domingo, 9 de febrero de 2020


Os invito a mi debut en Mediterráneo Antiguo!!! 

martes, 3 de diciembre de 2019

Lo relativo de las caídas


De entre todas las aves, una de mis preferidas siempre ha sido el causario. Se trata del ave más peligrosa para el hombre, habiendo llegado a ser mortal para algunas desgraciadas víctimas. Está dotada de garras que pueden alcanzar los 10 cm de longitud (siendo más largas que las de un velociraptor). Viven por las junglas de Australia, Nueva Guinea y algunas pequeñas islas Indonesias, y son el segundo ave del Mundo en tamaño, si bien parecen estar más estrechamente emparentados con el kiwi que con el avestruz.

Recuerdo ver hace unos días otra de las joyas a las que nos tiene acostumbrados BBC Nature, “Siete mundos, un planeta”. En su capítulo referente a Australia, precisamente un casuario abre el documental con una impactante secuencia en la que se muestra a un formidable ejemplar paseando por el litoral marítimo. Sus pisadas parecen sacadas de Parque Jurásico y de hecho, su aspecto bien se parece al de un dinosaurio. Que no es un dinosaurio lo dicen las clasificaciones hechas por la ciencia humana, pero no su cuerpo, su comportamiento, ni mucho menos, su aspecto. Desde un punto de vista continuista, y siguiendo las más estrictas leyes de la herencia genética, el casuario camina como un dinosaurio, se comporta como tal, muy seguramente se expresa como sus primos, pero, efectivamente, la ciencia nos dice que no es un dinosaurio.

Oficialmente se afirma que los dinosaurios se extinguieron hace 65 millones de años. El postulado está sujeto a continua revisión, cuanto menos “filosófica”, desde el momento en que es cuasi unánimamente aceptado que las aves son descendientes directas de los dinosaurios, y que éstos, en cuasi todas sus especies, tuvieron plumas. Parece ser que un gran meteorito finiquitó a los dinosaurios, junto a todo un cúmulo de catástrofes naturales y cambios climáticos. De la hecatombe surgieron los mimbres para la biodiversidad actual, incluyendo a la especie humana.

Cambiando de escenario, y para el lector quizá irracionalmente de coordenadas, ahora les propongo visitar Grecia, la antigua Mistrá. Se trata de una antigua ciudad-fortaleza sita en el Peloponeso a escasísimos kilómetros de la legendaria Esparta. Allí residieron los aristócratas bizantinos, déspotas, que en términos formales representaron los últimos baluartes del Imperio Romano. Mistrá fue conquistada por los otomanos años después de la caída de Constantinopla, sin embargo, la tradición afirma que “la última Roma” cayó en 1453, con la toma de la antigua Bizancio. En verdad, formalismos al margen, es evidente, no sólo para el viajante, que todo lo perteneciente a Bizancio en la segunda mitad de la llamada Edad Media es “escasamente romano”.

Cada vez se va asentado con mayor unanimidad que el último Imperio Romano (previo al llamado Bizantino) coincidió con el reinado de Justiniano el Grande. Recordemos que este gran Emperador casi consiguió restaurar la gloria del antiguo Imperio reconquistando buena parte del Mediterráneo, tomando la posesión de antiguas plazas como Roma, Nápoles, Cartago o Cartagena. Sin embargo, junto a todas las migraciones bárbaras que continuaron llegando y los excesos de unos sueños imperiales, algo sobredimensionados, una gran peste, en el contexto de un severo cambio climático, motivó el abandono del sueño imperial romano, y al poco tiempo, el inicio de la verdadera Edad Media, con los achaques de la conquista islámica y la fragmentación del mundo conocido en Reinos.

Cuándo cayó Roma o cuándo desaparecieron los dinosaurios no son fechas o momentos unánimes ni determinables con exactitud por la ciencia, pues siempre van a depender de criterios humanos, y por ende, subjetivos. Y lo que es más importante, de cuáles sean nuestros prejuicios y convicciones. Puede que llegue el momento en que el causario sea considerado como un dinosaurio moderno, y que nos demos cuenta de que estos grandes animales no desaparecieron en su integridad de un día para otro. Puede también que algún día nos percatemos de que Roma en sí no desapareció tampoco completamente jamás, y que “simplemente” se reconvirtió y transformó en nuestra civilización, tras mil golpes y cambios de remo.

