De entre todas las aves,
una de mis preferidas siempre ha sido el causario. Se trata del ave
más peligrosa para el hombre, habiendo llegado a ser mortal para
algunas desgraciadas víctimas. Está dotada de garras que pueden
alcanzar los 10 cm de longitud (siendo más largas que las de un
velociraptor). Viven por las junglas de Australia, Nueva Guinea y
algunas pequeñas islas Indonesias, y son el segundo ave del Mundo en
tamaño, si bien parecen estar más estrechamente emparentados con el
kiwi que con el avestruz.
Recuerdo ver hace unos
días otra de las joyas a las que nos tiene acostumbrados BBC Nature, “Siete mundos, un
planeta”. En su capítulo referente a Australia, precisamente
un casuario abre el documental con una impactante secuencia en la
que se muestra a un formidable ejemplar paseando por el
litoral marítimo. Sus pisadas parecen sacadas de Parque Jurásico y
de hecho, su aspecto bien se parece al de un dinosaurio. Que no es un
dinosaurio lo dicen las clasificaciones hechas por la ciencia humana,
pero no su cuerpo, su comportamiento, ni mucho menos, su aspecto.
Desde un punto de vista continuista, y siguiendo las más estrictas
leyes de la herencia genética, el casuario camina como un
dinosaurio, se comporta como tal, muy seguramente se expresa como sus
primos, pero, efectivamente, la ciencia nos dice que no es un
dinosaurio.
Oficialmente se afirma
que los dinosaurios se extinguieron hace 65 millones de años. El
postulado está sujeto a continua revisión, cuanto menos
“filosófica”, desde el momento en que es cuasi unánimamente
aceptado que las aves son descendientes directas de los dinosaurios,
y que éstos, en cuasi todas sus especies, tuvieron plumas. Parece
ser que un gran meteorito finiquitó a los dinosaurios, junto a todo
un cúmulo de catástrofes naturales y cambios climáticos. De la
hecatombe surgieron los mimbres para la biodiversidad actual,
incluyendo a la especie humana.
Cambiando de escenario, y
para el lector quizá irracionalmente de coordenadas, ahora les
propongo visitar Grecia, la antigua Mistrá. Se trata de una antigua
ciudad-fortaleza sita en el Peloponeso a escasísimos kilómetros de
la legendaria Esparta. Allí residieron los aristócratas bizantinos,
déspotas, que en términos formales representaron los últimos
baluartes del Imperio Romano. Mistrá fue conquistada por los
otomanos años después de la caída de Constantinopla, sin
embargo, la tradición afirma que “la última Roma” cayó en
1453, con la toma de la antigua Bizancio. En verdad, formalismos al
margen, es evidente, no sólo para el viajante, que todo lo
perteneciente a Bizancio en la segunda mitad de la llamada Edad Media
es “escasamente romano”.
Cada vez se va asentado
con mayor unanimidad que el último Imperio Romano (previo al llamado
Bizantino) coincidió con el reinado de Justiniano el Grande.
Recordemos que este gran Emperador casi consiguió restaurar la
gloria del antiguo Imperio reconquistando buena parte del
Mediterráneo, tomando la posesión de antiguas plazas como Roma,
Nápoles, Cartago o Cartagena. Sin embargo, junto a todas las
migraciones bárbaras que continuaron llegando y los excesos de unos
sueños imperiales, algo sobredimensionados, una gran peste, en el
contexto de un severo cambio climático, motivó el abandono del
sueño imperial romano, y al poco tiempo, el inicio de la verdadera
Edad Media, con los achaques de la conquista islámica y la
fragmentación del mundo conocido en Reinos.
Cuándo cayó Roma o
cuándo desaparecieron los dinosaurios no son fechas o momentos
unánimes ni determinables con exactitud por la ciencia, pues siempre
van a depender de criterios humanos, y por ende, subjetivos. Y lo que
es más importante, de cuáles sean nuestros prejuicios y
convicciones. Puede que llegue el momento en que el causario sea
considerado como un dinosaurio moderno, y que nos demos cuenta de que
estos grandes animales no desaparecieron en su integridad de un día
para otro. Puede también que algún día nos percatemos de que Roma
en sí no desapareció tampoco completamente jamás, y que
“simplemente” se reconvirtió y transformó en nuestra
civilización, tras mil golpes y cambios de remo.
Los imperios, sean éstos
animales o humanos, se resienten ante las grandes catástrofes y la
historia de nuestro planeta nos muestra que hay pocas apocalipsis
peores que los cambios climáticos. El hombre acelera pero no crea un cambio climático,
salvo que Greta demuestre la existencia de marcianos malintencionados
en tiempos de T.Rex, pero, reflexiones climáticas a un margen, hay
algunos asuntos sobre los que debemos reflexionar.
Si del fin de los
dinosaurios medraron pequeños mamíferos y del fin del Imperio
Romano pequeños Reinos... ¿con la actual crisis global también nos
empequeñeceremos? Sí, no estoy obviando a los nacionalismos.
“La raza a la que se llama hoy en su conjunto gálica o galaica es apasionada de la guerra, pronta a la cólera y a llegar a las manos, tosca de costumbres y sin vicios. A la menor excitación corren al combate abiertamente y sin mirar a derecha o izquierda, son así fáciles de vencer por quien quiera combatirles a través de maniobra, no hace falta si no provocarles” Estrabon “Geografía” 4, 4, 2-3
“Los celtiberos cortan las cabezas de sus enemigos muertos en el combate y las cuelgan de los cuellos de sus caballos”. Diodoro de Sicilia 5, 9, 5
Ya sea por un disfraz de carnaval, por el bueno de Vicky, por el primer gran clásico de Blizzard “LostVikings”, o por ser un fanático de la historia, lo primero que le viene a la cabeza a uno al hablar de vikingos, son los cuernos. Rudos, violentos, conquistadores sin escrúpulos, bandidos y borrachos, la imagen del vikingo, como la de todo “bárbaro” en general, nos llega en términos similares. Nada importa que jamás se haya acreditado que los vikingos llevaran casco con cuernos, o que se piense que el mito venga de haberse encontrado cuernos (como vaso) en las tumbas de algunos guerreros. El vikingo “debe” llevar cuernos, pues es bárbaro, extranjero, y afín al Diablo.
