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domingo, 20 de diciembre de 2009

Por sus ciudades los conoceréis.

Ya hace un tiempo que me apetece escribir un artículo un tanto "sui generis". Quisiera hacer un breve estudio conforme a unos datos, quizá, un tanto escolares, y de cualquiera de las maneras, subjetivos. Me propongo reflexionar sobre "los países" en base a sus "nombres". Aquí va la muestra. Escogeré 10 nombres que a lo largo de la historia han sobresalido en alguna disciplina, característica, arte..., para después hacer algunas reflexiones.
* 10 escritores: 1) Dante (It), 2) Cervantes (Esp), 3) Shakespeare (Ing), 4) Dostoyesvski (Ru), 5) Dickens (Ing), 6) Víctor Hugo (Fr), 7) Tolstói (Ru), 8) Goethe (Ale), 9) Borges (Arg), 10) Ovidio (It).
* 10 capitales de la Historia: 1) Roma (It), 2) Londres (Ing), 3) París (Fr), 4) Estambul-Constantinopla (Tur-Gre), 5) Atenas (Gre), 6) Alejandría (Eg.), 7) Nueva York (EEUU), 8) Viena (Aust), 9) Venecia (It), 10) Pekín (Ch).
* Músicos-Compositores: 1) Bach (Al), 2) Beethoven (Al), 3) Mozart (Aust), 4) Wagner (Ale), 5) Beatles (Ing), 6) Chopin (Pl-Fr), 7) Tchaicovsky (Ru), 8) Verdi (It), 9) Michael Jackson (EEUU) 10) Haendel (Al).
* Pintores: 1) Rembrandt (Hol), 2) Velázquez (Esp), 3) Durero (Al), 4) Rubens (Hol), 5) Miguel Ángel (It), 6) Da Vinci (It), 7) Picasso (Esp), 8) Boticelli (It), 9) van Gogh (Hol), 10) Rafael (It).
* Puertos históricos: 1) Amsterdam (Hol), 2) Sevilla (Esp), 3) Estambul-Constantinopla (Tur), 4) Alejandría (Eg), 5) Lisboa (Por), 6) Los Ángeles (EEUU), 7) Hamburgo (Al), 8) Rotterdam (Hol), 9) Venecia (It), 10) Singapur.
* Filósofos: 1) Aristóteles (Gr), 2) Platón (Gr), 3) Erasmo (Hol), 4) Séneca (Esp), 5) Maquiavelo (It), 6) Nietzsche (Al), 7) Confucio (Ch.), 8) Santo Tomás Aquino (It), 9) Marx (Al), 10) Descartes (Fr.).
* Reyes-Emperadores: 1) César (It.), 2) Augusto (It.), 3) Justiniano (Yug), 4) Napoleón (Fr.), 5) Felipe II (Esp), 6) Carlos V (Esp), 7) Victoria (Ingl), 8) Solimán (Tur), 9) Gengis Khan (Mong), 10) Stalin (Ru).
* Científicos: 1) Galileo (It), 2) Copérnico (Pol), 3) Arquímedes (Gr-It), 4) Flemming (Ing), 5) Pasteur (Fr), 6) Mendel (Che), 7) Edison (EEUU), 8) Newton (Ing), 9) Einstein (Al), 10) Darwin (Ing).
* Juristas: 1) Papiniano, 2) Ulpiano, 3) Triboniano (Tur), 4) Grocio (Hol), 5) De Vitoria (Esp), 6) Kelsen (Aust), 7) Ihering (Al), 8) Savigny (Al), 9) Pothier (Fr), 10) Bártolo (It).
Antes de continuar, una "fe de prejuicios": las elecciones arriba hechas están condicionadas, obviamente por mi persona y mis ideas y convicciones, pero ante todo, por le hecho de ser europeo "occidental". Seguramente falten representantes del mundo islámico, chino, hindú o de la América Precolombina, sin embargo, creo que la mayoría de los lectores podrán llegar a una elección "similar" a la arriba hecha. Dicho esto, valga decir que de los resultados se pueden sacar unos resultados, ciertamente, muy significativos.
El país ganador, con bastante diferencia, es Italia (16), seguida por Alemania (11) (sin tener en cuenta algunos de los nacidos en la actual Italia, romanos, ni tratando como alemanes a los austriacos, pese a formar parte de una misma "unión cultural" a lo largo de la historia). Dejando esto a un margen, choca cuán potente fue la cultura greco-romana (17), o el elevadísimo "índice de genios-puntos significativos" de los Países Bajos (si dividimos su número de apariciones por habitante). ¿Qué conclusiones podemos sacar de este "rudimentario y simple" estudio? ¿Qué tienen en común nuestras grandes vencedoras (Italia, Alemania y Holanda)? Ello bien puede reducirse al concepto de "ciudad".

Decía Marx que: "la oposición entre campo y ciudad comienza en el momento en que se pasa de la barbarie a la civilización". No es ningún secreto que las grandes civilizaciones SIEMPRE tuvieron a "la ciudad" como núcleo vertebrador, célula creadora de imperios. Se llamare Babilonia, Samarcanda, Bagdad, Memfis, Antioquía o Roma, las grandes hazañas, los grandes avances siempre tuvieron a la ciudad como centro creador.

Es una idea muy corriente aquella que afirma que "lo que no vale para la ciudad, no tiene valor alguno". La ciudad siempre significa avance, movimiento y superación. Igualmente, también acontece "selva", medio hostil en el que el "animal social" humano tiene su vida, y ante todo, se relaciona.

Un historiador romano, o griego o bizantino, siempre te preguntaría por cómo son las ciudades de tu país. Para ellos las grandes construcciones públicas daban sentido a "la cultura", y por ende, a "la civilización". Bárbaro, ante todo, no sólo era el que llevaba barba y vivía tras las fronteras, o las montañas de la "Catena Mundi". Bárbaro, ante todo, era quien no podía ir al teatro, bañarse en las termas o discutir sobre filosofía (o la Santísima Trinidad), fuere en las puertas de la iglesia o del templo. Le Goff (eminente medievalista de los tiempos modernos) afirma que en la Edad Media la contraposición era "desierto vs ciudad". La ciudad siempre dispone de un "hiterland", un campo que le alimenta, frente al desierto, carente de vida por naturaleza (en el sentido humano del concepto).

Nuestros tres países ganadores poseen grandes ciudades, y de hecho, desde que produjeron genios, las tuvieron. A diferencia del huevo y la gallina, sí que sabemos que "la ciudad" fue antes que "el genio". Después de todo... el desarrollo, el avance ¿no es también mérito de la sociedad, y no sólo de quien inventa?.

Veremos que España está presente en estas listas, eso sí, con carácter secundario. De poco sirve que fuera núcleo del Imperio más extenso que jamás haya existido (superando al mongol, y qué decir, al inglés o al romano). España siempre careció de ciudades. Madrid, hasta finales del siglo XX, no se desligó, definitivamente, de su carácter de "villa", y en España sólo existieron dos ciudades: Sevilla y Barcelona (junto a otras como Zaragoza, Valencia o Córdoba). La elevada densidad de Holanda o Italia, no sólo fomenta las posibilidades de generar "genios" sino que constituyen una alegoría de "la ciudad".

El pueblo es calma, naturaleza, trabajo (según los romanos el más noble, el de la tierra). Sin embargo... ¿habríamos avanzado sin ciudades? ¿es posible "desarrollarse" sin el estrés de las urbes? ¿Acaso la "hostilidad" inherente al nerviosismo... no es la materia prima para la superación?

lunes, 19 de octubre de 2009

Anguita en el Afilador!!

