domingo, 13 de abril de 2008

Oposiciones a lagartija

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "ESPACIO LUKE":
Siempre había considerado lo mágico de aquel edificio. Sus escarpadas piedras no le privaban de soñar con torreones medievales, lugar de dragones, mágicas atalayas y célebres hazañas. Siempre había soñado con contrastar qué era aquello que debiera verse a tal altitud. No sabía cómo sabía el amanecer desde aquella altura, si en aquel mundo había mar y cielo, tierra y aire. Soñaba con los ojos abiertos, con la cola pegada y las piernas adheridas a su presente terreno. Su sangre de reptil se revelaba ante el tópico, excitación y nerviosismo en una psique, que primordialmente, parecía ir encaminada hacia la ignorancia y lo estático.

Dos pasos de lagartija y el animalillo continuó su periplo errático. Los polvos de piedra que se generaban con la escalada no hacían daño a la inmensidad del gigante pétreo. Todo era piedra fuerte y bien puesta, orden en la colocación, como corresponde a toda preciada fortaleza. La alimaña no retrocedía, al primer subir vio las cabezas de esas espigas por las que tanto había transitado. Cenizos y demás hierbatos no impresionaban a tan peculiar catedrático en botánica, experto en semillas, basura e insectos con los que saciar el estómago.

La lagartija subía y subía. De la espiga pasó a ver campo. Lejos de parecer algo nuevo, todo le aconteció rutinariamente común y cotidiano. Trigos encañados como tantos hubiera visto antes, cebadas a punto de ser recogidas, y algún que otro cordero, que no pudiendo pisarle, era observado con cierto descaro y recelo. La lagartija se esperaba algo más, subir el torreón era costoso y caótico, sólo se tenía certeza del esfuerzo pero no del resultado. La lagartija continuaba. A todo ello, decían que por aquél lugar medraba la cigüeña... ¡quién pudiera volar e ir directo al destino que tanto le estaba costando!

Conforme avanzaba la visión cambiaba en un mismo tipo de idénticos. Nada nuevo sino lo mismo en otra óptica. A un lado carrascas de oliváceas hojas, al otro choperas y vegetación de ribera. En un horizonte el Ocejón, en el otro, el Moncayo. Tanto esfuerzo invertido para seguir admirando lo mismo que viera antes del inicio de tan funesto tiempo. Ser más viejo en derroches pero igualmente joven en reconocimientos, picar en el cielo, ser minero de los aires más etéreos.

El reptil continuó y volvió a continuar lo, simplemente, continuo. La torre no parecía acabar, y nada le daba incentivos para tantos esfuerzos. Siguió en la ceguera del sueño. Debía ver a la cigüeña, al halcón, al gorrión o dragón que gobernaba en la atalaya. Subía y subía para remediar, en poco, el anterior puesto de inicio, el suelo mundano, hermano de lo hasta entonces visto.

Al fin, el minúsculo lagarto llegó al nido. Desde la torre todo parecía idéntico pero con diferente tamaño. Los tejados del humano se asemejaban al chocolate, pequeñas tejas tostadas que imitaban el pelaje del escamado vidente. Los árboles parecían hierbas, y éstas ni se veían. Los picos estaban más próximos, los sueños más lejanos. El lagarto empezaba a comprender que quizás lo que allá veía era el Mundo, su hazaña un mero periplo de vida. ¡¿Cómo podría sanar la ceguera sin haber subido el torreón islámico!?

Un instantáneo viento pareció reírse del hecho. Mucha piedra junta para dar acta de tanto esfuerzo. El lagarto, pese a todo, ya no era el mismo. Comprendió que el haber subido era un paso previo a la posterior bajada, una forma en la que invertir el tiempo, que necesariamente deberá ser gastado. La inversión le trajo conocimiento, el sueño pasó a ser realidad, y en el lugar se estaba a gusto y con todo tipo de insectos. ¡Dolce Vita so previo esfuerzo! El lagarto feneció de cansancio sintiéndose descubridor del más vital descubrimiento: la Vida era eso, algo que muchos compartían, pero con diferente utilidad e incentivos, para un mismo terreno...