Los imperios, sean éstos animales o humanos, se resienten ante las grandes catástrofes y la historia de nuestro planeta nos muestra que hay pocas apocalipsis peores que los cambios climáticos. El hombre acelera pero no crea un cambio climático, salvo que Greta demuestre la existencia de marcianos malintencionados en tiempos de T.Rex, pero, reflexiones climáticas a un margen, hay algunos asuntos sobre los que debemos reflexionar.

Si del fin de los dinosaurios medraron pequeños mamíferos y del fin del Imperio Romano pequeños Reinos... ¿con la actual crisis global también nos empequeñeceremos? Sí, no estoy obviando a los nacionalismos.

Imágenes:
1) Casuario (Commons)
2) Detalle de Mistrá (foto del autor).
3) Detalle del célebre mosaico de Justiniano, en San Vital (Rávena) (foto del autor).

sábado, 17 de marzo de 2018

A mi maestro del tambor



Existen muchos profesores, pero muy pocos maestros. La sabiduría no es tanto tenerla en potencia o ínsita, como desprenderla en cualquier instante y circunstancia. Divulgar es el arte con el que expresar el dominio de la materia; la bondad la materia que hace a la persona grande. No hay tantos grandes amigos, quizá aún menos que maestros.

No recuerdo exactamente nuestro primer correo, sí el asunto y qué nos teníamos entre manos. Mi inseguridad me incitó a buscar el consejo entre los más sabios en los temas de nuestra patria chica. Si bien pude exponerme a piratas, cierto es que encontré a alguien con proverbial barba, pero también hallé a un entrañable amigo. Mi boceto de libro de Anguita me lo “requetemiraste” y mejoraste. Por veces me encabronaste, como buen maestro, me picaste e hiciste superarme, me sugeriste y me hiciste ver.

Escribía poco que no me revisaras, nada que no leyeras. Tu adicción a la lectura no la ha superado ningún pez al agua. Siempre tenías una cita que aportar, una anécdota, un libro y un escrito que compartir. Recuerdo que siempre que te visitaba salía cargado de ideas y materiales, tu generosidad era más grande que tu figura. Todos sabemos que así de cierto es, y nadie tiene duda alguna de esta obviedad sincera.

Cada verano tenía intención de comer contigo. Últimamente pocas veces lo conseguía. Oposiciones y desdichas nos separaban y ahora me pinchan en lamentos. Me cuesta no mortificarme por no haber aprovechado aún más contigo el tiempo. ¡Pero qué demonios Joserra! ¡Como buen sabio, sólo pasaron a otra vida carne y huesos!

Si tuviera que definirte en muy pocas palabras diría de ti que eres jovial en el trato y contundente en el contenido. Bondadoso y generoso, inteligente, y siempre, atento.

Aunar tantas cosas sólo lo hacen los singulares y, según dicen, los viejos roqueros, aunque me atrevo a decir que también se predica del “Maestro del Tambor”, y te lo dedica tu, siempre, “pequeño tomborilero”.

sábado, 23 de abril de 2016

Prince... El cielo llora lágrimas de color púrpura



http://www.lavozlibre.com/noticias/blog_opiniones/2/1210691/prince-el-cielo-llora-lagrimas-de-color-purpura/1

sábado, 19 de marzo de 2016

¡Te quiero yayo!

Camino del cementerio, al aparcar el coche, una cotorrita se ha posado en un árbol. Quizá porque necesitara soñar, por mi ansia de consuelo o, simplemente, por mi incapacidad por evitar tan señalada coincidencia, me ha parecido que el ave traía algo de ti. Era un “Marcelino”, especie sólo reconocida en la familia, pues es el nombre que le puse a la avecilla que me regalaste cuando apenas tenía cinco años. El animal parecía querer traerme tu “hasta luego”, y tu, siempre querido, “gracias por lo de viejo”.

Más allá de innegables parecidos físicos, la entrañable ave me ha recordado que también en gustos hay parentescos. Si siempre me ha gustado ver los animales y cuidar de mis plantas, en lo sucesivo siempre lo sentiré como algo propio de mis genes, símbolo de tu eterna presencia.

Son muchas las promesas que no he podido cumplir contigo en vida terrena. Recuerdo nuestra excursión por las ruinas de Itálica, los churros, embutidos y mil platos que nos preparabas. Recuerdo que te prometí que recorreríamos Andalucía cuando “me sacara el título” y que aprendería a hacer parte de tus guisos.

