sábado, 5 de marzo de 2011
Extraterrestres bien parecidos
domingo, 7 de junio de 2009
Los herejes de la Razón
¿Qué sucedería si las farolas no fueran planas, Si todos los huevos no tuvieran una misma “proporción” en cuanto a su forma? ¿Qué pasaría si las ruedas no fueran perfectamente redondas, y las baldosas tampoco rectas? ¿Qué sucedería si nos diéramos cuenta de que todo esto es así, y no de otra manera? Propongo seguir “soltando” delicadezas, y es que... ¿qué sucedería si Pit
ágoras hiciera más por la Iglesia Católica que San Agustín de Hipona? ¿Y si las matemáticas fueran una ficción, producto de la convención científica, realidad irreal, mal reflejo de la Naturaleza? Según nuestro actual estado de la ciencia, no sería extraño poder hablar de que nos encontramos, al fin, ante el inicio de un nuevo paradigma científico, una "nueva era".
“La ciencia es en esencia un esfuerzo del hombre para ayudarse a sí mismo. Homero, en la Ilíada, emancipó al hombre de la tiranía de los dioses, a los que había temido desde los orígenes de la especie, enseñándole a considerarse a considerarse a sí mismo como creador, hasta cierto punto, de su propio futuro. Durante unos cuantos siglos, el hombre avanzó con cierta confianza a lo largo del camino del saber, dándose cuenta del poder que da. Pero cuando el péndulo inició su retroceso, cuando el hombre empezó otra vez a inclinarse delante de los ídolos que él mismo había construido, cuando no tanto las imágenes que había esculpido sino los libros que había escrito llegaron a considerarse como divinos, el humanismo tocó a su fin y la ciencia también”. Estas geniales líneas, escritas por el no menos notable Benjamin Farrington, en su “Ciencia y filosofía en la Antigüedad” (Sant Joan D´Espí, Ed. Ariel, 1980), son una muy profunda reflexión sobre un hecho, por lo demás, evidente.
El hombre tiene en su cerebro un mecanismo de defensa que le prohíbe concebir el infinito. Todo individuo necesita creer, tener incentivos, luchar por unos ideales, aunque se sepa que jamás podrán llevarse a término. Sin embargo, aún llegándose a defender la teoría del “homo religiosus” (por lo demás discutible), es bien cierto que no sólo es recomendable, sino necesario, ser conscientes de la existencia de dos “dimensiones”: la mística y la física, lo irreal y lo real. Por necesidad la Ciencia es, o pretender ser, “realidad”, para lo otro ¡ya está, entre otras disciplinas, la más bella lírica! En efecto, es una carencia global el que aún no sean accesibles para el gran público, ni aún orientativamente, los principios fundamentales de la teoría del Caos, la física cuántica, y cómo no, la teoría evolutiva.Todo ello, empíricamente contrastado, genera un mundo diferente al
contenido en los “Elementos” de Euclides, y del cual, en no poca medida, aún somos esclavos…
La culpa la tiene Pitágoras, el “gran matemático” que acabó por la concepción que creía indisociables: números – técnica. Los pitagóricos consiguieron transformar a las matemáticas de un “arte práctico” a un “arte liberal”, en no poca medida arcano y “filosófico”. Pitágoras negaba la realidad del mundo sensible, manteniendo que la única realidad era la unidad estática (lo “transcendente” que diría la teología católica) de un universo a semejanza de Dios. Al respecto, de las ideas de Farrington, por lo general geniales, se me desprende la siguiente reflexión.
Es un postulado unánimemente aceptado que los pilares de Occidente son: el Derecho romano, la filosofía griega y la religión hebrea. Dejando a un margen la jurisprudencia de los romanos (no sólo por razón de oficio), podría afirmarse que tanto la filosofía griega (en parte) como la religión judía “han perjudicado” al avance de la Ciencia, durante largos siglos. Pitágoras puso los cimientos que Euclides consolidó en su obra, sirviendo todo ello de base a una concepción ideal que conoció su máximo explendor con Platón y su recepción por parte del Cristianismo. El mundo de los griegos pudo “acabar” con el clima de progreso, próspero y fecundo, que se había iniciado con los habitantes de la antigua Mesopotamia y Egipto.
Ilustraciones:
1) "Pythagoreans celebrate sunrise" de Fyodor Bronnikov, (1827—1902)2) Assyria - Portal Guardian from Nimroud. British Museum
jueves, 19 de febrero de 2009
Serpientes de cascabel, reflexiones ante la Crisis
El hombre tiene una gran lacra como especie. Siendo "inteligente" es el único ser que puede ver lo aparentemente inmutable del presente, sin poder centrarse en lo eternamente cambiante de lo evolutivo. Cualquier fiera vivirá aprovechándose de sus adaptaciones naturales, de las innovaciones (o mutaciones) que le ha brindado la Selección natural, con el afán de adaptarle mejor a su ecosistema; no tendrá mayor visión sobre el tiempo que aquélla que le faciliten sus genes. El hombre es algo más, cultura e incultura unidas en un binomio mortal, e inseparable. No podemos soñar con cambios si nuestra consciente existencia es pasajera. Desde los de CroMagnon hasta las hordas de marines norteamericanas, no tanto ha cambiado. ¡Monos armados, con veneno fatal y cascabeles en forma de políticas y viles propagandas!
