viernes, 25 de mayo de 2007

Sobre el manatí con barretina y la caribeña playa de Terrassa

El tema del aumento del nivel del mar como consecuencia del cambio climático no deja de ser una de las mayores preocupaciones de los catalanes en la actualidad. La llemosina terra se haya incursa, de lleno, en la apocalíptica vorágine de los tiempos, siendo eventual víctima del incremento del nivel del mar y demás catástrofes anexas al cambiante clima. Sin embargo, el cambio siempre está presente y las oscilaciones entre climas fríos y cálidos siempre han existido. Hace 20 millones de años, aproximadamente, las actuales comarcas del Vallés y del Penedés estaban irrigadas por el mare nostrum, gozando de unas aguas someras y seductoramente cálidas que daban a la región una imagen propia de un actual arrecife de coral caribeño. Obviamente nos referimos a una etapa anterior a las Glaciaciones, ese acontecimiento tan real como necesario, que enfrió la temperatura de nuestro planeta llegando sus últimas reminiscencias hasta la actualidad. Ya se habló en un pasado artículo del cambio experimentado por el ecosistema antártico a lo largo de los tiempos (El misterio de las zarigüeyas), pero el objetivo de este artículo va a ser el de quedarse en tierras más cercanas, o lo que es lo mismo, no salir de las entrañables colinas y sinuosas costas de una tierra que no deja de ser la mía.

La fauna, necesariamente, era muy diferente a la que pueda verse en la actualidad. Más allá de moteros e indisciplinados canes, la región estaba dominada por seres de tamaño algo más que considerable. Ejemplo de ello era el metaxitherium, pariente cercano de los actuales manatíes y dugongos. Se trataba de un ejemplar de la familia de los sirénidos, taxón próximo al de los damanes y elefantes.

En la actualidad habitan pocas especies de esta familia, los manatíes de América y ciertas regiones de África junto con el dugongo indonesio son los últimos eslabones del arcaico taxón. Antaño habitaron en el Mediterráneo, extinguiéndose como consecuencia del enfriamiento global causado por el período de las glaciaciones. Tales seres alcanzan los 5 metros de largo, pesando algo más de la media tonelada. La familia de los sirénidos recibe su nombre de su parecido con el legendario ser mitológico. De apariencia, mayormente infame, es el término vaca marina con el que también se les conoce y que no deja de caracterizar al animal como a un hambriento herbívoro de los mares.

Quizás el mayor ejemplar de la estirpe fuera la vaca marina gigante extinta durante el siglo XVIII por culpa de la caza excesiva. Se trataba de una criatura que superaba los 8 metros y que debió imponer respeto ya sólo con su imagen. Ciertamente, una vez más, lo temible del ser no tarda en trasladarse a lo seductor de su caza. Se trata de una constante humana a través de los tiempos, ya sea el contrincante la vaca marina, el león o el elefante. Sin embargo, los sirénidos son seres de carácter tranquilo, sin más enemigos que las hélices de las embarcaciones y el ataque de algún cocodrilo o tiburón durante sus años jóvenes.

La desaparición del manatí catalán no parece haber sido partícipe de nuestra criminal orgía cinegética. Nada más lejos de la Realidad, desaparecieron, parece ser, antes de que el hombre actual poblara la Península y mucho antes de que fuera capaz de dominar los mares. El caso es constatar lo notable del acontecimiento, cómo grandes bestias poblaron nuestra tierra antes de que pudiéramos conocerlas.

Sin embargo, este artículo me lleva a una reflexión extra. Constatar cómo los grandes representantes de la macrofauna actual poblaron, antaño, en buena medida Europa. Hablamos de los elefantes, rinocerontes, leones, jirafas, hienas, tigres y demás bestias actualmente en peligro de extinción. El manatí no deja de ser una prueba más del fenómeno. Ello me lleva a realizar una pesimista reflexión, ¿acaso nos encontramos, en nuestro tiempo, ante los últimos coletazos de especies (taxones) antaño prósperos sobre la faz de la Tierra?. ¿Indica algo el hecho de que familias como la de los rinocerontes en tiempos remotos constará con múltiples especies de diferentes tamaños (poniendo como ejemplos al gigantesco indricotherium mongol o al hispano rinoceronte lanudo), habiendo pasado a ser un taxón escaso en la actualidad?