El número 70 del periódico "El Afilador" publica un artículo sobre Anguita y su historia titulado: "Anguita: un reducto de paz". Artículo de mi autoría. Espero que os guste.

jueves, 13 de agosto de 2009

Sobre Sigüenza y el Renacimiento

Jamás fuera de persona viviente observé una uña más humana. No hay en ninguna estatua terrestre detalles tan divinamente mortales. Sus ojos parecen estar llorando que el guerrero quedara petrificado en fino alabastro; Martín Vázquez de Arce, más conocido como “el Doncel”, es una contradicción para el ojo humano, parece estar vivo, aun siendo la figura su sepultura; fue inmortalizado como “Doncel” no siendo “virgen”, pues tuvo hija (enterrada, mismamente, en la Capilla de San Juan y Santa Catalina). En relación a Sigüenza, no sería digno acabar de escribir sobre la ciudad sin hacer mención a otra gran joya, a mí ver, de igual o mayor esplendor que tan ilustre tumba renacentista, la Sacristía de las Cabezas. Realizada allá por el año 1550 (por Martín de Vandoma, y diseño de Alonso de Covarrubias), es difícil resistirse a invocar el genio, e ingenio, que se desprende de todos aquellos artistas que medraron, y en ocasiones triunfaron, durante el Renacimiento.... Durante mi última visita al lugar, hace apenas unos días, nuestro guía (sabio y cordial como pocos) no dejaba por un momento de alabar este periodo de la Historia. Repetía, una y otra vez, las virtudes del haberse “redescubierto” la filosofía griega de Platón y Aristóteles, ese clímax entre espiritualidad y pragmatismo que dieron pie al Renacimiento. Sinceramente, es evidente que nos encontramos ante uno de los períodos más gloriosos en lo que al cultivo de la ciencia se refiere. Sin embargo, es más que dudoso que podamos hablar de esta etapa como una de las mejores para el humano residente en Europa. Hace un tiempo, un muy buen amigo ruso me comentó una de sus sabias reflexiones: el hombre sabio, en numerosísimas ocasiones, surge en tiempos de crisis y conflictos. Ciertamente, el ocaso del Imperio español coincidió con personajes de la talla de Góngora o Quevedo, la Guerra Civil española con los hermanos Machado o Alberti, la caída del Imperio Romano de Occidente coincidió con San Agustín y el Renacimiento… con Miguel Ángel, Leonardo da Vinci… y un incalculable número de genios. Este afortunadísimo pensamiento de mi “leoncio” amigo me ha vuelto a venir a la memoria al leer el interesantísimo libro de Stephen Toulmin: “Cosmópolis: El trasfondo de la modernidad” (Barcelona, Ediciones Península, 2001). El autor, discípulo de Ludwig Wittgenstein, duda de que el Renacimiento (y demás signos primordiales de modernidad) tuvieran lugar en un momento de especial “pacifismo” (véanse la Guerra de los Treinta Años, la Reforma y Contrareforma, la Santa Inquisición y un largo etcétera). Todo esto hace que me pregunte si lo adverso del contexto, del “paradigma” en el que a uno le toca vivir (en terminología de Kuhn), ayuda a “agudizar” la inteligencia, incrementando la frecuencia con que surgen genios. La Segunda Guerra Mundial coincidió con Einstein, Larenz, Bohr, Kelsen, Picasso, Le Corbussier… y otros. A nadie se le escapa que en este periodo “de Paz” (cuasi-exclusivamente para Occidente) son pocos, o ninguno, los genios que han ido surgiendo. ¿Por qué? ¿En verdad… “el hambre acerva la inteligencia”?. Es bien cierto que las oportunidades surgen de las crisis, es en estos momentos donde se fraguan los futuros motivos de éxito. La propia Historia Natural tiene también ejemplos de ello, las especies exitosas surgen en tiempos de “extinciones masivas”, llámense: dinosaurios, mamíferos, humanos, gorriones o gaviotas. En un mundo imperfecto, el juego entre el fracaso y el éxito da forma a nuestro Mundo. Si bien es cierto que aprendemos más de nuestros éxitos que de nuestros errores (así lo demuestra la neurociencia y los estudios realizados con nuestras neuronas) es bien cierto que sin el “error”, todo carecería de significado, al no haber “significante”.
Ilustraciones: 1) El Doncel de Sigüenza; 2) "El hombre de Vitruvio", obra de Leonardo da Vinci
Artículo publicado en Nubiru: www.nubiru.blogspot.com

domingo, 16 de noviembre de 2008

El legendario Moncayo

La antigua Turiaso, hoy Tarazona (Zaragoza), luce una bellísima portada renacentista en la fachada de su ayuntamiento. En ella, junto a una representación de la coronación del Emperador Carlos V, lucen tres imágenes de especial contenido simbólico-mitológico: Pierres, Caco y Hércules. A primera vista nada peculiar, pues como en otras tantas ciudades de España, la tradición sitúa a Hércules como fundador de la vieja urbe aragonesa siendo, tal vez en este caso más que en otros, la leyenda de especial interés.
Quizá en aquélla que sea la más profunda de todas las Españas, exista un país de leyenda, un lugar mitológico del cual sólo queden pequeños rastros, sutiles huellas. Carrascas, sabinas albares, endrinos, espinos, y ante todo, tomillos y trigo, configuran el carácter de esta fría tierra, fuerte y guerrera. Coronando el “país de los celtíberos”, región de Celtiberia, está su monte sagrado, mojón entre Soria y Aragón, punto de unión entre los antepasados maños y castellanos. Moncayo es su nombre, ésta una de sus muchas leyendas.
Tal y como contara D. Antonio Beltrán Rodríguez (insigne historiador aragonés), no es extraño que el alto monte fuere motivo de mitos y leyendas. De hecho, otros picos de la geografía aragonesa, como el Monte Perdido o el Aneto custodian historias de semejante inspiración (ejemplo es la identificación del nombre Aneto con el dios íbero “Neitin”, según una estela hallada en Binéfar). En lo que al Moncayo se refiere, cuenta la leyenda que fue en él donde se realizó uno de los Doce Trabajos más célebres del héroe greco-romano: la caza del león de Nemea.
Marcial, el gran literato romano (oriundo de Bílbilis, Calatayud), identificaba etimológicamente al monte con las canas de un anciano (“senemque Caium nivibus”), si bien, sus “descendientes” aragoneses (haciendo gala de su proverbial “sencillez” y “falta de exageración” en cuanto a describir lo propio se refiere), identificaron Moncayo con el Monte de Caco, el legendario ladrón, (“Mons Caci”).
Los romanos veían a Caco como a un peligroso gigante, mitad hombre, mitad sátiro. Hijo de Vulcano, Caco se alimentaba de carne humana (colgando las cabezas ensangrentadas de sus víctimas en la entrada a su cueva). Covarrubias decía de él que «siendo ladrón famoso hacía grandes estragos de robos, muertes e incendios». En lo referente a su descripción, las diferentes leyendas son contradictorias, como no podía ser de otra forma, en relación con este peculiar sujeto. Unos cuentan que fue vencido por Hércules, otros que Caco le perdonó la vida a éste, una vez resucitó de su inicial derrota. La versión “turiasoniense” versa algo diferente.
Hércules y Pierres (su compañero), quisieron ir en busca del inquietante malhechor, con la mala suerte de no alcanzar a localizar cuál era su morada. Allá por donde creían poder encontrarlo, se toparon con una gigantesca mujer que estaba arando sus campos. La mujer, serrana en cuanto a su descripción (recordar las del “Libro de Buen Amor”), les señaló la guarida de aquél que resultó ser su hermano, ¡cogiendo los bueyes y el arado para señalizarlo!.
Una vez encontraron la “cueva de Caco”, se toparon con el ladrón, justo cuando éste estaba disfrutando de un ágape acompañado por buen vino (una tinaja de veinticinco cántaros de cabida). Los amigos compartieron los víveres, yendo después a cazar, no sin demasiada suerte. Justo cuando volvían desanimados, un gran león se abalanzó sobre ellos, siendo Caco quien lo cazó e hizo una capa con su piel. Impresionados nuestro héroe y su amigo, Pierre se cargó una vaca al hombro, sin mayor esfuerzo, demostrando que él era igualmente fuerte. Hércules, o Heracles según sea en su versión latina o griega, no se quiso quedar atrás, y arrancó un haya entera para usarla de bastón. Una vez acabaron su peculiar “salida campestre”, nuestros protagonistas volvieron a Tarazona.
Definitivamente, si de sacar una moraleja o conclusión se trata, se mire por donde se mire, tal y como nos recuerda Beltrán Rodríguez en su narración, el Moncayo sería símbolo de virilidad, fortaleza inexpugnable en tierras firmes y férreas, pasto de batallas y leyendas. En Anguita, aún hoy en día, es común decir, cuando se acercan los primeros fríos, “ya ha nevado en el Moncayo”, y, de hecho, los celtíberos siempre lo consideraron una deidad merecedora del más sacro respeto (pues de sus entrañas se extraía el mineral de hierro con el que hacer sus armas).
Bibliografía:
Beltrán Rodríguez, Antonio, "Etnología y antropología cultural en la comarca del Moncayo", publicado en TVRIASO, Tarazona, Centro de Estudios Tvriasonienses, 1992.
Enlaces:
- Moncayo in Autumn; Moncayo en Otoño, de Eloy Cotallo
- Litografía con motivo en Caco (Beham, (Hans) Sebald (1500-1550): Hercules killing Cacus at his cave, from The Labours of Hercules (1542-1548). Engraving, 1545. B.104, P.102. 2 X 2 7/8 inches, possibly i/iv. A very good, strong impression, the area around Cacus somewhat dryer than the rest of the image (possibly characteristic of the print), with thread margins.)

