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sábado, 19 de febrero de 2011

Los cuernos del vikingo

“La raza a la que se llama hoy en su conjunto gálica o galaica es apasionada de la guerra, pronta a la cólera y a llegar a las manos, tosca de costumbres y sin vicios. A la menor excitación corren al combate abiertamente y sin mirar a derecha o izquierda, son así fáciles de vencer por quien quiera combatirles a través de maniobra, no hace falta si no provocarles” Estrabon “Geografía” 4, 4, 2-3
“Los celtiberos cortan las cabezas de sus enemigos muertos en el combate y las cuelgan de los cuellos de sus caballos”. Diodoro de Sicilia 5, 9, 5
Ya sea por un disfraz de carnaval, por el bueno de Vicky, por el primer gran clásico de BlizzardLost Vikings”, o por ser un fanático de la historia, lo primero que le viene a la cabeza a uno al hablar de vikingos, son los cuernos. Rudos, violentos, conquistadores sin escrúpulos, bandidos y borrachos, la imagen del vikingo, como la de todo “bárbaro” en general, nos llega en términos similares. Nada importa que jamás se haya acreditado que los vikingos llevaran casco con cuernos, o que se piense que el mito venga de haberse encontrado cuernos (como vaso) en las tumbas de algunos guerreros. El vikingo “debe” llevar cuernos, pues es bárbaro, extranjero, y afín al Diablo.
No es un suceso aislado. Por todos es “aceptado”, más que sabido, que la civilización a Hispania llegó con griegos y romanos. Más allá de cutres series televisivas (muy deudoras de los estereotipos), cada vez se tiene más constancia de que existieron culturas, poco menos desarrolladas que la romana, y que en verdad, como no podía ser de otra manera, el Imperio se impuso por las armas, el comercio y la moneda. Estrabón hablaba de los celtíberos como borrachos guerrilleros, cuando, valga por ejemplo, investigaciones en las inmediaciones de Calatayud han descubierto, incluso, calendarios astronómicos celtíberos. La percepción del otro es un instrumento de poder para nada nuevo. Los últimos sucesos en el norte de África, así nos lo confirman.
No dejaré constancia de una ignorancia única si digo que hasta hace poco Hosni Mubarak se me presentaba como el más respetable líder del mundo islámico. Sus continuos “ires y venires” a EEUU, Europa o Israel, parecían situarle como una figura “mediadora” de primer orden. Podría llegar a parecer que, incluso, Egipto era uno de los países islámicos más desarrollados, aunque una simple visita bastara para probar a cualquiera lo contrario. Los últimos sucesos, y muy especialmente la retransmisión de sus discursos a la población, nos han mostrado a un Mubarak “diferente”. El viejo mediador se ha vuelto inútil, donde antes había paz ahora se ve el régimen de un tirano, parece ser, ya derrocado. No conozco a nadie que haya tenido el privilegio de hablar con el anterior líder egipcio, o que diga ser amigo suyo, por lo que no puedo tener una opinión sobre cómo es su persona. Las últimas imágenes, discursos y documentos nos muestran a una persona muy egocéntrica, prototipo de cacique de, como diría el bueno de Miguel Ángel Asturias, “república bananera”. Una vez más, el poder de los medios como instrumento de poder es más que notable.
Roma tenía una original forma de tratar a los “políticos” del momento. A los rivales (véanse Aníbal o Arminio) se les “deificaba” y consideraba cuasi como héroes, por el mero hecho de haber sido capaces de vencer a Roma, el Imperio, en varias ocasiones. Algo así sigue sucediendo, de forma un tanto diferente, con las naciones conquistadas por el actual estado hegemonón. El Iraq de Sadam (claro caudillo laico) era una amenaza “islamista” poseedor de armas de destrucción masiva (a la vez que petróleo...). Los talibanes, tan útiles para bloquear avances soviéticos, resultaron ser unos poderosos señores de la guerra, mientras que “el cutre” régimen de Corea del Norte, se ha llegado a convertir en una de las máximas amenazas mundiales. Si no te gustan mis principios, tranquilo, tengo otros. Al poder económico y al militar se le ha unido otro, el de los medios de comunicación, sólo que, para sorpresa de muchos, llevan más tiempo existiendo del que pudiéramos creer...
Para finalizar un consejo. Si quiere examinar al “bárbaro” de turno intente conocerlo, leer, estudiarlo... no se quede “con los cuernos del vikingo”. Origen imágenes: 1) http://wire.ggl.com/wp/wp-content/uploads/2007/12/lost-vikings.jpg
2) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f7/Napolitano-Mubarak.jpg

sábado, 19 de septiembre de 2009

Siervo del "momento"

