jueves, 19 de febrero de 2009

Serpientes de cascabel, reflexiones ante la Crisis

"Cita: En Lawrenceville un ayudante del sheriff deshaució a un emigrante, éste se resitió, obligando al oficial a hacer uso de la fuerza. El hijo de once años del emigrante disparó contra el ayudante con un rifle calibre 22 y lo mató. ¡Serpientes de cascabel! No te arriesgues; si discuten, dispara primero. Si un chiquillo mata a un policía, ¿qué no harán los hombres? Lo que hay que hacer es ponerse más duro que ellos. Tratarlos sin contemplaciones. Tenerlos asustados. ¿Y qué pasa si no se amedrentan?¿Qué si plantan cara y disparan a su vez? Estos hombres han estado armados desde que eran niños. Un revólver es una extensión de ellos mismos. ¿Qué hacemos si no se amilanan? ¿Qué si en algún momento marchan como un ejército igual que los lombardos lo hicieron sobre Italia, los germanos sobre la Galia y los turcos en Bizancio? Aquellas también eran hordas mal armadas y ansiosas de territorio, y las legiones no pudieron detenerlas. Ni las matanzas ni el terror pusieron fin a su avance. ¿Cómo se puede asustar a un hombre que carga con el hambre de los vientres estragados de sus hijos además de la que siente en su propio estómago acalambrado? No se le puede atemorizar, porque este hombre ha conocido un miedo superior a cualquier otro".
John Steinbeck, "Las uvas de la ira" (traducción de Juan José Coy, en: Madrid, Cátedra, 2007)
El hombre tiene una gran lacra como especie. Siendo "inteligente" es el único ser que puede ver lo aparentemente inmutable del presente, sin poder centrarse en lo eternamente cambiante de lo evolutivo. Cualquier fiera vivirá aprovechándose de sus adaptaciones naturales, de las innovaciones (o mutaciones) que le ha brindado la Selección natural, con el afán de adaptarle mejor a su ecosistema; no tendrá mayor visión sobre el tiempo que aquélla que le faciliten sus genes. El hombre es algo más, cultura e incultura unidas en un binomio mortal, e inseparable. No podemos soñar con cambios si nuestra consciente existencia es pasajera. Desde los de CroMagnon hasta las hordas de marines norteamericanas, no tanto ha cambiado. ¡Monos armados, con veneno fatal y cascabeles en forma de políticas y viles propagandas!
Dicen que el buen maestro enseña a aprender de los errores, razón por la cual concluyo que Maese Tiempo es un Catedrático de pobre intelecto. El texto de Steinbeck (redactado en los fatídicos años 30 del pasado siglo) invoca a nuestro pasado histórico, a cómo los hambrientos siempre han luchado por su pan, con mayor intensidad si es bien sabido quién se lo quita. La era global es doncella de pocos secretos. Todo se sabe, o al menos, en parte.
Las crisis económicas son cíclicas, dicen los expertos, algo así como los “paradigmas científicos” de los que Thomas Kuhn hablara hace ya un tiempo. Los “giros copernicanos” siempre tienen desgracias en sus causas, razones por las que el ingenio humano se agudiza y persigue resultados mejores para la optimización, para los avances y el progreso. La Crisis, ya hablando en singular, seguro que reparará un mundo distinto, de ello no hay dudas.
En los últimos meses me ha llamado mucho la atención los grandes avances, que cuanto menos, han sido “anunciados”. Haré mención de algunos de ellos. La edición de “ElPaís” de 24 de noviembre de 2008 incorporaba una noticia de gran calado. Javier Sampedro, genial periodista y divulgador, nos presentaba un mineral, la peridotita, capaz de absorber dióxido de carbono (CO2) convirtiéndolo en cuarzo. Los estudios realizados por Peter Kelemen y Juerg Matter, de la Universidad de Columbia en Nueva York, han ido a dar fruto justo en tiempos de crisis. No por casualidad.
