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lunes, 24 de diciembre de 2012

Salvemos a los trasgos!!

Es una corriente históricamente contrastable que toda civilización hegemónica ha acabado siempre por imponer su mitología. Así, por ejemplo, sabemos muy poco de los mitos y leyendas celtíberos, al haber sido éstos sustituidos, hace siglos, por la rica mitología greco-romana. Actualmente, aparentemente sin darnos cuenta, la mitología de Apolo o Hades está cediendo a los elfos, orcos y enanos. Como si de una legendaria batalla se tratara, las huestes de górgonas, ninfas y sátiros están desapareciendo de nuestro imaginario, llegando incluso, en ocasiones, a creernos faltos de toda mitología propia. El ejemplo paradigmático de lo aquí comentado es, efectivamente, el universo de “El Señor de los Anillos”.

Recién vista la primera película de la saga de “El Hobbit”, no puedo dejar de apreciar cuán cierto es lo hasta aquí dicho. La película en sí es una obra de arte gráfica, con decorados, paisajes y criaturas nunca antes vistos por televisión. El argumento es sumamente “freak”, o lo que es lo mismo, orientado en demasía hacía los adoradores tolkenianos. Con todo, si algo me ha sorprendido del filme, es la presencia, nominal, de los “trasgos”.

Según los traductores de la película, los tragos, voz española, se identifican con los “goblins”: pequeños seres humanoides, de color verde, “hermanos menores” de los orcos, dotados de una aguda inteligencia y sumamente avariciosos. Si alguien ha participado del universo Warcraft, fácilmente identificará a los goblins (cuyo lema es “AMB”: apostar, mangonear, blanquear). Si nos fijamos en la caracterización de estos seres imaginarios, quizá alguien se dé cuenta de que no nos encontramos ante unos seres totalmente desconocidos para la mitología hispana.

Como “bien” hacen los traductores de “El Hobbit”, el “goblin” de Tolkien debe ser identicado con el “trasgo” hispano. En multitud de leyendas del norte de España, estos seres inteligentes son descritos con caracteres muy similares a los goblins. El propio Pío Baroja llegó a escribir un cuento sobre ellos, y no son pocos los himnos, canciones y cuentos que los mencionan. En no poca medida, los trasgos entrarían dentro del grupo de los “duendes”. Una vez defendida la identidad del genuino trasgo hispano, cabe hacernos una pregunta… ¿están nuestros mitos condenados al olvido?

Si bien es cierto que no acaba de imponerse la lengua inglesa como nativa en los países que están bajo la órbita de EEUU (a diferencia del latín con Roma), no deja de ser evidente que los mitos de raíz bárbara (germánica), recibidos por el mundo anglosajón, están desplazando, en el imaginario de buena parte de la juventud, a los mitos greco-romanos. Los artistas cada vez se fijan menos en la Medusa o Can Cerbero, habiendo cada día más acólitos de Santa Claus y sus elfos que de los nativos Reyes Magos.

No caigamos tampoco en un nacionalismo o folklorismo excesivos. Si bien, cierto es que los mitos y leyendas que nos han definido como civilización, de perderlos, nos harán ser partícipes de otra realidad cultural con mitología propia. El legado de los Césares cada vez se diluye más con el paso del tiempo, y debemos preguntarnos si acaso puede tener alguna razón de ser la profecía que hiciera “Bleda, el Venerable” cuando, al contemplar el Coliseo de Roma, afirmó que: “mientras permanezca el Coliseo, Roma permanecerá, cuando caiga el Coliseo, caerá Roma, y cuando caiga Roma… caerá también el mundo”.

Defendamos la herencia romano-cristiana, o al menos, no adoptemos nombres y seres foráneos teniéndolos propios. La guerra del "gordo bonachón" contra los Reyes Magos bien puede contextualizarse con lo explicado en este post. ¿Son elfos, goblins, orcos y enanos una prueba más de que el imaginario anglosajón ha sometido a Occidente? ¿Las antiguas “sedes romanas” han perdido toda su salvia? Los mayas no acertaron con el fin del Mundo, ¿lo hará Bleda con el fin de nuestra civilización?



