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jueves, 27 de octubre de 2011

La muerte de Gadafi: ¿tiranicidio o barbarie?


El pasado jueves veinte de octubre de dos mil once pasará a la hemeroteca como fecha histórica. Gadafi, o lo que es lo mismo, el tirano más singular y déspota en tiempos recientes, cayó asesinado en su ciudad natal de Sirte. La muerte del tirano, como cualquier acontecimiento de importancia, no se le escapa al omnisciente prisma del Derecho, y plantea algunas cuestiones, que lejos de ser solucionadas en este breve artículo, no podemos dejar de plantear.

Un tirano es aquél que «sustrae la propiedad de los particulares y la saquea, impelido por vicios tan impropios de un rey como la lujuria, la avaricia, la crueldad y el fraude... los tiranos intentan perjudicar y arruinar a todo el mundo, pero dirigen sus ataques en especial contra los hombres ricos y justos que viven en su reino, consideran el bien más sospechoso que el mal, y temen como a nada precisamente esas mismas virtudes de las que carecen... los tiranos expulsan del reino a los mejores con la excusa de que ha de rebajarse a quienquiera que destaque sobre el resto... dejan exhausto al pueblo para que no pueda reunirse, exigiendo casi a diario nuevos tributos, promoviendo disputas entre los ciudadanos y empalmando el fin de una guerra con el comienzo de otra. De situaciones así surgieron las pirámides de Egipto... el tirano no puede menos de temer que aquellos a quienes esclaviza puedan intentar derrocarlo... por eso prohíbe que los ciudadanos se reúnan o formen asambleas o discutan en común los asuntos del reino, arrebatándoles con métodos propios de policía secreta la ocasión misma de hablar o escuchar con libertad, impidiendo incluso que puedan expresar sus quejas libremente...».

Obviamente, bien se habrá percatado el lector, estas palabras no son propias sino de un ilustre clásico español, Juan de Mariana. Las palabras del inmortal jesuita nos confirman, por si acaso alguien pudiera tener duda alguna, que Gadafi era un tirano. Virtud de las tesis del autor, creador de la doctrina del “tiranicidio”, Gadafi bien pudo acabar sus días de la forma más conforme al Derecho Natural. Sin embargo, y no sólo por haber pasados largos siglos desde esta afirmación, la opinión aquí defendida no puede sostener a ultranza la consecuencia “lógica” de una interpretación “mariánica” de estos hechos.

Más allá del prisma de quien analiza los hechos, debemos observar quiénes realizaron estos hechos. Los verdugos del dictador no le hicieron saber que iba a pagar sus crímenes con una ejecución sumaria. Los asesinos del sátrapa invocaban a Alá, mostrando cómo el islamismo, lejos de haber sido motivo por el que Occidente ha ayudado al derribo del general, es una de las opciones, que en puros términos democráticos, parece estar abriéndose puertas.

La doctrina de Mariana, tan presente en el subconsciente de la psique occidental común, no es aplicable al caso. Los presupuestos que impregnaron al jesuita, más allá de Aristóteles o los Evangelios, no han sido invocados mentalmente por los verdugos de Gadafi, no pensando en ningún momento en términos de justicia, sino de venganza. La “cruzada por una democracia global” que tanto mencionó el Presidente Bush vuelve a caer en el ridículo, tal y como ya lo hiciera con Sadam o Bin Laden. Los crímenes de la Alemania Nazi, si bien no en plenitud, bien pueden servirnos de ejemplo de cómo hasta el más villano debe ser objeto de juicio (véanse los “Procesos de Nurémberg”). La norma justificadora es premisa inexcusable para todo sistema organizado en torno a unas leyes y un Estado de Derecho.

Para un mundo globalizado, nominalmente construido en torno a unos derechos y libertades irrenunciables, hubiera sido necesario el juicio de los tres villanos. Más allá del morbo, en buena parte periodístico, de oír a Gadafi dando la lista de todos los beneficiarios de sus interesadas dádivas, hubiera sido todo un ejemplo para la ciudadanía, una muestra de cómo los jueces son siempre pieza clave en el engranaje, no prescindible. La lucha nominalmente a favor de los derechos humanos y de la justicia se está convirtiendo en una gran parodia respecto a los objetivos inicialmente perseguidos.

El asesinato inmisericorde del sanguinario líder derrocado es una flecha afilada que ataca frontalmente a una eventual, y necesaria, pedagogía del Estado de Derecho. No deja de ser una muestra de cómo los países ocupantes de Libia no están interesados por crear un Estado fuerte, socio privilegiado y próspero que sepa aprovechar justamente sus recursos. La pedagogía indispensable para ejercer la democracia falta, y tampoco va a ser fomentada. Es mucho más fácil negociar con cuatro jefes tribales analfabetos que con un loco tirano, aunque débil y manejable.