Eran tiempos convulsos. La corrupción sacudía los huesos de un, por lo demás, polvoriento Imperio. Sangre nueva se quedaba fuera del organismo, y los aires de cambio eran tapados por cánceres personificados en piel de romano. Las grandes migraciones acontecían invasiones, y en vez de surgir un poderoso ente mestizo, se avecinaba la muerte de un gigante, quizá el más poderoso que haya pisado suelo terreno.
Por entre los campos de la llanura húngara sólo se podía ver un enorme campamento, sin mayor muestra de sedentarismo que alguna choza, en exceso rústica, hecha con paja, madera y pieles. Etzelburgo, pues así dice la leyenda que se llamaba el lugar, tenía en aquel momento más poder que la mismísima Roma, y de hecho, tenía sujeta a tributo a la mismísima Constantinopla. Sus guardines, cabezones, chatos y peludos, distaban mucho de Apolo, y acaso también de Hades. Sus ojos recordaban a Oriente, su crueldad, resonaba por todo Occidente.
Una tienda destacaba de entre todas ellas, pues allí habitaba el caudillo de aquella poderosa horda. Él era un Emperador sin Imperio, Atila, “Rey de los Hunos”, era el gran jefe de aquella algarabía bárbara. Ante él, sin mayores conocimientos que los atávicos, se arrodillaban caudillos godos, alanos, e incluso, en ocasiones, romanos. Desde mucho antes de que él naciera, a los jóvenes de su horda se les dañaba la cara, por lo general aún imberbe, con una hoja de acero hirviendo; de esta forma conocían el dolor, además de conocer que en la guerra antes había sufrimientos, para después fáciles placeres. A diferencia de todos los de su raza, a Atila le enseñaron en una misma lección cuáles eran los deberes del guerrero, sus sufrimientos, los juegos de los dioses, y cómo no, qué era, en verdad, el miedo.
Atila gustaba de rodearse de los más variopintos sacerdotes. Era gustoso de recibir consejos divinos y premoniciones, y, de hecho, tal vez fuere el soberano más supersticioso que haya habido en la Tierra. Era un siervo del “momento”; siempre lo buscaba en sueños y visiones, de hecho, la idiosincrasia de las estepas le hacía propenso a ello.
Los hunos, como pueblo bárbaro, no dominaban el arte del asedio. Constantinopla, y sus inexpugnables murallas, era demasiado premio, fijaronse, pues, en su homónima vaticana. El “momento” se aguardaba, Orestes (padre de Rómulo Augustulo, último Emperador de Occidente, y consejero principal de Atila) se preguntaba, una y otra vez, a qué esperaban para invadir el reino de los romanos. No sabía, pues era de orígenes urbanos, que se esperaba a la dicha, al azar, al “momento”.
Un día llegó al rústico palacio un romano montado en corcel ligero. Llevaba una carta sellada, con un enigmático anillo de piedras preciosas en su interior. Su remitente era Honoria, la díscola hermana del purpúreo Emperador de Occidente, Valentiniano III. Le ofrecía matrimonio, pues quería vengarse de las limitaciones impuestas por su hermano, y muy especialmente, por su madre, la célebre Gala Placidia. A Atila le llegó el “momento”. Reclamó la mitad del Imperio de Occidente como dote matrimonial, yendo con sus huestes en su búsqueda. La Galia fue la provincia romana inicialmente elegida, sus tropas arrasaron Orleans y sólo pudieron ser vencidas en las Campos Catalaúnicos, cerca de Chalons, la previsión que contemplaba el bárbaro supersticioso no fue del todo cierto: pues, para aquel “momento”, Aecio (gran general de los romanos) había formado una memorable coalición con los visigodos (el pueblo germánico más poderoso), los francos y algunos otros pueblos de entidad menor.
La búsqueda de Atila resultó ser un fracaso. Ninguno de los sacerdotes que le rodeaban le supo dar respuesta a la pregunta que él inicialmente formulara. En otro “momento”, la intervención del Papa de Roma evitó la debacle de la ciudad eterna (junto a una epidemia de fatales consecuencias para los hunos, así como una campaña militar organizada por el Emperador oriental, Marciano). En un “momento” una conspiración perpetrada por los bizantinos acabó con su vida. Marciano había vencido, y por ello, sería reconocido en vida como uno de los más poderosos emperadores romanos, ¿dominando el momento? ¿perpetrando bajo su manto?.
Atila jamás dominó el “momento”, no supo utilizarlo, pese a buscarlo. Preguntó a sus hechiceros, sacerdotes y demás clérigos cuál debía ser su siguiente paso. Quizá… ¿no supo ver que el “momento” se rige por el azar y el Caos, no por ninguna pauta lógica? Quizá, en eso, los herederos de Roma tampoco hayamos acabado siendo demasiado diferentes al gran bárbaro….
* Última fotografía: The theme of the Seventh International Sand Sculpture Festival was "discoveries". This Dali-inspired work on the theme of clocks has the Clock Tower (please note the proper name - Big Ben is the bell) of the Palace of Westminster at its summit. GNU Free Documentation License