No es un suceso aislado. Por todos es “aceptado”, más que sabido, que la civilización a Hispania llegó con griegos y romanos. Más allá de cutres series televisivas (muy deudoras de los estereotipos), cada vez se tiene más constancia de que existieron culturas, poco menos desarrolladas que la romana, y que en verdad, como no podía ser de otra manera, el Imperio se impuso por las armas, el comercio y la moneda. Estrabón hablaba de los celtíberos como borrachos guerrilleros, cuando, valga por ejemplo, investigaciones en las inmediaciones de Calatayud han descubierto, incluso, calendarios astronómicos celtíberos. La percepción del otro es un instrumento de poder para nada nuevo. Los últimos sucesos en el norte de África, así nos lo confirman.
No dejaré constancia de una ignorancia única si digo que hasta hace poco HosniMubarak se me presentaba como el más respetable líder del mundo islámico. Sus continuos “ires y venires” a EEUU, Europa o Israel, parecían situarle como una figura “mediadora” de primer orden. Podría llegar a parecer que, incluso, Egipto era uno de los países islámicos más desarrollados, aunque una simple visita bastara para probar a cualquiera lo contrario. Los últimos sucesos, y muy especialmente la retransmisión de sus discursos a la población, nos han mostrado a un Mubarak “diferente”. El viejo mediador se ha vuelto inútil, donde antes había paz ahora se ve el régimen de un tirano, parece ser, ya derrocado. No conozco a nadie que haya tenido el privilegio de hablar con el anterior líder egipcio, o que diga ser amigo suyo, por lo que no puedo tener una opinión sobre cómo es su persona. Las últimas imágenes, discursos y documentos nos muestran a una persona muy egocéntrica, prototipo de cacique de, como diría el bueno de Miguel Ángel Asturias, “república bananera”. Una vez más, el poder de los medios como instrumento de poder es más que notable.
Roma tenía una original forma de tratar a los “políticos” del momento. A los rivales (véanseAníbal o Arminio) se les “deificaba” y consideraba cuasi como héroes, por el mero hecho de haber sido capaces de vencer a Roma, el Imperio, en varias ocasiones. Algo así sigue sucediendo, de forma un tanto diferente, con las naciones conquistadas por el actual estado hegemonón. El Iraq de Sadam (claro caudillo laico) era una amenaza “islamista” poseedor de armas de destrucción masiva (a la vez que petróleo...). Los talibanes, tan útiles para bloquear avances soviéticos, resultaron ser unos poderosos señores de la guerra, mientras que “el cutre” régimen de Corea del Norte, se ha llegado a convertir en una de las máximas amenazas mundiales. Si no te gustan mis principios, tranquilo, tengo otros. Al poder económico y al militar se le ha unido otro, el de los medios de comunicación, sólo que, para sorpresa de muchos, llevan más tiempo existiendo del que pudiéramos creer...
“Si consideramos estos Estados universales, no como observadores ajenos a ellos, sino a través de los ojos de sus propios ciudadanos, veremos que éstos no sólo desean que tales comunidades terrenales, a las que pertenecen, vivan eternamente, sino real y verdaderamente creen que está asegurada la inmortalidad de estas instituciones humanas”.
Arnold J. Toynbee, “Estudio de la Historia”.
Es bueno soñar despierto, fomenta la motivación y el esfuerzo. Cuando tengo “tiempos muertos”, valiosos éstos por su escasez, me sumerjo en interminables viajes por Google Earth. Veo lugares a los que quisiera viajar, contemplo monumentos frente a los cuales quisiera estar algún día, y de paso, me ilustro con referencias de Wikipedia y alguna que otra búsqueda de información por Google. No acostumbro a “visitar” localizaciones en las antípodas, ni islas recónditas del Pacífico, acostumbro a fijarme en lugares, que con cierta suerte, es bien probable que algún día alcance a visitar. Uno de esos viajes, espero que “inminentes” (siempre en un sentido relativo), es el que algún dia espero hacer a la Provenza francesa.
Concorde a mis aficiones, sueño con visitar las ciudades de Arles, Nimes o Orange. Sueño con ver sus anfiteatros, teatros, templos y demás monumentos romanos. Motivos de inspiración para Van Gogh, entre otros muchos artistas, los restos romanos son uno de los máximos exponentes de cómo Francia es el ejemplo mundial a seguir en lo que a conservación del patrimonio nacional se refiere. No sé si por sufrir momentáneos “síndromes de Stendhal” contemplar este tipo de edificios me llevan a los más recónditos lugares de un mundo imaginado. Romántico en tierra de teorías económicas, disfruto mayormente con un edificio con historia que con un edificio doblemente vistoso: disfruté más viendo Santa Sofía en Estambul que subiendo a cualquier rascacielos.
Muy especialmente, en relación con el caso, recuerdo cierta sensación de majestuosidad al contemplar el arco de Tito, cerca del Coliseo de Roma. Aun siendo un ambiente ciertamente hostil (viaje de final de ESO, con no muchos compañeros prestos al conocimiento), recuerdo “disfrutar como un enano” al ver el gran monumento al genio romano. Al leer durante la pasada noche a Toynbee (fragmento que arriba cito), no pude dejar de pensar en Santa Sofía, en el Coliseo, y cómo no, en el arco de Tito.
Es inherente a la naturaleza humana ese sentimiento, falso, de superioridad que nos hace creernos, en no pocas ocasiones, inmunes e inmortales. Quizá como sumatorio de percepciones individuales, los imperios tienden a ello. Se piense en la antigua Roma, en Asiria o en los EEUU todos los ciudadanos de estos “estados universales” han creído en su momento ser inmunes al paso del tiempo. Los imperios siempre tienden a considerarse “únicos”, pueblos elegidos exonerados del paso del tiempo.