domingo, 2 de noviembre de 2008

Argelia y el peligro del islamismo

“El rasgo más singular de la política exterior soviética es, por supuesto, la ideología comunista, que transforma a las relaciones entre estados en conflictos entre filosofías. Es una doctrina de la historia y también una fuerza motivante. Desde Lenin a Stalin, Khrushchev, Brezhnev y quienquiera que le suceda, los líderes soviéticos han estado parcialmente motivados por una autoproclamada perspicacia para interpretar las fuerzas de la historia, y por la convicción de que la causa de ellos es la causa de la inevitabilidad histórica. Su ideología enseña que la lucha de clases y el determinismo económico hacen inevitable el alzamiento revolucionario. El conflicto entre las fuerzas de la revolución y la contravolución es irreconciliable. Para las democracias industriales, la paz aparece como una condición naturalmente alcanzable; es la composición de las diferencias, la ausencia de lucha. Para los líderes soviéticos, por el contrario, la lucha no termina con la transacción sino con la victoria de un bando. La paz permanente, según la teoría comunista, solamente puede lograrse aboliendo la lucha de clases, y la lucha de clases sólo puede terminar con la victoria comunista”.
Henry Kissinger, “Mis memorias”.
A priori, Kissinger es un personaje que podría causar recelos, cuanto menos en lo que a mí respecta. Halcón del neoconservadurismo de los EEUU (sigue siendo uno de los más relevantes en la actual administración Bush, por no decir “el más”), responsable de la conspiración contra Allende…, Kissinger es una personalidad de la máxima importancia, quizá, a mi ver, una de las cinco personas más importantes del pasado siglo XX. De lo que no hay duda es de su perspicaz, y raramente superable, inteligencia. Leo las frases arriba transcritas y no acabo de poder diferenciar la situación que motivó la redacción de estas palabras (la “Guerra Fría” en los años 70) con la situación que ahora bien las podría motivar. Me gustaría quedarme, muy especialmente, con la idea de que el comunismo es una “es una doctrina de la historia y también una fuerza motivante”, ¿qué pasaría si cambiáramos a la hoz y el martillo por la media luna islámica?
Como es bien sabido, Islam significa “sumisión”. Desde esta óptica, la yihad de los fundamentalistas islámicos bien puede verse a la luz del texto de Kissinger. Con ellos no puede haber transacción, sino sólo la derrota de un bando. Tal y como acaece en muy raras ocasiones, la lectura de este monumental, e indispensable, obra se me juntó con el análisis de un estudio, no menos interesante. Se trata de “El Sahara: vínculos sociales y retos geoestratégicos”, de Mohamed Cherkaoui (Director de investigación del Centro Nacional de Investigaciones Científicas francés, CNRS), (Bardwell Press-Siglo XXI, 2008). Gracias a la lectura de esta obra he podido saber de la situación “geopolítica” de uno de los países que siempre más me han incomodado: Argelia.
Si tuviera que elegir uno de los países que mayor pavor me genera, sería éste. Su vasta extensión (en su mayor parte desértica) junto con una casta militar que monopoliza el poder, en un país “rico”, virtud de los hidrocarburos y demás recursos en su haber, me hacen ver el país con suma desconfianza. Cherkaoui habla de una “unificación de la unidad nacional argelina” dentro de un contexto de “conflicto (incompatibilidad) con el resto de sociedades”, véase, un nuevo y “sui generis” imperialismo. Sin querer pensar al son de las trompetas de los EEUU, o al menos intentando ser un tanto independiente en mi pensamiento, debe decirse que el “islam”, no en todo, pero sí en su variante más integrista y genuinamente “purificadora” es un enemigo de primer nivel.
En Oriente Medio cada día se constata, con mayor intensidad, el auge de Irán en países como Siria, Líbano o Palestina, ¡qué decir en Iraq, pese a los intentos fallidos de dominación por parte de EEUU! Como países “contenedores” siguen estando Pakistán, Marruecos y Egipto, a la vez que el eterno enemigo iraní: Turquía.
Que hay una necesidad global de establecer un “derecho democrático cosmopolita”, institucionalizado en organismos representativos de verdadera soberanía (véase una nueva, y en cierto modo imperial, Organización de Naciones Unidas) es evidente. Sin embargo, asimilando a este contexto las palabras de otro genio: no se hará de golpe, sino sumando pequeños pasos. Por el momento debe vigilarse a países infernales como Argelia. Intentar que no forme alianzas potencialmente fatales con el eje iraní. Debe acabarse de integrar a Turquía y utilizar su “autoridad geopolítica” para sembrar el orden, junto a su “rival” Egipto.
El enemigo, para el caso de Europa, está dentro, pero también cerca de nuestras fronteras. ¿Cómo imponer el derecho democrático global cosmopolita? ¿Es conveniente hacerlo en gentes con cultura limitada, impregnada de los valores violentos del islamismo radical?. Quizá sea el momento de recordar el modelo turco, y ver los pros y contras de la figura de Atatürk y el kemalismo.