Más allá de lo útil o verídico del hallazgo, este tipo de anuncios no escasearán en los sucesivo. A la vez que la búsqueda de nuevos combustibles (al respecto, citar cómo se ha llegado a defender la piel seca de los cítricos como fuente de energía), la eliminación de externalidades contaminantes, o cuanto menos, de sus productos, es uno de los grandes objetivos de las grandes economías. Curiosamente, en el desierto de Omán (en la península Arábiga) es donde se han realizado estos experimentos, siendo la empresa petrolífera estatal ("Petroleum Development Oman") la primera que va a realizar pruebas con el mineral. Según se afirma, esta roca ígnea (volcánica) está asociada al olivino y se halla en cantidad tanto en las arenas de Arabia como en las costas de la antigua Yugoslavia. El principal problema, o al menos uno de ellos, será conseguir “inyectar” grandes cantidades de dióxido de carbono en el manto terrestre, lugar donde se encuentra, mayormente, el preciado maná “anticontaminante”.
Y es que, precisamente hoy, otros nuevos avances se me han presentado en diferentes medios: los avances en inteligencia artificial, la investigación sobre la fusión nuclear o el famoso gran acelerador de partículas de Ginebra. En un nuevo artículo de Sampedro ("Ahora comienza la etapa de los descubrimientos científicos", “El País”, 10/9/08) se nos ilustra sobre cuán cierto es que, tras los grandes descubrimientos tecnológicos, se acerca el momento de dar un paso hacia los avances científicos.
El, ya citado, Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés) se halla, actualmente, en reparación. El primer intento ha fallado, sin embargo, siguen intactas las expectativas puestas en él. La gran inversión, aparentemente, “sólo” tiene el objetivo de descubrir una partícula, el conocido como “bosón de Higgs”; sin perjuicio de que “esa partícula” sea capaz de demostrar el Big Bang y buena parte de los postulados de la ciencia moderna (a la vez que acabar, de una vez por todas, con los últimos vestigios de la ignorancia creacionista). Algunos científicos informan de los peligros ocultos de esta investigación. Según se afirma, existiría un riesgo “ínfimo” de que la máquina fuera capaz de crear un agujero negro que acabara con todos nosotros… idea un tanto esotérica, para mi ignorante conciencia.
Caerán las acciones, los bancos, quizás alguna que otra guerra y varios millones de niños desnutridos, pero la Ciencia, inhumanamente, continuará su camino. Sin conocer la moral, la justicia, o el “orden”, la Ciencia seguirá persiguiendo acabar con la Crisis de turno a base de la optimización de los beneficios virtud de nuevos medios y fuentes de recursos. ¿El hombre es un lobo para el resto? ¿O es un buitre, un cerdo… una serpiente de cascabel que sigue temiendo la rebelión de los hambrientos…?
Imágenes:
1) "Wall Street Rag", by Scott Joplin sheet music cover from 1909.
2) Panorama de 120 (!) photo. Dent de Vaulion, Canton de vaud, Suisse. Photo issue de la série Wee planetsd'Alexandre Duret-Lutz. Autor: Alexandre Duret-Lutz from Paris, France.
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miércoles, 11 de febrero de 2009