Exquisito montaje en Youtube sobre Anguita

(autor: arevaloanguita), enlace: http://www.youtube.com/watch?v=zGyQGAzdbkE

viernes, 11 de abril de 2008

Una del Oeste: la Guerra de los Huesos

Los actos humanos pocas veces pueden abstraerse de los motivos y sentimientos que los precipitaron. Los descubrimientos científicos, formalmente, suelen ser fruto de la curiosidad innata, de la aplicación del método científico. Pocas veces se nos presenta a los grandes hallazgos de la Ciencia como arrebatos de orgullo, competiciones honoríficas o búsquedas de caminos lucrativos por los cuales ganar copiosas sumas de dinero. Dentro del estereotipo yankee del Oeste (tiroteos, indios y purasangres) existe un caso que nos ejemplifica lo hasta aquí dicho.

Durante el siglo XIX, los EEUU experimentaron uno de sus periodos más productivos en cuanto a mitos, leyendas y prejuicios. Los conflictos y correlativa colonización del “Far West” coincidieron con la fiebre del oro, la industrialización y formación de algunas de las mayores fortunas del continente. Los países anglosajones quisieron rivalizar con los latinos en moda y pomposidad. No eran extrañas las ferias y convenciones en las que se mostraban los geniales descubrimientos del momento: fueran innovadoras máquinas textiles... o esqueletos de dinosaurios.

Fue precisamente en una muestra pública donde el paleontólogo Othniel Charles Marsh dejó en evidencia al profesor Edward Drinker Cope (afamado científico de la Universidad de Pensilvania) por haber colocado la cabeza de un Elasmosaurus (plesiosaurio: reptil marino) donde se hallaba el fin de la cola. Aquello que, con casi total seguridad, escapó de su supervisión, sería motivo de burla y deshonra ante la exigente comunidad de científicos reunida para aquel momento. Siervo de su orgullo, Cope no olvidaría aquel momento. El hecho de tratarse de los dos grandes paleontólogos del momento, hizo que el hecho no se limitara a quedar en eso. Así pues, entre ambos paleontólogos se iniciaría un conflicto, no sólo científico, que desencadenó en la conocida como “Guerra de los Huesos”. Y es que más allá del epíteto o el eufemismo, el conflicto tuvo tintes de guerra virtud de la violencia que intercedió entre ambos contrincantes. Asaltos a trenes, tiroteos de bandas, explosiones de yacimientos, sabotajes o sobornos no fueron más que ejemplos de un conflicto que trajo jugosos frutos a la posterioridad, aun siendo un mal, y plenamente reprobable, ejemplo científico.

Sin lugar a dudas, sería el “big bang” de la paleontología, virtud del gran número de especies que se descubrirían por aquel entonces (la gran parte de ellas partícipes de todas las listas-grupos-conjuntos de saurios aparecidos en libros, revistas, reportajes y películas). Triceratops, Camarasaurus, Allosaurus, Stegosaurus o Dimetrodon (que era un reptil mamifoire) serían algunos de los máximos exponentes de tan fructífero periodo. Pese a salir ganador Marsh (dadas sus privilegiadas relaciones), la fiebre por el descubrimiento, junto con la voluntad de superar a su contrincante, teñirían buena parte de los hallazgos, produciendo anécdotas de lo más detectivescas.

Haciendo un paréntesis dentro del artículo, poca duda cabe de que Brontosaurus será uno de los dinosaurios más veces invocados si fuéramos interrogados por el nombre de alguno. “Reptil del trueno” significaba su nombre; su elevadísimo peso, eventual, hizo que la comunidad científica se preguntara cómo era posible que un ser de sus características pudiera sostenerse sobre tierra firme. A partir de la dudas surgirían curiosísimas e imaginativas teorías referentes a la biología del animal: vida acuática, hábitat de hipopótamo y un largo etcétera. Pese a todo, aquello que debió sorprender más a Marsh debió de ser lo poco innovador del descubrimiento.

