viernes, 30 de marzo de 2007

Disfraza al romano de hombre presente, que el conocimiento sobre él quedará ausente

Recuerdo como un antiguo profesor de castellano nos comentó cómo estaría de feliz si algún día pudiera hablar acerca del contenido del Quijote o del de La Celestina y no de la última jugada de Ronaldinho o del último numerito salido de la basura televisiva, en una de esas entrañables reuniones tertulianas. Quizás por el paso de algún cometa por una galaxia muy lejana, o más seguramente, por la excelsa gentileza de un hombre entregado a la sabiduría y la docencia, ayer pude experimentar tal sensación. La conversación no sólo me sirvió para conocer a nuevos y utilísimos autores sino que me abrió la barrera que tuviera frente a todo lo metafísico a nuevas ópticas y consideraciones.

Sin ánimo de herir volátiles sensibilidades, me gustaría empezar mi artículo realizando cierto paralelismo con ese fenómeno conocido como “lengua muerta”. Poca duda cabe, de que en el campo de la práctica cotidiana una lengua muerta viene a ser como un cuadro; bello y dador de ese sentimiento de ser afortunado por haberlo conocido, pero poco, o nada, útil para sacar beneficio alguno en el campo de lo pragmático. Sin embargo, una lengua muerta posee un “plus” a tener en consideración, y es todo el acervo cultural que arrastra, todos los conocimientos expresados por las gentes que otrora la utilizaron. Algo semejante acaece con las religiones antiguas.

Tal y como reconoce, el en buena hora conocido autor, Mircea Eliade, el excesivo énfasis en lo “profano” desvinculándonos radicalmente de lo “sagrado” no sólo es legítimo, en el sentido de ser una de la infinidad de opciones posibles para el individuo, sino que tiene, como toda cosa en la vida, ciertos inconvenientes. Al igual que en el caso de las lenguas muertas, las religiones “muertas” atesoran pequeños diamantes en forma de prácticas, ritos, creencias e incluso conocimientos, de civilizaciones pasadas.

La religión antigua comprende también al Derecho, la Moral y la Ciencia de civilizaciones pretéritas. Un “paleontólogo” del Derecho, de la Moral o de la Ciencia debe acudir a tales “huesos” con el sino de entender los extremos del pensamiento y de la ciencia antaño en vigor. Sin duda alguna, tal encomiable charla sería complementada con una posterior lectura de su libro (La ciudad cautiva) dónde uno puede percatarse de la afortunada elección del autor de querer inmiscuirse en la psique de los antiguos a través de su religión y de sus creencias. Un error grave en el que incurre el ojo foráneo, es querer trasladar nuestra óptica actual a tiempos pasados. Obviamente, existen ciertas normas (por ejemplo las de la Física) que permanecen inmutables, y pese a existir ciertos paralelismos, semejanzas y metáforas; no tiene excesivo sentido caer en el etnocentrismo religioso del que, quizás inconscientemente, adolecemos en multitud de ocasiones.

Recuerdo aquel aforismo del profesor Redondo que afirmaba que: “si se puede decidir tener creencias, se puede decidir tener creencias falsas; no se puede decidir tener creencias falsas; por lo tanto, no se puede decidir tener creencias”. En otras palabras, no podemos culpar a aquéllos que habitaron el Pasado, de tener creencias diferentes a las nuestras, ni, desde una óptica ofensiva o radical, creer que nos hallamos ante hombre primitivos o subdesarrollados. Ya sea des de una óptica teológica, o desde una óptica más evolucionista (empírica), con la que yo más me identifico, está claro que el hombre de civilizaciones pasadas no tuvo porqué ser menos feliz o estar sumiso en un mundo desgraciado y perverso. El campesino de la Edad Media, el asirio de la gran Nínive, el bizantino de Constantinopla o el maya de Tikal no fueron gentes partícipes de un estado de atávica tristeza. Cada cual le toca vivir en un tiempo y en un mundo, y participar en las creencias y pensamientos del Mundo en el que le toca vivir, o más concretamente, participar de aquellas creencias y valores que le insertan sus más primordiales educadores, sus progenitores.

El hombre no decide sus creencias; sin querer caer en la redundancia, quisiera volver a adjuntar aquellas palabras del profesor Óscar Valtueña Borque que afirman que: “el ser humano, el más prematuro de toda la tierra, nace con una organización cerebral prácticamente inactiva, y debe vivir con otros seres humanos para que se active su genoma. El niño sin socialización no es más que la esperanza de un ser humano”. El hombre no elige sus creencias, se halla sumergido en el paradigma que le toca vivir. Sin embargo, haciendo cierto símil con la teoría evolutiva, nuestro pensamiento, nuestra religión, nuestras creencias… cambian con el tiempo, a la deriva de la inercia. Ello nos metería en un debate sobre el camino hacia la complejidad, idea que yo rechazo. Nuestras ideas no son más complejas ni mejores que las que tuvieran los romanos, los mayas, Einstein, Cervantes o Julio César; son elementos impregnados por el condicionante del paradigma y del “hábitat” en que a cada cual le toca vivir. Quisiera hacer un último símil evolucionista que será motivo de otro artículo: un tiranosaurio no era una especie menos compleja ni evolucionada que un águila arpía simplemente se trata de especies que se han adaptado a medios en los que les ha tocado vivir, lo mismo que acaece con las personas y los grupos étnicos, medios que no elegimos ni controlamos, ¡pero es que acaso podemos controlar el futuro o los cambios!

jueves, 29 de marzo de 2007

Sobre lobos y buitres

Homo hominis, lupus” es una idea sobre el hombre que siempre me ha seducido. Hobbes opinó que el hombre es un lobo para el resto de los de su especie. El Estado, Leviatán, debe concentrar el poder con el objetivo de evitar una cainísta carnicería. El hombre es malo por naturaleza, contrariamente a aquella opinión que asume la bondad inherente al hombre y su correlativa perversión por la vida en sociedad.

Si, por un momento, representáramos a todas nuestras ideas en un ficticio y metafórico, pero no por ello inútil, parlamento; nos percataríamos irremediablemente de lo radical que sería el escaño que debiera ocupar la Madre Naturaleza. Ciertamente, no existiría escaño más a la derecha de aquél que la Naturaleza debiera ocupar. Curiosa paradoja. El ecologismo no es una aproximación a la Naturaleza sino todo lo contrario, ir contra corriente, luchar contra la tendencia ultraconservadora innata de la madre de las madres, y por supuesto, matriarca de nuestra propia consciencia.

Aceptando los postulados de la ciencia moderna, la vida se basa en la evolución y en una idea clave, la selección natural. Parece obvio que no sólo actuará tal proceso sino que se deberán tener en cuenta las posibles mutaciones concebidas por la eventual recombinación producida en el proceso de concepción de un nuevo organismo. La mutación introduce la variabilidad, pero son los individuos, en si mismos diferentes, quienes compiten entre ellos bajo las reglas de la “ley de la jungla” o lo que es lo mismo, el imperio del más fuerte.

Ello me hace pensar en un posible motivo de separación entre las ciencias naturales y algunas de las más representativas ciencias sociales como pudieran ser el Derecho o la Moral. Las ciencias que tienen por objeto el medio natural se centran en aquello que es (empíricamente) y no en aquello que debiera ser (medio hipotético), como sí lo hacen el Derecho y la Moral. En palabras llanas, el Derecho y la Moral sirven de “camisa forzada” con el objetivo de evitar una brutal carnicería derivada del imperio de nuestra, por si misma, violenta y competitiva psique.

Que hoy he tenido un mal día será lo mínimo que pensará el lector. Bien. Pues ese no ha sido el caso, sino más bien todo lo contrario. En épocas de exámenes es quizás dónde un alumno, de cualquier disciplina, se percata, con mayor evidencia, de la competitividad irremediable que impregna todo lo que hacemos. Somos seres devotos de la inconformidad y del quererlo siempre todo: quién pudiera saber si no es ello el espejo que nos muestra la efectiva acción en nosotros de la selección natural.

Aquello que parece evidente es que toda acción que traspasa los artificiales moldes de la Moral y del Derecho cae en las fauces de nuestra violenta esencia. Cómo somos de competitivos e inevitablemente seducidos por la violencia se puede constatar en un simple ejemplo. Tengo la suerte de poder veranear en una bella aldea de poco más de cien habitantes. Alrededor suyo existen pequeños pueblecillos que dependen del ayuntamiento de mi pequeño paraíso estival, pero que tienen sus propios habitantes, y sobretodo, veraneantes.

