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jueves, 9 de septiembre de 2010

¡Bienvenido Don Pepito!

Cada cual tiene unos sueños para su país. Algunos anhelan la plena legalización de las drogas, el establecimiento del mayor parque de atracciones mundial o el nudismo obligatorio, otros sueñan con un país dirigido sólo por las mujeres, mientras que hay quien opina que su Estado sería mejor si fuera una potencia nuclear. Uno de mis mayores sueños, bien sabido por quienes me conocen, es que España algún día se convierta en una superpotencia en lo que a dinosaurios se refiere, y según parece, va camino de ello.
Con el hermetismo que caracteriza a todo lo universitario, tras siete años, ha sido presentado a los medios el Concavenator Corcovatus, el terrorífico superdepredador de la Hispania mesozoica. Con sus 6 metros de largo, “Pepito”, pues así es conocido coloquialmente, es un miembro de la familia de los carnosaurios, concretamente, de la de los carcharodontosáuridos (o dinosaurios con dientes de tiburón).
Lo más característico de este curioso espécimen es su joroba. Sin llegar a ser una vela dorsal, como en el caso de Spinosaurus o del pelicosaurio (que no dinosaurio) Dimetrodon, la joroba del Concavenator es un gran misterio. Existen quienes opinan que bien pudiera haber servido como termorregulador (de forma análoga a como lo hicieran las velas, parece ser, de los anteriores reptiles citados, o las orejas del elefante africano), si bien hay también quienes ven en ella un almacén de grasa (como los camellos y dromedarios) o, incluso, un signo distintivo. Junto a esta joroba destaca el descubrimiento de una serie de bultos en la úlna (cúbito, gracias a la aclaración hecha por Jorge W. Moreno-Bernal) que sirven de inserción a las plumas de mayor tamaño) en los antebrazos del animal (tal y como se ha descubierto en reptiles estrictamente más avianos, como el Velociraptor).
El descubrimiento se ha realizado en Las Hoyas (Cuenca), lugar donde también se encontraron los restos del Iberomesornis y del Pelecanimimus (el único ornitomimosaurio (dinosaurio avestruz) hallado en Europa). Como no podía ser de otra forma en España, la presentación de “Pepito” ha coincidido con el anuncio de una gran inversión para la construcción de un centro de investigación de los dinosaurios en Cuenca (existiendo ya una institución “equivalente” en Teruel, Dinópolis, y a pocos meses de unas elecciones...). Si algo ha cambiado es que el fósil (el más completo de un dinosaurio encontrado en España) se podrá visitar, según parece, en el Museo de Ciencias Naturales de Cuenca.
Veamos en qué queda el compromiso de la Administración con el nuevo centro, y si podremos ver el fósil junto a otros en un museo atractivo. Por el momento hay muchas especulaciones, pero, al menos, “Pepito” ha alegrado el día a muchos, que en estos tiempos ya se necesitaba...
* Ilustración: "Dinosaurs, the end", ilustración de Ivan Salio. Concavenator estaba emparentado con el Carcharodontosaurus, especie representado en la imagen.

lunes, 6 de abril de 2009

Oda al hadrosaurio, el último dinosaurio...

