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domingo, 14 de septiembre de 2008

Una breve historia del alcohol

“Dale bebida fuerte a él, que está a punto de perecer, y dales vino a ellos, que se hacen los valientes. Déjale beber y olvidar su pobreza, y abandonar para siempre su miseria”.
“Libro de los Proverbios”, Antiguo Testamento
¿Una defensa del consumo de alcohol en la propia Biblia? Seguramente muchos de ustedes ya hayan sondeado la posibilidad de excomulgarme, pensado que sufro de un laicismo aquejado, o simplemente, que este artículo comentará algún pasaje, jocosamente, del eventualmente “sagrado” texto. Nada más lejos de mi propósito.
Tal y como nos denota el fragmento arriba reproducido, otrora el papel del alcohol fue otro que aquél que en la actualidad tiene. Cierto es que el agua dulce era igualmente inexcusable para la dieta humana que hoy en día, sin embargo, a la vez que maná, en muchas, demasiadas, ocasiones constituía fuente de enfermedades, y correlativamente, de pandemias y demás causas de muerte. El alcohol, desde tiempos remotos, se alzó como “aqua vitae”, genial solución con la que evitar los microorganismos del agua contaminada.
Con la lectura del genial artículo de Bert L. Vallee (de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard), publicado en el ejemplar de agosto de 1998 de Scientific American, uno se empapa de sabias reflexiones acerca de cuál ha sido el papel del alcohol a lo largo del devenir de la especie humana. El Dr. Vallee hace referencia a múltiples textos bíblicos y griegos, apreciando una rígida constante, la falta de referencias al agua en sus textos. En consonancia con ello, por poner dos claros ejemplos, el mismísimo Hipócrates defendía al vino como uno de los mejores remedios contra las dolencias agudas o crónicas, mientras que la archiconocida Escuela de Medicina de Alejandría apoyaba el uso médico del alcohol. Definitivamente, no sólo el agua no es la misma con el paso del tiempo, sino que el “agua de la vida” también ha cambiado con el paso de los tiempos.
Parte del papel de alcohol como sucedáneo del agua, a la vez que sustancia excitante y de recreo, se vería relevado por la llegada al Viejo Continente de productos como el cacao, el té o el café. Fue precisamente éste quien puso en jaque a la economía prusiana, motivando las memorables palabras de Federico el Grande que aquí transcribimos: “Es repugnante reparar en el aumento de café consumido por mis súbditos, y la cantidad de dinero que, por este motivo, sale del país. Todo el mundo toma café; hay que acabar con esa costumbre. Su Majestad fue criado con cerveza, y así lo fueron también sus antepasados y oficiales. Muchas han sido las batallas guerreadas y ganadas por soldados vigorizados con cerveza, y el Rey no cree poder confiar en soldaditos que toman café para afrontar las adversidades en el supuesto de otra guerra”.
¡Que nadie llegue a equívocos! Federico el Grande, como gran parte de los europeos, utilizó el alcohol como sucedáneo del agua potable, de la forma ya comentada, sin embargo, no podemos dejar de recordar que precisamente la cerveza es un producto que, elaborado artesanalmente (sin perversión), es rico en nutrientes al proceder de la cebada (o de otros productos igualmente consistentes). Los egípcios y los habitantes de Mesopotamia (“Albor de la Civilización”) ya la utilizaron, y de hecho, se guardan tablillas cuneiformes en su defensa, quizá ayudando a crear una concepción hacia el alcohol que se plasmó en el mismísimo Antiguo Testamento.
Siguiendo con nuestro tema, un estereotipo generalizado es el de la presunta “ebriedad genética” que aquejan pueblos como el Ruso o el Polaco. Nada más lejos de la realidad, el “alcolismo” patrio no es tal sino, meramente, una técnica de supervivencia con la que soportar las gélidas temperaturas invernales, y desde luego, para asegurar la potabilidad de los líquidos que entraban en el organismo. Paradigmáticamente, el buen vodka depende de la pureza del agua (sea ésta de pozo o, incluso, de glaciar) más que del fermento que le sirve de base (por lo general centeno, cáscara de patata o trigo). Quién sabe si por ello el propio término “vodka” viene a significar: “agüita”. ¿Defensa del alcolismo? Nada más lejos de mi objetivo.
El profesor Vallee continúa hablándonos del porqué el alcohol llegó a ser considerado como un “agente patológico”, dejando de ser agua, o “agüita”, de vida. Antes de prohibirlo su religión, los musulmanes experimentaron con las bebidas alcohólicas. De hecho, algunas de las regiones que conquistaron eran ricas en vid, y por ello, no fue de extrañar que no pudieran soportar la tentación de probar el agua angelical. Probando y probando, inventaron el proceso de la destilación (gracias al invento del alambique). Este mecanismo, funesto en términos históricos, sería el culpable de que el grado de alcohol (con tope en un 16% en circunstancias naturales de fermentación) llegara hasta lo topes que hoy conocemos.
Con los tiempos modernos, y el auge de la técnica y la industria, el alcohol continuó su proceso de perversión, potenciándose, en buena parte, por culpa de los avances en materia de prevención y tratamiento de las aguas para consumo humano. Dejó de ser un sustitutivo “médico” del agua, potencialmente contaminada) para ser un sustituto del agua, un cruel mercader experto en mutar la sed por droga... ¿Tendrá un nuevo papel el alcohol en el futuro?