El grueso de la población joven es veraneante, quedando pocas gentes nativas, cofrades de la lozanía, en tales lugares. Cada pueblo organiza su peculiar “selección de fútbol”, cursándose casa verano pequeños torneos. Al ser la gran mayoría descendientes de aquéllos que habitaron antaño tales pueblos, la mayoría tenemos casa y no faltamos ninguno verano por lo que los torneos acontecen entre las mismas personas año tras año. Inevitablemente, y no importa que se juegue a fútbol o a cualquier otro deporte, estas personas procedentes de Barcelona, Madrid o Valencia se identifican, curiosamente, con el pueblo (“de sus orígenes”) produciéndose rivalidades encarnizadas, que en la juventud, en no pocas ocasiones acaban en reyertas y escaramuzas. Ello sucede entre pueblos o entre bandas/equipos que se forman, con cierta vocación de estabilidad, en un mismo pueblo. Las personas tendemos a buscar motivos para identificarnos y oponernos/enfrentarnos al resto, dijo Genghis Khan que los mongoles sólo necesitaban establecer un enemigo común para unirse (¿a alguien le suena esto a nacionalismo, guerras religiosas o rivalidades interregionales...?).

En definitiva, sin Derecho ni Moral somos lobos, y si a ello le sumamos la ley, mayormente contrastada que la de la gravedad, del mínimo esfuerzo, nos encontramos ante uno de los motivos de que además de lobos podamos ser considerados como hombres-buitre.

¡Genial! ¡Vaya día a tenido el nene!. No, el caso es que tuve la suerte de cruzarme con un blog (http://salamancablog.com/) que mencionaba el terrible conflicto en la región sudanesa de Darfur y me hizo reflexionar. El hombre tiende al gusto y a la satisfacción, y de lo contrario, no sin razón, se le tilda a uno de masoca. Lo que pudiera explicar cómo nos importa un rábano, perdonad la expresión, aquello que pueda suceder en Darfur y muchísimo más lo que acaece, y no con menos gravedad, en Irak. Sudan no tiene interés, parece ser, para Occidente, será que no tenga “carroña económica” de la que nos podamos nutrir... No sé, quizás, como buitres, aún no hallamos puesto nuestro ojo en los despojos de un país donde, seguro, que en algún momento, cuando interese, se encontrará... carroña económica de la que sacar beneficio.

lunes, 26 de marzo de 2007

Arte o poder

Me acuerdo de un día en el que estaba saliendo de un restaurante cercano al seminario de Barcelona. Salí, como otras veces después de una opípara comida, pensando en asuntos variados, con ese toque de atontamiento que producen las buenas comidas. Reflexioné sobre la conveniencia, o no, de llamar cuadros a unos dibujos, con precio, colgados de las paredes. Se trataba de un conjunto de “cuadros” de estructura amorfa, que bien bien no sé qué querían representar pero que en el tercio sur del cuadro tenían adjunta una gran cebolla, no imaginándome utilidad artística, debota del buen gusto, alguna. El caso es que en se momento recordé cierta excursión maravillosa hecha no hace demasiado tiempo. Este verano tuve la divina, nunca mejor dicho, suerte de visitar Burgos. Una ciudad a una catedral pegada. No en sentido desprestigioso sino con cariño. Son poseedores de un monumento a Dios y al resto de los mortales. Un edificio bello, ejemplar, grandioso; en fin, espectacular.

Seguramente por mi excesiva limitación de miras, no acabo de entender el llamado arte contemporáneo así como las nuevas tendencias cubistas, abstractas, tapianas y mironianas. No sé. Será que estoy, como me dicen, anticuado y entiendo aquello que se hizo en la Edad Media o bajo el Imperio Romano sin dificultad, y en cambio me cuesta entender aquello que, con presunto empeño, realizan los artistas que me son contemporáneos. Realmente, se deduce una clara oposición privativa: o soy tonto artísticamente hablando, o estoy sumamente anticuado, o sencillamente, sin generalizar, buena parte del presunto arte contemporáneo no lo es.

Seamos benévolos. Es algo más que posible que el inconveniente sea la desvinculación, en muchos casos, del arte con el poder. En otras palabras, el componente emotivo que descansa sobre las paredes de la catedral burgalesa o sobre la cúpula de Santa Sofía son algo más que arte, tal y como lo entendemos ahora. Son manifestaciones de poder, propaganda del imperium del soberano y de la necesaria sujeción del pueblo a sus deseos, por su voluntad, y la del Dios al que dedican tales monumentos. Mi obsesión mesopotámica, me recuerda cómo los reyes asirios eran propensos a construir cada cual su palacio, siendo cada uno más grande y espectacular que su predecesor. Basta recordar cómo Sargón II fue capaz de mandar construir una ciudad-palacio para enaltecer su imperial ego (Khorsabad). Claro está que la desvinculación hoy en día no es total.

En un artículo anterior hablé de Dubai (La Nueva Guerra Fría: Tanques que rozan el cielo). En el más paradisíaco de los infiernos actuales, se alzan proyectos de rascacielos que alcanzarán el kilómetro de altitud. Otros, algo más “humildes”, ya sobrepasan los 300 metros en la actualidad y, parece ser, que su extensión promete convertirse en una imparable plaga urbanística. Bien. ¡De vuelta con los orgásmicos destellos de egocentrismo y chulería inherentes a lo humano! Cuanto más alto más poder, más demostración de dominio, más orgullo: aunque sea merced a trabajos y dinámicas más bien poco deslumbrantes y dotadas de ciertas manchas negras hidrocarburizadas, o aún peor, ensangrentadas.

¡Qué se le va a hacer! Continuamos perteneciendo al Reino Animal so que nos pese. No acabo de ver diferencia alguna con la cola del pavo real o el desproporcionado buche rosado de la fragata o rabihorcado con las macroconstrucciones. Claro que no es para cortejar a hembras sino a súbditos y subordinados. Demostraciones de poder que algunos, ya localmente, ni se molestan en mostrar. ¡Para qué, si ya les votamos!

domingo, 25 de marzo de 2007

El cerebro mentiroso

En clase de economía hay una idea que te insertan en el interior y recuerdas para toda la vida. Los individuos son adversos al riesgo. ¡Genial! Resulta que somos caguetas por naturaleza. Ahora se entienden las fortunas ganadas, sin mayor esfuerzo, por las compañías aseguradoras... Pero hay algo más. No seré un caso único si reconozco haber pensado respecto a aquel listillo que se daba el lote con la chica más guapa de clase, que no es que sea más guapo, atractivo o seductor, sino que simplemente era un listo, un geta, o cuanto menos, un embaucador. El cerebro es adverso al riesgo, ¡especialmente al riesgo de la derrota! Mi esquizofrénica búsqueda del porqué de la Religión me lleva a una idea, quizás en exceso intuida y poco demostrada.

Ayer por la tarde estuve viendo uno de esos documentales, que tanto me gustan, del Canal Odisea. Se llamaba “Encuentros con los monstruos” o algo así. Bien. El caso es que salía un águila de proporciones desmesuradas, 3 metros de envergadura, que aterrorizaba a los colonos maoris de la isla de Nueva Zelanda. Se trataba del Harpagornis moorei o águila de Haast. Se trataba de un ave rapaz experta en cazar moas (ratites parecidas a los avestruces pero que podían alcanzar los 3 metros de altura y más de 250 kilos de peso), que era igualmente hábil en el rapto de desprevenidas personas.


En lo que a nosotros nos interesa, aquello que acaeció con el águila de Haast resulta bastante metafórico e ilustrativo de lo que el ser humano acostumbra a hacer con aquello a lo que teme. Tal y como testimonian las pinturas rupestres halladas en Nueva Zelanda, tal gigante de lo cielos recibió el don de la divinidad. Fue alzada a los altares, siendo objeto de ofrendas y plegarias por sus víctimas mortales. La moraleja se acontece obvia, el hombre no puede admitir ser presa y necesita justificar su posición viéndose como objeto de la voluntad de los dioses. El águila se extinguió, pero nosotros, y nuestro cerebro, no, por lo que sobre la faz de la tierra continúa medrando un órgano maravilloso, que como diría el título de esa tonta película, que es un condenado mentiroso compulsivo.

Los neurólogos y psiquiatras los llaman mecanismos de defensa. Se trata de mentiras que nuestro cerebro recrea automáticamente que, pese a distorsionar la realidad, nos ayudan a sobrepasar situaciones de angustia e incertidumbre dando un orden ficticio a la desordenada realidad. ¡Vaya, la mentira no sólo no es pecado si no que es atávica e incontrolable! Pues eso parece, nuestro falta de omnisciencia necesita de estímulos que le hagan progresar entre las nieblas del azar, del rumbo incontrolable de los tiempos. No resulta en exceso muy agradable vivir para acabar siendo presa de los gusanos, la futura estancia en la mansión celestial resulta, desde luego, mucho más ilusionante.