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
Augusto Monterroso
En todo lo científico, y por ende, empírico, existen factores que distorsionan el cómo recibimos aquello que nuestros sentidos perciben (o en su defecto, interpretamos con nuestra habilidad de abstracción, véase imaginación). Quizá los más notorios de todos estos factores sean: el afán de originalidad y la fijación en aquellos modelos más sensacionalistas. Así, es extraño que alguna cultura a lo largo de la historia haya visto representado en su mente, sea individual o social, en el hallazgo de un fósil de dinosaurio, un ser bondadoso, o equivalente, a los que pueblan su medio ambiente. Nada más lejos de la realidad. No será ésta la primera vez que hablamos sobre cómo se ha centrado el saber “sauriano” popular en especies como el Tyrannosaurus, menospreciándose al resto.
Dentro del “grupo” de los dinosaurios, sin lugar a dudas, los hadrosaurios (o dinosaurios pico de pato) han sido, de siempre, los peor considerados. En nuestros “bestiarios” siempre los hemos representado como los “ñúes del Mesozoico”, carne fácil para los terépodos depredadores. Sin embargo, no sólo los hadrosaurios, sino todos los ornitópodos en general, están "lavando" su imagen virtud de los últimos hallazgos.
En el 2002 tuvo lugar uno de los hallazgos paleontológicos más inquietantes de todos los tiempos. En Nueva México (EEUU), yacimiento de Ojo Álamo (1), científicos americanos encontraron restos de hadrosaurios, presumiblemente pertenecientes al Paleoceno, o lo que es lo mismo, el primero de los periodos en los que se divide el Terciario. Según este hallazgo, cuestionado por no pocos científicos, los dinosaurios sobrevivieron a la "extinción masiva" de hace 65 millones de años para morir algunos, pocos, millones de años después...
Corythosaurus, Edmontosaurus, Hypacrosaurus, Kritosaurus (en la imagen) o el legendario Parasaurolophus son algunos de los miembros de este basto linaje de gigantes herbívoros. Sus orígenes se remontan, presumiblemente, a los dinosaurios afines a Iguanodon, siendo el Cretácico superior (convencionalmente, el último periodo de los dinosaurios), la época de mayor esplendor de esta variopinta dinastía. Especies como Anatotitan nos demuestran que se trataba de seres capaces de habitar los ecosistemas más diversos, desde ciénagas, selvas, pasando por sabanas o climas semiáridos. Precisamente, este último género citado se cree que fue capaz de alimentarse en pantanos y ciénagas, siendo estos lugares, a su vez, sus refugios en caso de peligro. Más allá de tener cuernos, púas o colosales porras, los hadrosaurios se caracterizarían por su versatilidad, cualidad que es la mejor defensa por la poder defender la tesis de que "sobrevivieron" a la gran extinción. Sin embargo, no sólo para este caso los hadrosaurios nos brindarían grandes incógnitas.
El equipo de Jack Horner (quizá uno de los más famosos paleontólogos de todos los tiempos, pese a su aspecto "western") descubrió en la Formación Dos Medicinas (Montana, EEUU), allá por el año 1979, unos restos excepcionales: fósiles de un hadrosaurio junto a nidos con restos de huevos, hojas fosilizadas y pequeñas crías de dinosaurio, de pocos días de vida. Por razones obvias, esta nueva especie recibiría el nombre de Maiasaura ("reptil buena madre") y demostraría a la ciencia algo, que a día de hoy, es ya evidente... los dinosaurios cuidaban de sus crías.
En biología, el coste energético, alimenticio, y ante todo, biológico que "invierten" las diferentes especies en el cuidado de su prole se conoce como "cuidado parental". La magnitud de éste siempre ha estado ligado, proporcionalmente, al nivel de complejidad de la especie. Se conocen pocos datos de reptiles que "inviertan" magnitudes considerables, a excepción de cuidados muy puntuales como los proporcionados por los cocodrilos a sus infantes, recién salidos del huevo, sin embargo, el dato que Maiasaura liga a los dinosaurios, nos sirve, una vez más, para acercar a estos seres a sus, inexcuables, descendientes las aves (por más que los ornitópodos, de los que forman parte los hadrosaurios, no fueran “antepasados” directos de éstas, como sí, parece ser, lo fueron los terépodos (dinosaurios carnívoros)).
Se mire por donde se mire, los prejuicios se ven superados por la realidad biológica. ¡No me juzguen por mi pico de pato! Podría ser el eslogan de una campaña en pro de estos “incomprendidos” seres maravillosos. El post no da para más, y su historia es larga… volveremos a ellos en otra ocasión, sin lugar a dudas, con motivos para ello.
Una última nota para la reflexión: científicos chinos acaban de publicar el hallazgo de un ornitópodo ("Tianyulong confuciusi") dotado de filamentos que bien pudieran ser “prototipos” de plumas. Teniendo en cuenta que las aves no están relacionadas con este grupo de animales (ornitisquios), y sí con los terépodos (saurisquios)… ¿deberá la ciencia de replantearse el origen de las aves? Personalmente creo que Sordes y los pterosaurios aún no han dicho la última palabra…
Y una propuesta para la comunidad científica: Maiasaura (“reptil buena madre”) debiera cambiar su nombre por el de “Dulcesauria”….
¡Felicidades por tu cumpleaños Mama!
(1) Fassett, J, R.A. Zielinski, & J.R. Budahn, 2002. Dinosaurs that did not die; evidence for Paleocene dinosaurs in the Ojo Alamo Sandstone, San Juan Basin, New Mexico. In: Catastrophic events and mass extinctions; impacts and beyond. (Eds. Koeberl, C. & K. MacLeod): Special Paper - Geological Society of America 356: 307-336. (2002).
* En contra de la teoría de que los hadrosaurios sobrevivieron hasta el Paleoceno, véase el estudio realizado por científicos mejicanos en: http://rmcg.unam.mx/22-3/(12)Benammi.pdf
- Segunda foto: Maiasauras con sus nidos del genio Fabio Pastori