Moscú en Pastrana, San Petersburgo en la Rápita

Hasta el año 1561 la monarquía española jamás había tenido una sede permanente. Fue en ese año cuando, no sin competencia, Madrid se alzó con el cetro del Imperio, pese a que tardaría mucho en alcanzar el esplendor de la verdadera “capital”, cuanto menos cultural y económica, de la España de aquellos momentos, Sevilla. Felipe II fue quien concediera tal privilegio a la antigua fortaleza islámica de “Magrit”, desdeñando otras candidaturas. Si bien existirán motivos, que desconozco, por los que poder justificar que Sevilla (ya en aquel momento con una población próxima al millón de habitantes) no fuere la capital oficial del Reino, cierto es que, antes del nombramiento de Madrid como capital, existieron urbes, cuanto menos más históricas, que intentaron alcanzar tamaña característica, política e histórica. Obviamente, las dimensiones de este post no pueden tratar al tema con todo el rigor, y extensión, que requeriría, no obstante, sobra decir que Toledo fue otra gran perjudicada en el “proceso de selección capitalino”. No sin cierto condicionamiento, genético y “chico-patrio”, en este artículo se va a hablar de las candidaturas, con total seguridad, menos conocidas.
Dicen los expertos en la materia (al respecto consultar el prólogo del Dr. Burillo Mozota a mi libro: "Una historia de Anguita: el pueblo y su entorno"), que la zona de Celtiberia es la menos densamente poblada de Europa, tras Laponia. La provincia de Guadalajara (núcleo fuerte de esta "hipotética" región) consta de una historia mucho mayor de lo que este dato podría indicarnos. Quién sabe si por cambios climatológicos, la desertización, el auge de otras regiones, o por meras contingencias históricas, algunas de las ciudades más relevantes durante la época del Imperio Hispánico, han quedado en el olvido. Tal es el caso de la ciudad de Sigüenza, de Molina de Aragón, de Cifuentes o Anguita, y cómo no, de una de las dos villas de las que aquí hablaremos, Pastrana.
La historia de esta insigne villa de la Alcarria está ligada a uno de los personajes más singulares del siglo XVI español. La princesa de Éboli (Ana de Mendoza y de la Cerda) fue una de las mujeres más importantes de su época. Casada con Ruy Gómez de Silva (uno de los hombres más próximos a Felipe II, y por ende, más influyente), supo utilizar su honroso linaje con las virtudes del matrimonio. La prematura muerte de su amado le hizo mover ficha. De una posición, por naturaleza poco discreta, supo sacar un foco de poder, hablándose de ella, aún hoy en día, como de una mujer bella (aunque bajita), inteligente, y según algunos, ninfómana.
Pastrana y la Éboli deben de verse bajo el prisma de las intrigas palaciegas de aquel entonces. Las luchas de poder entre las dos grandes casas de la monarquía hispana, los de Alba y los Medinaceli (familia de la Éboli), hicieron que, si bien Pastrana llegó a ser vista como un buen enclave en el que situar la nueva capital del Reino, posteriormente, al igual que el bando que la defendía, cayera en desgracia. Tras la muerte de su marido, la Éboli se vería envuelta en conspiraciones y crímenes varios, razón por la cual fue encarcelada, en última instancia, en su palacio de la localidad alcarreña. La Éboli fue una gran benefactora para los moriscos, llegándose a instalar muchos de ellos en sus dominios. Su poder fue tal, que la propia Santa Teresa de Jesús se vio “forzada” a crear un convento de su orden por iniciativa de la princesa, quien pretendió ingresar en él junto a algunas de sus doncellas; como no es de extrañar, chocó con la Santa (“la princesa monja, la casa doy por deshecha!", se dice que dijo la abadesa). El ocaso de esta "Moscú" alcarreña sólo puede guardar parangón con su equivalente catalán: San Carlos de la Rápita.
Al sur de la provincia de Tarragona, en la región conocida como las "Tierras del Ebro" (con capital en Tortosa), se halla el enclave del delta del Ebro (parque natural de especial interés ornitológico y ecosistema de gran valor, no sólo paisajístico, sino que a la vez, económico). Frente a la minúscula península del delta, conocida como "la Banya", se encuentra la Rápita. Al municipio oficialmente se le conoce como Sant Carles de la Rápita, debido a una historia que a nadie podrá dejar indiferente.
Si siguiendo nuestro título, Pastrana pudiera haber sido Moscú, San Carlos pudo haber sido San Petersburgo. Durante el reinado del ilustrado Borbón, se mandó construir una ciudad "ex novo" allá donde se encontraba la aldea de la Rápita. El puerto de los Alfaques, de importancia aún hoy en día, se proyectó que fuera en un futuro uno de los principales del Mediterráneo, configurándose a su alrededor una nueva residencia real, con canales al estilo de Venecia.
Muestra de las intenciones del monarca son el que se ordenara la construcción de instalaciones como el propio puerto, el palacio del gobernador, la aduana o, lo más sorprendente, un canal que unía Amposta con la Rápita (construido en el año 1770). Los catastróficos años finales de su reinado, con una gran crisis económica asolando el país, hicieron, que no sólo éste, si no multitud de otros proyectos para la modernización, o cuanto menos reconfiguración, de España quedaran en el olvido. Al fin el Imperio había caído, y Pastrana antes, la Rápita después, se quedaron a las puertas de la gloria...
Más información:
Primera imagen: panorámica de Madrid
Segunda imagen: la Princesa de Éboli
Tercera imagen: Punta_de_la_Banya_i_Sant_Carles_de_la_Ràpita vistos des de la serra del Montsià, autor: Pere, GNU Free Documentation License

