sábado, 15 de diciembre de 2007

El misterio del clítoris

Hay pequeñas cosas que quedan grabadas en tu mente. No me refiero sólo a tu primera comunión, la muerte de un ser querido o a tu primer amor; existen hechos a los que uno alza al pedestal de la suprema importancia: un regalo especial para Reyes, o el estreno de una película, impactante, que antaño fuera (siendo niño) un universo de sueños, e incluso, motivo de alguna que otra pesadilla... La película que en su momento más me impacto fue Jurassic Park. Para alguien que ama la prehistoria y los seres que la habitaron (aún habiendo acabado ya la carrera de Derecho...) no es de extrañar que al poder contemplar, por primera vez, esta joya (de la ciencia ficción y los efectos especiales) le cambiara quién sabe si la vida. Una de las cosas que, al recordar los detalles del film, más me altera mi curiosidad es aquello de que todos los dinosaurios del parque fueran hembras. Curioso. Realmente, no hubiera dado más importancia al asunto sino fuera por algo que leí hace tiempo en uno de mis libros de zoología.

Parece ser que las condiciones ambientales, del marco en el que se desarrolla la reproducción son determinantes para la determinación del sexo de la descendencia. Podría llegarse a decir que los científicos de Jurassic Park realizaban en la trama de la película algo posible para la ciencia. A estas circunstancias se le deberían sumar causas genéricas, pues no creo ser el único que conoce familias numerosas donde todos los hijos, o la gran mayoría, son de un mismo sexo; sin embargo, en este caso la investigación científica no ha alcanzado resultados con frutos tan empíricamente contrastables.

Sabemos que el cocodrilo puede “controlar” el sexo de su estirpe. De hecho, dependiendo de dónde coloque su nido, mejor dicho, del calor que llegue a sus huevos, los embriones saldrán generalmente de uno u otro sexo. Se piensa que cuanto más calor más machos y cuanto menos más hembras. Bromas a parte, la verdad es que para la supervivencia del material genético del individuo, a “mamá cocodrilo" le interesa tener machos, grandes y fuertes, capaces de enfrentarse, no sólo a los peligros de su hostil medio, sino también a los demás cocodrilos machos en su lucha por su territorio, y hembras. Se cree que con la tortuga pasa lo inverso. La violencia en estos seres brilla por su ausencia, por lo que es más “rentable” en términos evolutivos tener hembras grandes capaces de poder poner una cantidad más elevada de huevos. Tal vez se deba a la idea de facilitar las maniobras del macho en la difícil cópula de las tortugas, quién sabe, pero la verdad es que la determinación del sexo en los reptiles, en todas sus facetas, es sumamente curiosa.

El ser humano, quién sabe si por estar remotamente emparentado con los reptiles, tampoco es extraño al suceso. Durante la fase más primordial del embarazo, los embriones se hallan sexualmente indiferenciados. En lugar de genitales, disponen de un tejido eréctil de dudoso futuro: en algunos ejemplares se transforma en pene (“Plan de Adán”), mientras que en otros se queda en clítoris (“Plan de Eva”). ¡Dato curioso! ¡Clítoris y pene gozan de un mismo origen! Ciertamente, estamos hartos de oír que el clítoris es el punto G de la sexualidad femenina, lo dicho quizás nos lo explique.

Algo muy interesante ocurre con las hienas. Las hembras disponen de un sistema urinario de gran tamaño, sumamente semejante al pene de los machos. De hecho, las hienas se excitan sin necesidad de actividad "sexual-reproductora", siendo una prueba viviente del origen común de ambos órganos. El caso es que, se mire por donde se mire, es difícil saber si fue antes el macho o la hembra, el huevo o la gallina. Toda nuestra diferenciación sexual depende de factores que no han sido, aún, suficiente estudiados. Por más que se analice el supuesto las controversias afloran con mayor voracidad y descontrol. Si es verdad (como por razones anatómicas, a día de hoy, es notorio) que para la reproducción se requiere de un hombre y de una mujer, a nadie se le ocurre que sea posible que surgieran dos individuos de la nada aleatoriamente. Quizás los cocodrilos nos puedan decir algo al respecto...