jueves, 28 de agosto de 2008

Majungatholus, el dinosaurio caníbal

A lo largo de la historia han existido cambios climáticos de mayor o menor entidad. Las glaciaciones, los calentamientos, la desertización o el auge de las selvas tropicales no son nada más que cartas de una baraja compuesta por todos los posibles de la soberana y eterna Madre Naturaleza. El Sahara tuvo agua en abundancia, hace varios millones de años, de la misma forma que por los páramos de Soria y Guadalajara (Campo Taranz, Paramera de Maranchón) medraron grandes y pequeños moluscos, irrigados por el antiguo Mar de Tethys. El Mundo es un Caos, sin maternal norma que lo ordene. Sin lugar a dudas, sin ánimo de acaecer pretencioso o Agamenón, podemos decir que el cambio climático más “importante”, o mejor dicho, más conocido por todos nosotros, es aquél que conllevó la extinción de los dinosaurios. Parajes enteros sucumbieron. La Antártida dejaría de ser un próspero ecosistema de coníferas, lo húmedo se tornó, en buena parte seco. Las ráfagas de polvo volaban por el entorno, y la actividad volcánica, se cree, llegó a unos parámetros que pocas veces han asolado la faz de la Tierra. Quién sabe si por un meteorito, por un cambio orbital del planeta, “o porque los grandes saurios no cabían en el Arca de Noé”, el caso es que los dinosaurios se extinguieron. De la misma forma que para la historia humana no puede hablarse de hitos puntuales o grandes cambios separadores de etapas, en la historia natural (igualmente historia en todos sus aspectos) tampoco es conveniente situar puntos en lo que fueron largos procesos. Es de esperar que hace 65 millones de años, y durante buena parte del tiempo inmediato que lo precedió, buena parte de los ecosistemas de la Tierra entrarán en recesión, en crisis. La vegetación seguramente no crecía con la misma facilidad, y el clima debió hacerse más hostil e insoportable. Los dinosaurios agonizaban en busca de comida, engullendo todo aquello que pudiera ser dado de energía, fueran plantas, peces, animales o individuos de su propia especie... Científicos estadoudinenses, han descubierto, recientemente, curiosísimos fósiles de Majungatholus atopus, uno de los terópodos de los que se conservan mejores restos. Se trata de una especie de Abelisaurio (familia dentro de la cual deben destacarse especies como el argentino Carnotaurus), de 10 metros de longitud, que habitaba la actual isla de Madagascar, a finales del período Cretácico (hace 65 millones de años, vísperas de la masiva extinción). Según se recoge en el artículo publicado por la revista Nature (Nature 422, 515-518 (3 April 2003), es la primer vez que se hayan restos de un dinosaurio con evidentes síntomas de haber sido asesinado por un congénere de su especie. Antaño, el papel de caníbal se le atribuyó al pobre Coelophysis (al encontrarse, entre sus costillas, restos de lo que, “a priori”, parecían jóvenes individuos de la misma especie). Sin embargo, recientes descubrimientos descartaron tal hipótesis, al demostrarse que los restos pertenecían a reptiles “cocodriliformes” y no a alevines de la especie. No obstante, pese a que, de nuevo, parece haber surgido la, más que meridiana, posibilidad de haberse descubierto un dinosaurio caníbal, tal contingencia no debe considerarse como una muestra de especial crueldad por parte de un taxón animal en exclusiva. No sabemos si el comportamiento de Majungatholus tuvo algo que ver con las difíciles condiciones climáticas del final de los dinosaurios, sin embargo, sí que podemos afirmar que existen animales actuales que practican el canibalismo (sin necesidad de mencionar los existentes episodios humanos de tal práctica). Sin salir demasiado del taxón, los propios cocodrilos o los dragones de Komodo se alimentan de individuos de menor edad, si éstos no han sabido ponerse a salvo: entre la vegetación, los primeros, o subiéndose a los árboles, los segundos. Otro ejemplo sería el de los peces, caso paradigmático, sin olvidar la práctica, no en exceso extraña, de los leones, de comerse los cachorros de una manada con el ánimo de asegurarse de que toda la descendencia de la manada venga de su propio esperma. Definitivamente, el canibalismo es un tema, sensacionalista, esotérico y tenebroso, que sigue fascinando a nuestras mentes morbosas. Sólo hace falta investigar si se trata de una conducta posible en la Naturaleza (con el ánimo de sobrevivir en condiciones extremas), como así parece haberse demostrado, de tal forma que se nos confirma cómo la Naturaleza no conoce el Bien o el Mal, y cómo, ante todo, en pro de los propios genes se es capaz de hacer uso de toda aleatoria posibilidad.
  • viernes, 20 de junio de 2008

    Némesis

    Una confesión personal acerca de mis gustos siempre acabará por referirse a los dinosaurios. Sí, lo reconozco. Pese a estar opositando, ser licenciado en Derecho, y tener 22 años, disfruto mucho analizando las diferentes paradojas, teorías y variopintas curiosidades que rodean a estos seres. La “Dinomanía”, palabra cada vez con mayor significado (más aún en ciertas épocas recientes, véase el año 1993 con la irrupción de Jurassic Park...), es una manifestación, como cualquier otro, del imaginario humano.