martes, 23 de diciembre de 2008

Petición a los Reyes Magos

"(...) ha caído la noche y los bárbaros no han venido.
(...)
Y entonces ahora ¿qué va a pasar con nostros sin los bárbaros?
Al menos esa gente era una cierta solución".
"Esperando a los bárbaros" de Constantino Cavafis
Existen varias definiciones relativas a qué es un clásico. Para unos, son aquellas obras que reiteradamente son citadas en escuelas y universidades, para otros, esos gruesos tomos de honorable apariencia, que todo el mundo pretende tener bien visibles en su biblioteca, pese a no haber sido jamás leídos. De lo que no hay la menor duda es de que de los clásicos se puede extraer una innumerable lista de célebres frases. La anteriormente escrita es un ejemplo[i].
Las palabras del griego Cavafis me trasladan a una atmósfera decadente. Un tiempo nubloso en el que el hambre, el miedo y la enfermedad campan a sus anchas. Se me aparece todo como un gran ocaso estereotipado, definitivamente, un cuadro, típico y tópico, de cómo debió ser uno de los últimos días del Imperio Romano. Se me ocurre reflexionar sobre cuáles debieron de ser los pensamientos de cualesquiera de cuántos contemporáneos de aquella época poblaron las grandes urbes romanas. Una cuestión que me preocupa especialmente es la de reflexionar acerca de si esas gentes supieron, ni aunque fuera por un mero atisbo, la gran vorágine que se les venía encima. No podemos saber si el habitante de Aquileya, de Leptis Magna o de Cartago se pudo haber figurado cuál iba a ser el destino de su civilización, de su anciano Imperio. Seguramente los romanos no se figuraron un mundo gobernado por bárbaros. Quienes tienen una existencia acomodada sostienen la “cuasi-divinidad” del orden que les gobierna. Craso error para la razón, al que los humanos parecemos estar genéticamente predeterminados.
Me causa una gran ansiedad pensar que yo bien pudiera ser uno de aquellos “romanos”, partícipe de un gran escenario de decadencia predestinado a la caída, en este caso no del orbe romano. No sé si entre Iraq y los Campos Cataláunicos caben paralelismos, pero cierto es que las batallas distantes estereotipan la fragilidad de quienes nos gobiernan. Las desigualdades fomentan flujos migratorios insostenibles, flujos de “nuevos bárbaros” buscando mejores tierras. Otros de su calificativo amenazan a nuestras estructuras macroeconómicas, mientras que caníbales de nuestra "social" especie se nutren de ideas falsas y especulaciones abusivas. La Bolsa cae, y los sueños con ella.
Como el niño, adulto o anciana romanos del poema de Cavafis, yo sigo buscando a los bárbaros. No sé si debo confiar en quien no supo vigilar que el singular villano se hiciera con las expectativas de cientos o en una sociedad caduca y especialmente desestructurada. Busco soluciones, sin tener tampoco a bárbaros disponibles.