Segunda imagen sujeta a GNU Free Documentation License, Taken by benjamint444

jueves, 13 de diciembre de 2007

Los Monegros: parte de nuestro común espejo

Dicen que la allá por la época del desarrollismo franquista, el gobierno del Régimen solicitó consejo a un grupo de expertos estadoudinenses sobre la viabilidad de crear un plan de explotación agraria, a gran escala, de la comarca aragonesa de los Monegros. La visión imaginaria de los maizales, que en la actualidad crecen cual maná, parece que les disuadió de dar una respuesta afirmativa, no fuera a ser que la demanda europea de maíz americano se resintiera. Los años pasaron, con el progreso económico-tecnológico de España regiones como los Monegros, Ciudad Real o Murcia pasarían a ser vergeles con altos coeficientes de productividad, ganando el terreno a varias de las zonas más áridas de la cuenca del Mediterráneo.

No deja de haber sentimentalismo propio en el asunto. Recuerdo aquellos momentos en los que puedo contemplar el verdor del maíz, camino a mi pueblo de Anguita (Guadalajara), puro paliativo celestial para un viaje que acostumbra a hacerse un tanto largo. Los riegos y aspersores parecen empeñarse en borrar las letras del desierto, el nombre queda inundado con vegetales, dinero y progreso en una región que ha sido reprimida como pocas. Los Monegros no dejan de ser una metáfora del progreso español, y muy especialmente, muestra del auge de Aragón como lugar estratégico (véase también la potencial metrópolis de Zaragoza, o la construcción del parque logístico PlaZa, uno de los más grandes de Europa). Dentro de mis pasos por la zona, recuerdo cierto comentario de mi tío al pasar cerca de Bujaraloz: “Ahí van a hacer un Casino, dicen”. Quién me iba a asegurar que tal oración iba a ser cierta en cuanto a su enunciado. Ayer, día 12 de diciembre de 2007, se hizo oficial el proyecto de construcción de una “ciudad” del ocio y el juego, Gran Scala, en las cercanías de Castejón de los Monegros (localidad de apenas 700 habitantes). El proyecto no deja de ser una “levantadura de falda”, una forma de hacer relucir las necesidades, algunos dirán las vergüenzas, de este país de España.

Que nadie llore por el momento. La reflexión siempre ha sido necesaria y quizás este proyecto sirva para que recapacitemos. España no tiene grandes urbes, no está densamente poblada, no es líder en investigación, y mucho menos en educación o cultura. La historia, una vez más, nos muestra cuál fue la grandeza de lugares como Emerita Augusta, Medina Azahara o la mismísima Alhambra. España, Hispania, o como se le quiera considerar, ha sido siempre un producto del ocio, un lugar bañado por el sol, apto para los más variopintos y preciados sueños vacacionales. Somos una suerte de Florida europea, lo miren por donde lo miren. La invasión de Irak puede que haga bajar el precio del petróleo, a España es altamente difícil que le puedan hacer cambiar de emplazamiento. El áureo astro es nuestro mayor bien, siempre y cuando sepamos conjugar tal don con las finitas existencias de agua...

Los “monegrinos” saben algo de eso. Respecto al poco progreso de la región, pocos serán capaces de justificarlo en la necesaria protección del sisón o del alcaraván, mucho menos en el bien, eminentemente económico, de los lugareños. Los defensores de lo verde afincados en Madrid y Cataluña, protestan ante el sueño del ladrillo mientras se regocijan en sus casas, sitas donde antes existieron, cuanto menos en lo referente al caso catalán, riquísimos y frondosos ecosistemas. Nadie debe escabullirse de la cuestión, ni nuestra propia conciencia ciudadana, ni mucho menos, ningún político. El problema se asemeja al del Amazonas (y quizás también al de la selva del Congo y la Antártida), el binomio naturaleza-progreso sigue siendo inestable. ¿Cómo dejar a Bujaraloz, con sus ricas mantecadas, mientras grandes urbes se yerguen en otros lugares, ante la atónita mirada de melancólicos, veteranos y viejos?

Renunciar a proyectos como el que se propone por este, dudosamente loable, consorcio internacional, es totalmente legítimo e incluso moralmente obligatorio; sin embargo, una vez más topamos con las esperanzas de progreso de una región olvidada, y un tanto demacrada, por el paso de los tiempos. ¿Quién no tiene derecho a Forums o candidaturas olímpicas, tiene alguna salida hacia la gloria del progreso del lugar y sus gentes?