En el año 1877 Marsh identificó un extraño animal de colosales dimensiones: su nombre “reptil engañoso” así nos lo muestra, más aun si conocemos su historia. Apatosaurus, pues así se llama, que no conoce, al animal, fue uno de los dinosaurios de mayor peso de los que poblaron las selvas del Jurásico. El hecho de que en el año 1879, en pleno conflicto, Marsh descubriera un “nuevo” dinosaurio saurópodo (Brontosaurus) debió de enorgullecer la innata avaricia del científico. Gran fiasco debió llevarse cuando se le comunicó la inexistencia de Brontosaurus.

El ansia de superar a Cope, hizo que nuestro amigo obviara la identidad entre ambos hallazgos. Apatosarus resultó ser un ejemplar joven de Brontosaurus, por lo que la segunda denominación debió de desaparecer de los anales de la Ciencia, no de nuestro imaginario y fantasías. La remoción formal del nombre acontecería en 1974, generándose un tiempo, algo más que suficiente, para que el nombre del reptil se convirtiera en bandera de los amantes de los dinosaurios y general conocimiento del pueblo. La moraleja del brontosaurio no deja de ser, cuanto menos, notable. El orgullo y, con casi total seguridad, interés de un avaricioso científico, hiceron ver dos especies donde siempre hubo una, debiéndose cambiar el nombre conocido por el pretérito. La avaricia corregida, y al mismo tiempo... ¡el nombre popular cambiado por la rigidez de los científicos!

jueves, 10 de abril de 2008

Turcos en Montenegro

Cuando Dios acabó de hacer el mundo se dio cuenta de que se había quedado con muchas rocas en el bolsillo; entonces las dejó caer en una pequeña comarca agreste y desolada. Así es como se formó Montenegro”.

Antiguo proverbio

El 3 de junio del año 2006 Montenegro proclamó su independencia. Ejerciendo su derecho de autodeterminación (reconocido por el Derecho constitucional de su anterior Estado), Montenegro adquirió la independencia cumpliendo todos los requisitos conforme a Derecho Internacional. Los intereses (acercamiento a la Unión Europea) de quienes la promovieron no han dejado ver los inconvenientes de constituir un Estado más pequeño e irrelevante que aquel que otrora formaron con Serbia. Pese a todo, Montenegro tiene unos rasgos que le identifican como un territorio singular, un sujeto pasivo para cábalas, leyendas y pensamientos. Para bien o para mal, Montenegro tiene una historia, sui generis, que le define como un territorio especial.

En los Balcanes “lo turco” es un factor definitorio. Las diferencias identitarias, y acaso también de idiosincrasia, se fundamentan en la antigua presencia, o no, de los otomanos y en lo duradero, o efímero, del tiempo por el que pertenecieron al Imperio de la Sublime Puerta. Montenegro, en su mayor parte, jamás fue subyugado; los copiosos riscos y quebradas que configuran el relieve del país lo convierten en un terreno, arado a conciencia para la resistencia y la guerra de guerrillas. Vivo ejemplo de ello, sobre sus riscos surgió una clase dominante que concentraba el poder, no solo terreno sino también espiritual.

Dentro de la resistencia montenegrina adquirirá tintes de leyenda la efigie de Iván “el Negro”. Una leyenda narraba la profecía de que él sería quien algún día se levantaría con sus huestes y echaría a los turcos de Europa. Nada más lejos de la realidad, el soberano se conformó con fundar un obispado en la ciudad de Cetinia, lugar donde se construiría un monasterio. Los obispos que en él vivían, una vez muerto el último soberano de la estirpe del “Negro”, adquirieron el poder absoluto sobre el país, siendo conocidos como los Vladikas. Primero electos, luego hereditarios, concentraron el poder de la Iglesias y de las armas sobre el terreno, practicando razzias e incursiones continuas contra el invasor turco.

Frente a Serbia, Montenegro dice ostentar “pureza”. Si Belgrado adquirió, incluso cierta prosperidad, durante el gobierno del Sultán de Estambul, Montenegro “resistió” en lo austero de las montañas y sus rebaños. Lo agreste se esgrime como prueba para exaltar y glorificar, por más que los Vladikas no permitieran más religiones que la suya propia. Más allá del medio físico, “lo turco” define a Montenegro. Algo así acontece con Kosovo, con Bosnia, Albania y un largo etcétera. Por más que nos neguemos a verlo, Turquía forma parte, en un lugar privilegiado, de la cultura-historia europea.