viernes, 17 de octubre de 2008

Por siempre. Para mi Maestro

Nubiru hoy pierde un lector, un comentarista de excepción y, ante todo, gran profesor y amigo. Ha muerto D. Juan Miquel González de Audicana
Recuerdo aquel día como si fuera ayer. El alumnado hablaba de sus cosas e iba llegando al aula asignada (en el edificio de Jaume I de la UPF de Ciutadella); todo ello esperando la llegada del profesor. Yo me encontraba entre ellos. Era el primer día de clase y nadie sabía qué era lo que nos iba a reparar aquella asignatura: “Instituciones Jurídicas Comparadas”. El temario era un tanto curioso, con puntos del programa ciertamente “sui generis”. Hoy, una vez licenciado, se puede decir que todos los asistentes estábamos un tanto “preocupados”, al saber, en lo referente a la asignatura, sólo de la entidad y prestigio del profesor, y nada del contenido de esa misteriosa materia. Repentinamente se abre la puerta de la “ensardinada” aula. Por ella entra un hombre de edad avanzada, vestido elegantemente (sin necesidad de aparentar grandes facturas de abogacía, ni mayor meritocracia que la de ser eminente en mil y una materias). Empieza a hablar y todos escuchamos, no olvidemos que es la primera sesión, con la mayor atención y curiosidad por lo que nos explica. Pasan los días y uno se da cuenta de que no se encuentra en una asignatura común. Aquel momento tantas veces soñado, una clase con un maestro “aristotélico”, sabio y bondadoso, se hace realidad con la docencia del Dr. Miquel. Sus alumnos le contemplan entusiasmados, como no podía ser de otra forma. Sería la primera vez que oíamos hablar de Confucio, las “normas jurídicas” del Corán o de las más variopintas anécdotas y consejos, de ese hercúleo titán del saber, a la sazón, vestido de eminencia. Aquella asignatura me dejó marcado, fue el inicio de una relación Maestro-discípulo.
No pasaría curso sin que fuera, en varias ocasiones, a saludar al Dr. Miquel. Su eterna sonrisa y sabia tertulia eran, para el tiempo por pasar, de lo más seductoras. Siempre tenía un asunto entre manos, un nuevo estudio o fecundas ideas que compartir con quien tuviere la suerte, en ese instante, de estar practicando el noble arte de la tertulia o conversa. Joan Miquel era así, un hombre enorme con la más sincera, bonachona, humilde, y a la vez admirada, figura. A sus setenta años no conocía límites de futuro. Planeaba visitar la “Patria chica” de todo gran romanista, véase Constantinopla, a la vez que hacía planes sobre cuál iba a ser la próxima Universidad que iba a gozar de su privilegiada docencia. Japón, Múnich, Bolonia, La Laguna o Valencia bien sabían de su notabilísima mente. En los últimos meses le habían propuesto cambiar “su Universidad”, o lo que es lo mismo, la Universidad Pompeu Fabra, por la de la capital bávara. Lugar donde la guadaña tenebrosa le sorprendió, cómo no, en acto de servicio: estudiando, a la vez que enseñando.
Son muchas las cosas que recuerdo de tan querida persona, en lo personal, mi más notorio e inolvidable Maestro. Quisiera citar algunas, perlas de mi joven vida que me sonrojan al recordarlas, que me alegran al pensar que yo fui afortunado por recibir sombra de tan fuerte roble. Como en un resto de infinidad de cosas, el profesor Miquel era un ejemplo de vida sana. Le gustaba caminar, no siendo extraño que fuera, y lo que era aún más meritorio para su edad, volviera, cuasi cada día desde su residencia hasta el Campus de Ciutadella. Precisamente, acompañándole en una de sus caminatas, me acaeció una de las experiencias más maravillosas que me han ocurrido a mis 22 años.
A la altura de la Plaza Urquinaona, el Profesor se encontró con una de sus innumerables discípulas. Al preguntarle dónde iba, mi Maestro le contestó que iba de paseo con su “Discípulo predilecto”. Además de un contundente sonrojo, la afirmación motivó que me dieran ganas de enmendar el adjetivo, cambiando el “predilecto” por un “afortunado”. Precisamente, fortuna fue lo que me faltó cuando, hace poco menos de un mes, hablaba con él por teléfono. Mientras me comentaba el nacimiento de su nuevo nieto, y la lectura de la tesis doctoral por parte de su queridísima hija (ambas cosas acaecidas en dos días, el niño en la barriga de la madre cuando ésta leía el texto ante el Tribunal), el teléfono de su despacho se estropeó, teniéndose que posponer, forzosamente, nuestra conversación pendiente. Quizá como manía, decidí llamarle 3, 4 o 5 veces cada semana, desde entonces, con la esperanza de poder acabar esta “conversa". Sin embargo, el infortunio del teléfono me privó de esta conversación, que tanto deseaba. Hoy he vuelto a llamar a ese número, esperando que ese “sí, dígame”, tan familiar como cariñoso, me brindara la ocasión de poder relajarme con un tiempo de sano intercambio de ideas y experiencias. Ello no ha pasado, la pesadilla no ha desaparecido, dejando lugar a un nuevo momento.
No creo ser capaz de poder desearle que descanse en paz, pues sé que ello es imposible. Donde quiera que medre desde ahora, seguro que seguirá hablando de Justiniano, Ihering, Confucio o Kunkel. Seguro que continua enseñando al primero que pase por delante de su sabia efigie. No tengo dudas. Allá donde quieras que estés, Maestro, seguirás siendo la misma dinamo incansable, el mismo sabio perdido, la última gran eminencia que ha sabido enseñar como Aristóteles, aun siendo romanista, en vez de griego.
Por siempre, Dr. Miquel.
Alguien que, desgraciadamente sin ser familia, siempre te seguirá recordando y queriendo, como buen ayo y mejor amigo, Maestro del que siempre, aún en el infinito, seguiré sintiéndome honrado por poder haber sido uno de sus últimos discípulos.
Origen de las fotos: Universidad Pompeu Fabra.
*Artículo sobre el Dr. Miquel, del Dr. Alejandro Nieto, publicado en el diario "ElPaís" de 23 de octubre de 2008:
* Una nuevo artículo conmemorativo en: http://dragon.blogalia.com/historias/60174#comentarios
* Artículo de Lothar Siemens Hernández en "La Opinión de Tenerife":
* El 12 de Diciembre, de 2008, se le otorga, a título póstumo, la Medalla de la UPF.
(Artículo publicado en la "Revista General de Derecho Romano", Iustel, diciembre de 2008)

viernes, 25 de julio de 2008

Vespasiano: un Emperador ambiguo

Respecto al exterior, somos lo que parecemos. Salvo indagaciones íntimas de quienes nos rodean, en el mundo somos lo que el resto percibe. En no poca medida, en ello se basa la idea de "persona". Después de todo, lo que uno percibe de sí mismo, se conoce como autoestima. Si de veras no interesa la opinión del tercero, somos gente poco importante (predestinada a desaparecer con su cuerpo); sin embargo, aquél, que para bien o para mal, está predestinado a ser inmortal en las mentes del resto, requiere de un ropaje que se forma, en no pocas ocasiones, por rumores, suposiciones y maquinaciones de terceros. Si estudiamos, muy someramente, algunas generalidades de las biografías de los diferentes Emperadores romanos, nos daremos buena cuenta de cuán cierto es todo ello. Dejando a un lado a los “clásicos”, existen figuras, para el público secundarias, que, sin embargo, tienen el prestigio de haber sido reconocidas como grandes Emperadores. Especialmente me vienen a la cabeza un padre y un hijo, el padre es Vespasiano, su vástago, Tito. Tito Flavio Vespasiano es el paradigma del buen romano. En un tiempo de cortesanos, conspiraciones y asesinatos, sirvió al Imperio con la máxima de todas las honorabilidades posibles. Fue un eficaz gobernante de la provincia de África, pese a recibir lanzamientos de nabos, un gran estratega en la conquista de islas, sin importar que la británica isla de Wright fuere ínfimamente menor que Sicilia. De su boca surgirían frases lapidarías. Se dice que rechazó un económico presupuesto mediante el que subir piedras al Capitolio con el argumento de que “Debo tener siempre la seguridad de que la clase obrera gana suficiente dinero para comprar pan”. Vespasiano era un hombre ejemplar, un romano modélico. Como ejemplo de buen hombre de su tierra, se cuenta que jamás dejó de visitar, y favorecer, a su pueblo de origen (Roccagiovine), conservando siempre, con total orgullo, un acento típicamente rural. Frente a los excesos de Nerón, el infame, Vespasiano se nos presenta como el más sobrio, riguroso y digno de todos los Césares. Fundó la dinastía de los Flavios, no perteneciendo a la aristocracia, respetando a sus superiores mientras le rigieron con poderes y mando, siendo contundente, cuando tuvo que haberlo sido. Vespasiano, y sobre todo su hijo, Tito, pasaron a la historia, no sólo por iniciar la construcción del anfiteatro Flavio (el Coliseo), sino también por acabar con la rebelión judía que prendió en aquellos tiempos. Flavio Josefo, nada que ver con la dinastía imperial, pasaría a la posterioridad por narrar el conflicto que aquí se menciona. La revuelta judía (66-73 d.C.) fue recogida por su puño y letra, llegando a nosotros en tanto que incalculable testimonio de aquel acontecimiento. Josefo fue judío, prendido por los romanos en los inicios de la contienda. El hecho de “predecir” el futuro mandato imperial de Vespasiano, le valió su perdón, aunque la historiografía hebraica se empecina en reivindicar su papel de traidor. La descripción que realizara del Templo de Jerusalén (en la que se basaría Felipe II para la construcción del Escorial) adquiriría especial valor virtud de los acontecimientos que él mismo se encargaría de narrar. Si Calígula, imponiendo su autoridad, fue capaz de erigir una imagen suya dentro del Templo, Tito (comandando las tropas de su padre) redujo a cenizas el Templo, acabando con el mayor símbolo identitario entre los judíos. Valga recordar, igualmente, que fue precisamente durante estas guerras, cuando se configuró el mito de Masada (epopeya nacionalista del sionismo israelita). Una cosa está clara. La benignidad de las descripciones romanas bien nos pueden haber dejado la impresión de que Vespasiano fue, más que un hombre modélico, un sujeto creado por quienes les rodeaban, un hombre de paja, un personaje ideal para una obra singular. Frente a la falsa idiosincrasia que nos ha llegado de Nerón o Domiciano, Vespasiano no acaba de convencer a nadie como uno de los grandes. Más allá de ser el reformador, y forjador, de la futura prosperidad del Imperio, constructor del Coliseo, vencedor en Judea, Vespasiano parece ser un hombre ninguneado, quién sabe si por no ser merecedor de mayores elogios, o por ser la peor pesadilla de los judíos. Suposiciones al aire, la historia, una vez más, dista de ser una ciencia objetiva, un cúmulo de fórmulas empíricamente contrastables, como pudieren ser la Física o la Química.

