois): el nacionalismo de exclusión y el nacionalismo de resistencia (pudiendo darse casos en el que ambos se predican en un mismo ámbito, por ejemplo, de resistencia frente al Estado, y de exclusión frente a los inmigrantes)1. El alza de uno es correlativamente proporcional al aumento del otro; el aumento del centralismo madrileño siempre provoca un auge del independentismo catalán. Cuando a “unos” se les ocurre prohibir los toros, a “otros” les falta tiempo para declarar las corridas como “bien de interés cultural”. Ello está claramente correlacionado, y encuentra su fundamento en una misma cosmovisión nacionalista, instrumentalizada, del mundo que les rodea.
Desde el gobierno de Madrid se cree en una nación española imaginaria. Se identifica a los toros como un “bien propio”, una “fiesta nacional”, obviando su hondo arraigo en Latinoamérica, Portugal o sur de Francia. Precisamente, con motivo de la discusión actualmente en curso en el Parlament de Cataluña, el Alcalde de Arlés (Francia) ha tenido ocasión de defender a los toros como un patrimonio del sur de Europa. No entraremos en temas de tauromaquia, pero es evidente que la manipulación del toreo es un hecho en el debate, no sólo catalán, sino también del resto de España. España equivale a Estado Español, y Cataluña a Comunidad Autónoma de Cataluña, en ambos casos contraponemos el nombre “oficial” a la administración que le representa. No podemos reconocer “culturas” o “identidades” propias de una u otra, cuando precisamente, el criticar los excesos de una, implica criticar los de la otra. Analicemos, visto esto, un e
jemplo un tanto “populista”.
Para todo buen aficionado catalán “culé”, los lunes son un día de honda indignación “nacionalista”. Los comentarios de la “totalidad” de emisoras con sede en Madrid (por nombre “nacionales”) critican al equipo de la periferia por excelencia, el F.C. Barcelona, hablando, en muchas ocasiones, con prepotencia, de cagómetros, “villaratos” y demás entelequias de poca monta, propias del periodismo malo, caduco, y en muchas ocasiones, ofensivo. En alguna ocasión habrán visto que afirmo que no hay mayor “fábrica de independentistas” que una mala actuación arbitral en contra del F.C. Barcelona, o la lectura de uno de los periódicos de “ámbito nacional”, con sede en Madrid: véanse diario As o Marca. El fútbol es un fruto, claro, del tribalismo que reside en los nacionalismos. Solo hace falta ver cómo se esgrime la bandera de “la nación común” por algunos aficionados del Real Madrid, siempre que va a jugar el F.C. Barcelona, Atlétic de Bilbao o Real Sociedad.
En su brillantísimo artículo, Glover2 hace mención de un estudio psicosocial practicado hace ya algunos años3. Se hicieron dos grupos de chavales (unos serían, durante bastante tiempo, “policías”, y los otros “ladrones”). La duración del juego hizo que el mismo se debiera suspender por el surgimiento de roces e inicios de “crueldad” en el trato de unos contra los otros. ¿Qué nos indica un común juego de “polis” y “cacos”? Que las rivalidades deportivas comparten con los juegos muestras de un tribalismo (una peligrosa relación entre “identifiación” y “hostilidad”), quién sabe si no inherente a nuestra especie.
Ello puede verse en relación con el nacionalismo. El nacionalismo de “imposición” (desde el centro) provoca siempre un nacionalismo de “frustración”, fuere en la periferia o, en otros casos (no en el español), en las minorías étnicas. Insistiré en lo dicho en la
primera parte (pasado post), las ideas, y citas, propuestas por los autores ya vistos pueden aplicarse a “cualquier” tipo de nacionalismo, fuere éste español, vasco, catalán, serbio, galés o canadiense. Tan nocivos son los informativos manipuladores del centro hispano como los discursos populistas de políticos secesionistas. La “razón” no es que sea necesariamente una, pero como dicen los neurocientíficos, no tiene por qué venir del mismo lugar que los sentimientos, que el tribalismo, que el nacionalismo. Separemos lo correcto de lo querido. Espero que, con esta segunda parte, queden más claros los “conceptos”. ¿Qué opinan?
Ejemplos de binominos naconalistas:
Ejemplo 1: Se construyen la mayoría de instalaciones olímpicas sin haber ganado su candidatura. En Madrid se dice que es un valor de la propia candidatura, y que, en todo caso, son equipamientos que requiere la urbe capitalina. En Barcelona se afirma que, con el pretexto olímpico, se han asignado fondos a Madrid, cuando no tenían que ser necesariamente, ni para esa región, ni para ese proyecto. Antes, no en modo marginal alguno, se dijo que Madrid y el resto de España estaban pagando los juegos olímpicos a Barcelona.