Los Balcanes son tierra de nadie, de sangre, de cruces y movimientos migratorios que hacen, más que nunca, imposible el anhelo de la igualdad de “raza” pura, identidad o sentimientos. “Lo turco" decide, mostrándonos cómo para países más opuestos a nuestros ideales como Albania y Kosovo, más rústicos e islámicos que los vecinos de la Mezquita Azul, no existen dudas sobre su pertenencia a Europa.

Si Montenegro es un Estado europeo por resistir a los turcos, más puro que Belgrado. Si admitimos que Kosovo es un estado, no sólo soberano sino digno de necesaria ayuda. Si negamos su historia a Rumania, Bulgaria, Albania, Bosnia-Herzegovina, Creta, Chipre o a la propia Grecia, y privamos a Turquía de su entrada comunitaria... ¿qué papel queda para el juicio neutral, para los criterios, para las balanzas de valores no practicada con interesada alevosía...?

Imágenes: en primer lugar, el Monte Durmitor; segunda imagen: vista de la localidad de Kotor. Ambas sujetas a: GNU Free Documentation license. Origen: http://commons.wikimedia.org/
Artículo publicado en WebIslam: http://www.webislam.com/?idt=10398

lunes, 7 de abril de 2008

"La ciudad actual"

Un libro ameno, y de agradable lectura, es “La ciudad antigua” de Fustel de Coulanges. Se trata, al igual que las obras de Mommsen, de una de las máximos exponentes de la gran corriente histórica de finales del XIX, principios del XX. Gigantes en lo que a la escritura se refiere, personajes claves si lo que pretendemos es ejemplificar con ellos lo que, muchas veces, se ha perdido en la actual ciencia de la historia. Es decir, una redacción con mejores lirismos, menos cargada de rigideces de estilo, y más libre en cuanto a la palabra y el contenido. Comentando el libro en cuestión, el autor basa su idea de Roma en torno al culto familiar, la devoción por los antepasados. Es muy cierto que el hombre romano era supersticioso como pocos, sus días se clasificaban en fastos y nefastos, sus dioses en variopintas y curiosísimas ramificaciones de lo imaginario.

Un culto de especial relevancia era el del hogar familiar (Vesta), fuego que siempre debía mantenerse con el ánimo de salvaguardar la suerte de la familia. Los lares y los penates (espíritus de los antepasados) debían ser honrados virtud de suntuosas ceremonias y constantes ofrendas. La vida era, en no pocas ocasiones, contemplada como una obra de teatro, una serie de formalismos y rituales que no dejaban de ser un camino a desembocar en el mar Destino. Sin llegar a ser como los egipcios, en Roma impregnó el formalismo por doquier, desde su Derecho al sexo, pasando por los modales, la comida o las frecuentes festividades religiosas.

No cumplir con el ceremonial tenía dos consecuencias negativas: la deshonra de los familiares difuntos y correlativo desprecio, desprestigio, del común del pueblo. La cultura latina se basaría en un sempiterno “qué dirá el vecino”. Todo no es libre, más que la Vida y la Muerte, o al menos, la forma de llegar a ellas. Por más que ello pudiera ser argumento del más arcaico costumbrismo, o peor aún, rancio nacionalismo, las costumbres presentes tienen mucho de pasado. Las experiencias en nuestra sociedad pueden reducirse a acervos del pretérito lejano.

Más allá de la transmisión oral y escrita, los condicionantes que una vez hicieron surgir una idiosincrasia, siguen estando ahí para renovarla, hacerla resurgir, hacer sentir a unos herederos de quines les precedieron. Totalmente palpable es el fenómeno de pasear por cualquier calle de España, Italia, Argentina o Uruguay. Frente al uniforme “giry” de las bermudas verdes y el jersey a rayas, el latino de turno deslumbra con su traje de oficina, su vestido de moda o conjunto humilde, pero por ello falto de estilo y adecuada circunstancia. El hombre o mujer que se baña en el Mediterráneo (o que procede directamente de los que así lo hacen) sabe que uno, antes de salir de casa, se debe mirar en el espejo, no por miedo a parecer feo sino por “honra de sus antepasados” y no ser diana de los dardos de sus vecinos.