  • En primer lugar: The Triumph of Titus by Lawrence Alma-Tadema, Oil on canvas, 1885
  • En segundo lugar: vista de Masada (Israel)

jueves, 5 de junio de 2008

Héroes ajenos

Hay algo que me tiene en continua tensión intelectual, un misterio del cual quisiera saber más, una vida a la que admiro y de la que quisiera tomar nota. No son pocas las veces que he puesto en un buscador, siempre entrecomillado, el nombre “Marco Aurelio”. Su biografía siempre me ha resultado en un punto equidistante entre lo ejemplar y lo maravilloso, lo inteligente y profundo, no reñido con el egoísmo inherente a todo realismo, y la despreocupación que abandera el estoicismo. Particularmente, ese misterio al que invoco, es el origen del Princeps.

Al igual que en los casos de los emperadores Adriano y Trajano, las raíces de Marco Aurelio parecen hallarse entre los olivos y algarrobos de la rica provincia bética. En concreto, las fuentes parecen indicarnos que fue su padre, concretamente, quien nació cerca del Guadalquivir, lejos de la Península Itálica, lugar donde nacería el César. Establecer mínimos paralelismos (mi familia materna es de la Puebla de Cazalla, provincia de Sevilla) suduce a mis caprichosos incentivos hacia el ocio y la lectura. ¡Todo el mundo quiere encontrar similitudes con sus ídolos, sólo que éstos pueden ser Marco Aurelio o Aníbal, a la vez que Ronaldinho o Maradona!

Como en tantas otras cosas, los romanos fueron auténticos maestros en la idealización de héroes, fueran éstos enemigos o tiranos vencidos por las fuerzas de las legiones. Precisamente, Aníbal es un caso paradigmático. Tal y como recoge el Dr. Jaime Alvar dentro de la obra: “Héroes y antihéroes de la Antigüedad Clásica” (editorial Cátedra), poco importó para la alabanza de tan terrible enemigo (reconvertido en paradigma de los valores a defender con la vida de uno mismo) que fuera tuerto (por un suceso acaecido durante su célebre paso de los Alpes) o no excesivamente hermoso, al menos en comparación con las efigies que en su honor se confeccionaron por los escultores romanos. Visto lo dicho, de lo que no hay dudas es que la “percepción cultural” que tienen las diferentes culturas de los diferentes personajes se halla condicionada plenamente por factores diversos (tan políticos como económicos).

Añadamos a Aníbal otros ejemplos. El ímpetu por buscar caracteres que nos asemejen a personajes insignes se representa en nuestras más íntimas convicciones, pensemos en Cristo. Por su origen geográfico palestino, no sería de extrañar que tuviere más de Arafat que de niño germánico de Hamburgo. Algo semejante ocurre con los faraones egipcios y demás personajes con lugares de nacimiento en actual terreno islámico. Nadie ve rastros magrebíes en el César Septimio Severo, ¡mucho menos en San Agustín, Aníbal o en el propio Jesucristo! Un paradigmático ejemplo de lo aquí explicado es lo que ocurre con Atila.

“Era sumamente juicioso, clemente con los que le suplicaban perdón y generoso con los que se aliaban con él. De estatura era bajo, ancho de pecho, de cabeza grande y ojos pequeños; la barba la tenía poco poblada, los cabellos canosos, la nariz aplastada y la tez oscura, rasgos todos ellos que denotaban su raza”.

Así describe Jordanes, el gran cronista godo, al Rey de los hunos. No obstante, la “perla” que me gustaría destacar no es esta famosa descripción, sino la nota que en mi edición (de Cátedra) hace el traductor: “En este famoso retrato de Atila, que ha servido de base para la caracterización de este guerrero conocido como “el azote de Dios”, se pueden rastrear, al igual que en otras descripciones y relatos de su obra, ecos literarios de algunos grandes escritores clásicos latinos adaptados al personaje en cuestión. Vid. a este respecto J. Lorenzo Lorenzo (...)”. No hay duda de que nuestro traductor es un mayor especialista en la materia que un servidor; pero, por otra parte, no acabo de deslindar, efectivamente, la descripción de Jordanes ¡de la que haría el común de los mortales respecto de un individuo procedente de las estepas fronterizas con China!

En Historia nadie que se precie puede ser diferente a nosotros, mucho menos diferente a la clase gobernante y sus parámetros. Quizás algún día, de ganar las elecciones, Obama no destaque por su piel negra (y sea, como mucho, moreno) o, por lo contrario, ¡o la guapa de Beyoncé sea de etnia siciliana! Nuestras convicciones condicionan nuestras visiones de la historia. Todo ello parece ser inevitable, aunque sigamos queriéndonos parecer a aquellos que antaño vivieron, para ser por nosotros admirados...

pd: Por cierto... Colón es originario de mi patria paterna, ¿no se lo creen? vean la siguiente obra: “CRISTOBAL COLON, ALCARREÑO O AMERICA LA BIEN LLAMADA”SANZ GARCIA Ricardo.


domingo, 25 de mayo de 2008

IMPERIO

Basilio era un hombre fuerte, de enorme presencia y pavorosa mirada. Sus andares no le daban mayor grandeza que la de un verdadero líder, equidistante de Dios y de cualquier Santo, agricultor, botero o profeta. Era un hombre común con la áurea de la púrpura. Su manto le disfrazaba en divinidad, siendo admirado por la tropa. No sabía de clases, sólo de autoridad y mano dura. Ser el “segundo bizantino”, después de Justiniano, no le hizo cambiar de personalidad, simplemente le convirtió en Basilio II. El gran basileus fue ejemplo de lo relativo y controvertido del término Imperio. Supo ser un rey-guerrero, sin desparramar el tesoro en el campo de batalla, sabiéndose rodear de las milicias y las tropas, siendo popular entre el pueblo y respetado por los nobles y la clerecía. Era un magnate de los catafractos, los varegos le custodiaban cuál supremo hombre entre iguales, una vez más un princeps en tierra, por más que sus galones le dieran la categoría de divinidad, de señor de los romanos. Pasado el año 1000, Constantinopla se reía del Apocalipsis. Con Basilio volvieron los esplendorosos tiempos para los feligreses de Santa Sofía. Las fronteras se inmiscuyeron entre las tierras sirias, consolidando y expandiendo el domino sobre los Balcanes, llegándose a pensar en la recuperación de la fértil Sicilia. Basilio era un emperador singular, un hombre santo que pudo ver los fuegos del Infierno.