    La representación que nosotros nos hacemos de algo foráneo, por definición no observado, nos define como personas de un tiempo: con unos conocimientos, gustos e inquietudes. Si pensamos en pro del nacionalismo o del orgullo patrio no nos sorprenderá contemplar discusiones acerca de si fue más pavoroso el americano T-Rex o el argentino Giganotosaurus, o si fue más grande el saurópodo encontrado, recientemente, en Teruel, que cualquier otro dinosaurio (o animal) que haya poblado jamás la Tierra. Una de las controversias más interesantes y, valga la redundancia, polémicas, es la que rodea al enigma de la extinción de los dinosaurios. Al pensar en los dinosaurios no son pocos a los que se les viene a la cabeza la efigie del meteorito que acabó con buena parte de la vida terrestre hace, aproximadamente, 65 millones de años. A muchos nos vendrá a la mente el solitario andar de un tiranosaurio en búsqueda de comida o el cadáver de un Triceratops roído por los, vencedores, mamíferos. Como reflejo de nuestros pensamientos e inquietudes, no es extraño oír en la actualidad que la extinción de los saurios bien tuvo algo que ver con los cambios climáticos, que como el actual, han ido sacudiendo a nuestro Planeta desde el principio de los tiempos. Sinceramente, este filón es sumamente interesante. Algo más probada que la eventual llegada del hombre a la Luna es el impacto de un meteorito, coincidiendo con el ocaso de los dinosaurios. Richard Muller, de la Universidad de California, abogó por una teoría (conocida como “hipótesis Némesis”) que defendía el impacto, periódico, de sendos meteoritos en nuestro planeta, procedentes del cinturón de asteroides sito en nuestro Sistema Solar. El cálculo lo realizó en períodos de 26 millones de años, contingencia curiosa. Más allá de esta teoría, por lo demás un tanto ridícula, se nos ha enseñado el declive de los dinosaurios como una consecuencia de un terrible invierno nuclear que sacudió el planeta con posterioridad al impacto celeste. La luz desapareció negando el alimento fotosintético para multitud de vegetales, provocando la carestía de nutrientes para los grandes herbívoros, y correlativa hambre de los carnívoros. Esta teoría es una de las que cuentan con mayor número de adeptos. Sin embargo, no convence a una, cada vez más amplia, minoría. Desde Francia, Malmartel nos explica una teoría ciertamente curiosa. Según nos ilustra en su interesantísima web, los dinosaurios fenecieron en virtud de importantes cambios gravitacionales en nuestro planeta. Dada la gran masa de estos seres, su condena fue mayúscula, hundiéndose en la más flagrante extinción virtud de características que otrora les repararon éxito. Junto a ella, una teoría que me seduce es aquella que defiende la muerte del taxón virtud de cambios en la concentración de dióxido de carbono y oxigeno. En conclusión, como es obvio, cualquier problema científico relativo a un tema divulgativo siempre es objeto de teorización barata (incluida la propia) falta de argumentos netamente científicos.

    Pese a los inexcusables elementos físico-matemático-químicos que deben analizarse, existe una multitud de tópicos que deben ser combatidos por el cuerdo juicio de un aficionado moderno: 1) ¿Dónde está el límite entre extinción (dinosaurios en sentido estricto) y evolución-sobrevivencia-éxito (aves)? 2) ¿Cómo sobrevivieron los cocodrilos, las tortugas, buena parte de los peces y anfibios y nos estos reptiles? 3) ¿En qué se basó el éxito de los mamíferos, una vez que los descubrimientos paleontológicos nos han demostrado que todos los mamíferos no se limitaron a ser presas de los dinosaurios, detentadores de un tamaño de musaraña (surgiendo los primeros ungulados, roedores y primates en presencia de los saurios)? Son muchas las preguntas, argumentos y respuestas, tantas como las teorías que uno puede encontrar respecto a este misterio, en el que muchos quieren ver una profecía de lo que nos pueda pasar en el futuro. ¿¿Quizás se extinguieron por no caber en el Arca de Noé, que antaño defendió alguno, quién sabe si también ahora?? * Imágenes: En primer término, gran ilustración de D. Luis Rey (muestra la evolución, hacia las aves, de los dinosaurios). En segundo término, Repenomamus según Mineo Shiraishi (un mamífero que comía carne de dinosaurios).