lunes, 8 de septiembre de 2008

Huertos salobres, sueños con Salicornia

Para un opositor, tiene mucha dificultad el poder seguir, con cierta disciplina y regularidad, sus “obligaciones bloggianas” (nexo de férreo sinalagma). Escribir con la oportunidad, o como diría Picasso, cuando la inspiración te pilla trabajando, en mi caso, pensando-descansando, es una opción (guardando los artículos en el disco duro, para como en este caso, ser publicados cuando sea pertinente, y ya falten en el blog nuevos reportajes y meditaciones). Hoy les haré una curiosa confesión. Es una gran experiencia releer textos que te parecieron “ásperos” y complicados cuando eras un infante. El cambio neuronal producido por tu contínuo aprendizaje te hace reparar en detalles que otrora te resultaron sin importancia alguna, pongamos como ejemplo el tema de hoy.

Sin haber caído antes en ello, una de las mayores “minas” en las que poder encontrar temas sobre los que escribir y reflexionar, son las viejas revistas archivadas en sus respectivos estuches, siempre polvorientas, y en no pocas ocasiones, menospreciadas. Inspecciono mis antiguas “Scientific American” y me encuentro con textos de potencial consumo. Obviamente, el interés que ponga en uno u otro dependerá de la idea subyacente que pretendan tratar, y no hay lugar a dudas de que, en los tiempos que corren, el tema del agua dulce potable es algo que nos interesa y compete a todos.

“Riego con agua del mar” de Edward P. Glenn, J. Jed Brown y James W. O'Leary (Scientific American, Octubre de 1998) es uno de los artículos que más me llaman la atención. Según informan estos investigadores, es posible cultivar vegetales tolerantes al agua del mar, no sólo en tanto que salinas verduras con las que compaginar nuestra dieta sino que también, primordialmente, como forraje para los animales. Proyectos pilotos realizados en países como México, Emiratos Árabes, Arabia Saudí e India han permitido a los científicos llegar a la conclusión de que el rendimiento de especies como la Salicornia, pueden llegar a producir unos rendimientos equiparables a los más productivos vegetales (1,7 kilogramos por metro cuadrado de biomasa total y 0,2 kilogramos por metro cuadrado, de semillas de aceite).

La Salicornia, planta con la que los investigadores, arriba citados, han obtenido los mejores resultados, son plantas que normalmente medran en marismas costeras, teniendo, por naturaleza, una encomiable capacidad para prosperar en aguas salobres. Sus tallos pueden ser comidos por el ganado, mientras que sus semillas son aptas para la elaboración de aceite (con sabor parecido a los frutos secos). Sin embargo, esta especie en cuestión también tiene sus inconvenientes.