Lo característico de España e Italia es precisamente esto, la herencia latina, una cultura continuamente condicionada por el “qué dirán”, por el “cuánto cuesta”, así como por el “si es de marca”. La comodidad es para el hogar, visión para con los que se tiene confianza. Quizás la globalización también esté dañando el estereotipo de la elegancia latina. Los turistas rompen el cuadro, o más bien, lo componen con sus modelos de turno y equipamientos antimoda, ¡qué se le va a hacer! Afortunadamente para mí, comienzo a ver la causa del porqué comienzan a existir ropas que nadie compra, modelos que retan al espejo y al buen gusto, es posible. Sólo espero que si algún día caigo en la tentación... ¡no me lo tengan en cuenta mis lares y manes!
  • Primera imagen: Vesta de Ricci, Sebastiano. En segundo lugar: mosaico de Villa del Casale (Sicilia).

sábado, 5 de abril de 2008

Vojvodina: el estuario de Europa

Existen aguas dulces y saladas. Unas nutren a los ríos, otras a los mares. Una diferente concentración de sales minerales nos hace ver a una misma agua de una diferente manera. Toda es aprovechable, cada cual para unas cosas: sin embargo siempre preferimos a la dulce, por ser de más fácil tratamiento, más eficiente y vulnerable a nuestros designios de eficiencia. Si nos pusiéramos en una óptica ecológica, veríamos ecosistemas que se nos escapan de esta sencilla clasificación. Nadie puede hablar del cocodrilo como animal representativo de las aguas dulces, cuando el más grande, que habita en Indonesia y Australia, frecuenta las aguas saladas. Tampoco cabría decir que los tiburones requieren de sal para su supervivencia, bien lo saben quienes se bañan en el Zambeze vigilando la presencia de diabólicas sierras. La naturaleza nos muestra tantas alegorías como bellezas. Las más clarividentes cumbres frente a los más profundos enigmas.

Pensemos en los deltas, los “aiguamolls”, mangles, estuarios y demás ecosistemas en los que participa, dentro de inconmensurables porcentajes, el agua dulce y la salada. La fauna no puede ser catalogada como perteneciente a un ecosistema o a otro, quizás diremos que el barbo es de agua dulce y la dorada de aguas marinas. Sin embargo, siempre existen excepciones que introducen impurezas en nuestras abstracciones categóricas, un cocodrilo que nos estropee poder considerar a los de su taxón, como miembros exclusivos de un tipo de ecosistema. Definitivamente, el estuario es un centro de diversidad, un lugar donde chocan diferentes estructuras naturales en aras de forman un nuevo producto, por definición único e impredecible.

Geopolíticamente, los Balcanes son un delta. Una península bañada por mar donde se cruzan pueblos y gentes de diversos orígenes históricas, variopintos idiomas para otras tantas etnias. Es un lugar, a semejanza de las grandes urbes de Occidente, donde coinciden las tres grandes religiones monoteístas, no sin grandes conflictos. Poco importa la diferencia al interpretar el mensaje divino, cuanto menos no tanto como saber sacar provecho de un tiempo, eternamente convulso, presa de una hostil geografía. Tres grandes ejemplos nos sirven para saber valorar lo diverso (aquello que acerca a estuarios y Balcanes) que son los países de este lugar de nuestro Planeta: Kosovo, Transilvania (ya en el noreste, más que en los Balcanes) y Vojvodina.

En el año 1483, Matías Corvino, Rey de Hungría, informó al Papa de la llegada “en cuatro años, de 200.000 serbios”, instalados al sur de su Reino. Obviamente, lo que a nuestros ojos, ya de por sí, parece una cifra exagerada, debe ser contemplada a la luz de aquellos tiempos (cuando las cifras, proporcionalmente, significaban de una mayor magnitud). La mayoría húngara, vernácula, cedió ante la nueva mayoría serbia inmigrante. Una zona, húngara de pleno derecho, pasaría con el tiempo a formar parte de Serbia, cambiando Belgrado por Budapest, hasta nuestros días. Todo ello fue como consecuencia de las invasiones otomanas y la rápida expansión por Europa de la Sublime Puerta. Los serbios se precipitaron hacia la Vojvodina húngara para concebir una nueva región, perteneciente ahora a Serbia. Lo acaecido en la Vojvodina (donde aún habita una considerable minoría húngara), tendrá grandes parecidos con el caso de Transilvania, patria de Drácula, poseedora de una importantísima población húngara nacional de Rumania. Al igual que en un estuario, los diferentes orígenes de quienes pueblan el hábitat, en este caso humano, hacen decaer cualquier intento de basarse, exclusivamente, en un sólo criterio para una eventual clasificación. Lo nacional acontece irreal e inclasificable.