Estoy seguro de que buena parte de los habitantes de la Roma imperial lo creían al contemplar el arco de Tito. Sus sensaciones no debieron ser muy diferentes a las experimentadas por el común de los habitantes del Estado de Israel, en el año 2008, cuando George W. Bush, con ocasión del 60º aniversario del nacimiento de Israel como Estado, afirmó que: “Israel es el pueblo elegido”. Es curioso, ¿se han dado cuenta de que la desconfianza conduce, en no pocas ocasiones, a la supervivencia? Si la preponderancia del judaísmo como poder económico es tal, se debe, en no poca medida, al pragmatismo de su “clase dirigente” (muy distinta al pueblo llano ciudadano de Israel, y mayoritariamente residente en EEUU, Londres o Moscú). Aun tras el saqueo de Roma por Genserico, y anterioramente, por Alarico, los romanos pensaron que su Estado era “inmortal”, que el nombre de Roma perduraría hasta el infinito. Si algo de ello se cumplió, fíjense, fue porque la Iglesia católica, representada por el Santo Pontífice, desconfió de los tiempos, y aceptó a los nuevos jefes bárbaros como gobernantes.
El arco de Tito, Santa Sofía o el Capitolio de los EEUU nos hacen sentir la grandeza de los grandes imperios. Como diría la típica canción progre “antisistema”: “los imperios caerán”. La excesiva confianza y vanagloria lleva al fracaso, la desconfianza sabia, al éxito. El Mundo es una mezcla de contrastes y antónimos que no parece cambiar con el paso del tiempo. ¿Naturaleza Divina de las fuerzas del Tiempo? Permítanme dudarlo, pero es difícil hablar con propiedad de “Selección natural dentro de las sociedades humanas”, y por ende, también en los imperios. ¿O no?
Si hay un orden animal interesante por antonomasia es el de los carnívoros. Motivo de mitos y atávicos recuerdos de predación, los miembros de este orden fueron nuestros peores enemigos en tiempos pretéritos, habiendo pasado algunos de sus miembros, hoy en día, a ser fieles amigos y compañeros. Y es que, como perro y gato, nunca mejor dicho, el orden de los mamíferos carnívoros se divide en dos subórdenes: “caniformia” (afines al perro) y “feliformia” (afines al gato). Dentro de los primeros, además de lobos, perros y zorros, se encuentran los osos, los mustélidos (comadrejas, hurones...) y las focas, mientras que dentro de los “feliformes” se encuentran los felinos, las hienas, y los vivérridos y mangostas. La presencia de felinos y cánidos en nuestra sociedad nos es recordada por nuestros perros y gatos, ¿pero qué sucede con los otros miembros del orden “Carnivora”, y muy especialmente, con los miembros más pequeños? Dejando a un lado a los mustélidos, quisiera centrarme en los parientes memores de los felinos, los vivérridos y mangostas.
Los restos de antiguas civilizaciones no se reducen nunca a un cúmulo de piedras. A las ruinas arquitectónicas siempre les acompañan otros restos: sean culturales o, como será en este caso, “zoológicos”. La presencia del dingo en Australia, o del puercoespín en los bosques de la Toscana italiana, se deben a la introducción por parte del hombre (por más que en la actualidad se hayan integrado perfectamente en el ecosistema, siendo parte indispensable para su actual equilibrio). Sin embargo, ¿existen casos similares en nuestra Península Ibérica?
Iberia ha sido cuna de grandes civilizaciones. Los mayores imperios de la historia humana han tenido a la actual España, bien como centro, bien como núcleo duro. Roma y el propio Imperio Hispánico tuvieron a la Bética (actual Andalucía) como gran vergel para el ocio y la horticultura, a la vez que supieron aprovechar el potencial agrícola, y ante todo minero, del resto de nuestra geografía. Dado el rendimiento de estas tierras, no es de extrañar que existieran regiones en España muy densamente pobladas. Con las gentes llegaron sus mascotas, y en ocasiones, otras especies que hicieron de polizones en las diferentes naves y navíos o que fueron introducidas con finalidades cinegéticas o de control de alimañas. Nuestro bosque mediterráneo, a la vez que acondicionador de la “cultura española” a lo largo de los siglos, también ha sido acondicionado, él mismo, por las gentes que han poblado sus aledaños. Dos grandes potencias extranjeras: Roma y el Islam, fueron quienes introdujeron varias de las especies animales y vegetales que hoy consideramos como “típicamente españolas”. El algarrobo en lo vegetal, o el faisán en lo animal no son ejemplos únicos, destacando, y no precisamente poco, la inserción de carnívoros foráneos en nuestros bosques.
Hallazgos en las cuevas de Nerja (Málaga) han dado luz a los investigadores sobre la inquietante presencia de meloncillos (Herpestesichneumon), una especie de mangosta, en nuestros bosques. Según se deduce de estos restos, hallados en 1959 (y analizados recientemente por la Universidad de Upsala), el meloncillo fue introducido por los árabes como mascota (bien como diversión, bien como fiel controlador de las poblaciones de reptiles y roedores). Origen que vendría a ser el mismo que el de la jineta.
La jineta (Genettagenetta) se cree que fue importada por los romanos como mascota, habiendo sido documentada su presencia en las casas romanas con anterioridad a la llegada del gato doméstico, procedente éste del Antiguo Egipto. La jineta fue vista como un cazador infalible útil para el control de las poblaciones de conejo, a la sazón, muy abundantes antes de la llegada de la mixomatosis (hay quien llega a afirmar que el conejo es originario de Iberia y Baleares, significando, incluso, el nombre de Hispania: "tierra de conejos"). La abundancia del conejo en Baleares fue tal que fomentó una considerable introd
ucción de jinetas, que han llegado a convertirse en una suerte de "subespecie", la jineta ibicenca, de menor tamaño debido a la insularidad.
