sábado, 17 de enero de 2009

El monstruo del Cambio: Heráclito y los dinosaurios antárticos

"ποταμοις τοις αυτοις εμβαινομεν τε και ουκ εμβαινομεν, ειμεν τε και ουκ ειμεν τε En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]" en Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12
¿Qué es el cambio? La definición oficial de la RAE afirma que es la “acción y efecto de cambiar” o lo que es lo mismo, el verbo cambiar es definido como “dejar una cosa o situación para tomar otra”. Coherente con un pensamiento donde la razón última, Dios, es de dudosa existencia y donde las reglas de la geometría euclidiana hace un tiempo que dejaron paso a teorías cuánticas y a los fractales, puede decirse que “el cambio” lo es “todo”, siendo describibles sus contornos, única y exclusivamente, como producto de la medida y la intuición. El “relativismo”, tan temible como temido por algunos, es un punto de vista neutro cara a la realidad.
A Heráclito de Éfeso se le atribuye uno de los más memorables adagios de la filosofía universal: “no se puede entrar dos veces en el mismo río”. Según la más autorizada doctrina, tan famosa frase procede de una versión que da Platón en el Cratilo, y no del propio filósofo griego (también conocido como “el Oscuro de Éfeso”), siendo la “versión original”, o al menos así se le aproxima en este momento, el texto arriba transcrito (reconstruido por I. Bywater, siguiendo los diferentes fragmentos de la obra de Laercio). Es desconcertante que se formulara un principio tan adecuado en época arcaica, para después haber sido olvidado, o menospreciado, en busca de modelos “fijos”, donde la dinámica de las fuerzas de la naturaleza son sometidas a ficciones, con el ánimo de alimentar al deseo humano de ser capaz de controlarlo “todo”.
Podría decirse que hay dos tipos de historia: la “humana” o “histórica” y la “natural”. Más que por los intervinientes, ambas se diferencian por el prisma con que son estudiadas, mayormente neutro en el segundo caso, donde los únicos testigos son fósiles y demás seres muertos e inertes y no crónicas de vencedores. Es precisamente en la “historia natural”, o mejor dicho, en la biología y la paleontología, donde mejor pueden apreciarse estas ideas. El medio físico es cambiante por definición. Fuerzas motrices incomprensibles, al menos totalmente, son las “culpables” de que las ideas de Heráclito sigan teniendo actualidad. La Antártida nos hará las veces de ejemplo.
A la vez que un pañuelo, nuestro mundo es un “puzzle”. Los continentes (sólo hace falta mirar un manda mundi para poder apreciar lo que se aquí se dice) acontecen “piezas” que cambian continuamente de posición. Antes África y Sudamérica estaban juntas (si se imprime un mapa del globo y se recortan, se verá cómo, aproximadamente, encajan una con otra), a la vez que con Australia, el Subcontinente indio (separado de Asia) y Oceanía. Esta masa de tierra fue Gondwana, "hermana" de Laurasia, y ambas, "hijas" del supercontinente Pangea.
Los continentes se mueven, cambiando su posición a lo largo de los siglos. La explicación de ello la tiene Wegener, y al difunto sabio nos remitimos (Wegener, A. (1912): “El origen de los continentes y océanos”), pues el tema sobrepasa lo tratado en este artículo. La deriva continental interactúa con la selección natural y demás “fuerzas” de la Naturaleza, dando como fruto las especies actualmente existentes, y pretéritamente, las que antaño existieron. Así, el “aislamiento” de Oceanía permitió que los mamíferos marsupiales, así como los monotremas (ornitorrinco y equidna), pudieran sobrevivir al “imperio de los placentarios (grupo al que pertenecemos nosotros mismos), al menos, hasta el momento.
Corrían los primeros años noventa cuando William Hammer y William Hickerson encontraron un curioso hallazgo a 3.900 metros, cerca del glaciar Beardmore, en la Antártida. Sobre el Monte Kirkpatrick, pues así se conoce a la formación, en lo que antiguamente había sido el lecho de un río, encontraron fósiles de un terrorífico carnívoro, el Cryolophosaurus.
Este dinosaurio, de 6 metros de largo, por 3 de alto, merodeó por los bosques antárticos hace 192 millones de años, Jurásico Inferior. El taxón al que perteneció no está claro, pensándose que quizá estuviera emparentado con el célebre alosaurio, si bien, actualmente se cree que debió ser uno más en la estirpe del, no menos conocido, Dilophosaurus (el dinosaurio con paraguas en la garganta (en la película, no en la realidad), de Jurassic Park). El Cryolophosaurus hallose a 650 kilómetros del Polo Sur, no obstante, en aquella época se encontraba a 1000 kilómetros más al norte, no debiendo resistir las frías noches polares.
No era la sabana africana, pero bien cierto es que la Antártida no era en el Mesozoico el continente que actualmente conocemos, o hablando en propiedad, decimos conocer. Por el, hoy, Polo Sur, medraban grandes anfibios carnívoros, correteaban parientes de los españoles Iguanodon o Hypsilophodon (Muttaburrasaurus y Leaellynasaura, respectivamente), así como vivieron algunos de los más primitivos saurópodos, eso sí, cada cual en su respectivo período geológico.
El “monstruo del Cambio”, caprichoso mote con el que quiero bautizar a este pavoroso ser, sin mayores pretensiones que para este artículo, nos muestra cómo, millones de años antes de la invención de la máquina de vapor, de las bombas atómicas, del movimiento ecologista y de la fundación de Greenpace, la Antártida ya experimentó un gran cambio, un cambio que condujo desde los grandes saurios… a sus lejanos primos, los pingüinos.
Lo dijo Heráclito, todo cambia, incluido el Clima. Los modelos euclidianos deben ser definitivamente desterrados, sigamos las ciencias modernas, y ante todo, consolidemos un nuevo y, por necesitar próspero en el futuro, cambio de paradigma. Para ello, debe ser conservado el medio ambiente, y muy especialmente la Antártida, siempre dentro de nuestras fronteras, sin intentar ser dioses, ni tampoco “salvapatrias” ecológicos. La Naturaleza es incontrolable e impredecible, y por ello mismo, y al mismo tiempo… fascinante.
Imágenes:
1) "Heraclitus" de Hendrik ter Brugghen
2) "Cryolophosaurus" de ДиБгд at ru.wikipedia