Foto: El águila arpia de la selva del Amazonas, junto con el águila monera de las Filipinas, nos recuerdan al gigantesco asesino neozelandés.

viernes, 23 de marzo de 2007

Los senderos de lo familiar

El cúmulo de emociones que se me denotan del haber creado esta web se me han materializado en toda una gama de gentiles felicitaciones. Obviamente las hay un tanto forofas procedentes de sitios de liliputienses caldas, como también melancólicas, y no menos ilusionantes cartas concebidas por antiguos maestros en saber, educación y vida. No sé, los nervios de los exámenes me producen tal blogodependencia que escribir se me acontece como una válvula de escape nervioso, además de una excusa para poder, quién lo hubiera dicho, retroceder por los aleatorios senderos del Destino.

Precisamente de senderos va este artículo. De cómo el hombre en tanto que animal parece, cada día más, solidarizarse con sus orígenes nómadas. Las nuevas tendencias, los irremediables cambios en la Realidad y en el Mundo parecen condenar a nuestra sociedad a una desromanización de nuestra convivencia. Sí. Recuerdo cómo en las clases de Derecho Sucesorio, el encatedrado profesor nos hacia constatar la desnuclearización de la familia, cómo instituciones ligadas a las antaño férreas e increbantables raíces de la Familia devienen muebles viejos de una anticuado ordenamiento. La legítima, el fideicomiso… son instituciones que caen en la inapelable sentencia dictada por la Diosa anacronía. Es curioso. El sistema que desgarra los pilares de nuestro Medio, son los mismos que nos trasladan a nuestros pretéritos orígenes. A tiempos pasados, anteriores al sedentarismo y la civilización.

Es cierto que siempre ha habido, en mayor o menor medida, flujos migratorios humanos a lo largo y ancho del Globo. Gutis, hicsos, hunos, godos… son algunos de los nombres que se nos desprenden del campo semántico de las invasiones. Cierto es que los reyes godos (el clan de los “icos”) siempre nos han recordado en mayor o menor grado a Lucifer que a la divinidad suprema de la religión que procesaron. No entraremos aquí a analizar cómo la historia, o mejor dicho, la narración que hacemos de ella, deforma la transcripción de la secuencia de escenas que compone nuestro periplo por los senderos de la existencia humana. La historia siempre la escriben los vencedores, y es inhumanamente posible ser neutral al transmitir los acontecimientos.

Como ya se introdujo en otros artículos (“Binomios cruciales”, ver entradas anteriores) salvo raros casos locales, hasta la colonización del Nuevo Mundo los cambios de población sobre un mismo territorio fueron fenómenos muy esporádicos y localizados. Los “moros” o mejor dicho, “bereberes” no invadieron en masa la Hispania goda, como tampoco lo hicieron los visigodos. Digamos que sucedieron sucesos paralelos a los que acaecen en Oriente Próximo actualmente, poderosas elites extranjeras se hicieron con el cetro detentador de Poder permaneciendo el tejido social prácticamente inalterado. Sin embargo, con la Revolución Industrial y la correlativa pérdida, no solo de “prestigio”, sino de posibilidades ecónomico-culturales del medio rural, las ciudades captaron grandes flujos de población que no sólo atravesaron los muros transregionales sino también las fronteras de los diferentes Estados. El fenómeno migratorio se basa en la desigualdad. Como vasos intercomunicados, el que uno este semi lleno y el otro semi barrio hace que se rompa el equilibrio y se derramen flujos de contenido.
No obstante, hoy no quisiera tratar en exceso de ello, sino de cómo la sociedad occidental actual vuelve al nomadismo. Variando de morada no sólo entre generaciones sino también en el transcurso de las propias vida. La desromanización de nuestra esencia social se traduce no sólo en la carencia de justificación de instituciones sucesorias como el fideicomiso o la legítima sino en la falta de consideración de conceptos como el de casa familiar o pueblo.

La innata tendencia al desorden del Mundo y la soledad que impregna desde el nacimiento a nuestra psique nos lleva a la necesidad de pertenecer a un algo que nos genere protección, o al menos, nos lo parezca. El sistema competitivo de mercado parece haber trasladado la fuerza de pertenencia familiar a la pertenencia al mercado, a la “sociedad”, al “Mundo” dirían muchos. Hoy no se conocen los tíos ni son apenas llamados o visitados los abuelos, de la misma forma que éstos demandan cada día más vida independiente y descanso en forma de “vida social” y disfraces de eterna juventud.Por una vez daré la razón al Papa, la familia se desintegra, cambia, se modula con el devenir de los tiempos. El ser humano vuelve al nomadismo y no sabe qué es tener un pueblo, tener una casa familiar, la melancolía de las raíces, el cariño de una familia. El amigo sustituye al primo y el psicoterapeuta al ascendiente próximo, la desromanización se consuma, diluyéndose los últimos vestigios del Pater Familias y de la potestad del padre y de la madre.
La nación y la política cada día parecen querer “okupar” tan vacíos alojamientos con el objetivo de desplazar a las familias de su antigua unión de vida, camarería, apoyo y sentimiento. La historia y lengua común parecen ser las de los artitas tejedores de marionetas y no la que nos dicen los genes. La legítima se diluye en necesidad, y también el fideicomiso, la institución familiar cambia. Sin embargo, en estos momentos me encuentro con una gran virtud de uno mismo, cómo está bien esto de ser anticuado y tener una gran y fuerte familia a la que estar unido.

lunes, 19 de marzo de 2007

La nueva Guerra Fría: Tanques que rozan el cielo.

Reconozco tener cierto vicio que me produce un muy grato desahogo una vez termino, o dejo en suspense, mi tiempo de estudio. Se trata de ese maravilloso juego de estrategia conocido como Simcity 4. Es un extraordinario ajusticiador de tiempos muertos. Sí. Esas ciudades ficticias, producto del ordenador y de mi imaginación, que se someten al libre albedrío de mi divertida y anárquica cabeza. Eso es. Autopistas interminables, barrios colosales, parques surreales y sobre todo, bloques, pisos, rascacielos, torres y torreones. Este opíparo festín de ladrillos, calles, carreteras y golpes de ratón. Esos asistentes ficticios que te hacen sentir el Julián Muñoz de turno, sin paquirrines ni pantojas. Ese Ruíz Gallardón sin madrileños demandando el fin de sus faraónicas obras. Aquel Belloch que consigue Expos e internacionales zaragozas. Sí. Los golpes de ratón pasan de lo físico a lo cuasi orgásmico. Ni que decir cabe que todo ello llega a su clímax cuando me conecto a http://www.simtropolis.com/ y comienzo a bajarme rascacielos a destajo para mi irremediablemente fantástica ciudad.

Mi excreción de nervios se materializa en Torres Mafres, Picasos, Sears, Petronas, Kios y Pirellis, pero nada más placentero que colocar esa gran Torre de Marfil, salida de la más interminable de las historias, en esa ciudad que, una vez apague mi computadora, se esfumará como el más extraordinario sueño. Se trata del Burj Dubai, ese monumento al monopolio sobre la droga madre, ese reflejo de ávara existencia, de cristal impregnado de hidrocarburo, ese minarete cainísta que se enorgullece de pisotear a sus hermanos.

Si existe el Hades no hace falta decir que bien pudiera hallarse en las tierras arábicas de Dubai y Abu Dabi. Esos estigmas del capitalismo, espejos de la desigualdad y del nuevo Leviatán globalizado. Quizás mejor que no exista la educación en tales lugares, pues cómo se explicaría la esclavitud en tiempos de los romanos viendo a las gentes de la otra orilla del Índico ganarse el sustento con hazañas más propias de Heracles que de meras almas humanas, doloridas, mortales.

El 21 de marzo de 2006, la crónica de una revuelta anunciada se materializó en daños en vehículos, oficinas, ordenadores… generándose pérdidas de más de un millón de dólares. Multitud de organizaciones internacionales tiran sus dardos sobre el régimen de los Emiratos Árabes exigiéndoles el respeto de los derechos humanos y la firma de las convenciones clave de la OIT (87 y 88).

Sin embargo, ello no es un fenómeno aislado. Madrid está construyendo dos torres que superarán los 200 metros (Torre Repsol y Torre Sacyr, en la archiconocida Ciudad Deportiva), Shangai discute la construcción de la Torre Biónica (proyectada por los españoles: Eloy Celaya, Javier Gómez Pioz y Mª Rosa Cervera (http://www.torrebionica.com/bvs/bvs.htm)) que sobrepasaría el quilómetro de altura y podría albergar a 100.000 personas viviendo en su seno. Qué decir de la Torre Solar de Australia (http://es.wikipedia.org/wiki/Torre_solar) o del sustituto de las Torres Gemelas en Nueva York, esas gigantescas víctimas destinadas a ratificar como el hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra dos, o más, veces.