FELIZ NAVIDAD Y LARGA VIDA A LOS REYES MAGOS!! ;)


viernes, 30 de octubre de 2009

En busca del sabio emplumado

Dejando la espesura del mangle, Zalakin se dirigió hacia los bosques del monte, en busca del gran sauce llorón, hogar del sabio emplumado. Pasando por hocines cargados de carrascas, angostos poblados por coscojas y acebos, Zalakin se fue acercando a un valle repleto, primero de quejigos, luego de hayas, moreras, e incluso, alguna que otra higuera. Por los bordes del río Mercurín se alzaban sargas centenarias, abedules de merengue, y algún que otro roble descarriado. Siguiendo sus meandros, Zalakin ascendía el curso del río tal y como su abuelo le había indicado. Recordaba, tal cual, sus palabras: "Tras la tercera hoz, en el séptimo giro del joven río, hallarás un sauce longevo. ¡Grita a viva voz tres de los nombres del Cielo, y el gran sabio aparecerá emplumado en su vestido!".

Zalakin continúo habriéndose paso entre los juncos. La espesura de aquella ribera era proverbial, sobre ella revoloteaban mosquiteros, abejarucos y algún que otro lorito carmesí. Como si de un cuadro del Impresionismo se trata, los colores del bosque tan pronto aparecían como se difuminaban entre los haces de luz, que por aquel verano, eran tan copiosos como intensos. Zalakin se fijaba en todos y cada uno de los árboles que iban apareciendo a ras de río. No tardó mucho en localizar un gigantesco organismo milenario, de nomenclatura llorón, aún debiendo sentirse orgulloso de su longevidad, ¡tan bien lograda!.

¡Tengri, Olimpo, Khala!. Tras los gritos del joven duende un silencio se impuso en la atmósfera. Sólo un agudísimo andar de púgil de poco peso parecía romper aquel ambiente sepulcral. Saliendo del centro de un gran ojo horadado en el tronco del árbol, apareció un búho cornudo de reverencial aspecto. El ave no aparentaba haber nacido ayer; sus plumas tenían el acabado de la nieve, asemejándose a curiosas canas, cuales copos de blanca nieve. El pico, curvo de rapaz, era gordo, pareciendo tratarse de un gigantesco gancho jamonero. Sus orejas, altas y corpulentas, parecían hacer las veces de una parabólica, quizá teniendo el objetivo de corroborar todo aquello referente a un mundo, sobre el que el ave no parecía saber poco. A Zalakin le sobresaltó que ese búho hablara con semejante tono. Sólo al escuchar sus primeros "cantos de saber" supo el joven que se trataba de aquél a quien buscaba.

-¿De qué fuente manan los gritos que irrumpen en mi merecido sueño? -dijo el búho con una mueca de curiosidad, por lo real "típica", al tratarse de una rapaz nocturna.

-Mi nombre es Zalakin. Mi abuelo me envía en busca de preguntas, pues dice que eres tú uno de los sabios que mejor conoce los misterios de este Mundo.

-¿Qué misterio perturba tu intelecto joven duende? ¿Acaso sigues la búsqueda de Gilgamesh, la misión de todo héroe que busca el Cielo?

Sabiendo que el búho le había adivinado su mayor inquietud, Zalakin no supo resistirse a felicitar al ser por su certera intuición aviana, previa petición de saber cómo le había leído el pensamiento.

-¿Acaso no has mencionado tres veces al Cielo? ¿Qué mayor motivo que el querer transcender en lo terreno, hasta el Fin de los Tiempos, para mencionarlo con tanta insistencia?

-Mi abuelo así me dijo que hiciera, reverendo Sabio. -Continúo Zalakin.

-¿Creo que no te has dado cuenta de que yo soy siempre quien pregunta, verdad? ¿Acaso no ves que siempre busco la proverbial prolepsis? ¿Conseguir que yo encuentre la pregunta correcta no te ahorra el camino hacia tu respuesta?

Zalakin asintió, las palabras del búho comenzaban a parecerle charlatanería barata.... Y su paciencia, aun siendo fantástica, comenzaba a menguar.