Ello pudiera llegar a ser interpretado como una excusa de los crímenes ecológicos perfeccionados por los hombres durante siglos. Nada que ver con mi intención. Precisamente realizo una crítica más al chulesco talante humano de creerse el dueño del medio, una crítica referente a cómo nuestra acción lleva a resultados en buena parte predeterminados por la Naturaleza, en ver cómo el ser humano no es nada más que una especie y, por lo tanto, un súbdito igualmente válido de las leyes naturales, aunque tengamos una avanzada megalomanía como especie.
Segunda ilustración es una obra maestra propiedad de:

martes, 22 de mayo de 2007

Manifiesto por Fantasía

El tren, cuando no es un problema, es una excusa para la reflexión. El pensamiento se despierta, ya sea contemplando los rostros de los compañeros de viaje, los titulares de los periódicos gratuitamente repartidos, o la lectura del preciado libro de turno. En no pocas ocasiones, ya en el propio tren, me vienen a la cabeza reflexiones matutinas. Reflexiones motivadas por cotidianas percepciones que me remiten, quizás por el exceso de energía resultante de un opíparo desayuno, a mundos fantásticos que sólo existen en mi cabeza. Esta vez fue un titular y la lectura de un libro. El titular enunciaba la polémica actual acerca de los eventuales derechos que pudieran tener los simios. El libro, quizás ya lo hayan adivinado, era La Historia Interminable.

El clímax literario se me perfecciona al llegar al capítulo donde Atreyu encuentra a Gmork encadenado en la Ciudad de los Espectros. La conversación entre ambos toma cálices más próximos a una sabia discusión filosófica que a la narración de un corriente libro de aventuras. En la conversación surgen ideas tan geniales como ciertas: Fantasía no tiene fronteras, lo seres de Fantasía engullidos por la Nada pasan a ser en la Realidad mentiras.

El caldo primordial para la reflexión cotidiana se cocina con total facilidad. Los ingredientes resultan maná para mis persistentes preocupaciones. Comprendo cómo Fantasía, no es una enfermedad psicológica, sino una parte de nosotros, un inexcusable aliado de la reflexión y portaestandarte del Pensamiento. De golpe me percato de algo que siempre había permanecido ante mí, lo fantasioso de mi mente no deja de ser un elemento de mí tan noble como las manos, los brazos o el torso. Recapacito sobre lo humano, opino que la Imaginación y el mundo de Fantasía quizás sean la explicación del eslabón perdido, aquella adaptación natural que nos diferencia del resto de seres vivos, en definitiva, aquello que nos hace humanos.

Quizás sea precisamente ello el paso que nos diferencia al hombre del chimpancé, tal vez asemejándose al paso que diera el primer anfibio en la tierra, ese paso que rompe la frontera entre la existencia y la Nada, el paso del mundo consciente al real, del presente a otros tiempos, el paso necesario para poder crear la memoria. Esa capacidad de abstracción nos etiqueta como humanos, demuestra como los simios son animales, algo más complejos desde luego, pero para nada humanos. Los rudimentos que abstraen no parecen poder ser considerados como pensamiento, nuestros poderes no sólo son mayores, sino mejor cualificados.

La lectura de la áurea obra de Ende pudiera parecer, muy apriorísticamente, una introducción a la Religión junto con una correlativa crítica a la Ciencia, nada más falso. Ende no deja de recordarnos que lo fantástico existe en un mundo, totalmente diferenciado, de lo científicamente contrastable. No hablemos de Dios, aunque la falta de religiosidad también se deba a ello, sino a cómo cada día los hombres pierden sus esperanzas y sueños en pro de la instrumentalización, la eficiencia y el dinero. El niño se caracteriza por pensar en lo etéreo, el adulto por ir por el camino de lo verdadero.

La Nada se inmiscuye por todos los contornos de nuestro, propio, mundo de Fantasía. Todos nuestros personajes fantásticos, paisajes, sueños, deseos, esperanzas… son absorbidos por el implacable torbellino de lo Real, pasando lo soñado a ser infame mentira. Lamentablemente, Gmork tiene razón, Fantasía se consume, no sólo en la trama del libro, sino en nuestras vidas. La mentira sustituye a lo soñado, el empirismo al pensamiento, la razón se camufla en el prisma, ocultando con su implacable manto, nuestro ojo interno, nuestra puerta a otros mundos, al de Fujur, Atreyu, Gmork y Morla, al de nuestros sueños y esperanzas, el de nuestros recuerdos, nuestros miedos, nuestras esperanzas. Fantasía no tiene fronteras, ¿cómo reducir su existencia pues, a la trama de un libro?
imágenes: fotograma de la película La Historia Interminable (1984) y unicornio de http://www.saraforlenza.com/Art/48/art_48.htm

domingo, 20 de mayo de 2007

Una historia realmente interminable

“Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas.”