Pese a no ser considerados como vivérridos ambos, la mangosta española, meloncillo, y la jineta son parientes cercanos, ambos del suborden feliformia. Al igual que sus parientes, las hienas, se trata de especies violentas, muy propensas a la agresión para con los suyos y el resto de las especie. Es proverbial la destreza de la mangosta en la lucha contra las serpientes, sean éstas cobras o culebras, habiendo llegado hasta nosotros mitos y leyendas respecto a ellas de lo más interesantes. Marcial, el célebre poeta de Calatayud (Bílbilis), llegó a hablar del valor de las entrañas de la mangosta para el tratamiento de las heridas de serpientes venenosas. Otros mitos en torno al animal, lo situaban como un terrorífico enemigo, no sólo de las serpientes, sino también de los cocodrilos. Se decía por los romanos que eran capaces de meterse dentro de los cocodrilos cuando estaban con la boca abierta, yendo rápido a sus entrañas, para comérselas y vencer así al animal. Obviamente, los mitos romanos, como respecto a otros muchos animales, son sumamente sensacionalistas y no debe hacerse especial caso de su veracidad.
Se mire por donde se mire, el hombre ha servido como “factor” para la Naturaleza muchas más veces de las que nosotros creemos. Jinetas y meloncillos vinieron a enriquecer nuestros ecosistemas sin que tuviéramos la conciencia de hacerlo. Participamos, no de una inteligencia superior, sino de un equilibrio, un medio, una existencia, que nos hace partícipes de su totalidad, en cada cual de nuestras acciones particulares...
“Este no es el principio de mi historia, ni tampoco el final”. Así empieza “Centurión”, película, dirigida por Neil Marshall, que nos traslada a la época del Emperador Adriano, cuando Roma decidió construir el célebre muro, renunciando a luchar más con los temibles pictos. Michael Fassbender (Centurion Quintus Dias) es tomado como prisionero al caer su guarnición, logra escaparse y enrolarse en la 9ª Legión (que si bien dice tener 3000 miembros, en la película no aparecen ni 30). Víctima de una traición, los legionarios son barridos por las tribus pictas, sobreviviendo sólo un grupo de soldados (que en lo sucesivo intentarán, primero salvar a su general (hecho preso), y segundo, salvarse a sí mismos). La “compañía” de supervivientes, tal y como afirma la crítica, recuerda en exceso a la de Frodo en "El Señor de los Anillos".
El presupuesto del film es comparativamente bajo, y a una muy buena puesta en escena (con geniales paisajes) no le acompaña un detallismo realista, aproximando a la película, peligrosamente, al cada vez más típico género de película histórica de acción (¿se acuerdan de la última sobre “El Rey Arturo”?). Aparentando tener acciones en “tomatera británica”, la película abunda en sangre, tripas y demás repugnancias, queriendo dotar de realismo a la acción (so precio de asimilar la partición de cabezas a la de calabazas). Sin embargo, es precisamente algo relacionado con este aspecto lo que no sólo "salva" a la película sino que la convierte en algo "digno de ver".
Continuando con las tendencias de los últimos tiempos, los soldados de “Centurión” se alejan claramente de los “militares poetas” de los antiguos filmes de Charlton Heston, mostrando los horrores de toda guerra con una crueldad, en ocasiones excesiva. Los excesos en uno y otro bando no dejan de ser una crítica a las guerras en su totalidad. Mujeres violadas, niños asesinados... las “hazañas” de romanos y pictos recuerdan, no gratuitamente, a las de estadoudinenses e iraquíes. El Centurión Quintus Dias se ve traicionado, junto con sus tropas, por la bellísima Olga Kurylenko (Etain en la película), quien, en un principio, estaba enrolada con los romanos (pese a ser de origen picto). La biografía imaginada de Etain es elocuente. Sus padres, pictos, fueron torturados por las tropas del Imperio (su padre cegado, su madre violada, y ella violada, a la vez que le cortaron la lengua para que jamás pudiera contar lo sucedido). Los excesos recuerdan, y mucho, a los cometidos por los militares en la vieja Mesopotamia, actual Iraq... Si bien es cierto que en “Centurión” los personajes son retratadas muy deficientemente en cuanto a su psicología, no deja de serlo menos que la “moraleja” de la película es encomiable y necesaria.
Después de ser traicionado por una rastreadora picta y de sufrir el hostigamiento de un comando picto dirigido por la misma traidora (motivado por el asesinato, en represalia, del hijo del jefe por parte de un romano), nuestro centurión es, en última instancia, traicionado por los romanos. Primero por su Emperador, quien retira la frontera al célebre muro que ostentará su nombre, luego por los guardias del mismo (que dispararán a uno de los supervivientes, cuando éste se acercaba al muro, jubiloso, tras pasar todas las penurias posibles), y por último, por el político romano destinado a la región (quien ve en los supervivientes de la 9ª un peligro para su honra y méritos). El final es previsible, el centurión es el único superviviente y encuentra su amor en la hermosísima Imogen Poots (Arianne), quien había sido antes repudiada por los pictos, al considerársele una hechizera.
Después del éxtasis de sangre y malos hábitos, “Centurión” nos conduce a una reflexión final: el peligro de las identidades no individuales. Nuestro matrimonio final nos hace ver las incongruencias, excesos y demás aspectos para la repulsión, tanto entre los pictos como entre los romanos. En la película se hace mención, en muchas ocasiones, de lo poco que vale una vida humana (sea de un esclavo o de un picto que la pierde buscando vengar al hijo del jefe). Ideas como “en la Guerra mueren hombres y no políticos” se suceden, la crítica es obvia.
La solución, si bien previsible, me parece muy poética. Ambos enamorados (el romano y la picta) renuncian a su “nacionalidad” enfrentada en pro del amor. Nuestro soldado, incluso, afirma irse a “su lugar” cuando planta a los romanos (que han intentado asesinarle a traición) para acompañar a su amor. Las identidades son individuales e intransferibles, jamás colectivas. Las guerras por ideales no son tales, sino instrumentos por los que los dirigentes “juegan” y “cotizan” en el “mercado del Poder y la geoestrategia”. Quizá, si bien sea pedirle mucho a la película, la cuestión clave que se plantea sea la siguiente... ¿acaso no es el mayor misterio de la Humanidad el porque jamás se extinguen las guerras?
Vayan a ver esta película y reflexionen sobre estas ideas. Eso sí, no la vean en más ocasiones, la sangre ofende, más que ilustra.