Ejemplo 2: Un actor conocido en su región aparece en un partido F.C. Barcelona - Valencia clamando por la independencia de los “Países catalanes”. Mientras, en la cadena pública de Madrid, TeleMadrid, existen ciertos periodistas que atacan, reiteradamente, a los que viven en Cataluña.
Ejemplo 3: En Madrid, dicen en Barcelona, son “catetos”; en Barcelona, dicen en Madrid, son “peseteros” y hablan “polaco” (la cadena pública de Cataluña, con esa broma, tiene un programa de humor titulado: “Polonia”).
…. los ejemplos son varios, seguramente muy similares a los que tengan Marsella y Lyon con París, o Milán con Roma. Son síntomas de “populismo”, “sentimientos comunes”, y como en el experimento entre “policías y ladrones”, de tribalismo. El propio Glover hace una excepcional referencia a un fragmento de la “Guerra del Peloponeso” de Tucídides: “Lo que hizo inevitable la guerra fue el crecimiento del poder de Atenas y el temor que esto causó en Esparta”. Obviamente, la antigua Grecia Clásica se caracterizó por no ser un sólo Estado, cuestión que no se solventaría hasta la conquista macedonia. Pero no deja de ser “indicativo” el correlato entre los sentimientos espartanos y atenienses.
¿Es capaz que exista un país sin nacionalismos? ¿Es el nacionalismo un factor con beneficios y lacras, o, simplemente, un “mal necesario”? ¿Qué opinan?
* Nota fina
l: vistos el nacionalismo “periférico” y el nacionalismo “centralista”, queda un tercer tipo, más que de nacionalismo, de “conflicto identitario”. Se intentará hacerle mención en otro post pero, a modo de avance, quisiera dejar claro que, en comparación con los “problemas” existentes en países como España, Bélgica o Italia, hay un problema europeo que sobrepasará, con creces, lo hasta aquí visto. ¿Qué sucederá cuando un partido islamista turco consiga representación parlamentaria en Alemania? Virtud del principio de libertad religiosa ¿es posible la construcción de la mezquita más grande de Europa en Sevilla, cuando el islamismo radical sigue reivindicando el sur de España como territorio musulmán?
Los problemas “nacionalistas-identitarios” tienen una magnitud “in crescendo”, y en cualquier caso, como ya recogiera Alexis de Tocqueville en su Democracia en América, no podemos comparar estos problemas, ante todo europeos, con ejemplos norteamericanos. Los modelos defendidos, por ejemplo, por Kymlicka (aplicables al Québec), no son de posible aplicación en España o cualquier otro país europeo. ¿Por qué? Por los restos de aristocracia, historia y privilegios sociales... Aunque, como afirmo, esto es motivo para otros posts.
sábado, 13 de marzo de 2010
Contra el nacionalismo
mismos diputados que no fueron capaces de reformar una ley electoral (existiendo propuestas donde se defendían límites temporales en los mandatos y listas abiertas) esgrimen derechos ciudadanos como panacea por la que solventar todos, o buena parte, de los problemas de los catalanes.
El pasado miércoles, día 10 de marzo de 2010, se aprobó por el Parlament de Cataluña la “Ley de consultas populares por vía de referéndum”, norma que “autoriza” la convocatoria de un referéndum (se piensa, claro está, en la “independencia de Cataluña”), siempre y cuando, se tenga “el permiso del Estado”. Ni aún soñando la sabiduría de Odiseo (Ulises), los nacionalistas, con “socialistas”, han construido un caballo de Troya (quizá “ruc” mejor, después de todo) en el que pretenden caber ellos solos, sin necesidad de otros partidos, ni de normas. El objetivo no es otro que entrar de lleno en la política española, su feroz enemiga, embaucando y consiguiendo discusiones que buen rédito electoral les reparará, con toda seguridad. Con disfraz y una constitucionalidad rígida (en cuanto a la “forma” se respeta plenamente la Constitución de 1978), la nueva ley nace en un clima de consultas populares por la independencia. Consultas, que por otro lado, han sido de minoritaria participación. ¿Fiesta de la democracia? El nacionalismo es un campo semántico en el que han cabido, especialmente en los últimos tiempos, buena parte de los peores sucesos que ha conocido la especie humana: la trágica desmembración de Yugoslavia o el conflicto árabe-israelí.
“Una alta cultura impregna toda la sociedad, la define y exige ser sostenida por esa forma de sociedad y de organización política. “Ese” es el secreto del nacionalismo”. Ernest Gellner1, teórico esencial del nacionalismo, escribió estas palabras en su obra clave: “Naciones y nacionalismo”, por razones temporales, sin haber sido capaz de poder ver la situación catalana de nuestros días. La “cultura superior” es aquélla que sale de las fuentes “autorizadas”: prensa nacionalista, o afín, canales públicos (controlados por el nacionalismo) y libros, personajes famosos y demás maquinaria que pretenden gobernar los fondos de un “corral” al que aspiran gobernar como “gallos” únicos.