Occidente, y más concretamente Europa, se va progresivamente ninguneando dentro de su fofo conformismo. Los individuos viven sin expectativas, con el único estímulo del chat, el cigarro y las grandes fiestas. Una sola letra separa al matrimonio del patrimonio, mientras que los infantes son considerados como externalidades negativas de coitos nefastos. A todo eso, la familia se descompone dejando su asiento a la perruna mascota, mayormente privilegiada que el abuelo. Un sinnúmero de pequeñas cosas nos conducen al gran efecto. Un mundo caduco, una sociedad sin esperanzas “ni bárbaros”. El potencial del forastero renovador “bárbaro” sólo cabría buscarlo en las nuevas ideologías. ¡Lástima que de éstas estemos faltos!
Me pregunto si en este próximo año surgirá un nuevo Atila o Genserico. Si en los EEUU aparecerá el “nuevo candidato antonino[ii]” o se seguirá la, poco particular, tradición catalana de dejar al hijo mayor, o listo, con la industria y el tonto para la política… Sinceramente, reconozco haber escrito con este post mi carta a los Reyes Magos. Un Mundo que reflexione y encuentre, y que en la medida de mi humano egoísmo, me garantice un futuro personal, y ante todo, para los míos.
Felices fiestas y mejor año nuevo!!!
[i] Estas líneas lo mismo han servido para hacer una alegoría al autor, como para introducir obras sobre la Decadencia y Caída del Imperio Romano, como las inexcusables monografías del profesor Javier Arce (uno de los mejores, quizá el mejor, historiador romanista actual), “Bárbaros y romanos en Hispania” (Marcial Pons, 2005) o del clásico “Esperando a los bárbaros” del Dr. Alonso del Real (Austral, 1972).
[ii] Dinastía a la que pertenecían notabilísimos Emperadores como Trajano, Adriano o Marco Aurelio.
Ilustraciones:
1) Constable, John, "Hadleight Castle (Hadleigh Castle?), Studie" (1829)
2) Honthorst, Gerard van, "Anbetung der Hirten"

viernes, 4 de enero de 2008

Matrimonio por rapto

El matrimonio siempre ha sido una institución curiosa. Aquello que para algunas civilizaciones ha sido considerada como la más sagrada de las instituciones, en otras ha acontecido objeto de rapto, y cómo no, de comercio. La mentalidad mercantilizadora de los de nuestra especie ha llegado a extremos considerables; véanse instituciones como la dote o los matrimonios, aún hoy en día concertados, en ciertos países islámicos. Poca duda cabe de que el matrimonio es unión: la más íntima y perfecta de las asociaciones, sólo que variando en relación con qué sea lo elegido para unirse.

Los Ordenamientos Jurídicos modernos abogan por la regularización del “consortium omnis vitae”, o lo que es lo mismo, la comunidad de vida de dos individuos. Desde el derecho canónico se creó el concepto de “consortium totius vitae”, el matrimonio irrevocable, la imposibilidad de divorcio (sólo cabrá la nulidad en supuestos de matrimonios imperfectos por razón de incompatibilidad psico-sexual etc). Frente a estas posiciones, existirían otras civilizaciones, o paradigmas históricos, en los que se vería a la institución matrimonial como una forma de establecer alianzas, tratos, políticas (sucesorios o, incluso, militares). Dentro de estos últimos casos llegaría a imponerse la práctica del rapto en algunas culturas.

