domingo, 15 de julio de 2007

El calor soberano

Nuestros cuerpos están sujetos a una temperatura mínima. El calor del fluido sanguíneo requiere no ceder a los caprichos del Tiempo atmosférico, siendo la congelación un mal terminal en cuanto a lo vivo. Los ritmos, especificidades y demás rarezas de cada una de las especies están sujetas a la ley del ahorro energético, políticas ecologistas seguidas por la propia selección natural. Fijémosnos en la conocida como ley de Bergmann, aquélla que dice que "el tamaño del cuerpo está correlacionado negativamente con la latitud y positivamente con la elevación". Buena muestra de este fenómeno se constata al examinar las orejas del fenec sahariano frente a su pariente ártico.















Nos encontramos ante la gran desgracia de los mamíferos. El hecho de tratarse de animales de “sangre caliente” (endotermos) hace que aves y mamíferos deban invertir buena parte de su consumo energético en el mantenimiento de su calor corporal. Esa es la mayor de las razones del porqué animales de “sangre fría” (ectotermos), como la pitón o el cocodrilo, pueden aguantar grandes periodos de tiempo sin engullir presa alguna. Caso más dudoso es el de los conocidos como reptiles mamiferoides (como dimetrodon) o los dinosaurios. De hecho, saurios como spinosaurus (ver imagen posterior) o ouranosaurus disponían de sendas crestas dorsales que les servían, parece ser, de reguladores térmicos de forma análoga a las grandes orejas de los elefantes. Ello, junto con la relación evolutiva existente entre aves y dinosaurios, parece indicarnos que la temperatura sanguínea en estos seres está condenada a ser un tema controvertido.

En tanto que mamíferos, el ser humano no se halla ajeno a tan problemática contingencia. De hecho, el calor soberano no sólo afecta a lo genético de nuestra especie sino que también a nuestro comportamiento. Más allá de los eventuales fenotipos posibles, el mimo seguido por nuestras neuronas, gracias al aprendizaje, nos sumerge en toda una serie de medidas contra el calor, o el frío, que muchas veces son objeto de infame prejuicio. Exactamente. Me estoy refiriendo a la siesta.

Un paseo al mediodía por la excelsa ciudad de Sevilla brinda al bienandante, más allá de bellas estampas, sudores y excesos de temperatura que le hacen solidarizarse con el albañil, vendedor ambulante, limpiabotas o barrendero de turno. El trabajo andaluz acontece como proeza, manifestación de una milagrosa obligación laboral perfeccionada a base de, en algunas ocasiones, trágicos esfuerzos. El Sol se proclama como supremo dictador, aquellos que no sienten las temperaturas del sur acusan de gandul al trabajador sureño. ¡Cuántas gentes debieran subir la Giralda a 40 grados de temperatura! La siesta no es nada más que una adaptación evolutiva al medio. El andaluz, canario o murciano de turno es consciente de lo inabordable del Tiempo. De cómo el termómetro revienta, acentuándose con el Cambio Climático. Bajo mi punto de vista, el calor no sólo define a la siesta sino que justifica las divergencias en cuanto a temperamento de los habitantes de diferentes territorios.

La alegría sureña encuentra correlativo con la frialdad del norte, la fabada con el gazpacho, el fenec con el zorro ártico. Todo son muestras de la diferencia del medio, el sevillano puede disfrutar más de la noche porque la energía fluye más y las ganas se almacenan bajo el delirio de la siesta, el montañés, por lo contrario, es más austero, no gusta de desperdiciar energías pues es más consciente de su falta.

Nuestras diferencias de comportamiento, sin llegar a ser de orejas, manifiesta cómo el Calor condiciona, cómo el hábito hace al monje, cuan injustas son las críticas a la siesta y al descanso de mediodía, cuando con la temperatura, tales pilares sustentan la supervivencia segura del individuo. Es notorio que nuestras diferencias de comportamiento no implican la de nuestra especie única. La globalización, aunque no sea siempre, hace que lleguen nuevas fuentes caloríficas a todo el mundo, ¡dando alegría al norteño!

Es difícil vivir al Sol y mantenerse intacto a la insolación. Es legendario el aguante de los pueblos del Sur en una tierra tan rica como cálida. Cuántos deben subir la Giralda a 40 grados, cuántos deben callar ante los graves calores del sur y la hazaña cotidiana de quienes en tales tierras habitarán, habitan o habitaron…


Imagen del fenec protegida por http://www.gnu.org/home.es.html

3 comentarios:

Luis dijo...

Interesante el asunto.Aunque claro, el clima es un factor determinante como tantos, no creo que influya de manera decisiva.

Edge dijo...

Es tema para debatir...

Aunque no se como podemos pensar tan distinto... cuando se trata de hacer el bien.

SalU2
T.

Patri dijo...

Es cierto que el calor suele poner de mal humor a algunas personas, a mí no, me encanta pasar calor a lo bestia. ^_^

Besotessssssss