Estas son algunas de las mejores palabras que he podido leer hasta el momento del clásico de Michael Ende: La Historia Interminable. No pudiera comprender el verdadero poder de la obra de no haber iniciado, aún siendo quizás algo tarde, su placentera lectura. Todo el cúmulo de circunstancias que ha precedido a la lectura del clásico no han hecho más que mitificar aún más un mitificado deseo. Los sueños, y acaso alguna pesadilla, antaño producidos por las adaptaciones cinematográficas de la historia fueron otrora monopolísticamente soberanos en mi mente. Fujur, Gmork, Atreyu o Morla no dejaron, en ningún momento, de ser personajes conocidos. Sus características sirviéronme de metafóricos juegos mentales. La amplitud de historias que se me derivarían de la película inundaría mi ocupación, en no pocas ocasiones, siendo reflejo de futuras expectativas y de algún que otro fantasioso sueño.

Cierto es que, como diría Gmork en la película, los hombres han empezado ha perder sus esperanzas. En un mundo de desigualdades y vorágines consumistas nuestras mentes, nominalmente maduras, detestan lo fantasioso estigmatizándolo con la consideración de infantil. Los sueños no dejan de ser, lejos de joyas originales de la imaginación, fantasiosas expectativas tan inciertas como equivocadas. No cabe resquicio alguno para el pensamiento libre sobrando espacio para el condicionamiento. La búsqueda del dinero nos aleja de lo sublime, no hace falta ser Petronio, pero la sátira de nuestro mundo acontece fácil y empíricamente reconocible.

La Historia Interminable no deja de dar juego al adjetivo. La idea de sus personajes que hiciera en mi Infancia evoluciona hasta el casi olvido de los momentos, apriorísticamente, maduros. Un arrebato de desobediencia al tiempo me ha llevado a coger el libro, antaño vedado por su extensión, tan querido como idealizado. Su lectura de repente me hace cautivo. Los vientos que soplan por mis espaldas parecen anunciar el acontecimiento. Javier por fin lee su libro, su esencia encuentra su mitad perdida en la infancia. De golpe, me percato de cómo la Madurez sea, posiblemente, ser consciente del paso de la Infancia recorriendo sus pasos a fin de encontrar huecos, vacíos a los que la acción de llenar nunca viene tarde, siendo maduro aquél que al hacerlo no se siente infantil, pero sí niño, acaso nene. Aquél que sabe comprender las emociones tal y como Ende las describe.

La desgracia de las adaptaciones cinematográficas se manifiesta desde las primeras páginas. Las recreaciones mentales de la interminable historia caen ante la infalible lapidación realizada por el libro. La fantasía encuentra meta, ve cómo los personajes, acaso en un principio mayormente infantiles, no coinciden totalmente. Ya desde el principio, comepiedras tiene nombre y al hombrecillo del caracol y el conductor de murciélagos se le une un hombrecillo denominado fuego fatuo. No sé si el ingenio del autor lo previó intencionadamente pero el lucero del nuevo personaje me ilumina mostrándome las diferencias entre mis visiones pasada y actual del asunto.

Fuego fatuo lleva una bandera blanca unida a su cuerpo al igual que los otros tres contertulios, símbolo de neutralidad y de Paz en un mundo en conflicto. De golpe irrumpe en la magna obra original un concepto como es el de guerra. Concepto ausente en la adaptación cinematográfica, donde todo estaba mayormente idealizado, no sólo por el director del filme sino también por las directivas de la Infancia. Más que a las imitaciones de teletubbies de la película los personajes acontecen más bién una alegoría. Veo más que a los Lunnies a Petronio y a Apuleyo con su Asno de Oro detrás. Ramon Llull, Fontaine o Perrault parecen ser imitados, el fuego fatuo se convierte en antorcha metafórica del cambio. La percepción del mensaje del libro me llega en el mejor de los momentos. El contraste entre la visión del filme frente al libro sólo encuentra equivalente en la analogía ficticia de la Madurez frente a la Infancia. Una placentera sensación se inmiscuye dentro de mis venas mostrándome los Misterios vedados de lo etéreo. La imaginación se quita el disfraz de lo inapropiado y vuelve a regir públicamente desde su trono encelebrado.