"Para decirlo en pocas palabras, el nacionalismo es una teoría de legitimidad política que prescribe que los límites étnicos no deben contraponerse a los políticos, y especialmente —posibilidad ya formalmente excluida por el principio en su formulación general— que no deben distinguir a los detentadores del poder del resto dentro de un estado dado”. Es así como define Gellner al nacionalismo, considerando que, a diferencia de lo que
pretende, se caracteriza por confundir “discurso” y “efectos reales de la acción”2 . Generalmente, el nacionalismo “inventa” naciones, no las resucita, ni mucho menos, reconoce. Los mitos de una “lengua común” y de una “historia común” son falacias abocadas al absurdo.
Empezando por la “historia común”, el nacionalismo requiere, por definición, de una “nación”, búsqueda que tradicionalmente se hace, como ya sucediera con el Romanticismo, en el Medievo. Grave error. El problema nacionalista es, siempre, así opina la ciencia, un problema “moderno”, propio de los estados industrializados. Como bien expresa Jonathan Glover, “historiadores y los científicos sociales tienden a describir a las naciones como productos de los Estados-nación y no lo contrario. Y los Estados-nación, a su vez, se explican recurriendo a su utilidad, bien para los industriales y los capitalistas, bien para los gobernantes coloniales3”. Es decir, bien puede defenderse que el “nacionalismo” intenta un proceso de “construcción nacional” con el orden de perseguir un futuro estado. La “nación catalana” jamás ha existido, es una creación política, abstracta, por parte de un movimiento secundado por una pequeña parte, poderosa, de la burguesía catalana. El correlato económico ha sido obvio a lo largo de los últimos tiempos, fuere con los anteriores “proteccionismos” o las actuales demandas por agravio y déficit fiscal. Con todo, el nacionalismo catalán pudiera llegar a estar en auge. Un control, como el que se tiene, sobre la educación de los niños asegura un porcentaje, nada despreciable, de futuros partidarios. La permeabilidad de los niños para aprender una ideología y una lengua, cuasi como “selladas” en su subconsciente, es increíble. Poco a poco comienzan a verse sus frutos.
No es extraño ver cómo los nuevos jóvenes catalanes hablan un catalán más estándar, próximo a la lengua formal de Pompeu Fabra, que el de sus abuelos catalanoparlantes (en el caso, por nada mayoritario, de que se tengan). Ello no deja de recordarme a la célebre anécdota de que en Italia un porcentaje ínfimo de la población hablaba un italiano estándar antes de la creación del Estado Italiano... La lengua es un instrumento, en el caso de los nacionalistas, con clara finalidad de manipulación política.
Steven Pinker4, quizá el más conocido neurocientífico de nuestros tiempos, defiende que “lengua” y “pensamiento” tienen un origen diferente dentro de nuestro cerebro. Es decir, ambos nacen en lugares diferentes, no estando vinculados el uno al otro. De ser esto cierto, como bien deduce el profesor George Fletcher (poseedor de la cátedra Cardozo de Jurisprudencia en la Facultad de Derecho de Columbia), ello significaría que “el pensamiento opera de forma autónoma respecto de la lengua, lo que implica que la estructura de la lengua es irrelevante respecto de nuestra propensión a pensar de una u otra forma5”. Dicho por mí, el asunto carece de rigurosidad, corrobora
do por personalidades de la talla de Pinker o Fletcher, la afirmación “la lengua sólo es un conjunto de ruidos que sirve como instrumento”, empieza a coger fuerza. “Desde mi punto de vista, la única forma auténtica de multiculturalismo es el multiculturalismo lingüístico”, afirma Fletcher.
Se mire por donde se mire, el nacionalismo puede llegar a ser más perverso de lo que muchos creen. Mis ideas no importan, pues pudieran, a priori, llegar a ser fruto de la juventud y la inexperiencia, sin embargo, ¿existen argumentos fáciles por los que poder discutir con las referencias aquí esgrimidas? Incito al desafío, al diálogo, incito a la democracia discursiva. Hablemos, escribamos aquí, o en otro sitio, dejemos las patéticas leyes del nacionalismo a un lado, y tratemos temas empíricos como la electricidad o las carreteras. El nacionalismo es invención, y para ello, sigo prefiriendo muchas novelas.
1Gellner, Naciones y Nacionalismo, Madrid, Alianza Editorial, 2001
2Cruz Revueltas, “Estado y nacionalismo tras Gellner, evaluación de su teoría” en Historia Mexicana, octubre-diciembre año/volumen LIII, número 002, El Colegio de México, México D.F.
3Glover, “Naciones, identidad y conflicto” en La moral del nacionalismo, Barcelona, Gedisa editorial, 2003.
4Pinker, The Language Instinct, 1994
5Fletcher, George, “Razones para la autodefensa lingüística” en La moral del nacionalismo, Barcelona, Gedisa editorial, 2003.





