sábado, 5 de marzo de 2016

Menos corruptos, más ejemplares

Sólo alguien con mucho tiempo, y me atrevo a decir que sólo por trabajo, es capaz de poder escuchar todas las intervenciones de un debate de investidura. Un servidor, desde luego, no ha podido atender ni a una sola intervención íntegra, aunque para hacerse una idea sucinta de los momentos más “memorables” (¡menos mal!), ya tenemos los medios de comunicación.

Corre por internet una grabación de unas intervenciones de un conocido líder político en un “campus”, o como se llame en “su" equivalente, de militantes y simpatizantes. En ellas se escucha al autoproclamado heredero del fundador del PSOE afirmar que el Parlamento está “para liarla”. Lo cual, además de no ser de mi agrado, constituye, a mi juicio, un ataque contra la dignidad de la institución soberana. Más allá de las propuestas de cada uno de los programas electorales, a las que poca o nula atención prestamos, creo que hemos dejado al margen lo que vendría a ser la “ejemplaridad de lo público” (concepto tratado, extensa e intensamente, por Gomá Lanzón).

Sin ánimo de dotar de superioridad moral a un sistema sobre la democracia actual, la “fachada” del orador, no sólo en lo físico, sino lo que es más importante, en su comportamiento moral (que incluye, por ende, su vida privada), era más valorada por los “entendidos” en tiempos como los de la Grecia o Roma Clásicas. Cicerón, Demóstenes o el propio Marco Aurelio, procuraban mostrar un comportamiento “ejemplar”, si bien, cierto es, que los decálogos de gobierno ni tan siquiera se podía soñar con que pudieran ser desarrollados por gentes al margen del Poder.

Con una clase política que cobra sueldos, en su práctica unanimidad, al margen de su función pública, que se rinden a los espectáculos de masas futbolísticos, y leen poco o nada (excepto el Marca), me pregunto si no estamos poniendo poco acento en la necesidad de que nuestros representantes públicos sean “los mejores de entre el pueblo”, o cuanto menos, “los más ejemplares”. Como buen grupo de primates, nos gobiernan “alfas” que se imponen por chanchullos y dinero. Pero ello no puede ser compensando sin “clase intelectual” o sin fundamentos, sean estos morales, económicos, históricos, sociales, o incluso, filosóficos.

El Parlamento no tiene que representar todos los contras de una sociedad carcomida por los “Juegos de Tronos” televisivos o que cambia de opinión política en función de resultados deportivos. Besos frente al Gobierno conservador, citas de tertulia de bar o recursos a los truenos de la hemeroteca interesada no son la solución, sino, eso sí, una plasmación de lo “dejada de la moral” que esta la vida política y la sociedad que le vota. Corruptos y populistas siempre han sido exitosos en el “ligue político”. Quizá tengamos que devolver la gestión, y el “Poder”, a los más capaces y honorables, sin tener tanto en cuenta estadísticas y oratorias de Barrio Sésamo. 

* Ilustración: "Cicerón denunciando a Catilina", de Cesare Maccari, 1880. Palazzo Madama, Roma.