jueves, 21 de febrero de 2008

Países parásitos

Toda gran casa tiene un buen patio para el recreo. La vida requiere de un lugar en el que poder dejar a un lado los rigores de lo cotidiano y los nervios del estrés. De forma pareja, cuando no equivalente, los grandes sistemas geopolíticos tienen lugares de recreo, despensas para chorizos, lavabos que blanquear y cocinas en las que practicar el arte de Maese Palomo, todo bien condimentando con los más graciosos productos del bazar del expolio, las desigualdades y el neocolonialismo. Pocos serán quienes no hayan visto la serie de Heidi: Pedro y sus cabras, junto con un austero abuelo montañés y la cándida Clara. Menos aún no habrán probado jamás una chocolatina, véase también bombón, helvética. Alguno llegará a tener parientes en los Alpes, otros habrán aprendido que los relojes suizos son de lo mejorcito en precisión y calidad, ¡no digamos ya si están a buen precio!

Por profesionalidad y extensión son unos maestros en el arte egipcio, su palmarés incluye a célebres enemigos: desde judíos a palestinos, pasando por nazis, republicanos, estadoudinenses, terroristas o jeques árabes. Verdades vacas sagradas de áureo chocolate. Suiza es un país ejemplar, en cuanto a individuo significativo, neutral ante las desgracias, parte de todo negocio. La legión de estudiantes, que visten con el velo de la nacionalidad y demás artificios, es grande: Liechtenstein, Gibraltar, San Marino, Mónaco... La despensa del charcutero es pródiga en inmunidad y discreción; de nada sirven los sorprendentes índices de riqueza de países, con no más recursos que un par de estaciones de esquí y cuatro coníferas replantadas, en el objetivo de hacernos despertar de la presencia de estos enemigos de la mano obrera sin ahorros y de todo buen ciudadano honesto que se precie.

Un país, a primera vista, tan poco sospechoso de custodiar grandes fortunas mundiales, como es España, linda con dos de estos experimentos: Andorra y Gibraltar. Francia tiene su Casino con prensa rosa, Italia su fortaleza (con selección nacional), y Gran Bretaña, como todo gran marinero, alguien que le guarde la bolsa en cada puerto. Alemania parece haber querido levantar, ni tan si quiera sea un poco, la manta de su “corralito”; Liechtenstein parece sorprender al Mundo con sus prácticas poco sanas. ¿Cómo puede ser que salga semejante coloso liliputiense, entre riscos y plácidos pastos?

Más allá de su escaso tamaño, a Liechtenstein y a San Marino les unen varios aspectos en común. Bajo el disfraz de una curiosa historia, medran en un Mundo que los ignora conociéndolos, usándolos y abusando de la confianza del resto. Nos encontramos ante “países” que participan del progreso comunitario sin participar de sus reglamentos y directivas. Hacen uso del Euro, y algunos incluso lo acuñan, sin tener interés alguno en tener que responder ante las exigencias de los países “limpios” que se precien.

La historia les hizo ser pequeños reinos perdidos. Fósiles políticos dotados de las últimas tecnologías en evasión y demás tomaduras de pelo. San Marino ha sido reconocido, desde tiempos pretéritos, por el Congreso de Viena, Napoleón o el propio Papa. Partícipe de los estragos de la II Guerra Mundial (presa de las tropas nazis en dos ocasiones), el pequeño “Estado” no participó de la unificación italiana del siglo XIX. No deja de ser curioso, que aún detentando tanta historia, un territorio de menos de 30.000 habitantes censados, sea capaz de tener Banco Central, Jueces, Parlamento y demás instituciones.

El país de Vaduz no deja de participar de una misma esquizofrenia política. En este caso, la capital del soberano Estado de Liechtenstein ronda en las cinco mil almas (apenas población para un par o tres de carnicerías) poseyendo todo un emporio de bancos y tiendas libres de impuestos. Definitivamente, si anteriormente hablábamos de estados independientes y dependientes (véase Kosovo), me atrevo a insertar dentro de esta, por lo demás artificiosa, clasificación la categoría de Estados-parásito, lugares que medran, cuales crueles garrapatas, inflándose con fondos corruptos para después “purificarlos” con el velo de la neutralidad y el prestigio.

Ilustraciones: en primer lugar, residencia del Príncipe de Liechtenstein, en Vaduz; en segundo lugar, vista de San Marino. Ambas imágenes sujetas a: GNU Free Documentation License. Origen: http://commons.wikimedia.org/wiki/Portada

5 comentarios:

Striper dijo...

Jo mai m'habia vigilat desde aquet punt de vista interesant per reflexionar.

Juanjo dijo...

Algunas veces puede parecer un país inquietante. Un abrazo!

Fabber dijo...

Uno de tus posts mas brutales en franqueza. Coincido en la mayor parte, aunque por un motivo geopolítico pintoresco y por amor a los fósiles históricos no me gustaría que los minipaíses desaparecieran del todo. Además, frustraría mi sueño de invadir San Marino y tomarlo por la fuerza con un ejército de paintball.

Persio dijo...

Una vez estuve en Lietchnstein. Y lo atravesé en 20 minutos, en un autobús de linea que hacía varias paradas, jeje

MeRCHe dijo...

"Estados parásitos" que buena definición, y buen artículo yo como striper no lo había enfocado bajo ese punto de vista, contigo siempre aprendemos algo.
Besitos