Cual tribu, sociedad, gremio o comunidad jerarquizada, donde hay triunfos se correlacionan desgracias en otros lugares. Nunca tuvo el hombre dotes para la justicia, quizás por ello fue bueno soñar con Dios, y su Ciudad Celestial... Las victorias balcánicas de Basilio II habían hecho que Bizancio recuperara la efectividad sobre sus dominios griegos y circundantes. Las amenazas serbias y búlgaras cesaron ante los envites del purpúreo Santo. Basilio impuso su ley, recuperó la ilusión en lo romano.

El pensamiento de un hombre honesto y justo debe ser difícil en cualquier circunstancia. Basilio era un asiduo entre sus tropas, pues procuraba ocupar su puesto entre las catafractas con el sino de mantener el cariño de la tropa. Vio con sus propios ojos la desgracia de las naciones del este de Europa. Las incursiones búlgaras y eslavas no debieron ser más que dramas humanos, modos de rapiñar subsistencia, por parte de gentes que no tenían otros medios. En el momento que, ante todo, los búlgaros intentaron fundar su propio Imperio, Bizancio se reconstruyó de entre sus cenizas; surgiendo la efigie de Basilio, quien pasaría a ser llamado “Boulgaroktonos”, el matador de búlgaros.

Imaginen un hipotético pasaje. Basileo y su guardia inspeccionando las calles de Nicópolis, contemplando su gran obra. Pobres campesinos resignados y derrotados búlgaros moribundos esperan su último sacramento, mientras el palafrén del primero de entre los romanos luce joyas, capa nueva y severa mirada. A un lado el triunfo, al otro la derrota. La nación que amenazaba al orden sometida, y agraviada, por quien lo detenta. Parábola de situaciones de aquel entonces, de años pretéritos y futuros. Los búlgaros llevan la piel tostada por la solana de las estepas, queriéndose parecer a la piel mayoritaria de quines sufrirán, con el paso de los siglos, sus desgracias y agravios. Basilio debe de haber visto esto en otras ocasiones. Los pobres son, ya en aquel entonces como siempre, una clase internacionalmente globalizada, los vio en Constantinopla, Nicea, Nicomedia y también en Belgrado. El Emperador es un hombre atento y reflexivo, sabe que el de abajo viste dos ojos y dos manos, pero él, ante todo, lleva la corona y el cetro. El Emperador quizás llegó a la capital y lloró en el altar de Santa Sofía. Llorando las almas de aquellos que habían muerto como ofrenda a su gloria, sabedor de que no habría mejor negocio en el mundo, ni en ningún tiempo, que ganara en rentabilidad a la guerra. El Emperador llora desconsolado con la puerta entreabierta, los guardias vigilan la entrada de foráneos, el Emperador llora solo, mañana seguirá habiendo batalla abierta; contraste entre orden y necesidad, binomio que contagia a los de nuestra especie, ya fuere en Bizancio o, hoy en día, en nuestra propia era.

Ilustraciones: en primer término óleo de Benjamin Constant, “The Throne Room In Byzantium”. En segundo lugar: Byzantium generals: Nicolas Alonsianos, Johannes Tsimisces, Leon Ballantes, Michael Bourtzes. Drawing from Vinkhuijzen Collection of Military Costume Illustration.

martes, 13 de mayo de 2008

Vlad "El Empalador"

Por lo general, al menos idealmente, la brutalidad es plenamente proporcional a la antigüedad de los tiempos. Muchos dirán que por el imperio de la moral cristiana, otros argumentarán en pro del auge de los derechos fundamentales, mientras que el resto quizás piense en los métodos humanistas en tanto que disuasorios de la brutalidad institucionalizada, la utilización del hombre como un medio, y no como un fin en sí mismo. Del antiguo Próximo Oriente es de donde tenemos más testimonios antiguos. Ello no se debe, precisamente, al hecho de ser la zona donde mayores brutalidades se realizaban. Nada más lejos de la realidad, es del vergel mesopotámico desde donde han surgido los más fiables testimonios, en ciudades-estado como Ur, Kish, Lagash o Uruk, producto de ser estas urbes, cunas primordiales del arte de la escritura.

De entre todas las culturas mesopotámicas destacó Asiria. En verdad, fueron sus tropas las primeras en fundar un imperio de garantías, un organismo soberano capaz de subyugar a una vasta extensión de territorio con vocación de permanencia. Fuera mediante una refinada y compleja estructura política-económica, o por la introducción del hierro en la fabricación de armas para el combate (tecnología que antes utilizaron hititas, y quien sabe si también los urarteos), está, a día de hoy, meridianamente claro que Asiria se alzó con el poder virtud de un pródigo, y brutal, uso de la violencia, no sólo en sede penal, sino también en la guerra, fuere ésta actual o preventiva. Métodos sancionadores locales se exageraron y diversificaron generando toda una maquinaria para el terror, que asustara a los vecinos del exterior con el afán de ser, inmediatamente, subyugados. El más terrorífico de entre todos estos medios seguramente fue la técnica del empalamiento. Desde su origen, presumiblemente en Asiria, el empalamiento se configuraría como la medida coercitiva más temida y efectiva.

Ésta era una muerte singularmente terrible. Primero los ejecutores cortaban una estaca de madera de unos tres metros de largo, bastante delgada en una punta, siendo esta punta finalmente afilada y bien engrasada con manteca de cerdo. El otro extremo era más grueso, para que actuase como una base segura. Las piernas de la víctima eran separadas por unos hombres que tiraban de cuerdas, su ropa cordada, y la estaca martillada dentro del ano con exquisito cuidado y frecuentes pausas para no dañar los órganos internos. La estaca avanzaba a empujones apartando los intestinos, el colon, el estómago, el hígado y los pulmones, hasta que llegaba al hombro, saliendo con la ayuda de un cuchillo a través de la piel de la parte superior de la espalda, a un lado de la columna”. Así describe John Man (“Atila: el rey bárbaro que desafió a Roma”), siguiendo, en cuanto a los detalles, la magnífica obra del Nobel, Ivo Andric (“Un puente sobre el Drina”), la horrible técnica del empalamiento. Sin ánimo de caer en la redundancia, desde antiguo sería una técnica practicada por diversas civilizaciones: Asiria, Persia, Hunos, Turcos y Turcomanos, Otomanos, Mongoles y valacos, entre otros (todo ello sin olvidar la técnica romana de la crucifixión, no diferente en exceso de la aquí mencionada). Fue un gobernante de la Valaquia (sur de Rumania), quien popularizó tan cruel práctica. Vlad Tepes “El Empalador”, más conocido por Conde Drácula.

La leyenda del Conde Drácula alcanzaría la popularidad virtud de la célebre obra de Bram Stroker (sus hechos fueron inmortalizados, anteriormente, por por el juglar alemán Michel Beheim, en su obra poética Von ainem wutrich der hies Trakle waida von der Walachei en 1463), si bien el personaje ya disponía en su biografía, de peripecias algo más que negras. De hecho, a tan funesto personaje se le atribuyen méritos de lo más rocambolescos. Más allá de su afición por el “arte” del empalamiento, Vlad sería recordado por hechos tales como la petición de que se quitaran el turbante en señal de respeto a unos embajadores del poderoso Sultán turco, a cuya negativa respondió el príncipe devolviendo a la Sublime Puerta los mismos, clavados en sus respectivos cráneos.