Burj Dubai se eleva en el más enigmático de los misterios. Los dirigentes de Dubai esconden cualquier dato acerca de su altura final. La carrera por el rascacielos más alto se sigue ante el silencio de los medios, la estupefacción del pueblo, los petrodólares de los jeques y la enigmática sonrisa del ultracapitalismo soberano. Dubai se alza, como Babilonia resucitada, quien sabe si como el más infernal de los fantasmas, queriendo rendir cuentas con aquello que le niega descanso. Con la avaricia humana, con ese presunto ser doblemente sapiens, esa civilización hegemónica de los tiempos. El Mundo sigue siendo un gigantesco folio donde la mano de cada global dirigente continúa queriendo dibujar su Voluntad, su nuevo zigurat, su monumento emblemático, su Burj Dubai, su Torre Biónica, su tanque que roza el cielo.

En las imágenes: Torres Petronas de Kuala Lumpur (452 metros) y las obras del Burj Dubai en los Emiratos Árabes.

Pavos de dos metros

En uno de esos placenteros descansitos dentro de este peculiar purgatorio, conocido como periodo de exámenes, visito uno de mis blogs preferidos (http://paleofreak.blogalia.com/) y me entero del descubrimiento de Sinocalliopteryx gigas; un pequeño dinosaurio perteneciente a los compognosáuridos, parientes próximos de las aves. Nada especial, para un observador ajeno a mi afición, de no ser que este saurio estaba cubierto por un falso pelaje.
Falso en el sentido de que se trataban de plumas, sí, ese característico ropaje que visten las aves modernas. Me viene a la cabeza esa escena del principio de Jurassic Park donde una, a juzgar por las apariencias, familiar de Piraña afirma delante del paleontólogo protoganista (Sam Neill) que Velociraptor era un pavo de dos metros. Ciertamente, aquello de lo que la película “se ríe”, ya expresamente en el film o implícitamente con su falta cuasiabsoluta de correspondencia con la realidad acerca de los dinosaurios, resulta ser cierto, o cuanto menos, más aproximado a lo que realmente fueron los dinosaurios.

Ya desde la Antigua China, el ser humano ha jugado a fantasear sobre los restos de estos gigantes reptilianos inventando historias acerca de grandes dragones. Costumbre que seguirían buena parte de los habitantes del Globo, no sólo con los restos de dinosaurio sino con todo fósil en general. Se llegó a creer en la existencia de un cíclope a partir del cráneo de una especie de elefante extinta o a afirmar que los dinosaurios eran unos seres que se extinguieron porque no cabían en el Arca de Noé. Definitivamente, una cosa es lo que fueron y otra bien diferente aquello que nosotros queremos que hubieran sido.

Buena parte de la parafernalia que rodea a estos seres no dejan de ser, algo así como metáforas. Recreaciones visuales (además de cebos publicitarios de todo un tenderete de marketing y juguetes fashion) que nos hacen soñar e interesarnos por estos animales. Cierto. Pero no lo es menos que aquello que ya posee atractivo por naturaleza no necesita burdos maquillajes. De la misma forma que uno se parece a sus familiares y no al vecino, (y si no mal andaríamos…) parece claro que animales como Velociraptor o Sinocalliopteryx gigas debieron ser más semejantes a un pavo que no a dragones legendarios. Definitivamente, o aceptamos la postura indubitada (estudiada por el gran John Ostrom) o seguimos, a nuestro riesgo de meternos en senderos del término de lo fantástico que no de lo real, soñando en seres feroces, más próximos a símbolos de Sant Jordi que a una Ciencia correlacionada con la pretérita realidad.

domingo, 18 de marzo de 2007

Pensando en periquitos


Siempre me han fascinado las aves. Aprendí el nombre de multitud de ellas antes que las conjugaciones verbales, las tablas de multiplicar o el abecedario. De hecho, a lo largo de mi existencia siempre he tenido un emplumado compañero en mi hogar. Claro que ninguno como aquella entrañable cotorra monje, Marcelino, que vivió siete años conmigo y a la que licenciamos con el cambio de vivienda por miedo a molestar a los vecinos. Trágica elección. La verdad es que aún no me he recuperado de su ausencia, menos aún cuenda contemplo a su coloreado sustituto, ese agresivo agapornis que de tenerlo por Don Juan Tenorio, desde su viudedad, se ha convertido en la versión aviar de Jack el Destripador. El porqué cuento este rollo es sencillo.

Esta mañana anduve por la casa de unos vecinos para cumplir un recadito materno. Ante mis ojos pude contemplar dos jaulas, de tamaño estándar, repletas de coloreados periquitos. Quizás no me hubieran impresionado tanto de no ser que acababa de acondicionar a mi silencioso pájaro-asesino. Se les veía ciertamente contentos, y a juzgar por las explicaciones de su dueña, eran devotos a la juerga cantora y, a tenor de su número, a obscenas bacanales. Camino a mi morada, reflexioné sobre algo que siempre ha obsesionado a mi obsesivo cerebro. Ello es el si estas bellas criaturas de veras son felices en sus jaulas, si sienten algún tipo de anhelo, si se manchan de lamenta, de tristeza, si sueñan con la libertad de los cielos. Supongo que es el inexcusable síndrome de todo carcelero. Pensar si es justa su acción, si tiene justificación, si es conveniente, o, más aún en nuestro caso, si es biológicamente pertinente.

Hasta hace bien poco crié aves fringílidas, o lo que es lo mismo, jilgueros, verdecillos, pinzones y, sobretodo, canarios. Me seducía el poder tener un orfeón aviar en mi hogar, tenores de los cielos contratados inmisericordemente por mi libre albedrío. Ciertamente participaron de la afición de los alegres periquitos, y se multiplicaban como si hubieran leído las Sagradas Escrituras en cuanto a las multiplicaciones de Jesucristo. No sé, le daba vueltas al tema, pero me parecían ciertamente felices. Cantaban, comían, se relacionaban, y ante todo, se reproducían.

No creo que el ave tenga sentimientos en tanto que sensaciones, ajenas a la lógica pero no al lenguaje y la conciencia. Precisamente por ello, porque, a juzgar por nuestra ciencia, carecen de lenguaje y de razonamiento. Aunque tal creencia, como toda proposición empírico-científica, carece de valores de verdad absolutos y, en esencia, es controvertible.

Sabida es la capacidad para resolver algunos problemas de matemática muy primordial por parte de loros, cuervos, primates e incluso pulpos. No obstante, la cuestión me parece no merodear por tales parajes sino que hace referencia, quizás con la intención de justificarme, a la posición de nuestras acciones en la naturaleza.

Me explico. Me produce cierta controversia afirmar que todo lo hecho por la acción humana transciende de lo natural configurándose en un término antónimo como es lo artificial. La teología monoteísta, ya sea hebrea, musulmana o cristiana, más que en términos de lo natural o lo artificial lo reduce todo a la creación, y voluntad divina. Desde mi posición agnóstica, quizás lo reduzca, equivocadamente con mucha probabilidad, a una unidad, lo natural. Me cuesta aceptar la tendencia de nuestra especie a caer en su extrema singularidad, a obviar nuestra pertenencia al medio y ese todo que es la Naturaleza.

¡Es que nosotros podemos dominarla!, me alegarían muchos. Cierto, o por lo menos aproximado. La podemos modular, a mi ver, que no gobernar, puesto que no podemos frenar, por poner claros ejemplos, ni la tectónica de las placas ni los fenómenos volcánicos. A modo de apunte metahistórico, quizás haga falta recordar que las algas unicelurales primordiales generaron el oxígeno del que se alimentan nuestras células. Es decir, modularon la Naturaleza, la cambiaron y así nos facultaron para poder existir.

¿Qué tiene que ver ello con los agapornis, los canarios y los periquitos? Pues que mi proposición es la de afirmar que nosotros somos, irremediablemente, parte de la Naturaleza. ¡Bravo, ya está aquí el ecologista! Lo cual significa que lo artificial en tanto que oposición privativa de lo natural no existe y que debe reducirse espcíficamente a todo lo perteneciente, dentro de lo natural, a lo humano. Tirar una lata en el bosque o contaminar todo lo que nuestra técnica nos permita son parte de la naturaleza. ¡¿¡Cómo, se nos ha vuelto ahora ultraconservador el niño!?!