Las convenciones no son mera palabrería instaurada, existen ocasiones en que “los cambios”, aun siendo producto del acuerdo (actual o pretérito), tienen una dimensión superior, manifestándose en los más variopintos actos y efectos. Todo este cúmulo de potencial modificador hace que, en múltiples ocasiones, los cambios parezcan “producto de la naturaleza”, existiendo dudas acerca de lo artificial de su concepción, humana parentela. Algo así ocurre con el “año nuevo”.
Siempre centrándonos en la tradición cristiana-occidental, el año “empieza” el 1 de enero, tras la fiesta de Nochevieja. Curiosamente, al menos yo mismamente me lo pregunto, el propio 24 de diciembre es también una fecha de “inicio”, en este caso fecha del solsticio de invierno (tan en boga de los laicistas radicales). Dicho esto, ¿cuál es la razón de ser de que existan dos grandes festividades separadas por una semana: Nochebuena y Nochevieja?
Cuenta la tradición, concretamente el Nuevo Testamento (Lucas 2,21), que Jesús fue circunscrito 8 días después de su Nacimiento, es decir, el 1 de enero, razón por la cual se celebra esta festividad. Sin embargo, tan cierto como ello es que la versión cristiana no ha carecido de factores sincréticos que le ha llevado a asimilar tradiciones anteriores como propias. El propio día de Nochebuena, tal y como ya se ha escrito en alguna ocasión, no es otra cosa más que el solsticio de invierno, y además, en época romana, ese mismo día se rendía culto a la deidad solar por antonomasia: Mitra.
Se mire por donde se mire, existen muchas teorías, ideales, motivos por los que celebrar el día de año nuevo en un momento determinado. Incluso, podríamos, al igual que hacen todas las religiones, cuestionarnos la oportunidad de que el año “nazca” en diciembre. Así, buena parte de Europa ha celebrado a lo largo de los siglos el 1 de mayo como el inicio de la primavera, día de la fertilidad, y de alguna manera, “inicio del curso labriego”. Los Mayos, pues así se conoce a esta festividad, se siguen celebrando en múltiples lugares, también de España: véanse las rondas realizadas en pueblos como Anguita (Guadalajara) o los ritos seguidos en lugares como Vinuesa (Soria), donde se alza una conífera recién talada en mitad de la plaza del pueblo.
El “año académico” no hace falta decir que empieza en octubre, para las universidades, y en septiembre, para las escuelas. En cuanto al hábito, que no en referencia al “oficial”, es este el "año" por el que se rige nuestro actuar, calculándose nuestras actividades desde el inicio del otoño hasta la llegada de las vacaciones de julio o agosto. Esta concepción, divergencia, entre “año religioso” y “año oficioso” no es exclusiva de nuestra época. De hecho, existe un momento de la historia, ciertamente curioso, en que el “inicio del año” se cambió por circunstancias totalmente terrenas.
Según leemos en un interesantísimo estudio del profesor Pastor Eixarch, la olvidada región de Celtiberia tuvo un papel fundamental en lo que a la historia del calendario se refiere, siendo “culpable” de que el año, aún hoy en día, se inicie el 1 de enero. Según expone el arqueólogo, ante la actitud de la ciudad celtíbera de Segeda (Mara-Belmonte de Gracián, cerca de Calatayud, Zaragoza) de construir unas poderosas murallas a su alrededor, los romanos tomaron la decisión de realizar una campaña “sui generis” contra un enemigo, que como el tiempo se encargaría de demostrar, era de lo más temible.
Dos grandes decisiones tomó el Senado romano para la preparación de esta campaña. En primer lugar, el ejército estaría encabezado por el cónsul Nobílior (cargo político-militar de mayor rango), en vez de por un pretor. En segundo lugar, se acordó que éste tomara posesión de sus funciones en las calendas de enero del año 153 a.C., ello significaba que los comicios se celebrasen el 1 de enero, y que en virtud de ello, el año se iniciara en ese día. Ante las informaciones que llegaron a la ciudad, los habitantes de Segeda huyeron a la ciudad arévaca de Numancia, lugar donde daría comienzo una de las campañas militares más importantes de la historia, y que más ríos de tinta ha hecho correr (desde Apiano hasta los historiadores modernos de referencia, pasando por el propio Cervantes).
Cuando Nobílior llegó a Segeda se encontró la ciudad abandonada y las murallas en obras. Engañado por la actitud “cobarde” de los segedenses, partió hacia Numancia sin esperar a los refuerzos que estaban en camino. Nobílior fue derrotado ante las murallas de la actual Garray (Soria).
Una vez llegaron los refuerzos Nobílior realizó un segundo asalto, esta vez con caballería numida y... elefantes. Los romanos pensaron que numantinos y aliados se estremecerían ante la visión de los paquidermos, sin embargo, una roca fue arrojada por los defensores sobre la cabeza de uno de los elefantes. Éste barruntó de dolor, haciendo que el resto de los elefantes huyeran en estampida, acabando con las formaciones romanas.
Verdad o leyenda, lo cierto es que Celtiberia tuvo aquí, tal vez, su mayor contribución para la historia venidera. En lo sucesivo un consejo, una vez coman las uvas, deseen feliz año nuevo y...
Eran tiempos convulsos. La corrupción sacudía los huesos de un, por lo demás, polvoriento Imperio. Sangre nueva se quedaba fuera del organismo, y los aires de cambio eran tapados por cánceres personificados en piel de romano. Las grandes migraciones acontecían invasiones, y en vez de surgir un poderoso ente mestizo, se avecinaba la muerte de un gigante, quizá el más poderoso que haya pisado suelo terreno.
Por entre los campos de la llanura húngara sólo se podía ver un enorme campamento, sin mayor muestra de sedentarismo que alguna choza, en exceso rústica, hecha con paja, madera y pieles. Etzelburgo, pues así dice la leyenda que se llamaba el lugar, tenía en aquel momento más poder que la mismísima Roma, y de hecho, tenía sujeta a tributo a la mismísima Constantinopla. Sus guardines, cabezones, chatos y peludos, distaban mucho de Apolo, y acaso también de Hades. Sus ojos recordaban a Oriente, su crueldad, resonaba por todo Occidente.