    sábado, 9 de febrero de 2008

    El sueño de la ballena

    Uno de los lemas más “freak-eco-progres” de los que han sonado en los últimos tiempos es aquel que afirma: “¡salvemos las ballenas!”. Muchos se lo han tomado motivo de chiste, otros han realizado ingeniosas comparaciones con señoras entradas en kilos, mientras que algunos países, modernos en el manga y la tecnología, han seguido “a lo suyo”, pescando sin límites, matando a aquello que, pareciendo pez, no deja de ser un mamífero. A decir verdad, en la Historia Natural de nuestro Planeta ha surgido una competición zoológica. A los descubrimientos paleontológicos le responde la realidad faunística de estos, no menos geológicos, tiempos. Los dinosaurios se empeñan en aparecer con sus fémures, cráneos y vértebras, queriendo desbancar del trono de los gigantes a nuestros colosales cetáceos. En mayo de 2003 un grupo de científicos españoles (partícipes del proyecto Dinópolis) encontraron en Riodeva (Teruel) un saurópodo (dinosaurio de cuello largo) de 35 metros de largo por 45 toneladas de peso, aproximadamente. Turiasaurus riodevensis, “lagarto del Turia de Riodeva”, rivaliza con Argentinosaurus y el célebre Brachiosaurus por ocupar el puesto de reptil más grande de la historia. Lejos del mesozoico, cercanas a nuestras ciudades, las ballenas se ríen de estos avances. Los humanos nos empecinamos en ignorarles, masacrarles, comérnoslas (en el caso nipón) o, simplemente, sorprendernos del tamaño de lagartos extintos cuando ellas son de piel y carne, de aleta y corazón mamífero. Se sabe que fueron pocos los dinosaurios con un mínimo coeficiente. Muchos han intentado imaginar un mundo donde éstos no se hubieran extinguidos, escenarios donde Troodon, por poner un paradigmático ejemplo, hubiera podido evolucionar hasta ser una suerte de ser antropomorfo con escamas da lagarto. Nada más lejos de la realidad, la presunta inteligencia de estos seres jamás llegó a ser semejante a la de un primate, qué decir de la de un cetáceo. Las ballenas, con sus 30 metros de longitud en el caso de la azul, son capaces de guiarse en lo monótono de las aguas, allá donde el hombre sólo puede hacerlo fijándose en las estrellas, o con brújulas y mapas. La ballena se autoproclama reina de los mares, sierva del elemento primordial, agraviada por quienes reniegan de descender del mono. Los cetáceos se configuran como un taxón derivado de los ungulados, más cercanos al elefante o al manatí de lo que podamos estarlo nosotros. Seismosaurus fue una pésima noticia para los cetáceos. Su descubrimiento mostraba a un dinosaurio, estadoudinense-méxicano, capaz de superar en longitud a la ballena azul. No sería nada más que el primer fuego en prender la mecha. Corrigiendo a quines pensaban que los saurópodos sólo reinaron en el Jurásico, los yacimientos cretácicos de Argentina, sobretodo, y de partes tan ninguneadas, en lo paleontológico, como Australia o Europa (muy especialmente España, y dentro de ella, Teruel), darían un golpe sobre la mesa a base de impactantes descubrimientos de seres superiores, sí en magia no en inteligencia, a las ballenas. Diplodocus, y con casi total seguridad, Brachiosaurus dejaron el podium. Brontosaurus (Apatosaurus mejor dicho) y los célebres dinosaurios norteamericanos dejaron la puerta abierta al gigante lagarto maño, a uno de los más poderosos motivos para seguir confiando en la ciencia, anacrónicamente, llamada patria. Mal presagio le auguro a los cetáceos. Tener a merced de nuestra tecnología y designios no les ha hecho ningún favor. Seguramente cuando se extingan se querrá resucitarlos, un “Parque Cetáceo” con ballenas asesinas y delfines conspiradores. Quién sabe. El caso es que la ballena peligra en el mar, sin saber de fósiles o de periodos geológicos, esperando su propio meteorito antropomorfo, soñando con extinguirse y ser, por una vez, objeto del sueño y el respeto humano...
    Imágenes de la autoría de mis queridos colegas: Fabio Pastori: http://www.fabiopastori.it (primera) y http://www.dinosaursinart.com, la segunda.