La idea inicial, intuida, con total seguridad, por buena parte de los que leen estas líneas, era la de explotar este tipo de cultivo en regiones desérticas, sin embargo, existe el problema de que la planta en cuestión, la Salicornia, no rinde tanto en regiones tropicales como en otros lugares de clima más templado. Experimentos llevados a cabo en la Patagonia (Argentina) han demostrado que la Salicornia ambigua, oriunda de esas latitudes, es ideal para la extracción de pienso para cordero. De hecho, experimentos llevados a cabo en el lugar (y publicados en la web de “Diario del Fin del Mundo”) han demostrado que la carne de los corderos que se han alimentado de esta planta, es de mejor calidad (con un 30% menos de grasas y más de proteínas) que la normal, pudiendo acontecer un nuevo recurso para esta región del globo (quién sabe si para subministrar alimento a los, cada día más frecuentes, ferryes que van hacia la Antártida cargados de turistas).

Es cierto que el ganado que se alimenta con este tipo de cultivos requiere abrevar más con la finalidad de compensar el exceso de sales; sin embargo, igualmente cierto es que, aún así, hay margen para el ahorro de agua, dado que buena parte del despilfarro de agua potable realizado por nuestra sociedad es más en cultivos que para uso particular (desde WWF/Adena se ha llegado a afirmar que para el caso de España, “el «despilfarro» de agua en la agricultura excedentaria equivale a lo que consumirían al año 16 millones de españoles”).

Que cada cual tenga sus sueños, y haga sus cálculos y maquinaciones, de lo que no hay duda es de que el mar aún tiene recursos para explotar, y que con su agua, son muchas las cosas que aún pueden llevarse a cabo, para nuestro bien y el del conjunto del Planeta Tierra.

Cuadro primero: obra de Fattori, Giovanni

lunes, 17 de diciembre de 2007

Libia: la paradoja del desierto

Libia siempre ha sido vista como un desierto, una frontera de Sol y arena, enemiga las más, ignorada el resto de veces. Alrededor suyo se alzaron Imperios, que la dominaron, subyugaron o lucharon contra el país de las arenas. Cartago, Roma, Bizancio, Vándalos o los propios egipcios, a Libia siempre le ha costado hacerse un sitio en el mapa, alcanzar un mínimo resquicio de dignidad histórica, un mero apunte que separe al país de un líder mediático y sus treinta guardas vírgenes. Dentro de su rica historia, por poner nombres propios, quizás tengamos que destacar a dos significativos personajes: el faraón Sheshonk y el César Septimio Severo.

Sheshonk se alzó con el cetro de Egipto armas en mano. Durante las guerras del país del Nilo contra los Pueblos del Mar (los filisteos de la Biblia), cuantiosos contingentes humanos emigraron desde la cercana Libia, la mayor parte entrando a formar parte de los contingentes de mercenarios del faraón Ramsés III (soberano, el último de los importantes, del Imperio Nuevo Egipcio). Sheshonk intentó restablecer el poderío de Egipto, teniéndose constancia escrita en la Biblia de sus campañas por la Medialuna Fértil.

Septimio Severo no fue menos relevante. Consiguió restablecer el orden en el Imperio Romano después de la caída del último emperador antonino: Cómodo, hijo de Marco Aurelio. Los romanos siempre le conocerían por “el africano”, al igual que Sheshonk, siempre fue extranjero dentro del imperio que dirigió: de hecho, se guardan testimonios, un tanto peyorativos, de cómo pronunciaba la lengua de Virgilio.

Leptis Magna fue la ciudad que vio nacer a Septimio. Sus imponentes ruinas, aún hoy en día, la configuran como una de las mayores joyas de la Antigüedad, quién sabe si no estamos hablando de la ciudad romana mejor conservada en el orbe. El Foro de Septimio y sus famosas medusas, o su imponente teatro, son meras muestras del esplendor alcanzado por esta urbe: pasto, primero de los beréberes, después del desierto. Realmente, Leptis, la no menos esplendorosa Cirenne, Berenice (actual Bengasi), Trípoli o el oasis de Gadamés, son algunos de los lugares más sorprendentes de todo el norte de África. Pese a aquello que pudiera deducirse al contemplar, sin condicionante alguno, el país de Gadafi, Libia es un lugar de contrastantes, aleccionador como pocos. Una primera conclusión coherente con su estudio bien podría ser ésta: ver cómo la gloria y la prosperidad son tan idílicas y placenteras como temporales, por sí mismas, transitorias y perecederas.