miércoles, 7 de enero de 2009

"Papá. ¿Por qué nos odian tanto los musulmanes?"

Según el momento, sociedad, tiempo o contexto en el que nos encontremos, existen preguntas para las cuales no hay respuesta posible, sin previo paso por una situación embarazosa. El origen de los bebes, el porqué de los diferenciación sexual, o ideológica, son temas “tabús” sobre los que nos preocupa hablar, las más de las veces, con profundo rubor. En según qué momento, algo así pasa cuando se nos pregunta por la explicación del actual “choque de civilizaciones” (parafraseando a Huntington) entre el Islam y Occidente.
“Papá. ¿Por qué nos odian tanto los musulmanes?”, bien pudiera ser tan pavorosa pregunta. En este primer post del año 2009 no puedo dejar de referirme "al tema", no sólo por ser el más discutido y discutible asunto de actualidad, sino ante todo, por mi más pura, y sentimental, esencia humana. No se puede uno ausentar de los hechos que están acaeciendo en Gaza sin renunciar a su corazón, o peor aún, sin convertirlo en negro azabache. Esta vez intentaré ser audaz, utilizando esta, utilísima y gratuita, doble libertad que me brindan mi joven edad y blogger, como genial medio de expresión.
Un efímero repaso por la historia del lugar nos permite valorar su maravilloso legado histórico, cultural, y sobre todo en este momento, humano. Más allá de ser un actual paso fronterizo (polémico como todo lo que le rodea), Gaza siempre ha sido un lugar geopolíticamente estratégico para el gigante egipcio. El faraón egipcio, Tutmosis III, la configuró como su bastión (siendo presa, con posterioridad, de diferentes imperios, fuere el Asirio o el Napoleónico). Actualmente nos encontramos ante uno de los lugares más densamente poblados del Mediterráneo. Sí, el mismo mar que nos moja los pies a tantos. En referencia a esto último, uno de nuestros "clásicos vivientes", Juan Goytisolo, escribe en una columna, "Sueños de Nochevieja para 2009", de "elPaís" de 2 de enero de 2009, que sueña con que: "los cruceros de lujo por la cuenca mediterránea incluían una escala en Gaza para jugar al golf y la convertían, por el reciente esplendor de sus ruinas, en el punto de destino favorito de la gente guapa."
El malvado bucle en el que se ve envuelto la situación no deja de ser, incluso, paradigmático. La temida secuela imitadora del hijo de padre maltratador se refleja en el Estado sionista. Aquello que uno con bigote impuso, es imitado por los hombres de largas barbas, en nombre de su Fe, e intereses. No me deja de sorprender que existan quienes se preguntan por qué entre los ciudadanos de Europa (manteniendo al margen la inmigración magrebí y turca) crece el antisemitismo. No porque ello esté justificado, pues se trata de una tiranía ideológica funesta como cualquier otra, sino porque el abogado defensor del judaísmo, Israel mismo, pierde el juicio aniquilando a su contraparte.
La excusa de los ataques palestinos puede llegar a ser válida, si nos quedamos en una dimensión "terminológica" o cuantitativa, para nada cualitativa. Cierto es que algunos atentan contra los israelitas, como también lo es que el terrorismo es apoyado, no sólo en la franja de Gaza sino en todo el territorio controlado por la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Sin embargo, sin conocimientos de psicología, ni aun menos de psiquiatría, puede decirse que la política seguida con Gaza no ha sido la mejor, obviándose opciones, sea de "democratización" o fomento de la Paz, y fomentando un eficiente caldo de cultivo de terroristas (¿quién sabe si como instrumento legitimador por el que conseguir, tal y como está sucediendo, la Franja (territorio que fuera cedido a la ANP virtud de los Acuerdos de Oslo)?). Debemos tener en cuenta una idea, y es que los muros de hormigón que con anterioridad se construyeron, y por Naciones Unidas fueron condenados, han hecho más por el terrorismo que las ayudas, copiosas, y no sólo existentes, de países como Irán.
Este dramático problema no deja de confirmar las tesis de Huntington, razón por la cual, alternativas como "la Alianza de Civilizaciones" son algo más que necesarias en estos momentos. Como se pregunta el insigne Dr. Georges Corm ("La cuestión religiosa en el siglo XXI", Madrid, Taurus, 2007): "¿Cómo han podido cambiar tan bruscamente los decorados que nos rodean en el escenario del mundo? ¿Cómo, en un lapso de tiempo tan corto, ha podido producirse un cambio tan drástico? Ayer, como quien dice, en 1989, caía el muro de Berlín, lo que abrió más aún los espacios de libertad. Ayer también, en 1991, Kuwait era liberado por la más formidable de las coaliciones armadas desde la Segunda Guerra Mundial y el presidente de Estados Unidos anunciaba el advenimiento de un nuevo orden internacional, por fin justo y equitativo, en el que la agresión del fuerte sobre el débil sería severamente castigada. Ayer finalmente, en 1992, el politólogo americano Francis Fukuyama obtenía un gran éxito internacional con una obra que anunciaba "el fin de la historia" merced a la generalización y al triunfo del sistema democrático sobre los cadáveres presentes y futuros de los régimes autoritarios o dictatoriales". Que nadie se equivoque, que ya lo hará el amigo Fukuyama por nosotros... lástima que Huntigton nos haya abandonado recientemente, pues el Mundo mucho le iba a demostrar, para nuestra desgracia, cuánta razón él tenía...
Imágenes: 1) Gaza Strip from CIA factbook. 2) IDF soldiers of the religious battalion of Nahal training for infantry service. Original uploader was Naama at en.wikipedia.