Posiblemente la solución esté en cada una de nuestras casas. Debemos ser conscientes de que España necesita un papel geopolítico que ocupar, si queremos seguir viviendo como hasta ahora. ¡Gracias a Dios no nos haremos un hueco en el Futuro a base de bombas o armamento! Menos mal. No obstante, la solución del ocio y de zona de recreo de las clases pudientes del globo es tentadora para la especulación y Maese dinero. Si renunciamos otros lo harán, progresando con los beneficios, ¿nos sacrificamos como sociedad ante el empuje de otros... o destruimos la estepa aragonesa, justificando la deforestación del Amazonas, y de todos los grandes ecosistemas de nuestro planeta? ¡Por fin he podido constatar a qué llaman algunos soluciones trágicas!

Darwin y Cristo: la hora del choque

Define Daniel Dennett a la religión como: “sistemas sociales cuyos participantes manifiestan creencias en agentes sobrenaturales o en agentes cuya aprobación ha de buscarse”. Su libro: “Romper el hechizo” (publicado por Katz) no deja de ser un hito en la historia de la ciencia. Es uno de los escasos ejemplos en los que un científico de primera fila se atreve a considerar al fenómeno religioso desde una perspectiva biológica, llevando a cabo un examen racional-empírico de la cuestión, sin tener en cuenta tabúes o condicionamientos sociales. El prestigio, y alto estatus sapiencial, del sujeto le brindan una posición única con la que hacer frente al proyecto (a ello sin duda ayuda su edad, contingencia que le hace temer poco a las represalias). Una de las ideas que más me ha gustado encontrar durante la lectura del libro, es ver cómo al autor se le vino a la cabeza del pensador algo en lo que yo también había pensado: ¿es la teoría evolutiva (añadiría yo a ella la física cuántica y la teoría del Caos) la religión de nuestro siglo?

Este es uno de los argumentos que esgrimen los defensores de la enseñanza de la religión en las escuelas, al considerar que no se puede considerar a la religión de Cristo (o de quien sea) como algo de menor importancia, optativo, obligando a los estudiantes a aprender las tesis de Mendel, Lamarck o Darwin. Tal vez, desde cierto punto de vista, puedan alcanzar a llevar un cierto atisbo de razón. Más allá del tabú (que en no pocas ocasiones oculta segundas intenciones e intereses) quisiera ver en la religión una necesidad.

El “homo religiosus” es una constante a lo largo de la historia. No se conocen civilizaciones que no hayan creado divinidad con la legitimar su existencia, como tampoco se conocen humanos con tres ojos o tribus con más de dos piernas. Me atrevo a seguir a Dennet. El momento es propicio para la libertad de expresión, y anteriormente a ello, de reflexión.

Dentro de un mundo hostil, donde las fuerzas de la física son, por definición, tan impredecibles como soberanas, el hombre requiere un punto de apoyo sobre el que configurar su capacidad de abstracción (mayor de los rasgos que nos hacen humanos). Al igual que para los teoremas se necesitan axiomas, el hombre requiere una base sobre la que levantar su monumento cognitivo. La relatividad de la materia, la inercia y la entropía de lo caótico, no son recursos adecuados sobre los que elaborar postulados referentes a ciencias puras. Es un tipo de mecanismo de defensa. El ser racional precisa de una doble existencia: empírica y fantástica: la duplicidad de Ende y del mundo de las ideas de Platón, al menos aproximadamente.

El profesor Dennett es muy agudo al constatar cómo es precisamente el hecho religioso lo más característico de los humanos. Siguiendo los postulados de la teoría evolutiva (véase a Dawkins y su “gen egoísta”), todo ser vivo se encamina a cumplir, durante su variable existencia, el triple postulado vital: nutrirse, relacionarse (con el medio) y reproducirse. El hombre es el único animal conocido que puede sacrificar su vida por ideales diferentes a los de salvaguardar sus genes.

Y es que genética, biología, antropología y teología no son nombres plenamente diferenciados. La unidad de conocimiento por la que aboga Wilson se nos vuelve a acontecer como de indubitada importancia. El momento esperado llega a su punto culminante. Debemos analizar la religión desde la biología y a ésta desde la teología. Darwin y Jesucristo necesitan de una reconciliación que los aproxime a nuestra mayor necesidad: encontrar un nuevo faro, para unos nuevos tiempos.