Libia deviene un espejo desde el que observar los rigores del Cambio Climático. Sus tierras fueron otrora mayormente fértiles, ricas en oasis y en especies animales como el elefante norteafricano (animal que sirviera de buque insignia en las tropas de Aníbal). Igualmente, el país guarda en su haber importantes reservas de hidrocarburos (muestra de cuán importante fuera la biomasa antaño existente en el lugar), así como un auténtico “mar de agua dulce” en las profundidades del desierto.

El proyecto del “Gran Río Libio” constituye una de las obras faraónicas, nunca mejor dicho, de mayor interés, coste e implicaciones. El plan hidrológico de Gadafi pretende trasladar el gran acuífero del desierto (y sus 150.000 km2 de agua subterránea) al litoral libio; en otras palabras, en él existe agua con la que poder construir una gran piscina del tamaño de toda Alemania. Gadafi utiliza, junto a sus caprichos, los cuantiosos petrodólares recibidos, desde Occidente, en construir esta obra, sin duda alguna, digna de ser mencionada en los libros de historia de la Humanidad venidera. Pese a todas estas promesas de auge económico, advenimiento de Libia como potencia geopolítica del lugar, socio privilegiado de Occidente, existen graves paradojas que no disponen de automática solución.

El año 1986 los EEUU atacaron las principales urbes del país: Trípoli y Bengasi, muriendo multitud de civiles (entre ellos, la hija de Gadafi). De ser acusado de organizar el atentado de Lockerbie, el de la Discoteca La Belle de Berlín o apoyar al palestino Abu Nidal, ha pasado a ser uno de los socios de mayor importancia para la UE, unión económica, más que europea...

No hay duda de que Libia ha progresado. Trípoli es una de las ciudades con mejor calidad de vida del continente, monumentos como la ciudad de Leptis Magna (junto con sus tranquilas y bellas playas de alrededor) amenazan con convertir al país en un eminente gigante turístico. Nadie sabe qué pasará cuando llegue el agua al litoral, como tampoco nadie sabe lo que pasará cuando muera Gadafi. Su régimen ha sido sanguinario, odiado por Occidente, sus pilares discutidos (promover la unidad árabe, neutralidad internacional...), pero el caso es que Libia renace como nunca, negocia con el capitalismo y se convierte en suculento pastel. Después de todo, ¿qué es la diplomacia sino el arte de saber utilizar los contrastes y las antítesis en busca del interés patrio?

Ambas fotografías son obra del genial Luca Galuzzi: http://www.galuzzi.it/, sujetas a: Creative Commons Attribution ShareAlike 2.5 License

jueves, 13 de diciembre de 2007

Los Monegros: parte de nuestro común espejo

Dicen que la allá por la época del desarrollismo franquista, el gobierno del Régimen solicitó consejo a un grupo de expertos estadoudinenses sobre la viabilidad de crear un plan de explotación agraria, a gran escala, de la comarca aragonesa de los Monegros. La visión imaginaria de los maizales, que en la actualidad crecen cual maná, parece que les disuadió de dar una respuesta afirmativa, no fuera a ser que la demanda europea de maíz americano se resintiera. Los años pasaron, con el progreso económico-tecnológico de España regiones como los Monegros, Ciudad Real o Murcia pasarían a ser vergeles con altos coeficientes de productividad, ganando el terreno a varias de las zonas más áridas de la cuenca del Mediterráneo.