-¿No has pensado que, tal vez, preguntas cosas sobre las que nadie sabemos? ¿Cómo, sino, desde Sumer, Roma, Bizancio o Inglaterra nos lo seguimos preguntando? ¿Acaso no nos podemos conformar con saber que el alma es recuerdo y la carne abono para lo que, en lo venidero, será materia viva?

Zalakin, desconsolado, observó al búho como si de la encarnación del terreno Führer se tratara. Le había levantado todos sus miedos, siendo su mente pasto libre para los espectros de la angustia.

-¿Tal vez te preguntes por qué la Muerte es irracional? ¿Por qué Hades, Tengri, Dios, Alá o las parcas no ponen límite a este vehículo sin rumbo ni volante por le que ser controlado? ¿Por qué nadie nos asegura que las líneas que nos han creado vayan a perdurar, más allá de la vida de un triste blog? ¿Acaso tu mente imperfecta no se da cuenta de la imperfección del conocimiento humano? ¿Acaso no tienen todos los seres ansiedad, ritmos vitales, circadianos... mecanismos por los que estar siempre alerta, y aún así, jamás llegar a alcanzar la perfección de la seguridad absoluta?. ¿Tal vez te decepcionan mis impresiones? ¿Tal vez te has dado cuenta del lado negro de la tortilla metafísica, aquella a la que llamamos "Vida"? ¿No deberías renunciar a sus causas, y luchar por alcanzar la perfección, la dicha, aquello que nos hace tener conciencia entre el Caos, sueños entre mentiras?.


Ilustraciones:
1) Cuadro de Claude Monet: "Sauce llorón".
2) Heubach_Eurasian_Eagle-owl
3) "Death and the Gravedigger" de Carlos Schwabe.

domingo, 1 de febrero de 2009

El mercader de remedios

Temeroso, tenso y preocupado, Zalakin se atrevió a ir a la gran ciudad de Patatasburgo. Era ciertamente contradictorio, que su humilde, y acaso un tanto bucólico, pantano fuere tan diferente de la gran ciudad. Rascacielos arañados al tubérculo, muros orgánicos que parecieran no tener fin, Patatasburgo era un lugar tan enigmático como la diversidad de figuras que medraban por sus calles. Encantadores de hidras, querubines apatrullando o demonios catadores de azufre podían verse en las vías de la ciudad, a la sombra de las gigantescas patatas que antaño dieran tanta prosperidad a la urbe.
Zalakin iba en busca de un remedio para sus preocupaciones, una panacea para sus maniáticas angustias. Como en toda ciudad, el burgo tenía avenidas grandes y callejuelas estrechas; moradas para burdeles y solares para grandes corporaciones. Circuló por mil quinientos de estos callejones hasta dar con una bonita hacienda, un tanto deteriorada por el paso del tiempo. Las dimensiones no eran excesivas, pero como buen comerciante, el dueño de ella tenía buena montadura con la que poder aparentar la prosperidad que se le presupone a todo mercader de fiar.
El estegosaurio que utilizaba por corcel se ruborizó cuando vio acercarse al habitante del mangle. Zalakin, quien ya había dejado a su montura a buen recaudo, picó a la puerta con disimulada ansiedad. Un barbudo globin, que jugaba a ser pariente de los de Liliput, apareció sin haberle dado tiempo, si quiera, de haberse podido sacar los anteojos que le ayudaban en sus concienzudos estudios de astrología, botánica o termodinámica.
Ambos entraron en el lugar, dueño y huésped. Por las paredes reposaban multitud de botes con extraños elixires, toscos manuales de magia y algún que otro instrumento para el arte de la astronomía. Membrillo, pues así se llamaba el geniecillo, se sentó en su cómodo sillón esperando conocer las intenciones de su preciado cliente. Zalakin le habló de la soledad de su pantano, de cómo era incapaz de cerciorarse de que jamás sería presa de una enfermedad desconocida. Tenía miedo. Si algún día caía enfermo, solo los sapos del estanque vecino lo extrañarían, y por otra parte, mudarse a la ciudad, no sólo no se lo recomendaba su orgullo, sino que también se lo prohibía su esencia vital.
Membrillo habló de varios productos preventivos. Dulces de murciélago contra la anemia, troncos de madreselva tranquilizantes o sesos de ornitorrinco para el reuma fueron algunos de los potajes y demás substancias que, el antaño nigromante, supo encontrar dentro de su mágica despensa. Zalakin deseaba “algo” diferente. Un ingrediente que le asegurara poder discurrir por cualquier camino sin tenerse que preocupar, superar enfermedades sin enfermar y ser capaz, a la vez, de soñar sin estar condenado a las nieblas de la locura.
Membrillo le habló de pócimas de la inmortalidad, por otros investigadores prometidas, sin embargo, dejó claro que él de éstas no tenía. Sin embargo, antes de que Zalakin tuviera tiempo a reaccionar, el sabio le habló maravillosamente de unas semillas de mandrágora capaces de combatir los delirios. Zalakin se interesó por eso. Los mangles eran especialmente propensos a la melancolía, y el delirio era el último mal que deseaba si quería poder continuar viviendo dentro de su utopía. Membrillo se ilusionó con este interés tan provocado. Negoció el precio para sus adentros y traicionó a su condición de sabio, vendiendo placebo.
Zalakin pago lo convenido. Reflexionó, corta y superficialmente, sobre cómo era posible que existieran medicinas para gentes con dinero, mientras otros morían fríos y enfermos. Pensó en por qué los manas eran productos para el comercio, siendo gente, nominalmente sabia, quien se lucraba con ello. Nuestro protagonista no se flageló más, cogió el recipiente y se marchó por las callejuelas de Patatasburgo con ansia de que todo lo maniático le hubiere abandonado. Nunca más tendría melancolía, menos mal que era rico y afortunado, y que el empobrecido mercador, cosa que él no sabía, se había lucrado de su ignorancia, haciéndose pasar por un generoso mercader de la sanidad, hoy en día, “pública”.
Imágenes:
1) Martin Cilenšek, Slika 85. Podzemljica [sic!]. (Solánum tuberósum.)
2) Gnome Warlock Shop -final- by *OrcOYoyo (todos los derechos reservados).