Sería considerado héroe nacional por Ceauşescu, azote y gran enemigo para los turcos. Vlad es una alegoría a la miseria del hombre, sea considerado éste en singular, o en masa. Los valacos sufrieron en sus carnes el eslizón del tirano, quizás no tanto como el miedo que irradió a sus vecinos. Sean bombas en Irak o Afganistán, caídas de Roma o Constantinoplas, el miedo sigue venciendo a la razón, la prevención de desobediencia es una herramienta cruel y efectiva. Sólo nos faltaría reflexión sobre si existe una solución alternativa, ¿cuál será? ¿por cuánto tiempo?
  • Imágenes: en primer lugar, Vlad III. of Wallachia. Known as Vlad Tepes - The Impaler or Dracula. Portrait. Bamberg, 1491 (British Library). En segundo término: Theodor Aman - Vlad the Impaler and the Turkish Envoys

lunes, 17 de marzo de 2008

Los héroes de Tito

Es muy curioso observar cuán común es tener la posibilidad de ver filmes sobre la biografía de Espartaco durante las festividades de Semana Santa. Junto a la Pasión de Cristo, el Éxodo de Moisés y la multiplicación de los panes y los peces, toda película ambientada en Roma parece ser pertinente durante estos días, para el total regocijo de quienes aman la historia, especialmente la de los romanos. Sin embargo, no deja de ser curiosa la extraña relación existente entre Cristo y el tracio.

Sin lugar a dudas, a juzgar por los testimonios que nos han llegado, ambos tenían claramente una cosa en común: ser hombres del pueblo. Intentando ir más lejos, no sin cierta osadía, me atrevería a afirmar que el anhelo de ambos fue uno mismo, permanecer vivos en lo eterno del recuerdo, en la gloria de sus gestas y ejemplos de sus actos. En ambos casos nos encontramos ante dos sujetos objeto de alegoría. Las biografías de tan extraña pareja son convulsas y ambiguas. Muy genéricamente podría llegar a afirmarse que han sido estandarizados uno por la derecha, otro por la izquierda. Lo sempiterno de la lucha de clases bien podría justificar la similitud entre ambas vidas. Más allá de la nación, el derecho común, la autodeterminación o la libertad de los pueblos, en ambas vidas medra el ansia de sobrevivir, de libertad, de ser soberano sobre una propia vida. Definitivamente, debemos ser sumamente cuidadosos con lo que leemos o miramos. La verdad no es la verdad, aunque lo digan Agamenón y su porquero. Todo son matices, retales que debemos ir recopilando para tejer nuestra propia manta de conocimientos. Textil condenado a ser diferente del de los demás, ejemplo de cuán necesaria es la libertad de expresión, y ante todo, el respeto.

Tanto Cristo como Espartaco tienen su propia silueta dentro de mis creencias. Ambos son núcleos de los que irradian ideas y convicciones, tantos prejuicios como historias. Es imposible conocer inmunemente a ambos sin ser objeto de interesados matices y tendencias. Espartaco es la metáfora del obrero contra el patrón, el patricio y el esclavo. Cristo es la alternativa frente al orden correcto, la resistencia en busca de gloria enfrentada a la gloria en resistencia. Ambos personajes son víctimas de un, difícilmente estructurable, cambio intertemporal; pese a todo, es necesario hacer el intento.

Quizás Espartaco fuera un asesino corrupto y el Mesías un agitador, podrían buscarse indicios. Sin embargo son abanderados de algo menos infame, no por méritos propios meramente, sino, más bien, por la necesidad del hombre de buscar orden entre el Caos, ejemplo en lo relativo. Pese a las libertades que nos acompañan como ciudadanos del siglo XXI, seguimos siendo vulnerables (quién sabe si más) a lo que opina el resto. Es difícil escribir, más aún publicar, contra “natura”, ser crítico sin perderse en el mal de los sentimientos. La política muchas veces nos aparece como medio controlador más que como alternativa con la que poder controlar nuestros sueños. Ante el conflicto de polos (riqueza-pobreza) muchos anteponen la historia de Espartaco a la de Cristo, como pudiera hacerse con César y Constantino, con Teodora y Justiniano. Las comparaciones tienen más de mítines que de biografías contrastables. Leer fuentes alternativas, a la vez que ser crítico con la “caja tonta”, nos permite contrastar ideas y abonar reflexiones.

Me gustaría decir algo, una vez más, sobre la crisis yugoslava. Curioseando el libro: “Yugoslavia y los ejércitos: la legitimidad militar en tiempos de genocidio”, de Xabier Agirre Aranburu (Editorial Catarata), topo con una información curiosísima, una contingencia de la que nunca me habían hablado. Una grave contraposición entre los valores encarnados (o mejor dicho, que se han hecho encarnar) por Cristo y Espartaco fue la Guerra Civil Española, corral por el que pasearon los gallos de mejores espolones, afinando para la tragedia que fuera la 2ª Guerra Mundial. Dentro de las historias, varias y manipuladas, del conflicto me llama la atención una especialmente mencionada en el libro citado. Unos, aproximadamente, 1.500 combatientes yugoslavos formaron parte de las Brigadas Internacionales, sobreviviendo sólo unos 300. La mayoría de sus conciudadanos cayeron en el frente de Aragón, para pasar a ser ignorados.

Las contradicciones de la historia son mayúsculas, tan variadas y variables como los intereses de quienes la dirigen. Seguramente ni un bando ni otro fue bueno, de ello no tengo dudas, pero sí que creo que unos jóvenes extranjeros venidos de fuera en defensa de unos ideales son dignos de admiración, objetos de agradecimiento. Tito les honraría como a héroes, los “luchadores españoles”, de hecho, el Mariscal colaboró en su reclutamiento, en un principio en defensa de un proyecto pro-ruso, que luego pasaría a ser conflictivo con el soviético. Unos fueron a evitar lo que luego sufrirían sus familias. Fracasaron en preparación y resultados. Murieron por unos ideales no remunerados, que les matarían, en la vida y en el olvido.

A mí (joven criado en democracis) no es eso lo que me enseñaron sobre los serbios, ni tampoco sobre los yugoslavos. ¿Y si Ítaca fueran ellos? ¿La diversidad compartiendo Estado? De todas formas, cerrando ya el libro y el artículo, me ha encantado saber de estos jóvenes mártires que no alcanzaron a ser Cristo o Espartaco. Hasta el momento no me han manipulado suficientemente, por ello, ¡quisiera hacer un breve homenaje a los que soñaron con Yugoslavia (no sin cierta utopía) y la unión de hombres libres! No fueron espartacos en fama, quizás lleguen a serlo, algún día, en el recuerdo...

miércoles, 23 de enero de 2008

Resultado de una ficticia encuesta

Siempre me ha preocupado en qué consiste el pasar de la muerte mundana a la inmortalidad de los tiempos venideros. Cómo se consigue formar parte del recuerdo común, sin necesidad de caer en el fatídico precipicio de los lamentos. Conseguir ser inmortal en lo positivo, lejos del lado oscuro de la inmortalidad: de aquel oasis en lo eterno, plagado de genocidios, asesinos y demás culpables variopintos. Gilgamesh fue en su búsqueda, poco encontró por el camino. Hércules alcanzó la inmortalidad cumpliendo doce trabajos, con total mérito pues, a duras penas, el resto de los terrenos somos capaces de cumplir con uno. Marcar tu nombre en un libro, mejor en varios, siempre ha sido una ayuda para el propósito. ¿A quién no le suena lo de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro? Sin embargo, mi avaricia e innata envidia por lo ajeno me hace pensar que aquellos que tienen dedicada una vía, una calle, sea ésta grande o pequeña, tienen pagado el peaje en tan fantástica autopista: llegar a ser célebres en el recuerdo, motivo de comentario al pasar por delante de su placas, preguntándose uno cuáles fueron sus respectivas biografías.

Nunca llueve a gusto de todos, ni mucho menos, todo el mundo está contento con los nombres de las calles por las que transita. Barcelona no deja de ser un ejemplo, seguro que de forma similar a como pueda serlo Zaragoza, Madrid, Los Ángeles o Río de Janeiro. Una encuesta ficticia a pié de aduanas seguro que nos confirmaría las impresiones que en este texto, una vez acabado, espero haber expuesto.