Déjenme explicarme. El hombre como las primordiales algas unicelurales puede modular, que no dominar, el mundo. Al igual que los elefantes derribando bosques o los hipopótamos estercoleando ríos generando nuevos habitats y conservando los canales de la sabana. Bien, por fin surge mi conclusión. No acabo de definirme sobre si las aves en cautividad son prisioneras enjauladas o partícipes de nuevos hábitats creados por la acción humana, como el del río por los hipopótamos. Nosotros podemos ser artesanos, moduladores del medio creando y mutando los ecosistemas que nos precedieron. No lo sé. Pienso en esas especies de canarios que sólo existen en cautividad, esos híbridos de canario y jilguero, esas aves tropicales salvadas por la acción humana al criarlas en cautividad. No lo sé. Quizás estoy equivocado, quizás no, quizás es que estoy yéndome por complicados derroteros o simplemente, que me pesa en exceso mi instinto de carcelero.

sábado, 17 de marzo de 2007

Binominos cruciales

En la actualidad existen personas que, como Serafín Fanjul y su obra “La Quimera de al-Ándalus”, intentan dinamitar el mito del al-Ándalus afirmando cómo la fantasía y la moda impregna tal visión y cómo imperaba, en tales sociedades, un sometimiento, o cuanto menos, trato diferencial a los no árabes (dhimmah). Cierto es, que desde mi condición de estudiante de Derecho no puedo dejar de referirme a la existencia de comunidades jurídicas diferenciadas dentro de la sociedad islámica. De hecho, cristianos y judíos, vivían bajo la protección del sultán con derechos diferenciados, teniendo la facultad de poder establecer sus propios tribunales para asuntos civiles tales como el matrimonio o las sucesiones. El culto religioso estaba permitido, si bien debía permanecer en la intimidad y no restar brillantez a los actos festivos y litúrgicos de los siervos de Alá. Algo de razón quizás lleve el profesor Fanjul, pero quizás, no siendo, de su agrado mi posición, debamos dar todas las vueltas posibles a la “litigiosa tortilla” y apreciar todos sus aromas, visiones y consecuencias.


Imagen: Palacio de la Alfajería en Zaragoza (Sede de las Cortes de Aragón)

Poca duda cabe, y a los vestigios existentes en nuestro país me remito, de que la sociedad andalusí, como también la siciliana, fueron caldos de cultivo, más que de radicales yijadistas de Alá, de grandes obras arquitectónicas, transmisión de obras grecorromanas (pérdidas por los cristianos hacía tiempo) o importación de deliciosos manjares. Quizás por la mano impredecible de la Rueda de la Fortuna, o quizás por causas mayormente contrastables, la radicalización de las posturas islámicas, ya en la Edad Media, coinciden con ciertos factores a los que no podemos estar ajenos: el auge del Occidente Medieval cristiano (con el crecimiento de las ciudades y la burguesía en el Siglo XI), los últimos coletazos del moribundo Bizancio, la irrupción de los pueblos turcos o, más que nada, las Cruzadas.

Sin tener que acudir a tiempos, quizás ya algo pretéritos, sólo debemos percatarnos de la situación imperante en el Oriente Medio de nuestros días. Edward Said, como gran exponente, escribió su obra cumbre “Orientalismo” sin saber que la misma sería esgrimida como espada por los nacionalismos islámicos contra el enemigo occidental. Obviamente, las causas ya no serían las Cruzadas, Bizancio o la revolución económica del Siglo XI sino el colonialismo y el declive de la potencia otomana. En aquellos tiempos se engendraron nacionalismos de reacción, pero poca duda cabe de que el fenómeno, ya en aquellos tiempos, como en la Edad Media o en nuestros días tenía otras, digámoslo en términos en exceso economistas, externalidades…

No hace falta decir, que con las Cruzadas (incluida la Cruzada española o “Reconquista”) y radicalización del occidente cristiano, junto con el declive de la sociedad andalusí, las posturas en el mundo islámico correlativamente se excitaron en grados extremos. Frente a la Reconquista emergieron los almohades, reconquistadores a su manera de la Valencia del Cid. Mi postura al respecto sería hacer un fácil razonamiento, ¿acaso no fue de conveniencia cristiana, o mejor dicho, de los reyes cristianos la radicalización andalusí, e islámica en general, como pretexto para sus conquistas?

Valga recordar, que ni con al-Ándalus ni con los almohades la Península Ibérica fue invadida en masa por los pueblos del Magreb. La dinastía Omeya, que fundó el reino andalusí, no fue más que parte de una nobleza caída en desgracia que se refugio en las llanuras de Hispania junto con sus mesnadas. ¡Claro que llegaron guerreros de la otra orilla del estrecho, e incluso inmigración y también hombres cultos y cortesanos! Pero tanto bajo el dominio godo, como bajo el islámico, o incluso bajo el romano, pese a las inmigraciones existentes, el grueso de la población continúo siendo hispana. Es decir, a lo largo de la historia no pasaron grandes flujos humanos sino que fueron mayoría aquellos que fueron en un tiempo musulmanes y en otro cristianos, como antaño fueron mayoría los napoleónicos en Francia, los partidarios de Atatürk en Turquía o los de Milosevic en Yugoslavia. El pueblo llano se corrompe a la voluntad del poder imperante y de sus dirigentes. Pan y circo, dijeron los romanos, es de lo que se nutren las masas populares en demasiadas ocasiones.

Volviendo al conflicto islámico, no sólo en la Edad Media, sino también en la actualidad, aquí quizás mi opinión sea más controvertida, la radicalización islámica ha sido de la conveniencia de la elite dirigente, más que cristiana, digamos occidental. ¡En qué cabeza cabe que a Bush y sus maliciosos consejeros les conviene un Islam culto! ¿Para qué? ¿Para que se manifiesten a favor de la nacionalización de SUS recursos? ¿Para que conciban obras culturales dignas de respeto y admiración por parte de los súbditos del Poder Occidental?

No nos engañemos, nuestra sociedad está sostenida a binomios cruciales. Bush – Yihad, Imperialismo – Nacionalismo. Aquellos que dejan sus vidas en sangrientos actos terroristas no son expertos en teología islámica sino miembros de una sociedad desgarrada por sus propios miembros bajo la mirada complacida de la dirección occidental. No los quiero justificar sino simplemente intentar buscar las causas. La Tercera Guerra Mundial existe y sólo hace falta ver Afganistán o Irak, miles de personas mueren, ¿¿¿¿por la fe????. No, por la vida, por evitar la esclavitud tácita entre civilizaciones. Claro que, quizás no debiera decirlo, puesto que yo soy el primero que no podría escribir estas líneas sin participar del invento.

viernes, 16 de marzo de 2007

Elegía a un viejo amigo


No son pocas, en mi aún corta vida, las veces que al llegar a San Vicente, en lugar de seguir por la actual carretera he seguido por el camino de piedra que nace a los pies del humilde monumento. No muy lejos, entre campos de trigo y juncos buscadores de agua, se alza el antaño servicial, ahora torturado, puente romano.Construido, casi con toda seguridad, por funcionarios del antiguo Imperio Romano, lleva prácticamente inmutable la increíble vida, que sus aproximados 18 siglos le han proporcionado.Muchos y variados pesos ha tenido que soportar, desde el paso de las legiones romanas y hordas bárbaras a humildes pero serviciales mulas cargadas con pesados carros. Pero en la actualidad no son estos cuadrúpedos animales quienes le producen sus particulares dolores lumbares sino que son bestias de la tecnología moderna y de nuestro continuo afán por el dinero y la destrucción.“Hordas” de pesados tractores y cosechadoras, por no hablar de otros transportes, han ido pasando a largo de los últimos años por nuestro anciano puente produciéndole heridas que pueden ser mortales. Gabriel García Márquez bien podría haberse referido a su muerte en su célebre obra pues es casi segura su realización.El problema está en la mesa, bien puede ser ignorado, pero si su muerte se consume: ¿Quiénes serán los elementos que nos expliquen nuestra propia historia colectiva y la de nuestro pueblo? ¿Quién será el buen samaritano que preste su gentil mano al único propósito de darle los más meros reconocimientos a su milenaria labor? ¿Serán acaso aquellos que le han herido? Ahí esta la pregunta, pero ésta exige respuesta.

(publicado en la Revista El Cantón del año 2003)

En febrero de 2003 el anciano puente se hallaba, como denunciaba este breve artículo para la revista de la Asociación Cultural de Amigos de Anguita, en un mal estado, muestra del paso del tiempo no sólo en lo orgánico sino también en lo pétreo e inanimado. Sin embargo, cierto es que en demasiadas ocasiones el remedio es peor que la enfermedad y se estropean vestigios del pasado con implantes del presente, puestos como muletas a la pétrea artrosis de la que adolecen, dejando mucho que desear, no sólo al arqueólogo aficionado, sino también al científico y al ojo profano. La verdad es que hay veces que es preferible el desgaste a la mala arte y así me lo confirman rehabilitaciones presentes como la del arco romano de Medinaceli o la propia Torre de la Cigüeña emblema del propio pueblo de Anguita. Restaurar o estropear, si es que alguna vez se diferenciaron, parecen ser el inexcusable binomio actual sellado en nuestro cerebro, quizás es que sea para algunos difícil de comprender para qué fueron creados estos jubilados monumentos y hacer un buen uso de ellos sin que se les pudiera calificar de ancianos maltratados.