domingo, 1 de febrero de 2009

El mercader de remedios

Temeroso, tenso y preocupado, Zalakin se atrevió a ir a la gran ciudad de Patatasburgo. Era ciertamente contradictorio, que su humilde, y acaso un tanto bucólico, pantano fuere tan diferente de la gran ciudad. Rascacielos arañados al tubérculo, muros orgánicos que parecieran no tener fin, Patatasburgo era un lugar tan enigmático como la diversidad de figuras que medraban por sus calles. Encantadores de hidras, querubines apatrullando o demonios catadores de azufre podían verse en las vías de la ciudad, a la sombra de las gigantescas patatas que antaño dieran tanta prosperidad a la urbe.
Zalakin iba en busca de un remedio para sus preocupaciones, una panacea para sus maniáticas angustias. Como en toda ciudad, el burgo tenía avenidas grandes y callejuelas estrechas; moradas para burdeles y solares para grandes corporaciones. Circuló por mil quinientos de estos callejones hasta dar con una bonita hacienda, un tanto deteriorada por el paso del tiempo. Las dimensiones no eran excesivas, pero como buen comerciante, el dueño de ella tenía buena montadura con la que poder aparentar la prosperidad que se le presupone a todo mercader de fiar.
El estegosaurio que utilizaba por corcel se ruborizó cuando vio acercarse al habitante del mangle. Zalakin, quien ya había dejado a su montura a buen recaudo, picó a la puerta con disimulada ansiedad. Un barbudo globin, que jugaba a ser pariente de los de Liliput, apareció sin haberle dado tiempo, si quiera, de haberse podido sacar los anteojos que le ayudaban en sus concienzudos estudios de astrología, botánica o termodinámica.
Ambos entraron en el lugar, dueño y huésped. Por las paredes reposaban multitud de botes con extraños elixires, toscos manuales de magia y algún que otro instrumento para el arte de la astronomía. Membrillo, pues así se llamaba el geniecillo, se sentó en su cómodo sillón esperando conocer las intenciones de su preciado cliente. Zalakin le habló de la soledad de su pantano, de cómo era incapaz de cerciorarse de que jamás sería presa de una enfermedad desconocida. Tenía miedo. Si algún día caía enfermo, solo los sapos del estanque vecino lo extrañarían, y por otra parte, mudarse a la ciudad, no sólo no se lo recomendaba su orgullo, sino que también se lo prohibía su esencia vital.
Membrillo habló de varios productos preventivos. Dulces de murciélago contra la anemia, troncos de madreselva tranquilizantes o sesos de ornitorrinco para el reuma fueron algunos de los potajes y demás substancias que, el antaño nigromante, supo encontrar dentro de su mágica despensa. Zalakin deseaba “algo” diferente. Un ingrediente que le asegurara poder discurrir por cualquier camino sin tenerse que preocupar, superar enfermedades sin enfermar y ser capaz, a la vez, de soñar sin estar condenado a las nieblas de la locura.
Membrillo le habló de pócimas de la inmortalidad, por otros investigadores prometidas, sin embargo, dejó claro que él de éstas no tenía. Sin embargo, antes de que Zalakin tuviera tiempo a reaccionar, el sabio le habló maravillosamente de unas semillas de mandrágora capaces de combatir los delirios. Zalakin se interesó por eso. Los mangles eran especialmente propensos a la melancolía, y el delirio era el último mal que deseaba si quería poder continuar viviendo dentro de su utopía. Membrillo se ilusionó con este interés tan provocado. Negoció el precio para sus adentros y traicionó a su condición de sabio, vendiendo placebo.
Zalakin pago lo convenido. Reflexionó, corta y superficialmente, sobre cómo era posible que existieran medicinas para gentes con dinero, mientras otros morían fríos y enfermos. Pensó en por qué los manas eran productos para el comercio, siendo gente, nominalmente sabia, quien se lucraba con ello. Nuestro protagonista no se flageló más, cogió el recipiente y se marchó por las callejuelas de Patatasburgo con ansia de que todo lo maniático le hubiere abandonado. Nunca más tendría melancolía, menos mal que era rico y afortunado, y que el empobrecido mercador, cosa que él no sabía, se había lucrado de su ignorancia, haciéndose pasar por un generoso mercader de la sanidad, hoy en día, “pública”.
Imágenes:
1) Martin Cilenšek, Slika 85. Podzemljica [sic!]. (Solánum tuberósum.)
2) Gnome Warlock Shop -final- by *OrcOYoyo (todos los derechos reservados).