martes, 23 de diciembre de 2008

Petición a los Reyes Magos

"(...) ha caído la noche y los bárbaros no han venido.
(...)
Y entonces ahora ¿qué va a pasar con nostros sin los bárbaros?
Al menos esa gente era una cierta solución".
"Esperando a los bárbaros" de Constantino Cavafis
Existen varias definiciones relativas a qué es un clásico. Para unos, son aquellas obras que reiteradamente son citadas en escuelas y universidades, para otros, esos gruesos tomos de honorable apariencia, que todo el mundo pretende tener bien visibles en su biblioteca, pese a no haber sido jamás leídos. De lo que no hay la menor duda es de que de los clásicos se puede extraer una innumerable lista de célebres frases. La anteriormente escrita es un ejemplo[i].
Las palabras del griego Cavafis me trasladan a una atmósfera decadente. Un tiempo nubloso en el que el hambre, el miedo y la enfermedad campan a sus anchas. Se me aparece todo como un gran ocaso estereotipado, definitivamente, un cuadro, típico y tópico, de cómo debió ser uno de los últimos días del Imperio Romano. Se me ocurre reflexionar sobre cuáles debieron de ser los pensamientos de cualesquiera de cuántos contemporáneos de aquella época poblaron las grandes urbes romanas. Una cuestión que me preocupa especialmente es la de reflexionar acerca de si esas gentes supieron, ni aunque fuera por un mero atisbo, la gran vorágine que se les venía encima. No podemos saber si el habitante de Aquileya, de Leptis Magna o de Cartago se pudo haber figurado cuál iba a ser el destino de su civilización, de su anciano Imperio. Seguramente los romanos no se figuraron un mundo gobernado por bárbaros. Quienes tienen una existencia acomodada sostienen la “cuasi-divinidad” del orden que les gobierna. Craso error para la razón, al que los humanos parecemos estar genéticamente predeterminados.
Me causa una gran ansiedad pensar que yo bien pudiera ser uno de aquellos “romanos”, partícipe de un gran escenario de decadencia predestinado a la caída, en este caso no del orbe romano. No sé si entre Iraq y los Campos Cataláunicos caben paralelismos, pero cierto es que las batallas distantes estereotipan la fragilidad de quienes nos gobiernan. Las desigualdades fomentan flujos migratorios insostenibles, flujos de “nuevos bárbaros” buscando mejores tierras. Otros de su calificativo amenazan a nuestras estructuras macroeconómicas, mientras que caníbales de nuestra "social" especie se nutren de ideas falsas y especulaciones abusivas. La Bolsa cae, y los sueños con ella.
Como el niño, adulto o anciana romanos del poema de Cavafis, yo sigo buscando a los bárbaros. No sé si debo confiar en quien no supo vigilar que el singular villano se hiciera con las expectativas de cientos o en una sociedad caduca y especialmente desestructurada. Busco soluciones, sin tener tampoco a bárbaros disponibles.
Occidente, y más concretamente Europa, se va progresivamente ninguneando dentro de su fofo conformismo. Los individuos viven sin expectativas, con el único estímulo del chat, el cigarro y las grandes fiestas. Una sola letra separa al matrimonio del patrimonio, mientras que los infantes son considerados como externalidades negativas de coitos nefastos. A todo eso, la familia se descompone dejando su asiento a la perruna mascota, mayormente privilegiada que el abuelo. Un sinnúmero de pequeñas cosas nos conducen al gran efecto. Un mundo caduco, una sociedad sin esperanzas “ni bárbaros”. El potencial del forastero renovador “bárbaro” sólo cabría buscarlo en las nuevas ideologías. ¡Lástima que de éstas estemos faltos!
Me pregunto si en este próximo año surgirá un nuevo Atila o Genserico. Si en los EEUU aparecerá el “nuevo candidato antonino[ii]” o se seguirá la, poco particular, tradición catalana de dejar al hijo mayor, o listo, con la industria y el tonto para la política… Sinceramente, reconozco haber escrito con este post mi carta a los Reyes Magos. Un Mundo que reflexione y encuentre, y que en la medida de mi humano egoísmo, me garantice un futuro personal, y ante todo, para los míos.
Felices fiestas y mejor año nuevo!!!
[i] Estas líneas lo mismo han servido para hacer una alegoría al autor, como para introducir obras sobre la Decadencia y Caída del Imperio Romano, como las inexcusables monografías del profesor Javier Arce (uno de los mejores, quizá el mejor, historiador romanista actual), “Bárbaros y romanos en Hispania” (Marcial Pons, 2005) o del clásico “Esperando a los bárbaros” del Dr. Alonso del Real (Austral, 1972).
[ii] Dinastía a la que pertenecían notabilísimos Emperadores como Trajano, Adriano o Marco Aurelio.
Ilustraciones:
1) Constable, John, "Hadleight Castle (Hadleigh Castle?), Studie" (1829)
2) Honthorst, Gerard van, "Anbetung der Hirten"

domingo, 14 de diciembre de 2008

Propiedad Zoológica

Justo antes de seguir con el estudio, no es extraño que mire, durante un rato, alguno de los documentales de "la 2". Un día, viendo el clásico reportaje de leones y ñus en la sabana africana, a uno de mis tíos (doctos siempre en geniales reflexiones y muestras de gran sabiduría) se le ocurrió decir que “cómo podía ser que en África pastaran grandes rebaños mientras la gente pasaba hambre, cómo no cultivaban esa tierra para conseguir alimentos”. La verdad es que, como buen amante de los animales, mi respuesta no se hizo esperar, pero bien cierto es que la misma no pudo mantenerse ajena al condicionante de considerar cuál pudiera ser la solución a este real binomio entre progreso y naturaleza, agricultores y vida salvaje, animales y personas. Pocos días después de la reflexión de mi tío, pude leer en el diario “elPaís” el artículo: “La tierra para quien la paga”, ciertamente sobrecogedor.

Mi padre, con gran jocosidad, siempre se ha preguntado si supe decir antes “ñu” o “papá”. La verdad es que yo también lo dudo. Mi afición por los animales (y dentro de los mismos, por los dinosaurios) siempre ha sido bastante sólida, desde la infancia y la adolescencia a nuestros días, en los que, aún, con gran fuerza, pervive. Cierto es que todo amante defiende lo que ama, mi caso no es diferente. Sin embargo, propongo una reflexión sobre algunas variables, un pensamiento responsable y congruente con lo que nuestros gobiernos realizan, muy especialmente, en el continente africano.