domingo, 1 de julio de 2007

El imperio del reloj

Llueve sobre las vilasareñas aceras de mi pueblo. El chispear teclea las sólidas teclas del piano asfaltado, haciendo sonar los monótonos tonos que humedecen lo seco. Un, dos, tres, cada gota es un momento, cada segundo una marca en el padre Tiempo. Pienso en cómo el agua da vida y ocupación al intelecto, la lluvia relaja pero también estropea algún que otro plan, paseo, excursión o cena entre amigos. La lluvia es mala compañera para el joven, le dificulta la libertad de movimiento, sin dejar de recordarle lo mundano de lo existente, cómo el agua dispone de la Vida: un, dos, tres, por cada gota un momento, un suspiro, un segundo, una risa, una lágrima, un sueño, un deseo.

Cada gota es un segundo perdido, cada escrito un rato revalorizado. La economía del reloj, junto con las prisas del calendario, hace que veamos atisbos de obligatoriedad en acciones que meramente nos incumben a nosotros, mula y amo en un individuo, la lluvia sigue cayendo. Me percato de lo banal del pensamiento, me concentro en actuar más que en razonar, la acción debe regir en el pensamiento, no caer en el condenado por desconfiado, ni salir a pecho descubierto en la vanguardia de la legión de los tiempos.

Las vacaciones son tiempos para dar vueltas a la cabeza. Contar gotas, besos, lamentos, deseos, imaginaciones y, acaso, alguna que otra jocosa anécdota, intereses por lo venidero o, simplemente, consideraciones acerca de lo irreversible del tiempo. Asemejo no comprender el significado de carpe diem, lo reconozco. Las gotas caen en número, ladrones de algo que simplemente nosotros creemos tener, lazos que atosigan nuestras gargantas por voluntad de la sociedad y de la vorágine del consumo irresponsable.

