sábado, 2 de febrero de 2008

La independencia del celo

Recuerdo una noche pasada hace tiempo. Yo estaba despierto de madrugada, el resto de mi casa soñaba y roncaba. Mi madre, de sueño ligero, se extrañó al escuchar cierto ruido que parecía proceder del suelo del piso de arriba. Quizás ambos pensáramos en un terremoto, aunque en Vilassar no se tengan noticias de fallas, ¡pero el caso es que el suelo sonaba a mandobles de tambor, fiesta de “Tres Tombs”, Mayor o patronal!

Subimos a la terraza del ático y vimos al espécimen culpable del asunto. Solidarizándose con el Tambor de Bambi, y tal vez con el célebre hincha del Valencia y de la Selección, el conejudo Piecitos no hacía nada más que dar golpes con sus largas patas. En una representación del Tenorio condenada al fracaso, el conejito seducía a las estrellas, queriendo buscar hembra, sus funciones vitales segregaban a toda máquina, siendo la primavera un deseo, falto de necesidad y contexto. El conejo era el músico de la Madrugada. El sueño se perturbaba por sus ansias guerreras. Meterlo en la jaula fue mala solución, pues en sus sueños también clamaba a son de tambor, ¡metido en su caja!

Ciertamente, una de las cosas más curiosas e intrigantes de los animales es aquello que conocemos por celo. Los cuerpos de lo evolutivamente animado muchas veces son presa del éxtasis más guerrero. Tengo muy presente una imagen, vista en alguno de los documentales (rara vez, y a destiempo, puestos por televisión) en la que un elefante, animal sabio, por excelencia, dentro de la sabana africana, la tomaba, no sólo con el resto de sus congéneres, sino también con cualquier mata, tortuga, gacela o acacia. Las hormonas le habían invadido en cuerpo y alma, sus años longevos no le habían hecho inmune al baile ritual, el reproductivo, aquél que forma la eterna triada, junto con la nutrición y el alimentarse, de todo ser vivo.

¡Los mamíferos, reptiles, peces, insectos y demás animales somos siervos de Maese Sexo! Quizás tengamos una excepción con los equinodermos, muy especialmente con la estrella marina (en realidad también, en no poca porción, también con los celentéreos (medusas) y sus pólipos).

Dentro del reino animal hay algo del hombre que me sorprende superlativamente frente a su específico amor por la informática, la matemática o el arte. Salvando las distancias, somos uno de los pocos, acaso el único, animal que estamos desligados de los rigores del celo. De acuerdo, muchos serán quienes aboguen por su existencia, hablando de los mejores marcos estival, primaveral y otoñal, frente a las inclemencias del invierno. Quizás otros digan que tal vez hayamos dejado a un lado las fechas predeterminadas, ¡pero no el cortejo a base de regalos y detalles!

El hombre es uno de los pocos animales que ha sabido sacar más suco, que el reproductivo, del arte del sexo. Es muy cierto que existen otros animales, que sin el don del conocimiento, han sabido abstraerse, a su manera, del coito reproductivo como única manifestación de la líbica experiencia. Las hienas, caso por antonomasia, son capaces de estimularse en base a un órgano, parecido al pene, que les erecta el clítoris para regocijo del titular y el resto de sus congéneres. Algo así sucede con los delfines, miembros fijos de toda orgía, o con los manatíes, babuinos, bonobos y chimpancés. Sin embargo, ninguno de ellos ha sabido sacar cultura o mitología del asunto.

Desde los tiempos más remotos de la prehistoria, el hombre, y la mujer, han sabido atar a su dominio las inclemencias del sexo. Lo impulsivo ha acontecido religión, mecanismo de poder y medidas de control social. Siguiendo a los más autorizados filósofos del Derecho, el control sexual es uno de los axiomas inexcusables en todo primordial ordenamiento jurídico. Algo tienen que decirnos, al respecto, rituales iniciadores como el de los fenicios (y la prostitución sagrada-ritual) o las múltiples manifestaciones de falocentrismo precolombinas y romanas. Fuera en base a uno u otro genital, las sociedades matriarcales (y sus Venus representadas) o las viriles, en abstracción y potencia en no pocas ocasiones, han sido dos partes de un binomio de nombre civilización. ¡¿Acaso no es el control del hombre sobre la naturaleza de sus impulsos, el primer paso hacia el poder de abstracción, de cavilación, o mejor dicho, de nuestra manifestación como especie humana?!

Primera ilustración de: H. B. Scammel, 1890. Segunda imagen procedente de Luis Rey (carnosex): http://www.luisrey.ndtilda.co.uk/html/carnsex.htm

8 comentarios:

David dijo...

Creo que has tocado prácticamente todos los puntos de vista al respecto: histórico, sociológico, científico...

Ciertamente, de esta manera resulta algo frío... (será que pertenezco a la raza humana, y es invierno).

Terrorista del Amor dijo...

estoy deacuerdo con david, sin embargo no me deja frío la idea de sexo que nos has presentado, me parece tan sumamente acorde con tu blog, frío hubiese sido en mi blog, y uno de mis artículos aqui, hubiese sido sórdido, hay que saber adaptarse a cada circunstancia.

besis y mira el correo :P

Striper dijo...

Jo soc huma pero em sembla que de tant en tant em poso en cel.

Fini dijo...

Hola, enhorabuena por el premio que te ha concedido terro, espero que te llene de orgullo, como me ha llenado a mi el día que me lo ha entragado. Un saludo

Striper dijo...

IMPORTANT PASA PER CASA MEVA.

Striper dijo...

Per cert el premi que tens que posar al teu bloc esta a la dereta adalt al meu bloc el copies i el posas al teu.

panterablanca dijo...

El control sexual que me resulta más interesante es el que hace que el resultado final del encuentro sexual sea más descontroladamente placentero.
Un lametón de pantera.

Dinorider d'Andoandor dijo...

muy buena la imagen del carno! muy buena

ya me imagino lo del tamborileo del conejito!

sin duda el sexo definió muchas cosas en nuestra evolución, es curioso como habiendo aun falocentrismo en India a la par sean tan cerrados a temas sexuales frontalmente