Tremendamente gráfico es enterarse de cuánto se parecieron los ejecutores de Gadafi a los bonobos (o chimpancés pigmeos)... sodomizaron al líder derrocado antes de ser ejecutado. ¿Furia incontrolada o “derecho al tiranicidio”? Soluciones así, aun con Hitler o con el Diablo, no dejan lugar a dudas del porcentaje de material genético que compartimos con nuestros primos primates... aunque, tampoco esto, sea visto así por el islamismo.

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Teoria/practica/tiranicidio/elpepisoc/20111028elpepisoc_1/Tes horas después de publicar mi post... sacan esto en ElPais, muy concorde con las tesis de este artículo.

Imagen: "El Día del Juicio Final", Musées royaux des Beaux-Arts de Belgique
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domingo, 2 de noviembre de 2008

Argelia y el peligro del islamismo

“El rasgo más singular de la política exterior soviética es, por supuesto, la ideología comunista, que transforma a las relaciones entre estados en conflictos entre filosofías. Es una doctrina de la historia y también una fuerza motivante. Desde Lenin a Stalin, Khrushchev, Brezhnev y quienquiera que le suceda, los líderes soviéticos han estado parcialmente motivados por una autoproclamada perspicacia para interpretar las fuerzas de la historia, y por la convicción de que la causa de ellos es la causa de la inevitabilidad histórica. Su ideología enseña que la lucha de clases y el determinismo económico hacen inevitable el alzamiento revolucionario. El conflicto entre las fuerzas de la revolución y la contravolución es irreconciliable. Para las democracias industriales, la paz aparece como una condición naturalmente alcanzable; es la composición de las diferencias, la ausencia de lucha. Para los líderes soviéticos, por el contrario, la lucha no termina con la transacción sino con la victoria de un bando. La paz permanente, según la teoría comunista, solamente puede lograrse aboliendo la lucha de clases, y la lucha de clases sólo puede terminar con la victoria comunista”.
Henry Kissinger, “Mis memorias”.
A priori, Kissinger es un personaje que podría causar recelos, cuanto menos en lo que a mí respecta. Halcón del neoconservadurismo de los EEUU (sigue siendo uno de los más relevantes en la actual administración Bush, por no decir “el más”), responsable de la conspiración contra Allende…, Kissinger es una personalidad de la máxima importancia, quizá, a mi ver, una de las cinco personas más importantes del pasado siglo XX. De lo que no hay duda es de su perspicaz, y raramente superable, inteligencia. Leo las frases arriba transcritas y no acabo de poder diferenciar la situación que motivó la redacción de estas palabras (la “Guerra Fría” en los años 70) con la situación que ahora bien las podría motivar. Me gustaría quedarme, muy especialmente, con la idea de que el comunismo es una “es una doctrina de la historia y también una fuerza motivante”, ¿qué pasaría si cambiáramos a la hoz y el martillo por la media luna islámica?
Como es bien sabido, Islam significa “sumisión”. Desde esta óptica, la yihad de los fundamentalistas islámicos bien puede verse a la luz del texto de Kissinger. Con ellos no puede haber transacción, sino sólo la derrota de un bando. Tal y como acaece en muy raras ocasiones, la lectura de este monumental, e indispensable, obra se me juntó con el análisis de un estudio, no menos interesante. Se trata de “El Sahara: vínculos sociales y retos geoestratégicos”, de Mohamed Cherkaoui (Director de investigación del Centro Nacional de Investigaciones Científicas francés, CNRS), (Bardwell Press-Siglo XXI, 2008). Gracias a la lectura de esta obra he podido saber de la situación “geopolítica” de uno de los países que siempre más me han incomodado: Argelia.
Si tuviera que elegir uno de los países que mayor pavor me genera, sería éste. Su vasta extensión (en su mayor parte desértica) junto con una casta militar que monopoliza el poder, en un país “rico”, virtud de los hidrocarburos y demás recursos en su haber, me hacen ver el país con suma desconfianza. Cherkaoui habla de una “unificación de la unidad nacional argelina” dentro de un contexto de “conflicto (incompatibilidad) con el resto de sociedades”, véase, un nuevo y “sui generis” imperialismo. Sin querer pensar al son de las trompetas de los EEUU, o al menos intentando ser un tanto independiente en mi pensamiento, debe decirse que el “islam”, no en todo, pero sí en su variante más integrista y genuinamente “purificadora” es un enemigo de primer nivel.
En Oriente Medio cada día se constata, con mayor intensidad, el auge de Irán en países como Siria, Líbano o Palestina, ¡qué decir en Iraq, pese a los intentos fallidos de dominación por parte de EEUU! Como países “contenedores” siguen estando Pakistán, Marruecos y Egipto, a la vez que el eterno enemigo iraní: Turquía.
Que hay una necesidad global de establecer un “derecho democrático cosmopolita”, institucionalizado en organismos representativos de verdadera soberanía (véase una nueva, y en cierto modo imperial, Organización de Naciones Unidas) es evidente. Sin embargo, asimilando a este contexto las palabras de otro genio: no se hará de golpe, sino sumando pequeños pasos. Por el momento debe vigilarse a países infernales como Argelia. Intentar que no forme alianzas potencialmente fatales con el eje iraní. Debe acabarse de integrar a Turquía y utilizar su “autoridad geopolítica” para sembrar el orden, junto a su “rival” Egipto.
El enemigo, para el caso de Europa, está dentro, pero también cerca de nuestras fronteras. ¿Cómo imponer el derecho democrático global cosmopolita? ¿Es conveniente hacerlo en gentes con cultura limitada, impregnada de los valores violentos del islamismo radical?. Quizá sea el momento de recordar el modelo turco, y ver los pros y contras de la figura de Atatürk y el kemalismo.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Los elefantes de Aníbal