, esta roca ígnea (volcánica) está asociada al olivino y se halla en cantidad tanto en las arenas de Arabia como en las costas de la antigua Yugoslavia. El principal problema, o al menos uno de ellos, será conseguir “inyectar” grandes cantidades de dióxido de carbono en el manto terrestre, lugar donde se encuentra, mayormente, el preciado maná “anticontaminante”. jueves, 24 de abril de 2008
Iglesia v.s. física cuántica
ra jerarquía de citas, el Papa bien pueda ocupar una de las posiciones más, al menos socialmente, predominantes. Cuanto menos, el testimonio del Papa Benedicto en su obra: «Fede, verità, tolleranza - Il cristianesimo e le religioni del mondo» nos resulta de gran utilidad para resumir la percepción “existencial” que hasta nuestros días se nos ha enseñado de éste, nuestro mundo. Dios es Orden, la Verdad, la culminación final de todo camino vital: llegar a encontrarse con el platónico cielo de las ideas de Platón, llámese, equivalentemente, Cielo cristiano.
Sin ostentar militancia religiosa, acaso tampoco política, podemos llegar a reconocer que estamos totalmente influidos por la mayor parte de los postulados de la ciencia occidental histórica, resumidos y esgrimidos, desde ya hace siglos, por la teología cristiana. No serán pocos quienes se frustraran cuando nuestro imaginario profesor diga que hemos sido ciegos hasta el momento. Rápidamente, despojándose de toda pretensión mesiánica, el maestro nos aclara su falta de propósitos adoctrinadores, mucho menos religiosos. Sigue la explicación. Será ínfima la proporción de alumnos que haya pensado alguno vez en la irregularidad de la farola, lo malamente esférico de la naranja o la falsa rectitud del lápiz. Asombrosamente, algo tan “a priori” perfectamente geométrico no deja de ser una abstracción que realiza nuestro cerebro, consecuente con lo percibido por nuestros sentidos, al no poder contemplar o analizar los infinitésimos átomos, y quarks, que componen nuestro mundo.
Un matemático de la talla de Gödel afirmó que ningún sistema formal, por bien construido que esté, puede ser perfecto, en el sentido de reproducir toda proposición verdadera bajo la forma de teorema. Tal y como puntualiza Hofstadter (en su inexcusable libro: “Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle”), “el hecho de que la verdad trascienda a la teoremidad, en cualquier sistema formal dado, es conocido como “incompletitud” de tal sistema”. La lógica pierde buena parte de su sentido con lo dicho, recogiéndose puros cartuchos de explosivo con los que erosionar los fundamentos de nuestra ciencia “enseñada”, que no en todo moderna.
Newton erró, al igual que tantos antes. El paradigma científico actual nos muestra cómo las leyes elementales de la física o la geometría de Euclides están sucumbiendo a nuevas teorías de mayor, y más necesitado, alcance. El miedo encarnado por el jefe de la Iglesia católica encuentra correlato en la amenaza de que se erija una nueva “gran teoría” que explique fenómenos tanto de las ciencias sociales como de la Naturaleza, del medio ambiente al hombre, pasando por toda empírica existencia.
Plenamente relacionado con ello está una de las grandes contribuciones al pensamiento humano de los últimos tiempos, la física cuántica. Teorías, para nada cercanas al gran público (salvo contados libros como el de Hofstadter o los varios, y a cuál más útil, de John Gribbin), se están aproximando a un gran cambio predestinado a trastornar nuestra concepción global del pensamiento, y por definición de todas las ciencias. Conceptos como Azar (la tan temida diosa Fortuna), incertidumbre, entropía,
termodinámica, y sobre todo, la teoría de campos, son algunas de las nuevas lecciones que, lejos de quedar en lecciones imaginarias como la de hoy, pronto monopolizarán las aulas de los centros impregnados en el progreso (al menos en actualidad) inherente al conocimiento científico.
El relativismo no es nada más que la vida empírica del infinito. Como diría Niels Bohr: “es incorrecto pensar que la teoría de la física es descubrir cómo es la naturaleza. La física se preocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza”. Uno de los grandes divulgadores de nuestro tiempo, Isaac Asimov, destacó la necesidad de diferenciar lo “desconocido” de lo “incognoscible”, es decir, aquello a lo que no ha alcanzado la Ciencia atribuir explicación frente a aquello otro para lo cual jamás estará facultada para atribuírselo. Heinserberg nos propone un pensamiento genial para la reflexión: “es imposible determinar simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula”, formulación científica de la que extraería su “principio de incertidumbre”, virtud del cual: todas las formas de materia son indeterminadas por su propio carácter, no por problemas de medición.