No somos máquinas, disponemos de poder sobre el Tiempo en tanto que éste es manifestación de la unidad de medición de lo metafísico. Actúa sobre lo volutivo, no pretendas menospreciar lo eterno. Ya sea Dios, el Caos o el ratoncito Pérez, hay algo que nos sirve de eje en nuestra experiencia. Pasa el tiempo y dejo de contar las gotas. La lluvia moja pero no empeora, la perfección queda en el armario y la timidez en la suela de los zapatos. Cuales grandes actrices cinematográficas, las piezas del reloj chasquean, al actuar, bajo los designios del dominus. ¿Dónde consideramos lo impredecible, lo no investigado? ¡Basta de la instrumentalización de la producción, de los medios y del capital humano!

Siendo importante la productividad, más aún lo es el Tiempo. Es un punto de referencia plenamente hipotético sobre el que desplazar la gracia del descubrimiento. Más allá de redactar acta se manifiesta la necesidad de apagar el reloj, disfrutemos del momento, luchemos contra las limitaciones, no dejemos que el eje acabe con el contenido de lo vitalmente importante, el bienestar propio y de los nuestros. Ende puso en la boca del león Graógaman la imposibilidad de establecer lo bueno y lo malo, en la medida de que se impida el daño, el tiempo es un escenario, no un límite, se trata de una muestro de cómo la Libertad es ser respecto de tu destino, soberano.

Foto de Wikipedia Commons sujeta a GNU Free Documentation License

martes, 22 de mayo de 2007

Manifiesto por Fantasía

El tren, cuando no es un problema, es una excusa para la reflexión. El pensamiento se despierta, ya sea contemplando los rostros de los compañeros de viaje, los titulares de los periódicos gratuitamente repartidos, o la lectura del preciado libro de turno. En no pocas ocasiones, ya en el propio tren, me vienen a la cabeza reflexiones matutinas. Reflexiones motivadas por cotidianas percepciones que me remiten, quizás por el exceso de energía resultante de un opíparo desayuno, a mundos fantásticos que sólo existen en mi cabeza. Esta vez fue un titular y la lectura de un libro. El titular enunciaba la polémica actual acerca de los eventuales derechos que pudieran tener los simios. El libro, quizás ya lo hayan adivinado, era La Historia Interminable.

El clímax literario se me perfecciona al llegar al capítulo donde Atreyu encuentra a Gmork encadenado en la Ciudad de los Espectros. La conversación entre ambos toma cálices más próximos a una sabia discusión filosófica que a la narración de un corriente libro de aventuras. En la conversación surgen ideas tan geniales como ciertas: Fantasía no tiene fronteras, lo seres de Fantasía engullidos por la Nada pasan a ser en la Realidad mentiras.

El caldo primordial para la reflexión cotidiana se cocina con total facilidad. Los ingredientes resultan maná para mis persistentes preocupaciones. Comprendo cómo Fantasía, no es una enfermedad psicológica, sino una parte de nosotros, un inexcusable aliado de la reflexión y portaestandarte del Pensamiento. De golpe me percato de algo que siempre había permanecido ante mí, lo fantasioso de mi mente no deja de ser un elemento de mí tan noble como las manos, los brazos o el torso. Recapacito sobre lo humano, opino que la Imaginación y el mundo de Fantasía quizás sean la explicación del eslabón perdido, aquella adaptación natural que nos diferencia del resto de seres vivos, en definitiva, aquello que nos hace humanos.

Quizás sea precisamente ello el paso que nos diferencia al hombre del chimpancé, tal vez asemejándose al paso que diera el primer anfibio en la tierra, ese paso que rompe la frontera entre la existencia y la Nada, el paso del mundo consciente al real, del presente a otros tiempos, el paso necesario para poder crear la memoria. Esa capacidad de abstracción nos etiqueta como humanos, demuestra como los simios son animales, algo más complejos desde luego, pero para nada humanos. Los rudimentos que abstraen no parecen poder ser considerados como pensamiento, nuestros poderes no sólo son mayores, sino mejor cualificados.