Es la virtud del descubrimiento hecho en buena época, la sabiduría de la enmienda y lo aleccionador del fallo. El vacío causado por la falta de lectura del libro madura en sano fruto. La sabiduría transmitida por la obra llega en un momento cumbre, en un instante donde acaso pueda ser mayormente comprendida. La explicación del fenómeno en una contradicción en los propios términos que caracterizan a la Fantasía pero cuento menos alcanzo a comprender mi objetivo de comprender lo seductor de la Historia. Esa seducción tan efectiva como oculta que durante tanto tiempo me ha impregnado. Más vale tarde que nunca, más vale recolectar la fruta tardíamente, cuando se viste de sabor y está bien madura.
Artículo publicado en la revista web: escribearte, número de agosto de 2007

sábado, 19 de mayo de 2007

Aquileia y los comerciantes judíos

Los antiguos decían ver en el árbol un signo de divinidad. Lo eterno de su existencia así como la magia de la renovación estacional del individuo, asemejaban ser una manifestación del poder del Divino, de sus dictados de equilibrio y de renovación. El árbol de la vida siempre ha sido una recurrente metáfora, ya sea como muestra de catártica renovación o como metáfora de asimilación de provecho. El maestro vegetal me aparece como metafórica alegoría de la civilización, de cómo las raíces de ese ente llamado Civilización se nutre del abono de culturas pasadas. Ese es el caso de la civilización, mal llamada, europea.

Uno de los sucesos más memorables de la Caída del Imperio Romano es la toma de Aquileia por los hunos. Se dice que ese fue el origen de Venecia, al resguardase las víctimas del azote divino en la laguna del Véneto. Obviamente no deja de ser una leyenda, ambas ciudades no sólo convivieron sino que también compitieron por la hegemonía de la zona y de su comercio. La crisis económico-social que imperó en la zona tuvo, inevitablemente, drásticas consecuencias para la productividad de la industria aquileiana. Siguiendo las fuentes, y sabios trabajos de la Hebrewhistory, constatamos cómo la ciudad era famosa por tener una de las colonias hebreas más populosas. Cual mercader de Venecia se tratara, Aquileia estaba poblada por esa especie de “raza”, gens o clase social denominada Siriani por los romanos, y que los estudiosos asimilan, en buena parte, a los judíos.

Expertos comerciantes, disponían del privilegiado beneficio de haber recibido, in personam, la herencia, en forma de cultural abono, mesopotámica y fenicia de saber elaborar mantos púrpuras con tinte de cochinilla, mantos de seda al más puro estilo chino y bellos cristales, lo cual sería todo un acontecimiento para la época. Pese a lo común de los objetos de vidrio en nuestra vida cotidiana, a lo largo de los tiempos el acceso a la técnica de los maestros cristaleros no sólo estaría vedado, sino que sería un misterio. Se cree que las antiguas civilizaciones mesopotámicas, una vez más, fueron las artífices del invento, siendo el pueblo hebreo guardianes del conocimiento, en tanto que semitas herederos de tales culturas.

Los maestros cristaleros, judíos, de Alejandría y Aquileia serían reconocidos a lo largo y ancho del Imperio. La gracia del disponer de tales tecnologías acentuaría el, ya existente, agravio de la envidia. Los judíos comenzarían a almacenar grandes fortunas con el negocio, y el resto a desearlas.

Antes del ataque de Atila a la ciudad, Aquileia ya fue pasto del antisemitismo por parte de los cristianos, devoto, más que de una presunta venganza por las maniobras de Caifás, de una profunda envidia por las exquisiteces de los éxitos ajenos. Des de luego que Aquileia no sería el origen de Venecia pero sí del cristal de Murano, muestra de cómo se crearía una nueva clase social en torno a los Siriani o judíos, así como fueron testigos de las primeras muestras de antisemitismo que se darían en Europa. Una vez más, el eficaz disfraz de lo religioso ocultó conflictos sociales y económicos.

El tiempo se encargaría, no siendo ello nada nuevo, de seguir el juego del soberano, haciendo el doble juego de disfrutar de la acción de dicha primordial burguesía dictando luego infames órdenes contra sus miembros. El Mercader de Venecia de Shakespeare sería un ejemplo, como también las arcas llenas de arena que el Cid cambia por oro a los banqueros judíos. Las poblaciones europeas, especialmente las españolas, serían perseguidas hasta la saciedad, debiéndose resguardar el pueblo judío bajo el techo de sus hermanos semitas, los árabes.