sábado, 24 de enero de 2009

Canguros en la paramera

Decía Hemingway que los bosques fueron los primeros templos de la humanidad. Los imponentes troncos centenarios, las frondosas copas sempiverdes, o en su defecto, marcadoras infalibles de los ritmos de la Madre Naturaleza, siempre han impuesto respeto a la especie humana, al menos hasta este momento. Fuera de movimientos alternativos, tan “ecologistas” como, muchas veces, ineficientes y trasnochados, siempre hay un resquicio para soñar con lo divino, lo eternamente existente, la vida trascendente, el conjunto de seres que precedieron a quienes te engendraron, y que, con cuasi total seguridad, seguirán existiendo cuando abandones el mundo terreno. A veces, pequeñas caracolas nos hacen soñar con otros mundos. Pensar en cómo lo ahora bosque antes fue mar, y en el porqué los pingüinos pueblan lugares, donde antes hubieron bosques de coníferas. El bosque es a la vez eterno y cambiante, verde y caduco, pasado, presente y futuro. ¿Alguien conoce mayor contradicción que la de lo incomprensible?
Las parameras del Campo Taranz, sierra de Aragoncillo, valle del Mesa y demás zonas de la Celtiberia nuclear (Ducado de Medinaceli y Señorío de Molina) acontecen uno de los lugares más misteriosos de nuestra rica biodiversidad hispana. Herederas de las últimas glaciaciones, testimonios de mamuts, rinocerontes lanudos y tigres dientes de sable, las sabinas gobiernan el lugar y dictan los ritmos; sus gayubas alimentan a los hambrientos paseriformes, mientras que su sobra cobija, durante las extremas estaciones, a multitud de seres, a veces, un tanto legendarios. Y es que la alta densidad de rapaces, episódicos indicios de nutrias y lobos, poblaciones de alondras de Dupont y sisones, hacen de estas altas tierras uno de los últimos tesoros paisajísticos de Europa, a la vez que configuran a la región como uno de los ecosistemas más incomprendidos del planeta Tierra. Quién sabe si por la Crisis, más energética que bancaria, aunque ambas estén relacionadas, este ecosistema ha sido objeto de interés para los habitantes de nuestras antípodas.
Según informaciones publicadas en diarios de la zona (“La Crónica”, “Guadalajara Dos Mil”), la compañía australiana “Berkeley Resources”, a través de su “esbirra” española, la “Minera de Río Alagón”, ha puesto sus ojos en las parameras como susceptible lugar de explotación para la extracción de uranio. Pueblos como Maranchón, Rillo de Gallo, Anquela del Ducado o Corduente estarían afectos a estos proyectos, si bien, para pueblos como Mazarete o Anguita, la noticia no es del todo “actual”.
El proyecto “Permiso de investigación: Aragoncillo I” (nº expediente: GU-5392/08) se refiere a unos “trabajos” realizados por la JEN y ENUSA en los años 1972-1979 y 1980-1982. Sin lugar a dudas, con ello se están refiriendo a las catas realizadas en pueblos, como Anguita y Mazarete, durante esos años, catas que son recordadas, con sumo detalle, por los lugareños. Lo cierto es que en aquel momento tales lugares parecieron salvarse de la explotación minera, pero el peligro vuelve de nuevo. La idea de los australianos, camuflados dentro de su filial española, sería la situar explotaciones a cielo abierto, estilo a las célebres minas australianas, con todos los peligros, y sobre todo contaminación, que ello comportaría.
Una visita a la página web del gigante australiano nos confirma la pesadilla. En ella, se vanaglorian de ser los primeramente colocados en la posibilidad de instalar explotaciones para la extracción de uranio. Junto a Guadalajara, las otras dos provincias en peligro son Cáceres y Salamanca. Curiosamente, es precisamente un mapa del sector de Mazarete (y por ende, en las inmediaciones de Anguita) el que aparece en la información expuesta por la empresa. La zona afectada, según sus cálculos, es de unos 436 km², y según la propia fuente: “Mineralisation extends in a belt for some 25 km between Luzon and Cobeta. The mineralised bodies are vaguely stratified, but have a lenticular or irregular shape. The length of individual bodies range from several tens to 1,200 metres. Width varies from 80 to 300 m. and thickness from less than one metre to six metres”.
Poco o nada dicen las fuentes acerca de las externalidades negativas para los nativos. Lejos de caer una “eventual lotería” sobre estas aldeas, los peligros para la salud pública son evidentes. Según alega “Ecologistas en Acción”, además de todos los daños medioambientales que se producirían en la fauna y flora de estos lugares, se incrementaría, sustancialmente, el riesgo de padecer cáncer, dadas las sustancias resultantes de la extracción del uranio. Las fuentes y acuíferos se verían contaminados, siendo especialmente peligroso (en cuanto a su abasto), si se tiene en cuenta que en estas tierras coge agua el Tajo, a través de sus afluentes Tajuña y Gallo, además del Ebro, vía Jalón.
Que el uranio puede que se trate del combustible del futuro no hay duda, de que es uno de los recursos económicos “explotables” más rentables de nuestra geografía, también. Sin embargo, no hay magnitud pecuniaria, moneda o billete que alcance a brillar tanto como la riqueza biológica de estos misteriosos lugares. Tampoco, ni mucho menos, hay un argumento que justifique poner en riesgo la salud de una zona, ya de por sí, bastante castigada por el devenir de los tiempos (es la zona menos densamente poblada de Europa, según el Dr. Burillo Mozota, tras Laponia). La solución dista mucho de ser clara, los peligros distan mucho de difuminarse en el aire. Sólo una acción coordinada de todos nosotros puede ayudar a impedirlo, pues los entes públicos no deben tolerar este abuso sin más, no pueden abandonar a estas gentes que tanto han dado por su tierra, la mágica Celtiberia nuclear, los últimos templos de la paramera...
Imágenes:
En primer lugar, detalle del Campo Taranz, a la altura de Anguita.
En segundo lugar, el Barranco de la Hoz, dentro del Parque Natural del Alto Tajo.
Fotos del autor (todos los derechos reservados).
* Alguos enlaces de interés:
Gracias a la colaboración (y búsqueda de buena parte la información) y mi buen amigo, D. José Manuel Aguado Moreno.