Una tienda destacaba de entre todas ellas, pues allí habitaba el caudillo de aquella poderosa horda. Él era un Emperador sin Imperio, Atila, “Rey de los Hunos”, era el gran jefe de aquella algarabía bárbara. Ante él, sin mayores conocimientos que los atávicos, se arrodillaban caudillos godos, alanos, e incluso, en ocasiones, romanos. Desde mucho antes de que él naciera, a los jóvenes de su horda se les dañaba la cara, por lo general aún imberbe, con una hoja de acero hirviendo; de esta forma conocían el dolor, además de conocer que en la guerra antes había sufrimientos, para después fáciles placeres. A diferencia de todos los de su raza, a Atila le enseñaron en una misma lección cuáles eran los deberes del guerrero, sus sufrimientos, los juegos de los dioses, y cómo no, qué era, en verdad, el miedo.
Atila gustaba de rodearse de los más variopintos sacerdotes. Era gustoso de recibir consejos divinos y premoniciones, y, de hecho, tal vez fuere el soberano más supersticioso que haya habido en la Tierra. Era un siervo del “momento”; siempre lo buscaba en sueños y visiones, de hecho, la idiosincrasia de las estepas le hacía propenso a ello.
Los hunos, como pueblo bárbaro, no dominaban el arte del asedio. Constantinopla, y sus inexpugnables murallas, era demasiado premio, fijaronse, pues, en su homónima vaticana. El “momento” se aguardaba, Orestes (padre de Rómulo Augustulo, último Emperador de Occidente, y consejero principal de Atila) se preguntaba, una y otra vez, a qué esperaban para invadir el reino de los romanos. No sabía, pues era de orígenes urbanos, que se esperaba a la dicha, al azar, al “momento”.
Un día llegó al rústico palacio un romano montado en corcel ligero. Llevaba una carta sellada, con un enigmático anillo de piedras preciosas en su interior. Su remitente era Honoria, la díscola hermana del purpúreo Emperador de Occidente, Valentiniano III. Le ofrecía matrimonio, pues quería vengarse de las limitaciones impuestas por su hermano, y muy especialmente, por su madre, la célebre Gala Placidia.
A Atila le llegó el “momento”. Reclamó la mitad del Imperio de Occidente como dote matrimonial, yendo con sus huestes en su búsqueda. La Galia fue la provincia romana inicialmente elegida, sus tropas arrasaron Orleans y sólo pudieron ser vencidas en las Campos Catalaúnicos, cerca de Chalons, la previsión que contemplaba el bárbaro supersticioso no fue del todo cierto: pues, para aquel “momento”, Aecio (gran general de los romanos) había formado una memorable coalición con los visigodos (el pueblo germánico más poderoso), los francos y algunos otros pueblos de entidad menor.
La búsqueda de Atila resultó ser un fracaso. Ninguno de los sacerdotes que le rodeaban le supo dar respuesta a la pregunta que él inicialmente formulara. En otro “momento”, la intervención del Papa de Roma evitó la debacle de la ciudad eterna (junto a una epidemia de fatales consecuencias para los hunos, así como una campaña militar organizada por el Emperador oriental, Marciano). En un “momento” una conspiración perpetrada por los bizantinos acabó con su vida. Marciano había vencido, y por ello, sería reconocido en vida como uno de los más poderosos emperadores romanos, ¿dominando el momento? ¿perpetrando bajo su manto?.
Atila jamás dominó el “momento”, no supo utilizarlo, pese a buscarlo. Preguntó a sus hechiceros, sacerdotes y demás clérigos cuál debía ser su siguiente paso. Quizá… ¿no supo ver que el “momento” se rige por el azar y el Caos, no por ninguna pauta lógica? Quizá, en eso, los herederos de Roma tampoco hayamos acabado siendo demasiado diferentes al gran bárbaro….
* Última fotografía: The theme of the Seventh International Sand Sculpture Festival was "discoveries". This Dali-inspired work on the theme of clocks has the Clock Tower (please note the proper name - Big Ben is the bell) of the Palace of Westminster at its summit. GNU Free Documentation License
"Esa vida rural que tú llamas agreste es muestra de moderación, diligencia y justicia".Cicerón
Hubo un tiempo en que, frente al hermoso peñasco de "fuente de la Cazuela", grajas y grajillas robaban al pobre labrador sus preciados garbanzos. Un tiempo en que llegaron a sembrarse lentejas (cerca de "la Central", por ejemplo), en que los manzanos no eran vistos como una forma de ocupar el huerto con algo productivo, y en el que éstos mismos, eran trabajados hasta su ínfima extensión. La agricultura era el medio de subsistencia, de un pueblo, de una región y de un país.
“Ganemos con el arado el pan que baste a nuestras mesas”
Juvenal
De la práctica de la agricultura en tierras de Celtiberia hay testimonios antiquísimos. En la cercana Ambrona, provincia de Soria, se han encontrado algunos de los restos de cerveza más antiguos del mundo. Los cereales fueron el primer cultivo, y hasta nuestro días, el más importante y extendido. Por razones obvias, las vegas, por antonomasia, fueron el lugar elegido para la siembra. Indicios, algo más que evidentes, parecen indicar que Anguita y toda la Celtiberia ha sufrido un severo proceso de desertización en los últimos tiempos. El propio río Tajuña, así como los arroyos del Prado de Aguilar y la Madre antaño bajaron con más agua, llegándose a poner redes para la pesca en éste último.
“... para los oficios que suponen más de prudencia o atienden a un servicio importante, como la medicina, la arquitectura, la enseñanza de nobles conocimientos, estos oficios son bellos oficios. Pero de todas las empresas en las que se obtiene algún beneficio, nada es mejor que la agricultura, nada más productivo, nada más agradable”…
Cicerón
Los primeros anguiteños se instalaron primero en la Hoz, estando más resguardados del inclemente tiempo y, a su vez, mayormente protegidos de lo hostil de aquellos años pretéritos. Con el "ensanche" que experimentaría el pueblo durante la Edad Moderna, y últimos tiempos del Medievo, la estabilidad política de la región ayudaría a que el pueblo creciera y se uniera a la lastra, de la cual el mismo, adoptó Virgen. Con el pueblo en la lastra se ganaba terreno en la vega, y con ello, tierras para el cultivo. Durante todos esos siglos Anguita fue el campo, y el campo el modelo de vida, no sólo para Anguita.