Tal y como dice el autor, nada hay en contra de este análisis. Después de todo, aquéllos que defienden la existencia del diseño inteligente y de un Dios único (o diverso, según la religión), tendrán la ocasión de adoctrinarnos, e incluso, de convencernos. Quizás la mejor conferencia de paz sea la de promulgar un debate interreligioso, analizar todas nuestras creencias (incluyendo al darwinismo) con el sino de buscar una salida que nos ayude a poder meritar sabiendo hacia dónde lo hacemos.
* Imagen primera: retrato de Charles Darwin, fotografía segunda: vista de la magnífica urbe de Sigüenza (Guadalajara, España).

martes, 11 de diciembre de 2007

El oficio de opositor

Que el cerebro tiende a la libertad es algo contrastable, empíricamente, durante una dura tarde de estudio. Obviando lo eminente físico, el estudio requiere de disciplina, cual ejército de neuronas para una concreta batalla (con predeterminación de lugar y fecha). Una concentración soberbia no es siempre es sinónimo de éxito; una mente totalmente libre, sí de fracaso. Hoy se me aparece el estudio como una suerte de adiestramiento: cambiando al cerebro por el león, los apuntes por el circo.

En tanto que paradigma dentro de los exámenes, una oposición es un claro ejemplo de proceso selectivo. Un mecanismo, eventualmente justo, que intenta insertar la meritocracia en un mundo que, nominalmente, no acude siempre a la cuna o a la proporción de genes de la aristocracia. De lo que no hay dudas es de que la oposición es entrenamiento, el recitar se convierte en el salto del potro, el descanso en un elemento tan poco manejable como incalculablemente necesario.

Fueron los chinos los inventores del asunto. El sistema de exámenes imperial chino se estableció allá por el siglo VI llegando hasta los inicios del pasado siglo, con el advenimiento de Mao y la revolución china. Los estudios se basaban en las enseñanzas de Confucio, la vida pasada tenía una gran importancia, existiendo el pensamiento, más bien budista, de que la vida anterior, autoridad moral del individuo, era determinante para la consecución de la plaza.

El formalismo tenía una importancia predominante. Los examinadores, así como los candidatos, estaban perfectamente incomunicados. Los exámenes sólo podían ser identificados por el “número de celda”, no llevando ninguno el nombre del candidato (¿precursor de los códigos de barras de nuestros exámenes de Selectividad?), llegando a ser los exámenes transcritos antes de llegar a la fase de corrección, con el objetivo de asegurar que no se reconociera la letra. Pese a las acusaciones de corrupción el sistema funcionaba, manteniendo cierta vitalidad en una burocracia, ante todo, eficientemente exitosa.

La competencia cognitiva era plenamente contraria a la selección bizantina reinante dentro de las cortes europeas. El origen aristocrático no era indispensable, si bien, no nos engañemos, sólo podían estudiar gentes con un mínimo de medios: gentes que no estaban obligadas a tener que acudir a las plantaciones de arroz o a la construcción de edificios e infraestructuras. No hace falta decir que el sistema tendría éxito. Occidente lo adoptaría para puestos administrativos, fedatarios públicos y demás cargos selectivos.

Al camino de las letras siempre le acompañaba la posibilidad de iniciar carrera militar. De hecho, más allá del éxito que tal medida pudiera tener en China, el mismo proceso se seguía en Occidente, llegando los avances, una vez más, antes al campo militar que en el civil, por diferencia de varios siglos. Una ojeada comparativa por nuestra historia nos repara el poder contemplar cómo desde las legiones llegaron emperadores al cargo (Septimio Severo), también desde la guardia de palacio (véase Justino, tío y predecesor del gran Justiniano).

Quién sabe si en los próximos tiempos el proceso selectivo se reducirá a examinar el microchip que contenga nuestro historial genético. Analizar nuestras propias predisposiciones y capacidades innatas, no dando juego al aprendizaje social y afán de superación. Quién sabe. Quizás sea el momento de reflexionar sobre el peligro de ciertos avances. Sobre cómo el esfuerzo siempre ha gozado de denominación de origen. ¿Selección natural dentro de nuestra sociedad? ¿Es este el mejor proceso, y más justo, dentro de los selectivos?