Dejando a un lado las restricciones a la libre competencia, que entes como la UE protagonizan respecto a los países africanos, grandes proyectos para la humanidad, de mayor o menor ética, se ven implicados en este asunto. A nadie se le escapa que a los habitantes de ciudades, literalmente en el desierto, como Dubai o Doha, requieren de alimentos con los que nutrir a sus habitantes, cada vez más numerosos. De hecho, los países de la Península Arábiga, tienen una consolidada tradición de invertir en la compra de tierras en países extranjeros, para cultivar en ellas los alimentos que posteriormente van a importar a sus feudos domésticos. Con el auge de estos asentamientos las inversiones se han disparado. Más población y más ingresos (en su mayoría “petrodólares”) alimentan al monstruo, con especial virulencia. Esta situación, ya de por sí inquietante, se ha visto acentuada con la aparición en escena de nuevos países.

Según recoge este genial artículo, de más que recomendable lectura, países como Alemania o Corea del Sur están adquiriendo miles de hectáreas en lugares como Tanzania y Madagascar, ambos con un elevadísimo índice de habitantes dentro del umbral de la pobreza. Si bien en el segundo caso se trata de una excusa “mínimamente excusable”, valga la redundancia, en el primer caso no deja de ser miserable que un país como el gigante teutón maquine con sembrar 200.000 hectáreas para biodiesel en Tanzania, un Estado de gran pobreza, a la vez que riqueza medioambiental (caso equivalente, como decimos, a la compra por la coreana Daewoo Logistics Corporation, de la mitad de la superficie cultivable de la isla de Madagascar, uno de los últimos enclaves donde pueden contemplarse ecosistemas vírgenes para la vida salvaje). Más allá del reparto de la riqueza, pues proyectos como estos parecen, prima facie, amenazar sobremanera a los pequeños agricultores (la gran mayoría de ellos sin título dominical alguno), debemos de centrarnos en una disyuntiva vital para la especie humana, la misma que un principio ya apuntábamos. Animales frente a desarrollo.

Una explotación responsable de las tierras africanas, de donde pudiera extraerse alimentos para terceros países (siempre y cuando se asegurara el suministro para los países explotados) podría estudiarse; si bien, el mero pensar en ello ya atenta contra la conservación de la vida salvaje de estos lugares. Pese a todo, llegados a este punto, a nadie se le debe escapar que en los Estados desarrollados, también en España, el propio “desarrollo” ha atentando en infinidad de ocasiones contra la biodiversidad, acabando con buena parte de las especies que antaño poblaron estas ricas naciones. Privar de “su derecho” a los países en desarrollo no es ético, sí que lo es, sin embargo, vigilar que terceros pretendan esgrimir la espada de la justicia distributiva para subyugar los países ricos en terreno cultibable, hoy en día, aconteciendo “ranchos” para el inversor coreano, japonés, saudí o alemán de turno.

Creo que el camino hacia la explotación de las tierras vírgenes es inevitable. Antes o después los lugares fértiles serán explotados, no sólo con el argumento de alimentar a los de nuestra especie, sino también con la expectativa de mantener el nivel de vida de los países desarrollados (y de todos aquellos que desean serlo algún día). La ciudad es un antónimo del campo, ello debe ser recordado. Pero bien cierto es que la vida urbana nos ha brindado, ya desde Mesopotamia, un caldo de cultivo para las ciencias, la técnica y la mejora en nuestras condiciones de vida. Visto todo esto, las especies en peligro de extinción parecen condenadas al abismo. Defendiendo siempre el superior valor del bienestar de las personas (no siendo tolerable la pobreza y hambre de miles de millones de seres), debemos asimilar una filosofía “ambiental” que nos permita hacer posible una conservación de aquellos animales a los que tanto amamos. Por mi parte, la solución se centra en un concepto, la idea de “patrimonio zoológico”.