La lectura de la áurea obra de Ende pudiera parecer, muy apriorísticamente, una introducción a la Religión junto con una correlativa crítica a la Ciencia, nada más falso. Ende no deja de recordarnos que lo fantástico existe en un mundo, totalmente diferenciado, de lo científicamente contrastable. No hablemos de Dios, aunque la falta de religiosidad también se deba a ello, sino a cómo cada día los hombres pierden sus esperanzas y sueños en pro de la instrumentalización, la eficiencia y el dinero. El niño se caracteriza por pensar en lo etéreo, el adulto por ir por el camino de lo verdadero.

La Nada se inmiscuye por todos los contornos de nuestro, propio, mundo de Fantasía. Todos nuestros personajes fantásticos, paisajes, sueños, deseos, esperanzas… son absorbidos por el implacable torbellino de lo Real, pasando lo soñado a ser infame mentira. Lamentablemente, Gmork tiene razón, Fantasía se consume, no sólo en la trama del libro, sino en nuestras vidas. La mentira sustituye a lo soñado, el empirismo al pensamiento, la razón se camufla en el prisma, ocultando con su implacable manto, nuestro ojo interno, nuestra puerta a otros mundos, al de Fujur, Atreyu, Gmork y Morla, al de nuestros sueños y esperanzas, el de nuestros recuerdos, nuestros miedos, nuestras esperanzas. Fantasía no tiene fronteras, ¿cómo reducir su existencia pues, a la trama de un libro?
imágenes: fotograma de la película La Historia Interminable (1984) y unicornio de http://www.saraforlenza.com/Art/48/art_48.htm

domingo, 20 de mayo de 2007

Una historia realmente interminable

“Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas.”

Estas son algunas de las mejores palabras que he podido leer hasta el momento del clásico de Michael Ende: La Historia Interminable. No pudiera comprender el verdadero poder de la obra de no haber iniciado, aún siendo quizás algo tarde, su placentera lectura. Todo el cúmulo de circunstancias que ha precedido a la lectura del clásico no han hecho más que mitificar aún más un mitificado deseo. Los sueños, y acaso alguna pesadilla, antaño producidos por las adaptaciones cinematográficas de la historia fueron otrora monopolísticamente soberanos en mi mente. Fujur, Gmork, Atreyu o Morla no dejaron, en ningún momento, de ser personajes conocidos. Sus características sirviéronme de metafóricos juegos mentales. La amplitud de historias que se me derivarían de la película inundaría mi ocupación, en no pocas ocasiones, siendo reflejo de futuras expectativas y de algún que otro fantasioso sueño.

Cierto es que, como diría Gmork en la película, los hombres han empezado ha perder sus esperanzas. En un mundo de desigualdades y vorágines consumistas nuestras mentes, nominalmente maduras, detestan lo fantasioso estigmatizándolo con la consideración de infantil. Los sueños no dejan de ser, lejos de joyas originales de la imaginación, fantasiosas expectativas tan inciertas como equivocadas. No cabe resquicio alguno para el pensamiento libre sobrando espacio para el condicionamiento. La búsqueda del dinero nos aleja de lo sublime, no hace falta ser Petronio, pero la sátira de nuestro mundo acontece fácil y empíricamente reconocible.

La Historia Interminable no deja de dar juego al adjetivo. La idea de sus personajes que hiciera en mi Infancia evoluciona hasta el casi olvido de los momentos, apriorísticamente, maduros. Un arrebato de desobediencia al tiempo me ha llevado a coger el libro, antaño vedado por su extensión, tan querido como idealizado. Su lectura de repente me hace cautivo. Los vientos que soplan por mis espaldas parecen anunciar el acontecimiento. Javier por fin lee su libro, su esencia encuentra su mitad perdida en la infancia. De golpe, me percato de cómo la Madurez sea, posiblemente, ser consciente del paso de la Infancia recorriendo sus pasos a fin de encontrar huecos, vacíos a los que la acción de llenar nunca viene tarde, siendo maduro aquél que al hacerlo no se siente infantil, pero sí niño, acaso nene. Aquél que sabe comprender las emociones tal y como Ende las describe.