La civilización grecolatina recoge dos raptos “fundacionales”. En primer lugar, coincidiendo con los rituales de fertilidad y renovación, el rapto de Perséfone por Hades (motivo de enfado de la madre de ésta, Ceres, que daría explicación a las estaciones y al paso de la prosperidad al invierno y viceversa). Poro otra parte, el rapto de las sabinas sería uno de los sucesos (más mitológicos que reales) que más importancia tuvo en los tiempos primordiales de Roma.

Habiéndose quedado Roma sin población femenina suficiente, Rómulo convocó unos juegos a los que acudieron diferentes pueblos (entre ellos los sabinos, junto a sus mujeres). A una señal del monarca, los romanos raptaron a las mujeres sabinas con el afán de convertirlas en sus esposas. Los sabinos fueron echados, sin perjuicio de que se levantaran después en armas contra el enemigo romano. En plena batalla, dice la leyenda, las mujeres sabinas se interpusieron entre ambos contingentes, gritando por la paz dado que de una forma perderían bien a sus maridos e hijos o bien a sus padres y hermanos.

Más allá de alegorías, leyendas y demás conceptos partícipes de la mitología, el rapto ha llegado a extenderse, y ser común, en no pocas culturas. En el caso español, es interesante citar la costumbre de los godos (y de todos los pueblos germánicos en general) de “raptar” a la esposa deseada, sin perjuicio de que ello fuera motivo inexcusable para el conflicto entre clanes y familias. La seguridad jurídica (y ante todo, la “romanización” del derecho de los godos) acabó, en parte, con la barbarie del mismo imponiéndose la voluntad de los contratantes, fueran los novios o los padres, sobre la fuerza del encaprichado enamorado (o interesado) de turno.

El rapto llegó a tener una importancia primordial en sociedades como las de los pueblos de las estepas. Los clanes guerreros de la basta estepa altiplanicie euroasiática eran, ante todo, hombres guerreros, ligados en sangre e ideales en la persecución del más sagrado de los objetivos, el provecho propio. Quizás como manifestación, una vez más, de una práctica social ligada a una necesidad biológica-genética, el rapto de mujeres procedentes de clanes y tribus rivales aseguraba el intercambio de material genético, y la inhibición de los efectos ligados a la reproducción entre miembros de una misma familia. Lo común de la práctica haría que el propio Genghis Khan no estuviera al margen del suceso.

El padre de Temujin (nombre real del gran Khan), el caudillo Yesuguei, raptó a Joguelún, mujer con la que concebiría al gran Señor de los mongoles. Los merkitas, tribu a la que pertenecía la raptada, quisieron vengarse de la ofensa raptando a la mujer del Khan, Borte. Se dice que el jefe de los raptores copuló con la mujer de Temujin, engendrando al primigenio del conquistador, Jochi Khan (favorito del gran Khan, pese a no ser su hijo biológico). Definitivamente, el rapto le devolvió la jugada a su estirpe, mostrándonos a la posterioridad lo ambivalente de las malas prácticas.

miércoles, 16 de mayo de 2007

El arte del Perdón: una visión militar

La batalla entre lo moral y lo práctico encuentra manifestaciones desde los más primordiales actos de nuestra vivencia como especie. La compaginación entre lo justo, lo moralmente justificado con lo eficiente, económico, o meramente utilitario se nos acontece en tanto que balanza multiusos apta para fines diversos. El Perdón es un ejemplo, pese a estar conceptuado en torno a ideales de bondad y gracia, no deja de ser un acto vestido, acaso inevitablemente, de tejido utilitario. Parafraseando a De Quincey no es que vayamos a ver el arte del asesinato sino lo artístico, y utilitario, del perdonar a tiempo. Una vez más, naveguemos en las generosas aguas de lo trascendente dejando lo infame, o cuanto menos más cotidiano, para hacer referencia a cómo el Perdón ha pasado a lo largo de la Historia de ser en muchos casos beneficencia a ser en otros, menos pero acaso más paradigmáticos, herramienta de actuaciones belicosas, violentas, y desde luego, cuadros pintados a base de sutiles estrategias.