Para conocer la Torre de la Cigüeña, y el pueblo de Anguita en general, pueden visitar la excelente web indicada en la lista de links favoritos:

http://www.geocities.com/anguita_guadalajara/

Para conocer la bellísima localidad de Medinaceli existe la posibilidad de realizar una visita virtual a través del siguiente link:

http://www.medinaceli.info/aytomedinaceli/visitavirtual/VisitaMedinaceli.html

jueves, 15 de marzo de 2007

Gorilas en la escalera

Quisiera ir algún día al Zaire, sí la actual República Democrática del Congo, ese infierno continuamente en guerra, dictaduras, asesinatos...; pero también de selváticos vergeles ecuatoriales cubiertos de vegetación, aves y gorilas. Casi con mayor misterio que el más piadoso de los milagros, los gorilas sobreviven en los altos volcánicos de la selva de Virunga, uno de los últimos refugios del apacible gorila de la montaña. Primos gentiles, fuertes y a veces un poco desalmados, siempre me han causado curiosidad esas adorables bestias de espaldas plateadas. Esos machos capaces de tronchar el más duro tronco y de flagerarse inmunemente a base de gigantescos mamporrazos. Quizás sea la ilusión, las ganas, el sueño guardado en la habitación trasera de mi cerebro, aquello que, si bien a Guillermo del Toro le hace ver monstruos, a mi me hace ver gorilas de espaldas plateadas.

Recuerdo como un martes (o quizás un jueves) al subir por las escaleras felizmente descubiertas, que antes pensaba que nos estaban vedadas al alumnado, me crucé con un par de hombres armadurizados en caros trajes. Sí, también con uno de esos trastos conocidos como Blackberry, el maletín de caro cuero y los zapatos bañados en betún hecho a bases de caviar, o eso parecía a juzgar por los andares. La verdad es que me recordaron a gorilas. No porque anden lustrosos denunciando su amor al lomo y al solomillo, sino por aquellos pasos que me recordaron a mis plateados amigos. Esos primos simios que lucen espalda retando a ver quien se impone en hervor, nervio y sobretodo en plata.

Más que Darwin, tengo miedo a parecerme al mono. No, me cae bien el gorila pero no quiero tener el trasero brillando. No, me resisto. Soy chuleta pero me jodería, si es que acaso algún día los tuviera, ser apéndice de un duro antropoide enpesatado en euros y dolares cambiados. Formar parte del club, de lo fashion, del alto de la pirámide competitiva, del superpredador que a sus inferiores va pisando. Si es que acaso tengo honor no lo quiero sacrificar por el vicio dorado.

La verdad no lo sé. Quizás prime más la plata que lo pueda ir pensando, la cartera que el discurso, el salario más que el glosario. No sé si es que he estado ciego, o ingenuo, tonto o descentrado. Quizás esto sea un sueño, o sencillamente que estoy madurando.

lunes, 12 de marzo de 2007

Javi y la acera de chocolate

Los horarios, y todo sea dicho, la desconfianza renfiana, me hacen salir a la intemperie a tempranas horas, quién sabe si para estudiar o bien, quizás, para pasar lista al gallo, la alondra y los cafés con ensaimadas. La verdad es que prefiero los churros con ese expesito y aromático chocolate que endulza los labios de mi ya suficientemente enDulceado (la falta de ortografía va con segundas...) ser. Bien no sé si por el deseo de tan apetecible premio o por las ansias de que fuera domingo y no lunes, bien con legañas y con el saborcito a ColaCao aún resbalando por mis encías, la verdad es que salgo a la calle y en el pasear a la estación me sitúo en un dalhiano cuento. La verdad, es que ni el, siempre matutino, vecino de la esquina, me parece Willy Wonka, ni los esbeltos bloques vilasareños tabletas de chocolate pero sí que es cierto que a la medida que voy andando con, quizás en exceso, apresurados pasos, me encuentro con que salteo pastelerías aceradas llenas de profitelores, bizcochitos, huesitos, kitkats... ¡qué gran estante de enchocolatada repostería! No sé si los últimos suspiros de la fase REM o que van pasando las horas de la eterna mañana, me hacen darme cuenta de que ni estoy en la Fabrica de Chocolate, ni con Ronald Dahl, ni tomando paladín a la taza. No, lo que casi piso son regalos anónimos al buen paseante, minas antilimpias suelas cargadas, dicen algunos, de buena suerte. La verdad es que a mi me parece puro estiércol salido, en muchos casos, de consciente horno. No me refiero a los autores materiales sino a sus humanos inductores. A ésos que siempre te dicen que el suyo no muerde contestando a tu deseo de no llenar de pelos tu ropaje de turno. Esos que no sólo no pagan más impuestos, sino que ensucian y estropean los urbanos azulejos de todos. "Res" los consideraban los romanos y lo mismo yo en su sentido latino como en la más catalana de sus connotaciones. Los perros son seres animales, como el buitre o la salamandra, como el tiranosaurio y la urraca. No me parece que tengan más derechos que el burro o la cabra, me parece más bien que son sujetos a nuestro evolutivo albedrío, ocupando el sitio, el hábitat que a nosotros nos da la realísima gana. Dicen que los hay millonarios en dinero, yo añadiría que hay insolidarios locos en potencia que prefieren mimar al perro y, de paso, pasar de los hijos o, miserablemente, del abuelo. Quizás antes que Gilgamesh, me he dado cuenta de mi mortalidad, de que mis manos no son divinas, de que si algo pudiera hacer, si bien aquella película que a mi algo me gustaba en aquellos pretéritos tiempos decía que "todos los perros van al cielo", yo los mandaría con sus amos a una alternativa posada. ¡Que bien calentitos estarían!

domingo, 11 de marzo de 2007

Pon que hablo de Madrid

Quizás aunque a mi pesar no tenga el don de la nigromancia, no sería austero, ni ruin pero sí dotado de gran cariño y aprecio, hablar hoy de esa villa que en la lejanía no sólo no le tengo rencor sino amor verdadero. Me acontece que se trata de un cariño pasajero como el de dos amantes que les separa el mar y cada uno va en un gran naviero. Quizás tenga grandes dosis de desconocimiento, y no menos de envidia y de desconfianza, pues no hay duda hoy de que la urbe madrileña es capital y reina en España. Bien, me sincero y muestro pleitesía pues de hacer los dientes largos poco sacaremos en las costas de esta, nuestra catalana tierra. Madrid es Madrid y nosotros Barcelona que, precisamente no es poca cosa.

Somos capital de la moda, de las nuevas tendencias, del turismo de calidad, del diseño... y una larga lista. No nos engañemos carecemos del potencial económico madrileño en lo referente a grandes sedes empresariales y inversiones de capital extranjero. Madrid se está convirtiendo en una capital inserta en la locomotora de la globalización, pero nosotros no nos quedamos atrás sino que vamos en un tren diferente. El tren del salto cualitativo, de ese verdadero toque diferencial. Lo dijo Ramoneda en un artículo anteriormente citado, y yo opino, desde mi humilde entender algo parecido.
Nosotros fuimos olímpicos, que lo sean otros, y quién mejor que nuestra ciudad hermana, pues solo quien tiene lazos se discute pues quien no los tiene simplemente se desconocen. Lo bueno para el uno no es necesariamente malo para el otro. En estos días de melancolía y de recuerdo, quizás sea bueno no caer en las resbaladizas pendientes de lo político, del estereotipo, del mote y del abucheo. Madrid es de derechas, de izquierdas y de centro, pasando por todos los tonos de grises. Me duele la generalización a la que a veces tendemos en cuasi biológicos, todo sea dicho, ataques de cainístas celos. Ello no implica que no debamos ser exigentes con el "papá" Estado y no dejarnos discriminar de buen grado.

Merengues v.s. mantecados

Con más moral que el Alcoyano, hoy me disponía a compartir una agradable jornada de balompié en la más honorable de las parroquias. Un derbi así lo merecía, y también la compañía. Parecía que, pese a no estar en sus mejores días, ese, diría Quevedo, hombre a unos dientes pegados podía tener, no el Balón, pero sí un partido dorado. Pero no fue así, una vez más se demostró el porqué de la monotonía, en lo que al color se refiere, de los podiums de atletismo y el porqué sobre algunos jóvenes no sólo se depositan confianzas sino también ilusiones.
Nada más desilusionante, el gran partido que toda España observaba con empeño, menos mal que gratuitamente, pareció padecer un ataque de esquizofrenia y mutarse en un encuentro entre merengues y mantecados. Patadones, pataletas y goles, que sólo hubiera faltado que fueran en propia meta. Ante tal orgía de desorganización y desconcierto el magno espectáculo pareció, hoy más que nunca, ser una guarida de cerdos, eso sí, caros como el mejor patanegra. Pero si de joyas cuatro jotas hablamos que mejor demostración que la de ese individuo que parece no acabar de llegar a Ítaca, quien sabe, sólo por curiosidad, si no será para quedarse.
El morenamente vestido, como siempre, juez imparcial pero sin prefijos, pitó y repartió más tarjetas que Calimero para su Primera Comunión. Sergio Ramos demostró ser de la generación de Son Goku y Márquez haberse saltado varias sesiones de Barrio Sésamo. Las cosas como son, el Barça "més que un Club" parece un vestuario en malas horas, quién sabe si el fatídico escarabajo que acaba con todas las palmeras de mi pueblo ha encontrado, por fin, una nueva casa.

viernes, 9 de marzo de 2007

Saurios politizados

Hace ya bastante tiempo, dentro de mi aún corta existencia, entró en mi antiguo piso mi madre con un regalo muy especial. Lo recuerdo como el primer día. Bajo el brazo llevaba el primer ejemplar de una colección que cambiaría, quizás aún no sea lo suficientemente benévolo con la descripción, mi aún lozana vida. Del fascículo acartonado sobresalían huesos de ficticio plástico tratado. Huesos con el don de la luminiscencia, capaces de convertirse en afición y, una vez apagadas las luces, en peor pesadilla. No obstante, los huesos no dejaban de ser un juego, el arma que dinamitaría, o mejor dicho, dinamizaría, en lo sucesivo, mis neuronas fue el pequeño fragmento de libro que venía.