El objetivismo hecho pedazos, relativismo con el que destrozar nuestra ciencia clásica, a Descartes, a los lógicos y demás matemáticos idealistas, todo ellos, literalmente, tirados a la basura por la teoría del Caos y la incertidumbre. Pese a todo, todo ello nos ayuda a crear, dentro del más imperfecto desorden, los incentivos que nos motivan para el conocimiento. - En primer término, fractal con cierta forma de "Buda": http://commons.wikimedia.org/. En segundo lugar, montaje de Saturno con sus lunas: Montage of Saturn and several of its satellites, Dione, Tethys, Mimas, Enceladus, Rhea, and Titan. From site of NASA
domingo, 16 de septiembre de 2007
Lo sentimental del Tiempo

Then God created Newton/and objects at rest tended to remain at rest/and objects in motion tended to remain in motion/and energy was conserved, and momentum was conserved,/and matter was conserved/and God saw that it was conservative.
The God created Einstein/and everything was relative/and fast things became short/and straight things became curved/and the universe was filled with inertial frames/and God saw that it was relatively general/but some of it was especially relative./Then God created Bohr/and there was the principle/and the principle was quantum/and all things were quantified/but some things were still relative/and God saw that it was confusing.
The God was going to create Ferguson/and Ferguson would have unified/and he would have fielded a theory/and all would have been one./But it was the seventh day/and God rested/and objects at rest tend to remain at rest.”
“Ferguson and the Grand Unified Theory” de Tim Joseph
Einstein está considerado como uno de los mayores genios de la Humanidad. Su teoría de la relatividad revolucionó nuestra cosmovisión del Mundo, “lo rápido se hizo corto” y “el Universo se llenó de sistemas de referencia inerciales”. El poema de Tim Joseph hallado en la, por otra parte maravillosa, obra de Detlev Ganten: Vida, Naturaleza y Ciencia (todo lo que hay que saber) de la Editorial Taurus, es un resumen, ejemplar, tanto en lo estético como en lo enunciativo, del pensamiento de los mayores genios respecto al espacio y el tiempo. Las grandes religiones monoteístas de la Actualidad, se han empeñado en diferenciar lo Eterno de lo Temporal. Así, tal y como recoge Coomaraswamy en su ya clásico “El tiempo y la eternidad” (Ed. Kairós) “en arjei, in prinicipio, no implica un “comienzo en el tiempo” sino un origen en el primer principio; y de esto se sigue la deducción lógica de que Dios lo eterno está creando ahora, lo mismo que siempre”.
Una ayuda de Fabber, a quién se lo agradezco muy especialmente, me informaba de la genial frase de Lovecraf que afirmaba que “nuestro mundo es una isla de orden en medio de un océano de entropía”. Algo así es lo que se nos viene a la cabeza cuando hablamos del concepto de Tiempo. Tal reflexión no me vino por aburrimiento, más bien por todo lo contrario, al constatar cómo existen momentos que pasan cortos, sin percibirse el tiempo, mientras que otros se hacen eternos en cuanto a irremediablemente largos y severos. Una cita con tu pareja siempre se hace más brece que un tedioso examen de matemáticas, la física se caracteriza por tener ejemplos tópicos y cotidianos, quienes se refereren a ella por no comprenderla del todo y la materia en sí misma a escabullirse de cualquier encasillado con el sino de hacer sufrir a nuestros cerebros.

Dudo que los animales, y mucho menos las plantas, sean conscientes de lo temporal. El cambio climático nos lo demuestra al mostrarnos plantas que florecen en invierno, al hacer temperaturas primaverales, o constatar cómo animales como el oso no hibernan o las cigüeñas dejan de volar al Ecuador por estar cómodas en las antaño gélidas cumbres de los campanarios. Se me ocurre que la “percepción temporal” de la que disponen estos seres no es más que un cúmulo de sensaciones entre las que se encuentran el frío, el calor, el hambre o la alarma. El ser humano, en tanto que animal, no es en exceso diferente. El tiempo es una magnitud “metafísica” por antonomasia. Nadie lo ha visto pero todo el mundo lo vigila. El Tiempo es oro dicen, pero lo es, quizás, más su contenido. El tiempo son emociones y sentimientos. El componente sentimental-emocional lo distorsiona haciéndolo poco empírico para nuestros sentidos. Quizás el amor no sea más que una fuerza de la entropía, relatividad en estado puro, comportamiento caótico sin razón absoluta que sólo entiende de lo inescrutable y no de lo contrastable o predecible. El Tiempo nos “determiniza”, nos sirve de pauta y falsa referencia. El envejecimiento parece apoyarse en él, cuando en Realidad el Tiempo es más Estadística que números enteros. Que el tiempo nos conduce a la Muerte es una idea devota de no haber conocido ningún inmortal, de la misma forma que el sospechar de una muerte inminente, menos en jóvenes que en viejos, no deja de ser pura estadística que no nos asegura frente al acaecimiento de un accidente de tráfico, un cáncer o un infarto para el lozano en existencia. El Tiempo no es soberano, y a caso tampoco relevante, el Tiempo son sensaciones de lo eternamente caótico de nuestro Mundo. Lo que trasciende de nuestras vidas es en qué se materializa su uso y no en su paso.