    miércoles, 31 de octubre de 2007

    "Manos terribles":la historia de un pavo entre dinosaurios

    Varsovia posee uno de los más cualificados museos de historia natural del Mundo. Las expediciones polaco-mongolas por el desierto de Gobi repararon descubrimientos tales como Tarbosaurus (primo hermano de T.Rex, cuyo significado es el “reptil pavoroso”), Saichania, Pinacosaurus (ambos dinosaurios acorazados provistos de “porra” ósea en el final de la cola), Protoceratops y Velociraptor. Para un aficionado a la paleontología es sorprendente cómo Polonia puede llegar a ser considerada como una de las mayores “potencias” en temática sauriana. Pese al ilustre panteón de bellos fósiles que se hallan en su haber, aquél, sin lugar a dudas, más misterioso sería el de Deinocherius, del cual sólo se encontrarían dos brazos de… ¡2,4 metros de longitud! El hallazgo fue realizado en el año 1965 por científicos polacos que, absortos ante el descubrimiento, decidieron bautizarlo como “mano terrible”. Lo primero que pensó la comunidad científica es que nos hallábamos ante un superdepredador del ecosistema mongol, capaz de plantar cara a cualquiera de las fieras reptilianas que lo poblaron, alimentándose, sólo de tanto en tanto, de restos de carroña. Cierto es que Mongolia fue, por aquél entonces, un rico ecosistema en cuanto a poblaciones de dinosaurios. El alimento con el que nutrir a los depredadores no escaseaba, si bien, todo sea dicho, Tarbosaurus sería menor que su primo Tyrannosaurus. ¿A qué viene este salto?, la explicación es obvia. El tamaño de los depredadores, en todo ecosistema que se conozca, está correlativamente ligado al de sus potenciales presas. ¡Es difícil mantener a una población de leones dentro de un mundo de conejos! Alguien alegará que los dinosaurios eran animales de sangre fría, capaces de soportar largos ayunos, de forma equivalente a los cocodrilos o las grandes serpientes. No obstante, y ligado con el origen “saurio” de las aves actuales, los científicos están cada día más convencidos de que nos encontramos ante “reptiles de sangre caliente”. Ello querrá decir que la cantidad de alimento requerida por estos animales será mayor, o lo que es lo mismo, un cocodrilo necesita mucho menos alimento para medrar que un jaguar o un leopardo. Luego, es mucho más probable, a primera vista, que seres de este tamaño buscaran alimento en las copas de los árboles (en el Mesozoico no había aparecido aún la hierba siendo el sotobosque el reino de los equisetos y los helechos) de forma similar a como lo hicieran los saurópodos: tales como Diplodocus o Brachiosaurus. La contingencia es una demostración más de cuán condicionada está nuestra visión de la naturaleza. Lo esbelto y sensacionalista impera sobre lo verídico, viéndose a dragones donde hubiera seres más próximos al pavo. Descubrimientos, posteriores, como los del Alxasaurus, el Erlikosaurus o el Therizinosaurus, nos muestra toda un serie de grandes saurios, presumiblemente omnívoros (aunque sólo se tenga constancia de su dieta vegetariana), que poblaron los bosques del Cretácico tardío, ramoneando la vegetación de los bosques de su tiempo, manteniéndose en alerta por si fuera el caso de que un eventual tiranosaurio quisiera obtener su cena. Las garras de cerca de un metro que poseyeran estas criaturas, debieron ser más unos mecanismos de defensa que armas de ataque, quién sabe si no serían excavadoras manuales con las que poder sacar raíces, tubérculos y demás cretácicos ultramarinos que les sirvieran de alimento. Y es que los animales que poblaron la tierra nunca fueron tan diferentes de los actuales, quizás seamos, simplemente, nosotros mismos quines vemos seres mágicos donde solo hay especies adaptadas a un medio, que pese a la física cuántica y las leyes del Caos, dista mucho de ser siempre diferente.
    Ilustraciones de: Dinosauromorpha (Cría de Therizinosaurus) y Luis Rey la segunda (Deinocherius).

    jueves, 25 de octubre de 2007

    El Aristóteles del Mesozoico

    Es curioso cómo el más temible de los dinosaurios, en cuanto a medios y filmografía, pareciera ser el Velociraptor. Más allá de que su tamaño en Jurassic Park se asemejara más bien a parientes como Deinonychus (parece que el nombre de su “primo” de menor tamaño es bastante más fácil de pronunciar) aquello que más puede hacer fantasear al espectador es ver cómo un dinosaurio pudiera haber llegado a ser capaz de abrir puertas o perseguir, cual frío asesino en serie, los movimientos de su eventual capricho alimenticio de turno. Todo lo sensacionalista y exagerado que envuelve a un mundo como el de los dinosaurios, ya de por sí fascinante, impera en la percepción que nosotros tenemos de ellos, y Velociraptor o Troodon son, quizás quienes más, víctimas de ello. Troodon es la especie sauriana, hasta ahora descubierta, con mayor índice en cuanto a proporción cerebro-masa corporal. Se han conservado notables marcas en el encéfalo del cráneo del animal, indicando cuán grande debió ser su órgano (quién sabe si poseedor, no sólo de instinto, sino también de un humilde baño de intelecto a semejanza de nosotros). Aquello que más sorprenderá a todo neurólogo, profesional o aficionado, será el considerable tamaño de su lóbulo occipital, a saber, la zona donde se concentra la actividad de nuestro cerebro en lo referente a visión y memoria. Un examen de los restos hallados nos muestra unos ojos exageradamente grandes, quién sabe si en tanto que instrumentos con los que poder cazar, exitosamente, durante las noches de finales del Cretácico (hace 65 millones de años). El nicho que ocupara era el del oportunismo, alimentarse de caza menor por las noches, y de algún que otro huevo robado, frutos o carroñas que quedaran por los suelos del Mesozoico. La variabilidad de su dieta denota una vida desordenada, una existencia poco dada a las pautas predeterminadas, siendo quizás aquello que más une a la extinta fiera con nosotros. En definitiva, saber encontrar alimento diverso para cada cual de las posibles circunstancias. Una mera visita a nuestros anales evolutivos nos enseña que el nicho ocupado por Troodon tiene cierto parecido con aquél que ocuparan los primates que precedieron a nuestra especie. Más allá de presas y depredadores, de vegetales o hongos, es decir, un lugar predestinado a criaturas, que con mayor o menor fortuna, puedan desarrollar un cierto cerebro. No caigamos en el sensacionalismo ya advertido. Troodon no debió superar con creces al emú o al avestruz en cuanto a capacidad intelectiva. Lejos quedan esos seres capaces de declararnos la guerra, de facto, al encontrarse con los de nuestra estirpe. Spilberg poco argumento podría sacar de estos animalillos, más allá del consecuente de describir a un fascinante reptil, cercano ya a las aves, que era capaz de cazar en la noche más cerrada procesando imágenes de su entorno, de forma privilegiada, dado el tamaño de su enorme celebro. Troodon es el paradigma de especie oportunista. En un mundo que aún no conoce a la hiena, el buitre, el chacal o el político, el celurosaurio da homenaje a futuros premios. Su vida denota algo más que la avestruz, quizás por no haberlo visto, tal vez por “razonar” en su búsqueda de presas y ser capaz de hacer frente a un mundo peligroso por tiranosaurios y demás titanes encarnizados, sin esconder la cabeza bajo tierra, abriendo un nicho que ocuparán especies que, después de todo, con el paso del tiempo, no se diferenciarán tanto, en tanto que primates, de nosotros mismos. imagen de Fabio Pastori