No puede sostenerse, por más que se empeñe el movimiento ecologista más radicalizado, que los animales tengan derechos; pues “tener un derecho” implica un potencial sapiencial por parte del beneficiado, circunstancia, que hasta día de hoy, nos pertenece en exclusiva a los Homo Sapiens Sapiens. Sin embargo, parafraseando al inmortal Ihering, bien pudiéramos hablar de un “interés jurídicamente protegible”, en este caso, la biodiversidad global.
El futuro son las reservas, las grandes extensiones de parques naturales, nacionales y reservas de la biosfera. Una distribución del globo que reconozca la hegemonía humana, pero siempre supeditada al interés de conservar la Tierra y sus especies para quienes vengan después, o lo que es lo mismo, una solidaridad intergeneracional que nos lleve a preservar los animales en peligro de extinción. Es por ello, que los proyectos de protección de los animales son tan necesarios, no como una suerte de "reunión constituyente" reconocedora de derechos, sino más bien como proyectos de restauración, ideas conservacionistas que asimilen la Naturaleza con el Patrimonio histórico, pues a nadie se le debe escapar, la Historia Natural es un concepto que incluye a la genuinamente nuestra.

* Casos donde la intervención humana ha asegurado la pervivencia de especies "virtualmente extintas" son los del bisonte europeo y, muy notoriamente, el ñú de cola blanca (criado en reservas y granjas de Sudáfrica).

Enlace recomendado:
Imágenes:
En primer lugar, "Drawing of Nyassaland Wildebeest ((Connochaetes taurinus johnstoni), from "British Central Africa", Sir H. H. Johnston" (1903).
En segundo lugar, "The skyline of dubai from sheik zayed road" de Iardo, sujeta a GNU Free Documentation License.