No deja de haber sentimentalismo propio en el asunto. Recuerdo aquellos momentos en los que puedo contemplar el verdor del maíz, camino a mi pueblo de Anguita (Guadalajara), puro paliativo celestial para un viaje que acostumbra a hacerse un tanto largo. Los riegos y aspersores parecen empeñarse en borrar las letras del desierto, el nombre queda inundado con vegetales, dinero y progreso en una región que ha sido reprimida como pocas. Los Monegros no dejan de ser una metáfora del progreso español, y muy especialmente, muestra del auge de Aragón como lugar estratégico (véase también la potencial metrópolis de Zaragoza, o la construcción del parque logístico PlaZa, uno de los más grandes de Europa). Dentro de mis pasos por la zona, recuerdo cierto comentario de mi tío al pasar cerca de Bujaraloz: “Ahí van a hacer un Casino, dicen”. Quién me iba a asegurar que tal oración iba a ser cierta en cuanto a su enunciado. Ayer, día 12 de diciembre de 2007, se hizo oficial el proyecto de construcción de una “ciudad” del ocio y el juego, Gran Scala, en las cercanías de Castejón de los Monegros (localidad de apenas 700 habitantes). El proyecto no deja de ser una “levantadura de falda”, una forma de hacer relucir las necesidades, algunos dirán las vergüenzas, de este país de España.

Que nadie llore por el momento. La reflexión siempre ha sido necesaria y quizás este proyecto sirva para que recapacitemos. España no tiene grandes urbes, no está densamente poblada, no es líder en investigación, y mucho menos en educación o cultura. La historia, una vez más, nos muestra cuál fue la grandeza de lugares como Emerita Augusta, Medina Azahara o la mismísima Alhambra. España, Hispania, o como se le quiera considerar, ha sido siempre un producto del ocio, un lugar bañado por el sol, apto para los más variopintos y preciados sueños vacacionales. Somos una suerte de Florida europea, lo miren por donde lo miren. La invasión de Irak puede que haga bajar el precio del petróleo, a España es altamente difícil que le puedan hacer cambiar de emplazamiento. El áureo astro es nuestro mayor bien, siempre y cuando sepamos conjugar tal don con las finitas existencias de agua...

Los “monegrinos” saben algo de eso. Respecto al poco progreso de la región, pocos serán capaces de justificarlo en la necesaria protección del sisón o del alcaraván, mucho menos en el bien, eminentemente económico, de los lugareños. Los defensores de lo verde afincados en Madrid y Cataluña, protestan ante el sueño del ladrillo mientras se regocijan en sus casas, sitas donde antes existieron, cuanto menos en lo referente al caso catalán, riquísimos y frondosos ecosistemas. Nadie debe escabullirse de la cuestión, ni nuestra propia conciencia ciudadana, ni mucho menos, ningún político. El problema se asemeja al del Amazonas (y quizás también al de la selva del Congo y la Antártida), el binomio naturaleza-progreso sigue siendo inestable. ¿Cómo dejar a Bujaraloz, con sus ricas mantecadas, mientras grandes urbes se yerguen en otros lugares, ante la atónita mirada de melancólicos, veteranos y viejos?

Renunciar a proyectos como el que se propone por este, dudosamente loable, consorcio internacional, es totalmente legítimo e incluso moralmente obligatorio; sin embargo, una vez más topamos con las esperanzas de progreso de una región olvidada, y un tanto demacrada, por el paso de los tiempos. ¿Quién no tiene derecho a Forums o candidaturas olímpicas, tiene alguna salida hacia la gloria del progreso del lugar y sus gentes?

Posiblemente la solución esté en cada una de nuestras casas. Debemos ser conscientes de que España necesita un papel geopolítico que ocupar, si queremos seguir viviendo como hasta ahora. ¡Gracias a Dios no nos haremos un hueco en el Futuro a base de bombas o armamento! Menos mal. No obstante, la solución del ocio y de zona de recreo de las clases pudientes del globo es tentadora para la especulación y Maese dinero. Si renunciamos otros lo harán, progresando con los beneficios, ¿nos sacrificamos como sociedad ante el empuje de otros... o destruimos la estepa aragonesa, justificando la deforestación del Amazonas, y de todos los grandes ecosistemas de nuestro planeta? ¡Por fin he podido constatar a qué llaman algunos soluciones trágicas!