En la primera ilustración: Confucio. Sobre la segunda fotografía: Chinese civil service examination halls Examination hall with 7500 cells, Guangdong, 1873.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Lo eterno del jurista

No hace demasiado tiempo tuve una afortunada conversación con un sabio de lo jurídico. Sus consejos, ante todo vitales, sólo alcanzaban a guardar comparación con su conocimiento del Derecho. Para el mayor de sus asombros, él también había pensado en lo mundano que llegan a ser, en múltiples ocasiones, las discusiones respecto a leyes y reglamentos. Me despojé de cualquier condicionante, el respeto que invocaban sus ojos no se merecía otra cosa que sinceridad. Ante todo, le dije cuán incomprensibles me resultaban las discusiones respecto a la naturaleza de la condición o la distinción entre deber y obligación jurídica, la redacción de preámbulos legislativos, o la discusión internacional respecto a la delimitación de fronteras. Para mi asombro, el insigne veterano en jurisprudencia me hizo ver lo real de mi preocupación, cómo, muchas veces, el Derecho se mantiene al margen del progreso de las demás ciencias. ¿Cómo no tener en consideración el progreso respecto al conocimiento de nuestro cerebro, pensamiento y biología? ¿Qué sacamos de obviar lo notorio, de dejar en laguna aquello que, a ojos de nuestra Ciencia, cada vez está más lleno? ¿Se le ocurre a alguien que la paradoja de Gödel pueda tener algo que ver con nuestro Ordenamiento Jurídico?

El Derecho dista mucho de ser un organismo predeterminado, fijo. Su evolución se asemeja a la de los seres terrenos. Una vez nos sorprende con nuevas modalidades contractuales, otra con una mera aclaración respecto a la prescripción de los derechos. El Derecho es un organismo sapiencial común, un acervo de reglas y pautas de conducta, que ante todo, nos han permitido sobrevivir como especie. La comunidad política, y de destino, que se deriva de la entrada en acción del “ius” hace que se organicen instintos, tan atávicos a nuestra psique, como son la violencia, y su polo opuesto, la necesidad de altruismo. En un mundo donde todo lo vivo está sujeto a selección, nuestra “mochila legislativa” no puede mantenerse estancada en glorias del Pasado.

Quizás junto a la fortaleza del mecanismo evolutivo deba destacarse al Azar. La necesidad indubitada de normas no priva a éstas de ser objeto de los movimientos de lo real, abandonando su platónico océano de idealismo. Por más que aboguemos por el “numerus clausus” de derechos reales o el fijismo de la herencia legislativa de los romanos, nos damos cuenta de que el cambio se manifiesta en todos los ordenamientos, acechando en toda materia y paradigma. El Caos evita que el legislador pueda ser omnisciente, la variabilidad de la entropía hace que la necesidades jamás queden fijas, que cambien aleatoriamente, y es que mientras el mundo sea producto de las fuerzas de la física, siempre existirán juristas.

Un ejemplo que me viene a la cabeza es de las fronteras. ¿Quién ha visto alguna vez una línea dibujada por el terreno, un mapa ideal en el que están dibujadas, con pintura eterna, las divisiones y franjas del territorio? El concepto de límite entre estados es tan nebuloso como importante en cuanto a la delimitación de las diferentes soberanías. Pensemos en Kosovo.

El año 1389, en pleno declive de Constantinopla, los serbios (junto a toda una alianza de pueblos cristianos: húngaros, sajones...) se enfrentaron al enemigo otomano. El hecho tuvo algo en común con las Termópilas. Los serbios fueron subyugados al poder de la Sublime Puerta, aún de Edirne, y, de hecho, formarían el mayor destacamento otomano frente a las hordas de Timur “El cojo”, más conocido como Tamerlán. El escenario de una de las mayores gestas del pueblo de Serbia es ahora un territorio a las puertas de la independencia. Pese a todo lo explicado, la población del lugar tiene poco de similar a la de aquél entonces. La población albanesa es mayoría, y el gobierno fáctico de Pristina se siente más próximo a Tirana que a, la antaño esplendorosa, Belgrado. El derecho de “autodeterminación” no es nada más que la razón a una circunstancia, ante todo no histórica, sino fáctica. No puede argumentarse un eventual derecho a la independencia por “memoria histórica” o “circunstancias naturales”. En Pristina, como en Tirana, se alzan monumentos a Skanderbeg (héroe nacional albanés) y no a la “termopilana” gesta de los serbios.