sábado, 6 de diciembre de 2008

El Imperio calavera

Platón fue el sumo creador de un mundo de ideas. Por él pululaban caballos, yetis, uzbekos, parroquianos, gladiadores, futbolistas y malabaristas. Las gentes acudían a la discoteca, al Coliseo o los burdeles y clubes de ambiente. En aquel lugar no habían familias, sólo campos semánticos. El infinito saber eventual se representaba en ideas, nominalmente puras. La falta de profanación del templo sapiencial impedía que se hiciera mella en un mundo, por definición, ideal. Todo tenía una recreación terrena o una eventual salida en el Futuro, si es que no la había tenido ya, en el pretérito Pasado.
Como genuina entelequia, ésta tuvo su fin. Los de la contrada de la Cruz, haciendo honor al corporativismo de los de su campo semántico, sometieron a las ideas a esclavitud, y el recto camino se impuso, llamando al mundo ideal, Cielo. Como vieran que ello les parecía bueno, crearon a su vez el Infierno. Todo lo residual de entre lo completo fue a parar a este cajón de sastre del Demonio; fiel servidor inventado, persa a la vez que sagrado. No obstante, de entre todos estos campos, destacaba el de las ideologías. Una, la cristiandad, decidió monopolizar los cielos, sirviéndose de las caras de la religión, como si de un mismo fenómeno pareciera haber varios (Islam, hinduismo, judaísmo…). El resto de las ideas huyó al suelo. Como si de lozanas novatas se tratare, sin control, se dejaron fecundar por los humanos, pariendo seres perturbados, cosas malas, imperios…
El ser de la calavera entró entre las estalactitas de “kalagnikovs” y las quebradas de espadas, gladius y hachas incrustadas. Allá no crecían telarañas, sino que pendían medievales mazas. No había fuegos, sino hipocresía. Las “calles” de lamentos estaban pobladas por ladrones, estafadores, rufianes, contrabandistas, irreverentes y ministros. El lugar era fúnebre como el Hades, en gran parte, porque de ello se trataba. Calavera caminaba, con cigarrillo en boca. No sabía dónde se hallaba, pues era nuevo en el lugar, no podía hablar con nadie de los que le rodeaban, pues ninguno era de confianza.
Absorto en el whisky y su paquete de Malboro, rápidamente, el de la calavera se acercó a un fuego donde había un grupo asando patatas. El grupo era peculiar, pues cada cual tenía unos atributos y características tan detonantes como asonantes. Había uno con casco de legionario, túnica de lado a lado, calígulas en pies y traje trapero de esclavo. Otro no era del todo humano, tenía ojos orientales, efigie de centauro, con pies de caballo; en la espalda llevaba un curioso arco y de su barbilla colgaba una rala perilla. Dos de sus acompañantes, cada uno a un lado, rivalizaban con él en originalidad: pues uno de ellos enseñaba su palpitante corazón ensangrentado, mientras lucía penacho de quetzal y bebía chocolate caducado. Al otro lado del ser acaballado, un genuino ser de dos caras, de expresión anciana en una y faraónica en otra, hacia galas de superior, vistiendo alas en la espalda, y pies de león por zapatos. De entre todos, había dos especialmente curiosos. El niño adulto, con casco de león de plata y rizos de oro, de expresión un tanto sensual, y a la vez, amanerada y el espigado hombre de castizo acento, con lonchas de jamón por orejas, cantimpalo por nariz y quijotesco casco por segundo cráneo. La conversación que entre ellos tenían versaba sobre cómo habían conseguido la patata.