“Más, entre los agricultores se hallan los hombres más fuertes y los soldados más valientes. Y dedicándose a la agricultura es como se consigue la ganancia más digna de respeto, la más estable, la que menos envidias promueve, y, quienes están dedicados a ella, son los que menos traman el mal”.Catón
Los romanos exaltaron a la agricultura como la actividad más pura y noble que practicarse pudiera. En verdad, no sin razón, Cicerón incidió en constatar cómo era la agricultura el único trabajo por el que todo beneficio se obtenía por acción del trabajo de la propia mano, del sudor de la frente. Libanio, filósofo de tiempos del Bajo Imperio Romano (mentor de Juliano "el Apóstata"), defendía al pobre agricultor frente al ávaro intermediario, "Mientras que los negociantes pueden indemnizarse con los especuladores, aquellos a quienes el trabajo apenas da para vivir son aplastados por la carga... Es el tiempo en que la servidumbre se extiende (...)".
HenryBuckley, el célebre periodista-cronista inglés, refiriéndose a la España de tiempos de la Guerra Civil constataba cuán poco había progresado nuestro país, pues aún se utilizaba, hasta aquel entonces, el arado de los romanos. Yo añadiría que también se conservaron entre los "celtíberos del siglo XX" los valores que a este actividad aparejaban los siervos del Imperio Romano.
“Si yo cultivo tu campo, yo te habré hecho bien”.
Séneca
El cambio del arado por el tractor arruinó a Anguita, tanto, o más, que el paso del batán y los tintes a la industria textil. Las gentes de este pueblo emigraron, buscaron recursos y mejor fortuna, modernizándose, dejando al pueblo como algo sanguíneo, pero anticuado. Sólo la concentración de muchas tierras, o el labrantío de varias parcelas ajenas, a renta, podía sustentar una economía, eminentemente familiar.
Por último, llegados a este punto, un texto de JohnSteinbeck extraído de su obra maestra, “Las uvas de la ira”:
“Los tractores vinieron por las carreteras hasta llegar a los campos, igual que orugas, como insectos, con la fuerza increíble de los insectos. Reptaron sobre la tierra, abriendo camino, avanzando por sus huellas, volviendo a pasar sobre ellas. Tractores Diesel que parecían no servir para nada mientras estaban en reposo y tronaban al moverse, para estabilizarse después en un ronroneo. Monstruos de nariz chata que levantaban el polvo revolviéndolo con el hocico, recorriendo en línea recta el campo, atravesándolo, a través de las cercas y de los portones, cayendo y saliendo de los barrancos sin modificar su dirección. No corrían sobre el suelo, sino sobre sus propias huellas, sin hacer caso de las colinas, los barrancos, los arroyos, las cercas, ni las casas (...). No sentía más cariño por la tierra que el que pudiera sentir el banco. (...) Tras el tractor rodaban los discos brillantes que cortaban la tierra con las cuchillas; aquello no era arar, sino una especie de cirugía: la tierra extraída era empujada hacia la derecha, donde la segunda fila de discos la deshacía y la volvía a empujar a la izquierda; cuchillas cortantes que brillaban pulidas por la tierra lacerada. Y, arrastrados tras los discos, llegaban las gradas con sus peines de hierro, deshaciendo los terrones hasta que la tierra quedaba nivelada. Después de las gradas entraban en escena las grandes sembradoras, doce penes curvos de hierro, erectos en la fundición cuyos orgasmos los producían los engranajes, que iban violando la tierra metódicamente, sin pasión. El conductor sentado en su silla de hierro se enorgullecía de la rectitud de las líneas que no se hacían por disposición suya, del tractor que ni poseía ni amaba, de ese poder que no estaba bajo su control. (...). Después de un rato, el arrendatario que no había podido marcharse, salía y se acuclillaba a la sombra, junto al tractor.-Pues ¿no eres tú el hijo de JoeDavis?-Sí que lo soy -respondió el conductor.-Y ¿cómo te dedicas a este trabajo, yendo contra tu propia gente?-Porque son tres dólares al día. Me harté de suplicar para comer y de no conseguir nada. Tengo mujer y niños. Tenemos que comer. Son tres dólares al día y es algo seguro.-Eso es verdad -replicó el arrendatario-. Pero para que tú ganes tres dólares por día, quince o veinte familias se quedan sin comer. Casi cien personas tienen que salir y vagabundear por las carreteras por tus tres dólares diarios. ¿O no?”.
¿A cuántos pobres explotaremos, a cuántos países arruinaremos? ¿Cómo frenar a los intermediarios, profesionales y burócratas, que arruinan al campesino de aquí y allí?. ¿¡Cuál será el futuro si el campo perdió a sus hombres y su filosofía!? ¿¡ Qué futuro tiene un pueblo de inhumanas perreras y melancólicos "amantes" del campo!? Anguita como urbanización ojalá (raro será que el tiempo me ayude para lo contrario) no sea la última solución.
Imágenes:
1) "Imagen de limpia tradicional del cereal con limpiadora mecánica", foto de Pedro Varela (1955), nota para anguiteños (la foto no es del pueblo...).
2) Vista de Anguita desde la casa abandonada, camino de laFuensanta.
3) Oleoducto a su paso por Torremocha.
4) Mi tío caminando entre los trigos de Ratilla (Anguita).
"Ya no quedaba ningún pudor; en las penosas circunstancias por las que pasaba el Estado, se llegó a tal punto que, mientras Galieno se comportaba de un modo incalificable, las mujeres, incluso, gobernaron de manera brillante, y aún las extranjeras".