Un animal en peligro de extinción es, ante todo, una responsabilidad nuestra, en exclusiva, de preservar algo más que un patrimonio. Más que un mero cúmulo de genes, fibras y biomasa, una especie es un valor siempre al alza, fuere animal, hongo o vegetal, más aún cuando la fiera se hace fantasía y sus manadas pintan bellos frescos en el mundo de los sueños. El valor de una especie trasciende lo estrictamente genético, así nos lo demuestra la gran tradición, no sólo europea, de crear bestiarios en cuanto a la descripción de los seres de la Naturaleza en base a mitos y leyendas. Dicho esto, poca duda cabe que la Historia Natural siempre se narra desde un punto de vista, inevitablemente, el nuestro.

Dentro de su monumental obra, “El Criterio”, Jaime Balmes afirmó que: “En el retrato que se nos hace del carácter cartaginés, en el señalamiento de las causas que provocaron los rompimientos, en la narración de las batallas, de las negaciones y otros puntos semejantes, ¿sería posible que hubiésemos sido engañados? Los historiadores romanos, de quienes hemos recibido la mayor parte de las noticias, ¿no habrán mezclado mucho de favorable a su nación y de contrario a la rival? Aquí entra la duda, aquí entra ora el deshechar sin reparo, ora el suspender con mucha frecuencia el juicio”.

Y qué decir de nosotros mismos en tanto que especie. Siempre nos vemos en el centro del huracán, nosotros somos responsables únicos del Cambio Climático, de la extinción del oso polar, de la del mamut, y sólo faltaría decir que el Amazonas desaparece por culpa de los brasileños y que el desierto avanza por acción de las escondidas armas bacteriológicas… Anibal no utilizó grandes paquidermos de la sabana africana para su invasión a Roma (quien resistiera gloriosamente...), se limitó a usar la especie, actualmente extinta, que habitaba la región del Magreb, especie norteafricana de elefante menor a sus actuales congéneres, tanto de Asia como de África.

El caso es que el elefante, y mucho más el rinoceronte, son animales que tuvieron en el Pasado mayor importancia que en el presente. Mamuts lanudos, emperadores, de Columbia, mastodontes, deinodontes y todo un largo etcétera, son ejemplos de la decadencia y/o extinción de especies respecto a las que el ser humano no ha tenido implicación alguna. ¡Qué decir de los rinocerontes! Durante el Oligoceno, rinocerontes de seis metros de alto, por ocho de largo, poblaron las estepas de Mongolia convirtiéndose en los mayores mamíferos terrestres de la Historia. Y es que durante todo el Terciario (época que empieza con la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años) llegarían a aparecer rinocerontes del tamaño de un cabrito, pasando por veloces rinocerontes semejantes a caballos, gigantes unicornios y demás especímenes válidos para el más fantasioso de los bestiarios. En fin, el declive de ambas especies se debe a más a otros factores que el estrictamente humano. ¿Quién nos asegura no ser el meteorito asesino de turno? Nuestra visión de la Historia, sea ésta Natural o simplemente Humana, está siempre, inexcusablemente, condicionada por el cerebro de quien la narra. Existe explicación neurológica al respecto.

Antonio Damasio (en su, más que recomendable, obra: “El error de Descartes”) afirma que la verdad absoluta no existe en Ciencia, nada nuevo al respecto, sin embargo, la clave de la explicación es constatar cómo “Si nuestros organismos estuvieran diseñados de manera distinta, las construcciones que hacemos del mundo que nos rodea también serían diferentes. No sabemos, y es improbable que lo lleguemos a saber nunca, a qué se parece la realidad absoluta”, es decir, la visión depende del ojo, diferente ojo diferente visión.

Entonces todo podría llegar a reducirse a un sueño, o cuanto menos, a un pensamiento humano. Alguno quizás llegara a afirmar que así se entra en contacto con la divinidad, otros que ese el misterio del Caos y de nuestro propio Mundo. La visión siempre dependerá de quien la haga, pues es mero estímulo nervioso de nuestros sentidos posteriormente transmitido a nuestros cerebros. Si no sabemos la verdad absoluta, ni podemos llegar a ella por definición, ¿qué sentido tiene entonces hablar de historia compartida?