Quizás era una afición latente, lo cual implica que ya existía pese a que no se me había manifestado aún con todo su potencial seductor (¡cognoscitivamente hablando claro!). Me gustaban los dibujos animados que yo llamaba "los dinos" pero cuyo título no recuerdo. Conocía algún nombre de dinosaurio gracias a aquel legendario fascículo de zoobooks que permanece especialmente protegido, como si del Santo Grial se tratara, en mi biblioteca. Pero ya le conocía a él.

Una vez abrí la primera hoja de tan logrado regalo me encontré con el saurio rey. Allí estaba a todo color el Tyrannosaurus Rex, el soberano de las tierras cretácicas, archienamigo de Triceratops, señor de los infiernos del mesozoico. Bien aquello es lo que pensaba. El coetáneo estreno de aquella gran película, en aquel entonces (farsa una vez uno conoce algo de los dinosaurios) titulada Jurassic Park me ratificó en mis sospechas. No hubo ningún otro saurio con un poderío inserto como del que pavoneaba el rey de los tiranos, no había mayor reino que las llanuras del Cretáceo norteamericano. Bien, eso pensaba.

(En la imagen Tarbosaurus Bataar tiranosáurido de las hinóspitas tierras mongolas)
imagen: (con consentimiento ;-) http://thunderlizard.gn.apc.org/prehist.html)

Recuerdo que en uno de mis viajes a las sureñas tierras de Andalucía, me hallaba en el porche de casa de mis abuelos cuando me percaté por el telediario de que se había descubierto un gran dinosaurio carnívoro en tierras argentinas. ¡¿Cómo, el rey destronado?! Efectivamente se había descubierto fragmentos de aquella gran fiera llamada Giganotosaurus. Aquello de lo que no me percaté en aquel momento es de que ya se conocían otros dinosaurios mayores al tirano como Carcharodontosaurus o Spinosaurus.

Bien, alguno pensará que ya me estoy extralimitando con tantos nombres reptilianos. La clave de su mención se halla en que todos fueron, se cree, de mayor tamaño que el tiranosaurio. Un mito menos. Lo especialmente curioso es como el arsenal mediático convertido en libros, dibujos animados, series... sigue encumbrando al rey destronado. !Ah, lo había olvidado! ¿Acaso no medraba por las llanuras de Estados Unidos el Rey Tirano?

La sorpresa no terminaría en eso, con posterioridad se descubrirían otros espécimenes como Tyrannotitan. ¡Genial, otro espécimen mayor que T.Rex! El problema no sería ese, sino que el dichoso descubrimiento de nuevo se halló en Argentina. ¡Recórcholis!, diría aquél, ¿no habíamos quedado que el reino de los dinos estuvo en las llanuras de EEUU?

Así pues, dos familias se erigieron como superiores, en tamaño a la de los tiranosáuridos, los espinosáuridos y los charchorodontosáuridos. Curiosamente, existe una especie, Acrocanthosaurus que no se sabe colocar en ninguna de estas dos familias en concreto. El caso es pertenecer a una de los dos, ¡no fuera a ser que no hubiera ningún dinosaurio de la familia en EEUU!

En conclusión, debes ser norteamericano para ser un dino famoso, bueno, ¡ o ser Fraga o Pujol claro está! El fenómeno no se limita a los terépodos (dinosaurios carnívoros), sino que también se reproduce con los saurópodos (dinosaurios con cuello largo) pero ello será tema de otro artículo.

jueves, 8 de marzo de 2007

Estadios y política

Dejando a un lado Santa Sofía y el Palacio Bucoleón, quizás el edificio más atractivo para el ojo foráneo dentro de Constantinopla fuera el hipódromo. Con no menos de 100.000 espectadores, se consideraba un coloso equiparable a cualquier obra efectuada por manos divinas. Era el centro del espectáculo, del ocio, de la "cultura" y de la política.

Las carreras de aurigas encandilaban a los ciudadanos bizantinos más que cualquier otra actividad. Los participantes eran los Ronaldos y Romarios de la época, pero con la gran diferencia de que en Constantinopla todo domingo había dervi. Dos grandes facciones se alzaban como grandes rivales, los azules y los verdes. Cada facción tenía sus cuchitriles, barrios, vestidos y políticos. La democracia no existía en los dominios de basileo pero sí la demagogia. Las carreras se extralimitaban de lo deportivo discutiéndose cualquier asunto social, económico o marcial en el graderío. Los romanos quizás no los inventaron pero no hace falta decir que conocieron al fenómeno hooligan. Las bandas de ambas facciones establecían su ley en sus calles, siendo algo más que comunes las coacciones y asesinatos.

En no pocas ocasiones, las guerras entre facciones no se limitaban a rencillas grupales sino que se configuraban como auténticas revueltas del pueblo. Ello fue lo acaecido durante la Revuelta Nika. El pueblo comenzó una revuelta violenta en el hipódromo con el sino de desposeer de la púrpura a Justiniano. Al grito de "Nika" los aguerridos manifestantes provocaron graves disturbios, incendios y calamidades. Era tal el estado de nervios del basileo que bien pensó en abdicar a lo que Teodora contesto que bien pudiera exiliarse pero que respecto a ella prefería quedarse ya que "la purpura es un bello sudario".

El general Belisario acabó con la revuelta con un gran mar de sangre. El pueblo comprobó la fuerza de la maquinaria coercitiva del Estado Bizantino, su imperium. La revuelta se solucionó y Belisario alcanzó la reputación necesaria para que Justiniano y Teodora le otorgarán el mando del ejército romano para las conquistas que posteriormente llevaría a cabo.

Imagen: Restos del antiguo Hipódromo de Constantinopla (Estambul)


Bizancio no tenía Parlamento, tenía al hipódromo. El marmóleo coloso no sólo servía de foco de distracción sino que era una auténtica ágora impregnada parasitáriamente por el éxtasis, nerviosismo inherente a los acontecimientos deportivos. El deporte de las aurigas era más política que cualquier otra cosa diferente. El propio Emperador tomaba partido por alguna facción siendo la otra una guarida excelente para toda eventual oposición al basileo. El hipódromo era un altavoz inmejorable para las quejas, insultos y demandas del populacho.

Mutas mutandi, poco ha cambiado. El deporte continúa trascendiendo el ámbito del entretenimiento alcanzando los resbaladizos contornos de la política. El binomio constantemente se cambia, se modela, se asocia o se modula. El Emperador purpurado se sustituye por las autoridades políticas que pueblan los palcos, el gran chambelán por títeres, personajes que contentan al régimen de turno manejando a la multitud según la deriva de sus intereses.

El público es punzado maléficamente para que se pronuncie violentamente contra el enemigo desde arriba escogido. La exaltación, catarsis del momento ayuda al poderoso. El fútbol lanza la pelota al palco, en él se juegan los partidos de cómo se modulará la opinión pública, si se recurrirá a uno u otro escuadrón de linchamiento, sea cubierto o encubierto. La democracia, si es que efectivamente se llegó a perfeccionar, se pervierte, se asimila al rival político de turno con el equiparable en lo deportivo. El equipo prójimo y sus seguidores se hacen miembros de la facción contraria. Los seguidores del otro son facción con unos supuestos intereses e ideas comunes. No de tácticas ni de regates sino de identidades y pretensiones para la orgásmico sensación del ocupante del palco.