Trebelio Polión, "Historia Augusta"
Existen nombres que denotan algo más que calificativos. Figuras que ocupan un lugar equidistante entre los dioses y los terrenos, entre la Verdad y el Mito. Como en tantas otras facetas de lo real, en todo lo que rodea al soberano de turno, ello es, aún, más manifiesto. Fuera de los casos de las "egipcias" Hatshepsut o Cleopatra, o la asiria Semíramis (quien se encaprichara de los memorables "jardines colgantes"), es extraño ligar nombres femeninos a la historia greco-romana. Como excepción que confirma la regla, durante el Bajo Imperio Romano - inicios del Imperio Bizantino surgieron nombres de mujer que ostentaron el máximo poder sobre las cabezas de miles de hombres; éste es el caso de Gala Placidia, Amalasunta, Teodora.... o Zenobia.
Refiriéndose a la época en que a la reina Zenobia le tocó vivir, Trebelio Polión, autor a quien se le atribuye comúnmente este fragmento de la "Historia Augusta", habla de un tiempo en el que las mujeres, incluso, gobernaban de una forma brillante (no limitándose a citar a las legendarias matronas romanas, sino que incluso, se atreve a referirse a las mujeres "bárbaras" o extranjeras).
Zenobia, menos conocida como Septimia Bathzabbai Zainib, era viuda de Odenato (príncipe "títere" de Roma, quien defendiera la frontera romana de Oriente frente a las terroríficas huestes persas). Justo cuando estaba en una de sus campañas, Odenato cayó asesinado (por un sobrino suyo, Meonio, según la tradición) junto a su hijo y heredero, Septimio Herodes, fruto de una relación anterior del cónyuge de Zenobia. No es extraño, de hecho, que se opine que bien pudiera haber sido ella quien ordenó su muerte, pues luego se alzó con el poder de su poderosa ciudad (y reino), Palmira, en tanto que regente, siendo herederos sus hijos, quienes estaban por detrás del difunto hijo de Odenato en la línea de sucesión.
El reino de Zenobia sería celebre por ser lugar de tránsito obligado para los mercaderes de la Ruta de la Seda. Allí llegaban las sedas chinas, las especias de la India, así como el incienso árabe. El clima "helenístico" de tolerancia hacia todas las religiones hizo que en su reino se aposentaran grandes sabios de la talla de Longino o de Pablo de Samosata (maestro de Arrio).
Volviendo con nuestra reina, los comentarios "machistas" del cronista romano no cesan con las palabras arriba citadas. Al caracterizar a Zenobia, recurso común en la época, se le tilda de "varonil", así como se afirman anécdotas tan curiosas de la reina como que, por ejemplo: era prudentemente genorosa y "se encargaba de la custodia del erario mejor de lo que es habitual en el género femenino", "cazaba con la pasión de los hispanos" o bebía con los soldados. En defensa de Polión debe decirse que era "cuestión de estilo", o cuanto menos común, considerar que la mujer siempre estaba supeditada al hombre, y como tal, era de inferior valía y mayor debilidad. Al ser válida, o más aún, "poderosa", Zenobia debía tener, como excepción, valores masculinos, y por ello, ser buena gobernante.
En nombre de su hijo (Vallabato), se hizo con el control de buena parte de la mitad oriental del Imperio (incluyendo a Siria, Egipto o Palestina, y por ende, a ciudades como las importantísimas Antioquía o Alejandría). El acto formal de soberanía fue la acuñación de moneda en su nombre, Odenato jamás se atrevió a ello, situándose, aunque fuera mera cuestión diplomática, siempre supeditado al Emperador romano. Zenobia se extralimitó, supero la costumbre de su difunto marido de hacerse llamar "Rey de reyes", con total mofa respecto al monarca persa, quien acostumbraba a llamarse así. Zenobia no usaba carruaje de mujer, dice el cronista, prefería utilizar el vehículo de soberana. Quizá la peor fortuna de Zenobia fuera la llegada al poder de uno de los conocidos como Emperadores de la "mano a la espada" (oriundos de la posterior Yugoslavia, al igual que Diocleciano, o el propio Justiniano), a la sazón, el Divino Aureliano.
Aureliano, dicen los cronistas romanos, no era "buena persona" pero sí un "eficaz gobernante". Reinstauró la unidad del Imperio cuando nadie volvía a apostar por ella (RESTITVTOR), acabando con la pretensiones de Tétrico (quien intentó crear un imperio paralelo en la Galia) y de Zenobia.... No obstante, para cualquier visitante de Roma será fácil reconocer, y admirar, la obra del Emperador romano, al ser él quien mandó construir las más pomposas defensas de la "ciudad eterna", la muralla aureliana.
Las catafractas (caballería acorazada) de la reina Zenobia no supieron aguantar el empuje de las tropas ligeras romanas, y sus auxiliares. Hasta el último momento, Zenobia esperó una ayuda de persas y árabes, la cual no llegó, o distó mucho de ser decisiva. Aureliano intentó ser clemente pidiendo la rendición, sin consecuencias, de la poderosa Palmira, Zenobia se negó, siendo hecha presa, posteriormente, cuando intentaba huir, montada en dromedaria, hacia la rival Persia. El carácter y fama de la reina de Palmira fue tal que el Emperador Aureliano la fue exponiendo en todas las urbes por las que pasaba. Durante su triunfo, suntuosa y bien ataviada, fue atada con gruesas cadenas de oro y enseñada, deshonrada, al pueblo de Roma. La venganza del romano fue sumamente sutil. En vez de morir estrangulada en las mazmorras, como acaecía con todos los monarcas prisioneros que eran exhibidos en los triunfos romanos, Zenobia fue "perdonada". Se le confinó en una rica villa de Tívoli, cerca de la que construyera Adriano con anterioridad (la célebre Villa Adriana, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco).
Aureliano fue sabio, en vez de hacer un mártir, al que pudieran seguir rebeliones en Egipto o la propia Palmira (de hecho volvió a revelarse la ciudad, siendo, esta vez, destruidas sus murallas, hasta que Diocleciano las reformó, situando un campamento romano, semejante al que hiciera, de forma un tanto "hortera", en el gran templo de Luxor), convirtió a la reina en una "honorable matrona romana", contrayendo, posteriormente, matrimonio con un senador.
Cuarta imagen: Aureliano ("Busto in bronzo dell' imperatore Aureliano, secolo III d.C. Museo di Santa Giulia, Brescia". Italian Wikipedia, original upload mar 18, 2005 by Lotho2). Licencia GNU.