Alejandría y Alepo serían dos grandes centros hebreos, de la misma forma que lo fueron las grandes urbes partas y sasánidas por no hablar de la Tesalónica o la Constantinopla de los otomanos. El paradigma de los tiempos acontece un nuevo bufón respecto a nuestra época, el europeo perseguiría al judío que se acogería a la protección del musulmán, mientras que ahora los papeles, a juzgar por las acciones de algunos, parecen cambiar. No sé si será por la gracia del Destino o por la estupidez de nuestras psiques.

Reflexión yucateca

Hace cinco años que visité Mérida. Sus pálidas calles parecían remontarse a sus orígenes ibéricos, a un equivalente colombino de Guadix o Osuna. Puede que del observar se me encaprichara regalar a la imagen un toquecito de Compay Segundo y escenarios de un anuncio de ron caribeño. Su hermosura era tan grave como la de sus contrastes, de pobres a señores, de mansiones arruinadas a cabañas monumentales. Algunos atisbos de hispanidad recuerdo encontrar en el núcleo urbano, ante esa maciza catedral pétrea, cogida a lo sacro y los años. Pensaría que estoy en tierras pacenses de no ver la variedad de los rostros, el mestizaje yucateco bañado por la leche caucásica del europeo rostro, clímax de humanidad y de razas que se alza en un lugar complejo, monumento a lo variado de nuestra época.

No recuerdo ver ninguna play-station pero sí cómo los pequeños ruiseñores amagaban con ser Hugos Sánchez y Maradonas de los cenotes. Destellos de globalización irradiaban las pupilas de los críos, el ansia de bienestar, las ganas de no tener la comida fría. La eficiencia se les exige con ánimo de procurarles vestido en la hostil vida. No hay lugar para la tradición pero siempre lo habrá para los dólares. El yucateco habla maya, español, alemán y todos los lenguajes que el tiempo les requiera; no es que deseen abrir fronteras, pero sí darles a sus hijos un devenir más próspero.

Recuerdo cómo sus caritas y sus bucólicas chozas me remitían a pensamientos próximos a la reflexión política. A cómo iba a ser yo quién les quitara el teclado del ordenador y la licenciatura en Bellas Artes. Se me acontece que lo más selecto de los intelectos yucatecos desea prosperar en el competitivo mundo del conocimiento. Quizás quieran un master, una beca para pagarlo y un viaje a un resort en el que poder descansar con su cónyuge.

Alto. ¿Dónde estaba mi respeto por los indígenas? De golpe me percaté de que me dirigía a Uxmal, o quizás a Kabah, pero el caso es que iba a experimentar el éxtasis maya, la observación del templo serpentino y de los mascarones del lluvioso Tlatoc. Constaté como esas gentes eran sus descendientes, los guardianes del tesoro maya, de su lengua y del acerbo de sus costumbres. Es curioso. En Chichen Itzá descubrí que existe un campo de pelota, la canasta se hallaba en horizontal y el estadio compuesto por dos encarados frontones. La recreación parece curiosa, pero los regates representados no eran ni a lo Pelé ni a lo Maradona.

El niño tiene al ídolo globalizado, no conoce a Moctezuma ni a Diego de Landa, si acaso habrá oído hablar de Ronaldinho y de las alturas de los rascacielos. Quizás haya soñado con disponer de una suite a doscientos metros del suelo, con diplomas de Harvard enmarcados en plato y oro. Se me ocurre que posiblemente se vea casado con un sucedáneo de Scarlett Johanson, rubia cuidada, dada a las malas artes de lo fashion. No, no puede ser, el yucateco no parece estar por la labor de reivindicar su esencia maya, seguramente desee escribir un blog a invocar a Kukulkán, quizás sueñe con ir a la Universidad antes que a una manifestación antisistema. Seguramente reflexione acerca del egoísmo del privilegiado, de aquél que deterioró su tierra, del que vive en una orgía devota del consumo y del contamino, luego existo. Es impactante, el indígena acontece cordero globalizado, objeto de fantásticos sueños acerca de mundos mejores, mayormente equilibrados, donde el paternal europeo o norteamericano de turno no intente enseñar al yucateco lo que a ellos jamás les enseñaron.