Pongamos que Elder es un turista brasileño, de considerable cultura, que pisa por primera vez la Ciudad Condal, previo paso, obviamente, por el Aeropuerto del Prat. Un millonario ebrio frecuenta la terminal. Su capricho del día es proponer a todo peatón un concurso: intentar que adivinen el nombre de cinco de las calles-plazas más importantes de Barcelona (sirviéndose, para su verificación, de una lista previamente confeccionada). Elder tiene la suerte de ser el primero en cruzarse con tan curiosa criatura. El hombre, en un estado de pseudo-serenidad, le propone el reto al turista. Lejos de la cordura, el benefactor le ofrece mil euros por cada respuesta correcta. El turista, sin acabar de creérselo, habiéndose asegurado antes de la inocencia del personaje, empieza a creerse el suceso.

La primera idea que pasa por la cabeza del Elder es la intentar recordar cuáles debieron de ser los personajes más importantes en la historia de Barcelona. Piensa en diversos nombres. Obviamente, los primeros en aparecerle en mente son Ronaldinho, Rivaldo y Romario, como buen brasileño, sin embargo, se percata de que ninguno de ellos está muerto, y de que la cultura media española se basa en otros criterios más que en los del noble deporte del balompié.

Sigue cavilando. Elder opina que quizás debiera probar con los nombres de aquéllos personajes sobre los que espera conocer algo más una vez deje Barcelona. El primero que se le viene a la cabeza es Picasso. Su circunstancial juez piensa... es de la opinión de no considerar al enclave como uno de los lugares más céntricos: visto lo dicho, le da la mitad de la recompensa. El jugador comprueba la veracidad del asunto, por lo que se ilusiona en sacar mayor tajada de esta experiencia. Sigue con los nombres... cita a Dalí, después de todo junto con Picasso son dos de los mayores atractivos de su viajes. Definitivamente no tiene premio por ello, pues la guía no le muestra ese nombre. Mmm, la cosa se pone más difícil: en dos intentos sólo ha conseguido medio acierto.

Planeando su viaje a España, recuerda haberse leído el Quijote. Barcelona es la única gran ciudad actual a la que Cervantes rinde homenaje; opina que, en pro de la justicia, seguro que deben de existir las calles Cervantes y Quijote. Agua de nuevo, el triste callejón del Gótico dista mucho de ser principal y de la segunda, no se tiene conciencia. Sólo le quedan dos intentos, pues valga decirlo, su benefactor no le permite ningún margen de error: ¡después de todo, uno se estudia la guía turística antes de venir a Barcelona! Enrabietado, no sin cierto aire de pique, decide gastar sus dos últimos intentos con los nombres. Josep Pla y Monturiol (además de la literatura, le gusta la ingeniera a nuestro sujeto). “¡Plas, Plas!” –el alegre millonario se ríe de su víctima- ¿Cómo es posible buen hombre? ¿Acaso en Sao Paulo no dedican las calles a personajes más célebres?

Elder se enfada, el pobre hombre se ha quedado sin premio ni estima. ¡Qué culpa tiene él de haberse topado con tamaño sujeto, qué culpa tiene de él de creer antes en Cervantes, Pla o Dalí, que en Macià, Pau Claris, Aribau, Companys y Casanova!

Un experimento semejante con un anciano incluye en la lista de menciones a Calvo Sotelo e Infanta Carlota, otro, más joven, gana dos mil euros al recordar los nombres de Cataluña y España (por lo demás obvia la cosa). Un forofo de Gràcia pierde al invocar a Europa, un jurista concienzudo tampoco evita errar al citar los nombres de Càncer y Roca Sastre. No tiene igual suerte un capellán, pues éste cae en Balmes y en aquél dicho del Quijote: “Sancho, con la Iglesia hemos topado”. Definitivamente, aunque se trate de una encuesta, recuérdenlo, ficticia, me atrevo a gritar a los cuatro vientos: ¡misión cumplida!

Experimento ficticiamente probado. No intente ser un gorila blanco, un pintor internacional o un benefactor social, escritor apolítico o filántropo; si quiere usted ser inmortal, poniendo su nombre a alguna calle, no lo dude: ¡hágase político!

martes, 27 de noviembre de 2007

El poder de los sueños

Los sueños son ante todo un motor. Es difícil explicar cómo todos los humanos hemos tenido siempre esa lacra, ese talón de Aquiles por el que los dirigentes son capaces de convencer al débil con promesas de esplendorosos futuros, imperios inimaginables y distribución de riquezas (sin saberse bien su procedencia) entre las facies de los más variopintos siervos, seres sujetos a su autoridad e imperium. Leo “La Frontera” de Javier Arce, y no se me hace difícil imaginarme el ánimo de los habitantes de Antioquia ante la visita del césar Juliano, más conocido como el Apóstata. La acuñación de monedas con el dibujo de un toro con dos estrellas entre sus cuernos, dijeron algunos cristianos del momento que se trataba de una representación del becerro de oro, enardeció a las gentes contra el basileo, quizás por razones religiosas, o simplemente, por no haberse sabido mover el emperador entre las aguas de la psique compartida del populacho.

Antioquia solo recibía sombra, por aquel entonces, de la propia Constantinopla, siendo una de las mayores urbes en aquel mundo, por delante de otras como Cartago, Alejandría o la propia Babilonia. Oriente era Estados Unidos, ciudades grandes y poderosas que se repartían la fortuna del Imperio y sus sueños como miembros del Destino grupal del pueblo del basileo. Las celebraciones por sus calles, ahora cristianas, no dejaban de ser manifestación de una necesaria cosmovisión que incluyera a todos como partícipes de un proyecto colectivo; gritos y alborotos para combatir la ansiedad de ser individuos de una existencia vacía.

Varios siglos después uno piensa en cómo era posible que los habitantes de una ciudad, acaso invencible, pudieran creer que el Futuro los contemplara como monarcas, que no pudieran entrever que la gran urbe de Oriente desaparecería de la historia, comida por guerras y sequías, hordas de bárbaros y enemigos cuasi-sobrenaturales. El imperio sasánida compartía un sueño con diferentes ingredientes, la pertenencia a una misma especie animal les hacia ver a Roma como frontera para sus sueños, de la misma forma que ellos lo eran para los romanos. Los hombres llegan, por necesidad, a creerse los sueños que les proponen los dirigentes. Creen en ese paradigma y desideratum, encontrando su logos en un mundo necesariamente caótica.

Antioquia, Cartago, Seleucia, Tarso, Ctesifonte, Nínive o Babilonia, nombres de ciudades que sucumbieron al olvido, junto con sus habitantes y gobernantes. El agujero negro que todo lo engulle existe, es difícil ignorarle. Llámesele Caos, entropía o destino de lo terreno, el sueño es un mecanismo de defensa. Combustible biológico con el que luchar contra la niebla que nos puebla el camino.

No es de extrañar que existan civilizaciones, como la islámica, que no separen la religión y el derecho. Después de todo puede llegarse a justificar, ver cómo todo son pautas mediante las que defender un paradigma, un modelo de sociedad. Y es que la religión, el derecho y la política, lejos de separarse, encuentran su cauce en la esta enfermedad somnolienta. La conciencia última respecto al Mundo no hace nada más que decirnos cuán insignificante es nuestro papel, desde una perspectiva temporal-comparativa, como individuos, y a tenor de los últimos descubrimientos científicos, de nuestra propia especie. Quizás llegue el momento en que comprenda que solo sé que no sé nada, Sócrates quizás pudo ser un gran astrofísico, o al menos soñar eso y no pensar que habrá un tiempo en que a él, su civilización y su ciudad, lo consumirá la Nada...

Imágenes: primera, el Emperador Juliano "El Apóstata"; segunda, restos de la ciudad de Ctesifonte: capital de partos y sasánidas.