miércoles, 21 de enero de 2009

Entrevista a Javier Serrano Copete en el "Decano"

El pasado viernes 16 de enero, en la revista "El Decano de Guadalajara" (páginas 24 a 26) se publicó a una entrevista a Javier Serrano Copete, autor de "Una historia de Anguita: el pueblo y su entorno".
La revista es semanal (ésta es la de la semana del 16 al 22 de enero) y vale 1.60 euros.
DISPONIBLE EN TODOS LOS QUIOSCOS DE LA ALCARRIA!
Disponible en La Garlopa: http://www.lagarlopa.com/?p=906

sábado, 17 de enero de 2009

El monstruo del Cambio: Heráclito y los dinosaurios antárticos

"ποταμοις τοις αυτοις εμβαινομεν τε και ουκ εμβαινομεν, ειμεν τε και ουκ ειμεν τε En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]" en Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12
¿Qué es el cambio? La definición oficial de la RAE afirma que es la “acción y efecto de cambiar” o lo que es lo mismo, el verbo cambiar es definido como “dejar una cosa o situación para tomar otra”. Coherente con un pensamiento donde la razón última, Dios, es de dudosa existencia y donde las reglas de la geometría euclidiana hace un tiempo que dejaron paso a teorías cuánticas y a los fractales, puede decirse que “el cambio” lo es “todo”, siendo describibles sus contornos, única y exclusivamente, como producto de la medida y la intuición. El “relativismo”, tan temible como temido por algunos, es un punto de vista neutro cara a la realidad.
A Heráclito de Éfeso se le atribuye uno de los más memorables adagios de la filosofía universal: “no se puede entrar dos veces en el mismo río”. Según la más autorizada doctrina, tan famosa frase procede de una versión que da Platón en el Cratilo, y no del propio filósofo griego (también conocido como “el Oscuro de Éfeso”), siendo la “versión original”, o al menos así se le aproxima en este momento, el texto arriba transcrito (reconstruido por I. Bywater, siguiendo los diferentes fragmentos de la obra de Laercio). Es desconcertante que se formulara un principio tan adecuado en época arcaica, para después haber sido olvidado, o menospreciado, en busca de modelos “fijos”, donde la dinámica de las fuerzas de la naturaleza son sometidas a ficciones, con el ánimo de alimentar al deseo humano de ser capaz de controlarlo “todo”.
Podría decirse que hay dos tipos de historia: la “humana” o “histórica” y la “natural”. Más que por los intervinientes, ambas se diferencian por el prisma con que son estudiadas, mayormente neutro en el segundo caso, donde los únicos testigos son fósiles y demás seres muertos e inertes y no crónicas de vencedores. Es precisamente en la “historia natural”, o mejor dicho, en la biología y la paleontología, donde mejor pueden apreciarse estas ideas. El medio físico es cambiante por definición. Fuerzas motrices incomprensibles, al menos totalmente, son las “culpables” de que las ideas de Heráclito sigan teniendo actualidad. La Antártida nos hará las veces de ejemplo.
A la vez que un pañuelo, nuestro mundo es un “puzzle”. Los continentes (sólo hace falta mirar un manda mundi para poder apreciar lo que se aquí se dice) acontecen “piezas” que cambian continuamente de posición. Antes África y Sudamérica estaban juntas (si se imprime un mapa del globo y se recortan, se verá cómo, aproximadamente, encajan una con otra), a la vez que con Australia, el Subcontinente indio (separado de Asia) y Oceanía. Esta masa de tierra fue Gondwana, "hermana" de Laurasia, y ambas, "hijas" del supercontinente Pangea.