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El joven y el mar

Caminar cerca del mar a medianoche es un placer que poca gente tiene la ocasión de experimentar con cierta frecuencia. La llegada a casa a una hora irreverente, la vuelta en tren después de una esperada cita, son excusas que preceden en el camino que te lleva a gozar tan intensamente del magnánimo charco. A quien no conoce otro despertar que la posibilidad de observarlo, no poderlo ver seca las lágrimas del mortal, o quizás, más bien, las consume cuando se encuentra uno lejos, al otro lado, distante de casa y de la gente que te hace sentir amado. Contemplo y suspiro. La tranquilidad de las aguas frente al constante cambio, Neptuno y el Caos, la divinidad y el mortal, yo y el futuro, mi pasado y mis inquietudes. Las aguas marinas suenan a nana, su balanceo a mimo de cuna, ¡cuán necesitado está uno de él cuando lo contempla a estas horas y con tal belleza!

La belleza del elemento dudo que sea capaz de ser plasmada en letras. La brisa delata el acontecimiento, el agua vive, de forma diferente a como lo hacen fuego, mar y cielo. El Divino contempla toda tu vida, refleja todos tus sueños y pensamientos, uno crece, madura y muere, para ser igualmente observado por quien, prácticamente nunca, retrocede o expande. Quién sabe si soy yo quien tiene necesidad de él o si, como ser humano, el mar nunca me ha dejado.

El lirismo de la escena me sumerge, repentinamente, en el pensamiento. Desconozco si es el mar o el elemento acuático aquello que me remiten al eventualmente único, el nexo que une a toda la vía, el presunto rastro divino que no es más que producto de la existencia del Universo. Uno de los discípulos de Freud, el húngaro Sándor Ferenczi, opinaba que nuestra existencia se base en nuestro anhelo de volver al océano primordial. Como explicara Stephen Jay Gould: “Ferenczi vio el intercurso sexual como un anhelo por volver a las condiciones ancestrales de reposo en un océano sin tiempo – la “tendencia regresiva de Thalassal… procurando volver al modo acuático de existencia abandonado en el tiempo primordial”. El acto sexual satisface esta necesidad primordial en tres formas: 1) el reposo post-eyaculatorio simboliza la tranquilidad del océano; 2) el pene (un pez simbólico, por decir así) intenta alcanzar a útero (sin embargo sólo su secreción llega) – la mujer aquí simplemente pierde; y 3) el producto de la unión pasa su vida embrionaria en un fluido amniótico que representa el océano ancestral”. Y es que el oro líquido es puro, aun siendo cada vez más sucio y afín al petróleo. La “guerra” fáctica y jurídica por el Ártico y la Antártida no han hecho nada más que comenzar, alrededor del Jordán el conflicto es de plena actualidad, el rapto del río por los judíos, mientras pasan sed sus legítimos propietarios. Qué decir de la explotación de los acuíferos en el litoral español o de las faraónicas macroestructuras para hacer fértil Libia con agua del desierto. Plan hidrológico global, es necesidad de nuestra especie, necesario producto de nuestro intelecto.

Quizás yo no vea tan ridícula la idea del psicoanalista magiar, quién sabe si en el fondo el hombre no tiene algo en común con la rana y el sapo: el mantenimiento de un vínculo vital con el agua, con la Vida acuática, con el caldo primordial de Oparin y el componente mayoritario de nuestros átomos... El caso es que nuestra dependencia del agua es aquello que más nos asemeja al laurel o la medusa. Quizás nuestra violencia tenga algo que ver con el chocar de las olas, nuestra búsqueda de la felicidad con la capacidad de adentrarse el agua en el vacío. Si el hombre lucha tan encarnizadamente por los hidrocarburos, ¡quién sabe lo que pasará cuando escasee el agua!