viernes, 18 de mayo de 2007

Starcraft o sobre el regreso de un compañero

Una gran noticia parece avecinarse. A juzgar por las noticias difundidas por los infalibles medios “blogianos”, parece ser que el 19 de mayo, es decir, mañana, está prevista una presentación por todo lo alto en Seúl del nuevo invento de Blizzard (confirmado, Starcraft II ya es oficial!, en taro adun amigos!). La verdad es que es algo que siempre he estado esperando desde hacía tiempo. Dudaba mucho de que Blizzard dejara de utilizar esta “franquicia” y todos los ingresos que el juego genera. Recuerdo cómo, ya hace 9 años, el juego me enamoró de tal forma que más que adicción mi atracción por la computadora bien pudiera haber sido calificada como una enfermedad, una obsesión o un primer amor correspondido.

La originalidad de la trama y de los personajes me trasladaba a un mundo imaginario, mayormente fantástico por el hecho de utilizar la versión inglesa original del juego. Lo incomprendido de la lengua de Shakespeare era suplido por mis sueños de turno, la historia se personalizaba con mis pesares, sueños e inquietudes. Tassadar más que un héroe acontecía como un ser que encarnaba mis deseos, mis ansias de tener un papel relevante en el Mundo, de situarme en la dinámica, hostil y competitiva, de lo cotidiano. Luego estaría Zeratul, el templario tétrico, marginado de los de su raza por sus ideas, por sus pensamientos; su estatus era invocado por mi esencia, me identificaba con la marginación de lo original, con la encerrona en mi mismo, mis preocupaciones y mis sueños. La habitación se convertiría en prisión, el videojuego en anzuelo. Sin embargo lo logrado de la trama me servía de molde con el que fantasear, avivar mis neuronas y opinar sobre la Vida, ¡qué bueno fue no tenerlo en castellano!

Los personajes de la trama parecen cumplir, a raja tabla, los requisitos de todo gran éxito: una relación de amor (Kerrigan y Raynor), un idealista sacrificado (Tassadar), malvados ansiosos de poder (Aldaris y Mesgk). Una cosa tan apriorísticamente infame como la creación de un videojuego se me transmuta, ahora ya con más años, en la materialización presente de una gesta épica. En lugar de argonautas nos encontramos con zergs, mientras que por las llanuras de Char o de Tarsonis no corretea el Cid Campeador sino hidraliscos y marines. Las batallas son igualmente desproporcionadas, por cada fáctico, o probable, contrincante surgen media docena, y por cada muerte individual un genocidio.

De golpe mi pensamiento amaga con mostrarme una nueva enseñanza, constatar cómo mi generación es adicta del videojuego galáctico o tolkeniano asemejándose, quién lo iba a decir, a sus cultos antepasados. Warcraft acontece Curial y Güelfa y Starcraft Tirant Lo Blanc, las nuevas novelas caballerescas están dotadas de los chips de la computadora y no de las letras del escriba maestro. Más que de retroceso quizás debamos hablar de diferencias, de cómo el mundo del ordenador va trasladando al del papel y la grafía, de cómo el cybertrabajo vence a la producción escrita.

Ni mejor ni peor, sencillamente diferente. La ignorancia al cambio trae malas consecuencias, quizás la problemática de los violentos videojuegos venga más de nosotros mismos que de sus creadores individualmente. Qué peligro tendrían los juegos de guerra si éstas no existieran, qué inconvenientes pudieran tener los simuladores de gansters si el crimen no existiera. Yo contesto, el videojuego pasaría a ser fantasía y no fantástica visión del empírico medio. El protagonista sería personaje y el peligro alegoría. No sé, yo tampoco creo haber sufrido graves daños por tal fuente de entretenimiento.

Starcraft acontece como un remedio para aburridos ratos, una panacea contra el Dios aburrimiento que impregna, en no pocas ocasiones, lo mundano haciéndome soñar en otros planetas para abstraerme de los males del nuestro. Lo reconozco, juego a videojuegos, no es que sea ningún mal, ni significa que no lea o no escriba redacciones en estos medios, simplemente que soy miembro de una generación, la del Starcraft y el ebook, del emule y del Messenger, del mp3, el Ipod y el ordenador portátil. No me culpen por ser joven, por gustarme el Stracraft, simplemente es que soy de la generación, no de la Quinta del Biberón, pero sí de la del Videojuego.