El de la toga decía no conocerla, a lo cual, el de las dos caras asentía. Ambos proponían cultivarlas manteniendo a mano de obra barata: endeudados, criminales, opositores, y en definitiva, esclavos; sólo que uno los prefería del detrito social y el bifronte por derecho divino. El de alma extremeña dijo que él las tendría que descubrir primero, para luego implantar entre los jornaleros, a lo que el centauro dijo que él no las quería ver, pues tenía mucho de carnicero, y las hierbas y tubérculos eran para tiempos de hambre. Calavera se sentó en un lugar, que aparentemente, tenía pre-asignado. Sentóse en él y abogó por conseguir copiosas cantidades de patata sometiendo a pueblos de los que no estaban representados. A todos les pareció curioso y, alguno incluso se sorprendió por la intervención del nuevo huésped.
A la reunión llegaron dos nuevos huéspedes. Uno leía Fausto mientras se tocaba el bigote con la otra mano, y el segundo llevaba botella de vodka por compañera, cuales dos amigos, en verdad, borrachos. Ellos no se sorprendieron tanto al ver al inquilino. Calavera por fin se congratuló de poder ver a quienes consideraba los Srs. Comunismo y Fascismo; gran decepción se llevó cuando se enteró de que tales, no eran sus nombres.
Calavera se vio, de repente, sumergido en un lugar fuera de sus reglas. Sentía que algo en su realidad había cambiado, que todo lo que veía no acontecía lo creído, y que lo soñado no parecía tampoco lo visto, sino lo deseado. Ambos parecían conocer las vestiduras del nuevo. Sobre su cuerpo llevaba una chaqueta negra con aires de militar, con un águila calva grabada en hilo barato. Su trasero se sponsorizaba por CocaCola y, de entre sus peticiones, dos de tres eran alcohol y tabaco. Para cerciorarse, los de acentos del Rhin uno, y de los Urales el otro, le preguntaron por su nombre, el de la calavera dijo que le podían llamar “Capital”, aunque en verdad, su verdadero nombre, fuere acompañado por un “ismo”. Todos empezaron a reír, pues el “ismo” era el “Expósito” de entre los de aquél lugar. El nombre utilizado por quienes no sabían su verdadero nombre. La pareja de tertulianos se sentó, con risa entrecortada. Saludaron al nuevo con acento tejano, presentándose como Rusia y Alemania, dos de los del grupo de “Imperios” que allá se reunían.
A él lo trataron por EEUU, él no se dio por aludido, pues su nombre era Capital, y en todo caso, Capitalismo. Pregunto al frío bebedor de vodka si conocía a un tal Comun, y él le contestó que tal era el nombre del hijo que pretendía tener, sólo que jamás había sido concebido. Todos los Imperios comenzaron a reír en el Infierno, riéndose de las gruesas, y tetudas, madres ideologías que a todos ellos parieron. El mongol trotaba de alegría, el romano se moría de risa. El español no paraba de dar en la espalda al azteca, y éste sonreía al niño adulto, para algunos Magno. Calavera cambio su Expósito por nombre real, y díose cuenta de que estaba muerte en el Infierno de los Imperios, y de que su nombre, era EEUU…
Primera imagen: Sodom and Gomorrha, a painting by en:John Martin (artist), died 1854, thus 100 years.
Segunda imagen: dibujo del prometedor, y notabilísimo, ilustrador, D. Rodrigo Martín Campo, de Mar de Plata, "lugar de buenas ensaladeras" ;-)