    sábado, 2 de junio de 2007

    Diario de un Troodon

    Amagaba con ser un día bochornoso aquel amanecer del Cretácico. Troodon había pasado la noche intranquilo, con la ansiedad característica de lo salvaje, quién sabe si esperando la irrupción de algún depredador o aguardando que el Azar le brindara alguna sabrosa cena. Recuerda cómo los de su especie lo hacían delante suyo mientras él observaba. La caza del roedor acontecía un sauriano arte, tal vez un sucedáneo de cinegética diversión, a la vez que un eficaz cauce desatascador de adrenalina. El caso es que él aprendió, ejerció el poder que su virtuoso celebro le brindaba y observó cómo la naturaleza le había seleccionado, a él, con los condicionantes genéticos idóneos para la gran hazaña: medrar en el mundo del T.Rex, los volcanes y los ríos embravecidos por las precipitaciones tropicales. Los mayores eran sumamente diestros, él un mero aprendiz vestido del ropaje necesario que le había fabricado, quién sabe si a medida, la fábrica evolutiva. Algunos lo llaman instinto, pero el reptiliano ser sabe, o mejor dicho, desconoce qué hacer con sus facultades: parece curioso, pero el dinosaurio requiere de aprendizaje aun no siendo persona, aun no siendo humano. El reptil no alcanza a comprender qué es la transmisión cultural pero, sin embargo, la experimenta, muy rudimentariamente. Los días cretácicos, lejos de ser dichosos, se hallan poblados de la penumbra de lo inabordable, impredecible y temido. La biodiversidad alcanza cotas elevadísimas, el emplumado individuo dispone de presas, vecinos y depredadores en abundancia. Los sonidos irrumpen en sus sentidos a modo de graciosa orquestra. Sí. Los primeros pájaros parecen reírse de sus primos, sus acrobacias y nuevos hábitos los habilita para poblar los contornos de lo moderno, lo evolutivamente fashion. Millares de fierecitas emplumadas juegan al carnaval de las especies. Unos agotan sus últimos días en el espectro de los tiempos, mientras que el resto se ríe participando del ecosistema, del medio, de futuras eras en las que verán aparecer nuevas especies y nuevos amos. Troodon se impacienta, la cacería no parece dar resultado y el malestar de la manada de picos de pato le indica que algo se cuece en el prado de al otro lado del arroyo. Troodon piensa, o al menos lo intenta, no sabe interpretar los designios del Destino, no es pitoniso, ni alcanza a ser capaz de interiorizar todo el legado que sus predecesores han brindado. Sólo entiende de cacerías y supervivencias, no de metafísicas y literatos. Desconoce que los suyos desaparecerán, que serán incapaces de dejar mayor resto que sus huesos, mal final para una próspera especie. Pese a todo, sigue en el intento. Un último sonido le ha parecido campanilla del más lujoso de los buffets mesozoicos. Se concentra, implica todos sus sistemas sensoriales en el estímulo, en la labor, en la comida. Nada hay superior a correr, comer y reproducirse, Troodon conoce los tiempos perros y la gandulería del domingo. ¡Alto!. Un sonido más estrepitoso mimetiza las esperanzas de haber encontrado alguna presa. Los picos de pato hace tiempo que se marcharon. El Sol sigue irradiando con fuerza, la temperatura aumentado, definitivamente hoy va a ser un día cálido. Troodon, sin embargo, se halla excesivamente concentrado. La pequeña lagartija no ha salido aún de su agujero. La más primordial de las recetas se va a servir en Posada la Estrella. Las especias serán olores y los sabores gloria. Un golpe rompe la escena. Un tiranosáurido irrumpe a traición y despelleja al individuo sin que a duras penas se haya percatado de su funesto destino. Otro será quien cace la lagartija, Troodon desaparece del tiempo transformado en comida. Comer o ser comido se impone como la más imperiosa de todas las normas. ¿Será por que hoy hace calor, o simplemente porque no ha nacido aún el primer ser humano? Troodon se fue dejando patrimonio abintestato: proteínas de reptil y plumas de ser aviano, poca herencia para el gran carnívoro, pero la prescripción de su especie, mientras tanto, llega a mal término. Los jóvenes no heredaran nada y no por haber sido Troodon falto de paternal sentido. Acaso será porque no conoce a su descendencia, tal vez. Yo opino que debe de ser porque pese a haber aprendido no sabe qué es el mito del tiempo, la falsa cábala de la espiritual trascendencia, y el vivir en el recuerdo para siempre, aún habiendo ya dejado de estar vivo.
    ilustración de Troodon: http://www.dinogalerie.de.vu/