Sobre la pintura: Andreas Achenbach: Sonnenuntergang am Meer mit aufziehendem Gewitter, 1903. Respecto a la última foto: está sujeta a Creative Commons Attribution ShareAlike 2.5 License, siendo de la autoría de Luca Galuzzi - www.galuzzi.it.

jueves, 22 de noviembre de 2007

El pastel de hielo y la trama del Cambio Climático

El nacimiento del Derecho Internacional bien pudiera situarse, por marcar un punto histórico, en el siglo XV-XVI y los grandes descubrimientos por parte de las potencias europeas. Fue en esta época cuando escribirieron sus obras magnas Francisco de Vitoria y Hugo Grocio (sin olvidar tampoco a Francisco Suárez). Haciendo uso, una vez más, del Derecho Romano, se recogió por estos autores el concepto de terra nullius, literalmente, tierra de nadie; y es que las Américas serán asimiladas al concepto, en tanto que habitadas por gentes (indios) pertenecientes a una civilización inferior.
 
Francisco de Vitoria afirmó que: “como cada Estado es una parte de todo el orbe, y con mayor motivo, como cada provincia es una parte de la comunidad de naciones cristianas, una guerra es injusta por la sola razón de que, a pesar de la utilidad para dicha provincia, cause daño al orbe y a la Cristiandad” (De Potestate civile, 13). La guerra justa afectará a los países cristianos, estando justificada la evangelización del nuevo continente, sin tener derecho los nativos a oponerse, por motivos tales como la prohibición del sacrificio humano. La consecuencia directa de estas tesis será que el “nuevo” territorio será para quien lo descubra y tome posesión de él. Derecho de conquista que no será excesivamente diferente del que, parece regir para algunos, en temas tan espinosos como la “conquista espacial” o la aventura de la Antártida.
 
La propiedad del continente antártico se halla en suspenso, y no en estado definidamente definitivo. Los países limítrofes proponen una distribución en base a “cuadrantes” (Pinochet de la Barra), de forma parecida a lo acaecido con el Ártico, sólo que, en este caso, las partes no son Rusia y los EEUU (entre otros) sino Chile, Argentina o Nueza Zelanda... No veo el porqué los países limítrofes iban a tener algún derecho preferente sobre estos territorios. No tiene sentido ni razón de ser, ni en el Ártico ni en el Antártico. Por otra parte, una suerte de justa, rifa o disputa violenta no sólo no es conveniente sino que tampoco es deseable, no alcanzo a ver porqué fuera a tener un derecho mayor, en algo de todos, Francia que Burkina-Faso. La verdad es que el 1 de diciembre de 1959 se firmó el conocido como Tratado Atlántico, presunto monumento a la cooperación internacional efectiva entre países soberanos. El art. 1 del texto afirma que: “La Antártida se utilizará exclusivamente para fines pacíficos. Se prohíbe, entre otras, toda medida de carácter militar, tal como el establecimiento de bases y fortificaciones militares, la realización de maniobras militares, así como los ensayos de toda clase de armas”. Una vez más, las maniobras del poder soberano trascienden nuestra comprensión, y si bien se prohíben las acciones nucleares en el articulado del texto, no es ningún secreto que tanto EEUU como la extinta URSS han realizado maniobras militares, quién sabe si dando significado al concepto de “guerra fría”.
 
Como primer gran negocio emergente está el comercio con icebergs. Arabia Saudí ya intentó allá por los años 70 trasladar una de estas formaciones a su país en tanto que gigantesca reserva de agua mineral fresca. Australia, país especialmente aquejado por la desertización, ya ha pensado en ello y no son pocos los países y corporaciones que parecen frotarse la mano de pensar en el cambio climático y el exageradamente rentable negocio futuro del agua y sus fuentes. Más allá del sacro elemento, el caso es que se tienen evidencias de que dentro del continente austral se conservan importantes reservas de petróleo, gas, oro y uranio. El pastel se halla aún en el congelador, falta ver quienes serán los comensales y quién el organizador de la fiesta que reparta la ración, para regocijo de los invitados.
 