Nuestras normas nos acompañan en la deriva de los tiempos, cambian siguiendo a éstos, no hay mayor legitimidad que la necesidad, ni mayor “imperium” que lo notorio. Más allá de la técnica legislativa o las diferentes medidas, siempre políticas, que se puedan adoptar respecto a nuestro ordenamiento. Más allá de la modernidad, o “moda”, de las técnicas utilizadas, debemos preguntarnos si, al igual que el anfibio necesita un estanque, ¿tenemos en nuestras leyes en vigor un, adecuado, hábitat?

sábado, 8 de diciembre de 2007

El Éxodo de los hielos

Existen lugares mágicos, dentro de nuestra geografía, que han sido poco o nada estudiados. En la provincia de Guadalajara, cerca de Sigüenza (en el término de Anguita) se alza el imponente macizo del Pico Rata, quién sabe si vigilando uno de las mayores patrimonios de la zona: la Cueva de la Hoz de Santa Maria del Espino (Rata). Adentrándose uno por sus galería, con ojo atento y caprichoso, y orejas dichosas al poder saborear el gorgotear del arroyo que irriga la cueva, se pueden llegar a descubrir relieves de seres ya extintos en el actual ecosistema. Caballos, mamuts en la cercana Cueva de los Casares (Riba de Saelices), e incluso, un reno. Descartando la presencia de un San Nicolás cavernícola, a más de uno le podrá causar cierta curiosidad pensar en el porqué iba a representarse un animal característico de la tundra siberiana en latitudes tan meridionales, en un lugar sujeto a los rigores del clima mediterráneo, y acaso también al peligro de la desertización. La solución al enigma no se encuentra en Santa María del Espino, debe buscarse por todo lo largo y ancho de la geografía española, y por extensión, europea. El parque natural de Bialowieza (Polonia) nos da alguna pista. Por sus frondosos bosques pastan mamíferos que alcanzan los tres metro y medio de largo por dos de alto, se trata del bisonte europeo (Bison bonasus), monarca indiscutible dentro de las pinturas de Altamira. Por estas selvas de coníferas campó autraño el célebre uro (Bos primigenius), ancestro de nuestro ganado bovino, extinguiéndose, por su caza, allá por el año 1627. Ambos son animales a los que se les debieran unir otros como el caballo salvaje, el urogallo, el lobo gris, el alce, el oso pardo, el lince boreal, y su pariente, el lince ibérico. La verdad es que el “tigre andaluz” es un caso enigmático de renovación. Frente al retroceso de los hielos de la última glaciación, el felino supo adaptarse, como nadie, al bosque mediterráneo: cazando conejos y demás pobladores del chaparral y los nuevos pinares. Estos animales, junto con el mamut y el rinoceronte lanudo, por decir dos más, fueron testigos del cambio climático más drástico que ha experimentado nuestro planeta en los últimos tiempos. Los hielos que aun se conservan en glaciares como los de Montblanc o, el del propio Kilimanjaro, no son nada más que restos, un tanto arqueológicos, de tiempos más fríos. Épocas en las que el hombre cazaba grandes mamíferos para sobrevivir, siendo a su vez presa del león y del oso de las cavernas. Los hielos siguen marchando, allá donde en el Mesozoico habitaron dinosaurios, vuelve a quedar como nuevo continente (el Antártico), el norte y centro de Euroasia vuelven a disfrutar de la primavera, pese a que el área del Mediterráneo comience a dejar el “don de Europa” para pasar a participar, una vez más, del continente africano... El vacío que dejan los glaciares y hielos lo es también respecto al ecosistema. Los seres que se adaptaron ecológicamente a tales contingencias requieren de nuevas ideas evolutivas y mejores herramientas. Algunos, entre los que destaca el hombre, han sabido renovar, con creces, la empresa, otros, como el uro o el oso marroquí del Atlas, no. La acción del hombre es pura competencia, el gorrión, la gaviota y la paloma han sabido aprender del medio, quizás menos que las ratas, la mosca o los perros. El ecosistema cambia con su fauna, sin embargo, hoy en día el potencial destructor del hombre puede alcanzar a conocer de otros cauces. Los exitosos proyectos de reintroducción del bisonte europeo, del lobo, el oso o el quebrantahuesos han sido un gran descubrimiento. Otros intentos, más fantasiosos y sensacionalistas que ciertos, han intentado redescubrir al uro (a través del cruce de varias especies de ganado bovino) o resucitar al taxón del mamut (japoneses al mando). Gaia es un mercado a lo Wall Street. Los valores y comercio en futuros se pesan en moneda evolutiva, las inversiones y reconversiones en nuevas especies y estrategias. Quién sabe si fuimos nosotros quienes rompimos el “equilibrio económico” o fueron el mamut y el dientes de sables quienes no supieron reconvertir su “empresa”. Quizás nos pueda ilustrar algo este celebrado vídeo (de hace ya unos años), sean ustedes felices y ¡pasen un feliz cambio climático!