La desgracia de las adaptaciones cinematográficas se manifiesta desde las primeras páginas. Las recreaciones mentales de la interminable historia caen ante la infalible lapidación realizada por el libro. La fantasía encuentra meta, ve cómo los personajes, acaso en un principio mayormente infantiles, no coinciden totalmente. Ya desde el principio, comepiedras tiene nombre y al hombrecillo del caracol y el conductor de murciélagos se le une un hombrecillo denominado fuego fatuo. No sé si el ingenio del autor lo previó intencionadamente pero el lucero del nuevo personaje me ilumina mostrándome las diferencias entre mis visiones pasada y actual del asunto.

Fuego fatuo lleva una bandera blanca unida a su cuerpo al igual que los otros tres contertulios, símbolo de neutralidad y de Paz en un mundo en conflicto. De golpe irrumpe en la magna obra original un concepto como es el de guerra. Concepto ausente en la adaptación cinematográfica, donde todo estaba mayormente idealizado, no sólo por el director del filme sino también por las directivas de la Infancia. Más que a las imitaciones de teletubbies de la película los personajes acontecen más bién una alegoría. Veo más que a los Lunnies a Petronio y a Apuleyo con su Asno de Oro detrás. Ramon Llull, Fontaine o Perrault parecen ser imitados, el fuego fatuo se convierte en antorcha metafórica del cambio. La percepción del mensaje del libro me llega en el mejor de los momentos. El contraste entre la visión del filme frente al libro sólo encuentra equivalente en la analogía ficticia de la Madurez frente a la Infancia. Una placentera sensación se inmiscuye dentro de mis venas mostrándome los Misterios vedados de lo etéreo. La imaginación se quita el disfraz de lo inapropiado y vuelve a regir públicamente desde su trono encelebrado.

Es la virtud del descubrimiento hecho en buena época, la sabiduría de la enmienda y lo aleccionador del fallo. El vacío causado por la falta de lectura del libro madura en sano fruto. La sabiduría transmitida por la obra llega en un momento cumbre, en un instante donde acaso pueda ser mayormente comprendida. La explicación del fenómeno en una contradicción en los propios términos que caracterizan a la Fantasía pero cuento menos alcanzo a comprender mi objetivo de comprender lo seductor de la Historia. Esa seducción tan efectiva como oculta que durante tanto tiempo me ha impregnado. Más vale tarde que nunca, más vale recolectar la fruta tardíamente, cuando se viste de sabor y está bien madura.
Artículo publicado en la revista web: escribearte, número de agosto de 2007

miércoles, 7 de marzo de 2007

¿Qué es la Nada? preguntó Atreyu

Fujur, Morla, la Torre de Marfil, Gmork... son personajes fantásticos, no sólo en cuanto a su concepción sino también en cuanto a su existencia. Sin embargo, con el pincel inmisericorde de la retratística, Ende parece retratar a la cruel Nada tal y como es. Niebla inabordable que acaba por impregnar todo lo creado, todo lo deseado, todo lo pensado.
El mundo tiende al desorden. Es una afirmación que defienden los físicos cuánticos más autorizados. Ello se puede comprobar empíricamente lanzando contra el suelo una baraja de cartas, rápidamente constataremos, cómo por ley imperativa, las cartas caen desordenadas inevitablemente. La complejidad es el contrapeso al Caos. Nada y Caos pudieran defenderse como sinónimos.
La gloria, el ímpetu, el sentimiento nacional, la religión... son manifestaciones de nuestra adversidad ante el desorden. Ello no es específicamente humano, la vida se contrapone al desorden, el Universo parece que también. Así se justifica por la física la existencia de agujeros negros, abstrayéndose de conceptos como espacio y tiempo que no dejan de ser magnitudes cuantitativas no carecterísticas empíricas.
Nuestro cerebro es adverso a la soledad del individuo. Debe establecer cierto orden "en nuestras cartas" para no caer en el desaliento. Polvo eres y polvo serás dijo, parece ser, aquel hombrecito con barba, sin embargo, claro es que desde un punto de vista, quizás deboto de mi "oficio", la muerte es el mayor mecanismo de equidistribución de beneficios y cargas, uno puede enriquecerse más o menos haciendo el hoyo pero todos acabamos,`pretérita o futuramente dentro de él.