De la existencia de hidrocarburos, valga la aproximación, se tienen evidencias aunque sea como consecuencia de una aproximación en torno a las fuentes-causas que los generan. La Antártida (véase mi artículo: “El misterio de las zarigüeyas”) ha sido un continente fértil, otrora, poblado por coníferas e, incluso, por dinosaurios. La existencia de materia orgánica en tiempos pasados, bien puede hacernos creer que el carbón y el petróleo no son extraños en el país del pingüino. Quién sabe si la conspiración de la elite dirigente no sea la de desahuciar a estas aves para poder, una vez recalentado el planeta, obtener combustibles fósiles, buenos, bonitos y baratos...

domingo, 1 de abril de 2007

El calentamiento y el cambio

El fin es la consecuencia lógica insalvable del inicio. Nadie ni nada es eterno. Tan filosófica afirmación la comprobamos en las duras despedidas de aquéllos a quienes queremos, al retirar el cuerpo inanimado de aquella mascota con la que tanto disfrutamos o al ver por el Telediario como osos polares, focas y pingüinos poco a poco se van quedando sin su Mundo, su casa, su ecosistema. Siguiendo el mitológico viaje de Gilgamesh, nos damos cuenta de lo temporal de lo terreno y de cómo el final acaba llegando dando sentido a todo lo que ha comenzado.

Eternas son las leyes inmutables de la naturaleza que comportan el cambio y su correlativa regeneración. Nuestro afán independentista del resto del conjunto natural, nos hace creer que somos ajenos a los ritmos cíclicos del Mundo. ¿Acaso ello se pudiera sostener? No creo ser único, tampoco en este aspecto, si afirmo poder coger setas en otoño y contemplar cómo el polen hace pasar malos ratos a aquellos que adolecen de alergias, en primavera. Las estaciones no dejan de ser cíclicos cambios. Tan inevitables como necesarios. El progresivo camino en los senderos del conocimiento, nos hace conscientes, paulatinamente, de nuestra global insignificancia. Podemos arar el campo pero no controlar ni la inundación ni la sequía.

Nuestros ancestros siempre se han percatado del cambio. Los pueblos precolombinos creían en la sucesión de diferentes ciclos; la tradición grecorromana en el viaje de Perséfone; así como los antiguos egipcios sacramentaron las periódicas crecidas del río Nilo. Luego, desde campos de la paleontología nos llegan restos de animales propios tanto de climas cálidos como de climas fríos. Desde mamuts a diplodocus pasando por rinocerontes gigantes y osos hocicudos. Que el cambio existe no hay duda, y la física y su disciplina astronómica nos muestra cómo la Tierra orbita irremediablemente alrededor del Sol variándose, en no pocas ocasiones, su movimiento, su posición; comportando todo ello cambios altamente sensibles para los habitantes terrenos. Más aún se constata el fenómeno si, entre otros factores, añadimos a todo ello la deriva continental, las anomalías solares como las manchas, los eventuales pasos de cuerpos astrales tales como asteroides o cruces orbitales con planetas. El cambio rige la naturaleza y las opciones son múltiples pero siempre dentro de cierto equilibrio cíclico. De períodos secos a períodos húmedos, de períodos cálidos a períodos fríos.

Nuestra corta existencia como especie ha coincidido con el fin de la última etapa de Glaciación, de la cual los polos no dejan de ser presentes herederos; así mismo, también lo son los glaciales de la Patagonia o las nieves del Kilimanjaro. Dentro de un mundo perpetuamente cambiante, ahora nos toca un proceso progresivo de calentamiento global. Obviamente, aunque no podamos controlar la sequía o las inundaciones, seguimos pudiendo arar el campo, modular las tierras que tratamos, algo así acaece con nuestro Mundo.

Podemos modelarlo, e incluso condicionarlo enormemente a nuestro libre albedrío. Sin embargo, no podemos pretender tenerlo atado como a un perruno aliado, como un instrumento que nos pertenece a nosotros y a nuestras eventuales inclinaciones. Debemos de reflexionar sobre el uso de nuestra parte controlable pero no pretender tratar lo intratable. La sequía y la inundación no dejan de ser opciones del amplio espectro de conductas naturales posibles, el calentamiento es el polo opuesto del enfriamiento y parece obvio que si el segundo acaeció, deba perfeccionarse el primero.