domingo, 30 de noviembre de 2008

La mitología de los dinosaurios

Según definición de la Real Academia un “mito” es una “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad”. De estas, estandarizadas, palabras seguramente deduzcan a Héctor, Aquiles, Hércules, Agamenón, Gilgamesh, Isis u Osiris. Sin embargo, debo “salir del libro”, y confesarles que, para mí y buena parte de los de mi generación, lo legendario, apoteósico, maravilloso y hegemónico no viene de ningún ser antropomorfo, ni de ninguna deidad ajena a la propia Tierra, mis protagonistas no son del todo inventados, y los fondos son, ante todo, terrenos de hoy, en tiempos pasados. Si me preguntaran por un lucha, una batalla titánica y primordial, yo les contestaría con la protagonizada, en un eventual pasado, por el Tyrannosaurus Rex y el Triceratops.
Desde que un servidor era pequeño, a uno siempre se le ha representado como el fiero ser que busca comida en el bonachón reptil con cuernos. Sus luchas siempre las recreaba con mis reproducciones de plástico. ¿Qué le iba a hacer si las revistas de paleontología me eran más atractivas que la Odisea, la Eneida o la Ilíada? Sobre la “mitología de los dinosaurios” han escrito autores de renombre, siendo especialmente oportuno destacar la aportación del más grande paleontólogo patrio, José Luís Sanz (a quien hoy se sitúa, por parte de “otro grande” como Fernando Savater, entre los 100 hispanoamericanos del año en el Semanal de ElPaís). Nada más lejos de la realidad, los dinosaurios siempre se nos han representado como seres, acaso mágicos, dotados de unos atributos, en no pocas veces falsos, y por definición, imaginados. La mitología de los dinosaurios, ahora ya sin paréntesis, podría ser una categoría científica en sí misma, quizá, más concretamente, antropológica. Y es que hay una reflexión que bien puede unir al tiranosaurio con el león de Menea (tal vez del Moncayo según la leyenda…), y más concretamente, con la Hidra de Lerna (presunta hermana del león, quien quiso vengarse de su muerte) y el resto de los dragones. Los fósiles de dinosaurio, hallados en tiempos de inocente ciencia, fueron interpretados como restos de dragones, infernales fieras con atributos de ofidios, lagartos, diablos y canes. Dentro de un concepto amplio de “dragón” puede incluirse a la propia hidra, el “Drac de Banyoles” o el propio Fujur de “La Historia Interminable”.
El dragón chino, el de San Jordi o Kukulkán (la serpiente emplumada), son manifestaciones de una misma idea primordial, procedente de diversos lugares ailados entre sí. Fuera de la vertiente científica, del más puro análisis de huesos y taxones evolutivos, los dinosaurios "continúan" estos mitos. Los seres de Jurassic Park o de las películas de King Kong y Godzilla no son más que recreaciones contemporáneos de largo acervo humano. Mencionemos algunos mitos, creencias falsas y estereotipos acerca de estos seres:
1) El mito de T. Rex. Tal y como ya se ha citado, el tiranosaurio es el “dinosaurio” por excelencia; una encuesta entre la opinión pública nos lo confirmaría. Sus catorce metros de longitud, junto con su descomunal cabeza armada con unas potentes mandíbulas le honran en pavorosidad, por más que hubiera otros que le ganaran en tamaño.
Sí. Este animal, para algunos cuasi sacro, no fue ni mucho menos, el mayor depredador que haya pisado la Tierra. (Al respecto, véanse los africanos Spinosaurus y Carcharadontosaurus, y, ante todo, el argentino Giganotosaurus).
2) Los “dinosaurios inteligentes”. Está bastante extendida entre la comunidad la idea de que hubieron seres dotados de una de las máximas inteligencias que ha dado la evolución, hasta la llegada del hombre. Hallazgos como los de Troodon o Saurornitholestes nos muestran especímenes dotados de una eminente capacidad encefálica. De hecho bien podría decirse que fueron los animales más “inteligentes” hasta la fecha. Sin embargo, una comparativa actual nos demostraría cómo sus cráneos eran semejantes a los de los avestruces, por lo que no es de extrañar que los científicos opinen que el “coeficiente” de ambas especies debió de ser semejante.
3) Las mentiras de Jurassic Park. Este tema nos daría material para todo un artículo, sólo se escribirán unas líneas muy sintéticas. Obviando las impreciones en cuanto a la recreación de seres como T. Rex o Brachiosaurus se refiere, en la película de Spielberg destacan dos crasos errores: los relativos a Velociraptor y a Dilophosaurus.
La “yanquización” de todo lo paleontológico acontece en este caso un tanto más patética. Resulta que Velociraptor fue una especie poco más alta que un niño de corta edad (y vivió en Mongolia), mientras que el animal que “más” podría parecer al de la película vivió en EEUU, eso sí, con un nombre “menos mediático”: Deinonychus.
Por otra parte, a Dilophosaurus se nos presenta como un pequeño saurio dotado de un “collar” de piel semejante a un paraguas, capaz de escupir veneno. Sea considerado carroñero o depredador, cosa aún en discusión, el animal resulta ser más terrorífico que en la película (diferentes “atributos” de depredación y mayor tamaño, 6 m de largo y 2,50 m de alto).
Imágenes:
1) Antonio Pollaiuolo: Hércules y la Hidra, sobre 1475. Galleria degli Uffizi, Florencia.
2) Genial imagen de D. Luis Rey: http://www.luisrey.ndtilda.co.uk/html/bakker.htm