lunes, 7 de marzo de 2016

Siempre estarás en mí.


“Javi bonito”, artinatas, seguirte como un patito cuando apenas había aprendido a andar, trastear en el huerto, quejarme de las judías verdes, subir a La Hoz con la ilusión del que va a un lugar cuasi-mágico por querido, tallos y torreznos de papada, pan con chocolate, una foto de un cigüeña ausente y una figura de doncel durmiente... una siempre puntual felicitación de cumpleaños, y quizá, cada año más, la más esperada. Es un listado de cosas sin aparente conexión para quien no conozca el vínculo, el cariño y las enseñanzas de alguien a la que tanto has querido. Recibir un trato muy superior al correspondiente por parentesco, amor en cada gesto, sacrificio hasta el extremo... Son todo hitos de una senda que conducen, y no es casual el uso del tiempo presente, hasta la persona en la que pienso.

Cuando sólo quedan restos, y la vida terrena se ha apagado, siendo ya luz eterna, cuando quizá no esté tanto en la boca o mente de uno la idea de que se ha vuelto inmortal en un mundo mejor, tanto como que te falta su presencia, uno se da cuenta de que algo se ha petrificado en tu propio cuerpo. Las enseñanzas dadas con el corazón y el ejemplo se tatúan con la más absoluta firmeza, y no deben, ni pueden, ser borradas con ningún tratamiento.

Me pregunto si seré capaz de conservar mi devoción por Anguita sabiendo que ya no habrán más tardes al fresco del caz, con el abrigo del afecto. Pero, aunque ahora toque liberar melancolía y sumirse en materiales desgracias, uno tiene un fuerte consuelo en lo que realmente importa. La muerte es algo que nos llegará a todos, y la inmortalidad de residir en el corazón de tantos no es poca cosa. Saber que pensarás en ella cuando consigas cosas con esfuerzo, que sonreirás al saber que estará contenta de que te ocurra algo o que se preocupará (amparándote con afecto) cuando las cosas se tuerzan, no es poco consuelo, pues es una realidad, todo el mundo sabe que el ser humano no es sólo carne y hueso.

Si se "jura" en nombre de cosas sagradas, en recuerdo de ejemplos personales y de seres a los que siempre tendrás como parámetro y ejemplo, no tengo dudas de que mis "juramentos" se harán con tu nombre entre los primeros. Fidela, tía, sé que gozabas con mis escritos, que eras la primera en ocupar la primera línea cuando hacía teatro-comedías en el pueblo. Nunca me has fallado, y espero estar a la altura de tu recuerdo. Perteneces a una familia muy especial, y me antojo que no es por tratarse de la mía. Si el cariño y la buena conducta hicieran monumentos, habrían pirámides y partenones dedicados a ti en el mundo entero. Pero todo eso da igual, mientras te tengamos con nosotros, en nuestros corazones, de ahí de donde jamás te podrán sacar. Si algo le deseo a la vida, es como mínimo, que alguien de mi mismo parentesco contigo que yo, algún día me tenga el mismo cariño, o al menos, con tanto merecimiento.

* Ilustración: Louis Janmot, Poème de l'âme (16) : Le Vol de l’âme