El conflicto kosovar comporta una génesis equiparable al caso transilvano o “vojvodiano”. Una región inicialmente serbia (valga recordar la gran batalla, fundacional serbia, que en sus llanuras se libró contra las tropas turcas, año 1389), pasaría a ser, hasta día de hoy, una zona mayoritariamente albana (éstos, por otra parte, opinan algunos científicos, descendientes de los ilirios, primeros habitantes de la zona hasta la invasión eslava).

La paradoja no se refiere a la eventual conveniencia nacionalista de una Vojvodina libre o un Kosovo independiente. El “estuario de los Balcanes” nos muestra cuán difícil es encontrar un criterio que fundamente una solución desinteresada, justa y conforme a Derecho. La legitimidad no es bien recibida ni por el tiempo ni por el número, las fronteras no conocen idiomas o ríos, la sociedad se fragmenta en un mundo globalizado. Que nadie se engañe, por más que nos unamos dentro del globo, seguimos sin poner orden local en conflictos que nos definen como especie territorial. Pese a todo, lo narrado quizás continúe siendo del menor interés para quienes estamos dentro de otro paradigma: el Mundo libre, nominalmente civilizado.

miércoles, 2 de abril de 2008

Querida Reina


No quisiera apagar la última luz de esta solitaria jornada, obviando el pensamiento que ordena los designios presentes de esta frágil y mortal alma. El tintero chorrea alegorías en tu nombre, ganas de escribir transmutadas por nenúfares, furor por el futuro encuentro. Lo afortunado del momento me induce a felicitar a la áurea señora por el día conmemorativo de su bienaventurada llegada a nuestro mundo. Desde Roma felicito al Nilo por tan bello fruto. ¡Que lo pretérito no mengue nunca lo lozano; aquello que bien sabe cómo mostrarnos tu afortunado espejo!

Dice la leyenda que las aguas retaron al fuego, queriendo dibujar su efigie con su reflejo. El cieno bajó blanco en aquel instante, luchando con desespero dentro de la titánica guerra. El Sol rechistó con calor, el Nilo dándote vida. Se dice que el calor de las arenas encuentra causa en ti, en la rabia que al Dios Astro le genera ver a su pareja a mi eventual alcance, a pie de tierra.

En un día de felicidad perdóname no hacer hincapié en nada mundano, quizás sea miedo a profanar, a enardecer la furia del astro. Lástima que no haya papiro que vuele, que tenga el don de poder rozar tus tiernas mejillas. ¡Qué decir de mis manos! ¡Ni las Hespérides custodiaron mejor manzana, acaso tampoco, antes de Troya, las discordantes lucharon por tanto!

No existen guerras entre nuestros países, pues el mundo tuvo suficiente conflicto mezclando nuestras esencias, haciendo joyas de las posibles diferencias, convirtiendo en vasallo a quien, perentoriamente, lució coraza de valor y posible resistencia. Quisiera ser un río que ahora estuviera irrigando tus orillas, sólo el Nilo me prohíbe hacerlo, pues él te lame los pies, cual padre trata a su más tierna hija.

Perdona mi ausencia momentánea, aguarda mi felicitación presente, mi abrazo inminente. Sólo sé que no soy nada, el griego decía cosas, queriendo desvestirlas en tu carnal ropero. Vestir de ropas fantasiosas lo excelso, retar en belleza, perder ante ti, en lo celebérrimo.

¡Que los dioses protejan a la soberana del Nilo! ¡Sean Júpiter y Ra paladines en tu existencia!

Feliz Cumpleaños Cielo!