Los continentes se mueven, cambiando su posición a lo largo de los siglos. La explicación de ello la tiene Wegener, y al difunto sabio nos remitimos (Wegener, A. (1912): “El origen de los continentes y océanos”), pues el tema sobrepasa lo tratado en este artículo. La deriva continental interactúa con la selección natural y demás “fuerzas” de la Naturaleza, dando como fruto las especies actualmente existentes, y pretéritamente, las que antaño existieron. Así, el “aislamiento” de Oceanía permitió que los mamíferos marsupiales, así como los monotremas (ornitorrinco y equidna), pudieran sobrevivir al “imperio de los placentarios (grupo al que pertenecemos nosotros mismos), al menos, hasta el momento.
Corrían los primeros años noventa cuando William Hammer y William Hickerson encontraron un curioso hallazgo a 3.900 metros, cerca del glaciar Beardmore, en la Antártida. Sobre el Monte Kirkpatrick, pues así se conoce a la formación, en lo que antiguamente había sido el lecho de un río, encontraron fósiles de un terrorífico carnívoro, el Cryolophosaurus.
Este dinosaurio, de 6 metros de largo, por 3 de alto, merodeó por los bosques antárticos hace 192 millones de años, Jurásico Inferior. El taxón al que perteneció no está claro, pensándose que quizá estuviera emparentado con el célebre alosaurio, si bien, actualmente se cree que debió ser uno más en la estirpe del, no menos conocido, Dilophosaurus (el dinosaurio con paraguas en la garganta (en la película, no en la realidad), de Jurassic Park). El Cryolophosaurus hallose a 650 kilómetros del Polo Sur, no obstante, en aquella época se encontraba a 1000 kilómetros más al norte, no debiendo resistir las frías noches polares.
No era la sabana africana, pero bien cierto es que la Antártida no era en el Mesozoico el continente que actualmente conocemos, o hablando en propiedad, decimos conocer. Por el, hoy, Polo Sur, medraban grandes anfibios carnívoros, correteaban parientes de los españoles Iguanodon o Hypsilophodon (Muttaburrasaurus y Leaellynasaura, respectivamente), así como vivieron algunos de los más primitivos saurópodos, eso sí, cada cual en su respectivo período geológico.
El “monstruo del Cambio”, caprichoso mote con el que quiero bautizar a este pavoroso ser, sin mayores pretensiones que para este artículo, nos muestra cómo, millones de años antes de la invención de la máquina de vapor, de las bombas atómicas, del movimiento ecologista y de la fundación de Greenpace, la Antártida ya experimentó un gran cambio, un cambio que condujo desde los grandes saurios… a sus lejanos primos, los pingüinos.
Lo dijo Heráclito, todo cambia, incluido el Clima. Los modelos euclidianos deben ser definitivamente desterrados, sigamos las ciencias modernas, y ante todo, consolidemos un nuevo y, por necesitar próspero en el futuro, cambio de paradigma. Para ello, debe ser conservado el medio ambiente, y muy especialmente la Antártida, siempre dentro de nuestras fronteras, sin intentar ser dioses, ni tampoco “salvapatrias” ecológicos. La Naturaleza es incontrolable e impredecible, y por ello mismo, y al mismo tiempo… fascinante.
Imágenes:
1) "Heraclitus" de Hendrik ter Brugghen
2) "Cryolophosaurus" de ДиБгд at ru.wikipedia