    lunes, 2 de abril de 2007

    El misterio de las zarigüeyas

    En el bestiario imaginario de buena parte de aquéllos que son de mi generación, seguramente se hallen presentes unos curiosos mamíferos, capaces de colgarse de las ramas de los árboles mediante sus elásticas colas. Se trata de las zarigüeyas (sí, salen en Bambi), marsupiales singulares que habitan las Américas, lejos de su feudo marsupial, Australia. Sin embargo, algo que nos pudiera sorprender es cómo unos pequeños animalitos sin capacidad mágica alguna pueden hallarse tanto en Australia como en la Patagonia. El rompecabezas adquiere mayores proporciones al constatarse cómo en los inhóspitos hielos antárticos han sido hallados fósiles de seres similares a tan curiosos animales. La solución acontece de difícil comprensión para alguien profano a las ciencias pero adquiere un mayor índice de comprensión de analizarse junto con un mapamundi al lado. Alfred Wegener demostró, hace ya casi un siglo, cómo los continentes se hallan en una deriva constante, cambiando de posición y de configuración, conforme van pasados los siglos. Ello se debe a los ritmos internos de nuestro planeta, y explica el origen de fenómenos como los terremotos o las dorsales oceánicas. Observando nuestro mapamundi, no creo ser el único de haberse percatado de cómo, por ejemplo, África y Sudamérica, parecen ser dos piezas de un mismo puzzle. Es fácil constatar cómo, si recortáramos la representación de ambos continentes de nuestro mapa, encajan irremediablemente. El misterio de la zarigüeya halla su resolución en tal fenómeno. Durante el mesozoico, Australia, Sudamérica y la Antártida se hallaban unidas en un continente. El clima que imperaba por tales terrenos era bien diferente del nuestro, hallándose la Antártida poblada de grandes bosques de coníferas. Las zarigüeyas, como otros tantos marsupiales, campaban a sus anchas por tales ecosistemas, sin descuidar que bien pudieran acabar siendo el desayuno de los auténticos reyes del continente antártico. Durante los periodos Jurásico y Cretácico, se ha constatado, paleontológicamente, que la Antártida se hallaba poblada de grandes dinosaurios. Algunos, como cryolophosaurus, eran especies endémicas, habitantes de un mundo que aún no había sido convertido en un gigantesco reino helado. Cryolophosaurus formaba parte de la extensa, y pavorosa, familia de los carnosaurios. Dentro de tal familia destacaba el extendidísimo allosaurus. Tal especie habitaba desde la Antártida, a la actual Tanzania, pasando por los EEUU, Australia o España. Obviamente, tales colosos requerían de proteicos manjares en forma que saurios herbívoros como el leaellynasaura o el muttaburasaurus. Ambos ornitópodos estaban emparentados con hypsilophodon e iguanodon, dos de los dinosaurios más abundantes, por aquellos tiempos, en lo que ahora es España. Curioso. La Antártida y España compartían especies o familias de dinosaurios, lo cual nos hace intuir cómo de diferentes eran las variaciones climáticas entre ambos territorios. Como en el resto del orbe, los dinosaurios sucumbieron al paso del tiempo, bueno, ello sin tener en cuenta la subsistencia de sus actuales parientes alados. Sin embargo, en el ámbito de lo natural, todo ecosistema vacante tiende a llenarse de nuevos inquilinos, y curiosamente, un, relativamente, corto período de tiempo, geológicamente hablando, separaría el fin de los dinosaurios del auge, en tales tierras, de los antepasados de los pingüinos. Pese a disponer de un arsenal adaptativo encomiable, los pingüinos son unas de las aves de origen más remoto (el período eoceno), configurándose como habitantes, ya históricos, de la gran Casa Terráquea. Otrora, existieron especies que podían alcanzar, y sobrepasar, nuestra altura, por lo que parece curioso que los antepasados de éstos fueran especies semejantes a los albatros. Zarigüeyas, dinosaurios, pingüinos, coníferas e icebergs con términos igualmente válidos en el discurrir de los tiempos. Pese a lo que pudieran pensar algunos, el Mundo se halla en continuo cambio en cuanto a escenarios, climas y pobladores. La Naturaleza es creativa; genera una excelsa variabilidad de resultados posibles, pero eso sí, sujetándose siempre a unos ciclos o leyes fijas que no acaban, ni posiblemente acabarán, siendo de nuestra comprensión. Puede que sea Dios, el Caos, la Selección Natural, pero el hombre no es gobernador del futuro. El tiempo cambia por derecho, los animales desaparecen dejando el paso a nuevos colonos de un Mundo constantemente en transformación.
    Imagen anterior: leaellynasaura, origen (con consentimiento expreso del autor): http://www.dinosauromorpha.de/