Sonrío recogiendo los innumerables recuerdos que me has ido dejando durante nuestros treinta años de convivencia. Es una redundancia hablar de cuán numerosos son éstos, siendo yo nieto y tú abuelo. No puedo olvidarme de cuando venías a Llavaneras alguna vez y te quedabas con la yaya en el coche, no queriendo molestarnos por haber llegado temprano. Fuiste siempre madrugador y trabajador, arreglado y servicial. Tu maña jamás la alcanzaré, ni tu coquetería ni tu siempre saber estar sereno.

Has sido joven en cuerpo y ánimo hasta el final del camino, y jamás diste sensación de cansancio alguna, ni aún en el comienzo de tu más larga siesta. No me creo que no te pueda abrazar corporalmente, y que no podamos vernos durante una temporada larga. Todo ha sido tan rápido… que mi consuelo se fortalece en dos cosas: en saber que apenas has sufrido, y que estoy contigo, perpetuamente, más que jamás en cualquier otro tiempo. Muchos pagarían millones por tener tu final entre nosotros, pero no tantos como yo por tenerte aún aquí.

Hoy San Pedro ha llegado al trabajo con retraso porque tenía churros como todos los Santos.

¡Te quiero yayo!

*Ilustración: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/5/5c/Monk_Parakeet_%284303100054%29.jpg

lunes, 7 de marzo de 2016

Siempre estarás en mí.


“Javi bonito”, artinatas, seguirte como un patito cuando apenas había aprendido a andar, trastear en el huerto, quejarme de las judías verdes, subir a La Hoz con la ilusión del que va a un lugar cuasi-mágico por querido, tallos y torreznos de papada, pan con chocolate, una foto de un cigüeña ausente y una figura de doncel durmiente... una siempre puntual felicitación de cumpleaños, y quizá, cada año más, la más esperada. Es un listado de cosas sin aparente conexión para quien no conozca el vínculo, el cariño y las enseñanzas de alguien a la que tanto has querido. Recibir un trato muy superior al correspondiente por parentesco, amor en cada gesto, sacrificio hasta el extremo... Son todo hitos de una senda que conducen, y no es casual el uso del tiempo presente, hasta la persona en la que pienso.

Cuando sólo quedan restos, y la vida terrena se ha apagado, siendo ya luz eterna, cuando quizá no esté tanto en la boca o mente de uno la idea de que se ha vuelto inmortal en un mundo mejor, tanto como que te falta su presencia, uno se da cuenta de que algo se ha petrificado en tu propio cuerpo. Las enseñanzas dadas con el corazón y el ejemplo se tatúan con la más absoluta firmeza, y no deben, ni pueden, ser borradas con ningún tratamiento.

Me pregunto si seré capaz de conservar mi devoción por Anguita sabiendo que ya no habrán más tardes al fresco del caz, con el abrigo del afecto. Pero, aunque ahora toque liberar melancolía y sumirse en materiales desgracias, uno tiene un fuerte consuelo en lo que realmente importa. La muerte es algo que nos llegará a todos, y la inmortalidad de residir en el corazón de tantos no es poca cosa. Saber que pensarás en ella cuando consigas cosas con esfuerzo, que sonreirás al saber que estará contenta de que te ocurra algo o que se preocupará (amparándote con afecto) cuando las cosas se tuerzan, no es poco consuelo, pues es una realidad, todo el mundo sabe que el ser humano no es sólo carne y hueso.

Si se "jura" en nombre de cosas sagradas, en recuerdo de ejemplos personales y de seres a los que siempre tendrás como parámetro y ejemplo, no tengo dudas de que mis "juramentos" se harán con tu nombre entre los primeros. Fidela, tía, sé que gozabas con mis escritos, que eras la primera en ocupar la primera línea cuando hacía teatro-comedías en el pueblo. Nunca me has fallado, y espero estar a la altura de tu recuerdo. Perteneces a una familia muy especial, y me antojo que no es por tratarse de la mía. Si el cariño y la buena conducta hicieran monumentos, habrían pirámides y partenones dedicados a ti en el mundo entero. Pero todo eso da igual, mientras te tengamos con nosotros, en nuestros corazones, de ahí de donde jamás te podrán sacar. Si algo le deseo a la vida, es como mínimo, que alguien de mi mismo parentesco contigo que yo, algún día me tenga el mismo cariño, o al menos, con tanto merecimiento.

* Ilustración: Louis Janmot, Poème de l'âme (16) : Le Vol de l’âme