En la ambivalente cara de lo político el perdonar no sólo es común sino que acontece, en no pocas ocasiones, como necesario. No sólo nos referimos a alianzas o coaliciones de turno en las Cámaras de Representantes, o para formar Consejo de Ministros, sino también a actos más encarnizados, próximos a batallas, conquistas y fundación de Imperios, Países y Estados. Mis gustos, irremediablemente, condicionan mi visión dando al asunto una óptica romana.

Viajemos en el Tiempo, constatemos cómo las Guerras Púnicas no fueron más que guerras entre dos grandes potencias: Roma y Cartago. Quizás Roma ni tan siquiera fuera la más poderosa pero acabó venciendo. Supo perfeccionar las maniobras adecuadas en el momento oportuno. Escipión, a la sazón llamado “El Africano”, maniobró de tal forma que venció a las huestes cartaginesas, por más que la posterior destrucción de Cartago fuera inevitable. Nos hallamos ante un perdón “impropio”, Roma “perdonó” creando una gran Cartago romana, lucero del Mediterráneo junto con Roma, Constantinopla, Antioquia y Alejandría. Ésta última fue desplazada por El Cairo con la conquista musulmana y el régimen de los fatimíes.

Cartago será una urbana potencia, tanto en época romana (puerto y granero de inexcusable importancia) como en época bizantina. Genserico y sus vándalos zarparon a saquear Roma desde allá, al ser un puesto óptimo para planear invasiones y maniobras de grandes expectativas, sin embargo, analizando lo que de verdad nos interesa del tema, Cartago acontece un monumento al Perdón, al cómo un Imperio se sirvió de las cenizas de su archienemigo cartaginés para consolidar su dominio en la región y crear un próspera y maravillosa reina entre las urbes.

Alejandría fue un ejemplo de lo contrario. No creo que sea mera casualidad que El Cairo no conociera períodos de esplendor como el Helenismo de la ciudad porteña. Los hombres cambian mientras que los espacios, al menos a corto plazo, permanecen. Lo bien situado lo es siempre y quien tuvo, retuvo. Roma fue catedrática en ello, lo comprendió, siendo imitada por España, no en el caso de la Córdoba musulmana sí en las Américas, y el Imperio Otomano en sus conversiones de Tenochtitlán en Ciudad de Méjico por los primeros y de Constantinopla en capital del Imperio de los sultanes y los serrallos por los hijos de Osmán. Este perdón impropio, llamémosle urbano, ha sido muestra de sana elección, matrona de imperios. No obstante, no debemos de dejar de encarar el Perdón en vertientes aún más embeleicidadas.

Situémonos en las llanuras que rodean las ciudades de Troyes y Chatres, en la actual Francia. Allá se manifestó el mayor monumento al Perdón interesado en tanto que herramienta militar. El sabio estratega romano Aecio supo, en el momento clave, “perdonar” a las huestes hunas al mando de Atila. Los divulgadores sin sentido y demás historiadores baratos han visto en ello restos de una antigua amistad entre ambos líderes, dado que Aecio fue rehén de hunos y godos durante su infancia (práctica habitual en la diplomacia de la época). Ello no sólo no tiene sentido, Aecio es en torno a una docena de años mayor que el huno, sino que sirve para camuflar endiabladas maniobras militares vestidas de caridad cristiana.

En tanto que Imperio paradigmático, Roma disponía de sus “servicios secretos”, diplomáticos, espías y negociadores de turno, Aecio era un experto maquinador. Sabía que el Emperador de Occidente, y más que nada su madre Gala Placidía, le odiaban por antiguos politiqueos. Aecio perdonó a Atila porque confiaba en ser el único que podía pararlo. El “último de los romanos” era conciente de que los hunos podían ser lanzados contra las tropas germánicas, invasoras de turno.

Todo lo explicado, más allá de la pesadez del relato, intenta ser un tributo a la bella arte del Perdón, a cómo las aparentes bondades de la Gracia y del Don pueden mutar en la perversión en lo malvado y maquinado. En cómo perdonar, más que un sagrado mandamiento, ha sido, y es, en muchos casos, un disfraz en el que esconder maniobras que pretender seducir a esa gran ramera, llamada Poder.