La libertad de expresión, así como lo fashion o lo políticamente correcto se convierten en una masa amorfa que pervierte sus propios fines subyacentes para exaltar irresponsablemente al proletariado con los objetivos del dirigente de turno. En los estadios no hay espectáculo sino política, en los parlamentos viceversa. ¿Quién sustituye al palacio Imperial y quién al hipódromo en nuestro días? ¿Dónde se hace la política y dónde el espectáculo?

miércoles, 7 de marzo de 2007

¿Qué es la Nada? preguntó Atreyu

Fujur, Morla, la Torre de Marfil, Gmork... son personajes fantásticos, no sólo en cuanto a su concepción sino también en cuanto a su existencia. Sin embargo, con el pincel inmisericorde de la retratística, Ende parece retratar a la cruel Nada tal y como es. Niebla inabordable que acaba por impregnar todo lo creado, todo lo deseado, todo lo pensado.
El mundo tiende al desorden. Es una afirmación que defienden los físicos cuánticos más autorizados. Ello se puede comprobar empíricamente lanzando contra el suelo una baraja de cartas, rápidamente constataremos, cómo por ley imperativa, las cartas caen desordenadas inevitablemente. La complejidad es el contrapeso al Caos. Nada y Caos pudieran defenderse como sinónimos.
La gloria, el ímpetu, el sentimiento nacional, la religión... son manifestaciones de nuestra adversidad ante el desorden. Ello no es específicamente humano, la vida se contrapone al desorden, el Universo parece que también. Así se justifica por la física la existencia de agujeros negros, abstrayéndose de conceptos como espacio y tiempo que no dejan de ser magnitudes cuantitativas no carecterísticas empíricas.
Nuestro cerebro es adverso a la soledad del individuo. Debe establecer cierto orden "en nuestras cartas" para no caer en el desaliento. Polvo eres y polvo serás dijo, parece ser, aquel hombrecito con barba, sin embargo, claro es que desde un punto de vista, quizás deboto de mi "oficio", la muerte es el mayor mecanismo de equidistribución de beneficios y cargas, uno puede enriquecerse más o menos haciendo el hoyo pero todos acabamos,`pretérita o futuramente dentro de él.

domingo, 4 de marzo de 2007

Sangre de Occidente

Ocho veces pasaron las infatigables grullas, otras tantas los salmones se alzaron sobre las aguas de los ríos, cuatro veces migraron las magnánimas ballenas, cuatro veces nos reunimos en Nochebuena, otros no tuvieron tanta suerte. La naturaleza no cambía, el hombre, si es que es independiente de ella, tampoco. Cuatro años han pasado e Irak continúa igual que cuando se me ocurrieron los siguientes versos, ya son 37.000 muertos oficiales y la sangría sigue...
Es tu hora Mesopotamia guerrera, es tu afamada hora de defender tu tierra. Resurge del Tártaro, que la guerra aflora, resurge del Hades, que la muerte asoma. Asiria, Babilonia y Sumer, se requiere comunión demostrad al ingenuo mundo como sois fuertes en unión. No discrepéis por viejas decisiones, pues asoman las sajonas legiones. no discutáis ahora por vuestra tierra. que los infames bárbaros gritan la guerra. Unidas en una bandera sois una con tierra, unidas en una bandera sois la vieja señora de la guerra. El sol nace en Oriente, levantad las mesnadas a calentar sus sienes, que conozcan la historia que Mesopotamia tiene, que para nada es menos que la de esos bárbaros crueles. Que Bagdad resista, urbe de ciudades, que Nínive resurja, madre de leyendas colosales. Que Basora acabe con las huestes infernales, que Babilonia reviva de sus arenales. Gritad Mesopotamia que esta es vuestra tierra, caminad con orgullo y ganareis esta guerra.

(premio Vilatzara 2003)

Referenciada en: Espacio de Isaiah/i347

sábado, 3 de marzo de 2007

El Campo Taranz

“por las Cuevas d’Anquita ellos passando van,
passaron las aguas, entrando al campo de Taranz,”
(Cantar de Mio Cid)


No son pocos aquellos que al subir al Campo ven con cierta mezcla de pena y de nostalgia como una basta paramera de aliagas, tomillos y cambrones, antaño transitada por rebaños, se alza al transcurrir de los tiempos sin mayores cambios que el paso del día a la noche. Bien es verdad, que en aquéllos que por nuestra edad no pudimos presenciar tales rurales acontecimientos la sensación de irrelevancia, de tierra sin mayor utilidad ni interés, igualmente contagia nuestras pupilas no mostrándose nada más ante nuestros ojos que un plano, por lo general irregular, rico en setas en otoño y en el que se alzan tres bosques, dos de coníferas junto a otro de horrendo material férreo. Lo que para el común de los mortales parece más increíble es que precisamente sea la parte de ese terreno, sin más árboles que alguna descarriada sabina, donde perdura el más rico, en lo que a su singularidad se refiere, de los ecosistemas de Anguita.

Limítrofe con la Paramera de Maranchón, el Campo de Taranz, ventana esteparia con vistas a lugares más o menos lejanos como el Moncayo o la vecina Medinaceli, es el reino de ciertas especias animales y vegetales que pese a ser familiares para buena parte de los anguiteños, destacan en lo relativo a su singularidad para el ojo foráneo. Dentro de este extremadamente duro reino, destaca una emplumada infanta cuya protección se persigue también en nuestro pueblo como en el resto de su escasísimo ámbito de distribución, se trata de la alondra de Dupont (Chersophilus duponti). Vespertina cantante de los solitarios amaneceres en el Campo, no es de extrañar que los trovadores medievales cantaran poesías refiriéndose a ella donde el caballero amante de princesas abandona el lecho de sus queridas cortesanas al escuchar el canto de la alondra, infalible e incombustible despertador de la estepa castellana. Quién sabe si el Cid, que por estos parajes pasara, tuviera algún favor que agradecer por ello a tal servicial ave. Lo cierto es que en la actualidad sólo parece cantar a sus vegetales señores, sabinas de extraordinaria vejez, que se alzan en el Campo como colosos alzados a los cuatro vientos.

Si bien, no es Anguita quien más pudiera presumir en la comarca por el número de ellas en su haber, bien es cierto que las sabinas cada vez más colonizan un terreno donde se prefieren los extranjeros pinos a la vegetación propia de la zona. Tesoros de incalculable valor ecológico, al igual que la alondra de Dupont tienen un ámbito de distribución limitadísimo, siendo la Península Ibérica (Soria y Guadalajara muy especialmente), partes de Francia y el Magreb sus últimos reductos. La humildad de tales árboles es ejemplar, contentándose con suelos calizos extremadamente pobres que les hacen ser dueñas y señoras de sus alpinos territorios. Veteranas combatientes en la guerra contra el frío, las sabinas son capaces de sobrevivir a gélidas temperaturas, así como, una vez difuntas, servir como inmejorable madera para la construcción de vigas y escalones, así como de rústicos armarios debido a la creencia popular de que su madera eS capaz de ahuyentar a las implacables polillas. Ello les valió una gran reputación que a punto estuvo de costarles la extinción y que justificó la inexcusable protección de la que en la actualidad son objeto.

No obstante, la paupérrima piedra caliza imperante en la zona fue en tiempos intensamente pretéritos testigo de cómo durante un tiempo los grandes arrecifes de coral y mantos enormes de peces se extendían por nuestro término, estamos refiriéndonos a la que tal vez sea la mayor de las sorpresas que tal paraje nos repara. Debemos remontarnos para su descubrimiento al Mesozoico, concretamente a los tiempos de transición del Triásico al Jurásico (Liásico), hace 207 millones de años, período geológico al que pertenece la piedra caliza de la zona (contrariamente a la piedra del pueblo y de toda la zona de la Dehesa y de los Castillejos perteneciente al período Triásico.) La pregunta ha realizarse resulta de la existencia en la zona de fósiles marinos (conchas de moluscos pertenecientes a dicho período geológico) y viene a ser la siguiente: ¿hubieron dinosaurios por el Campo?

La respuesta, no obstante, en lo que al Jurásico se refiere, debe ser negativa. Parece ser que, no descartando remotas posibilidades, encontrar dinosaurios en el Campo “va a ser que no”. El caso es que el término de Anguita formó parte del gigantesco Mar de Tethys, embrión primordial del ya naciente Mar Mediterráneo. De hecho, la rotura del supercontinente Pangea[1] daría lugar al surgimiento de un inmenso mar, de nombre fantasioso-masculino, el Mar de Thetys, que cubriría buena parte de la Península Ibérica, incluido el territorio que en la actualidad ocupa Anguita.

Así pues, durante el Jurásico, las aguas del mar anguiteño no estuvieron ocupadas por dinosaurios[2], pero sí por gran cantidad de bestias que en la actualidad no habitan nuestro planeta. Desde pequeños moluscos (como los fósiles, “caracolas”, que se encuentran esporádicamente por nuestro término), a grandes reptiles de varios metros de longitud, animales como los plesiosauros que eran capaces de alcanzar los 12 metros de longitud, caso del pavoroso liopleurodon que reinaba por los mares jurásicos europeos, acechando a animales hoy extintos como los amonites.

No obstante, también para la madre naturaleza parece ser que nunca es tarde, y aquellos grandes seres, presentes en muchos de nuestros sueños, viven en la actualidad, y en abundancia, en nuestro pueblo. Cierto que no nos estamos refiriendo en tono ciertamente jocoso, haciendo desafortunada broma, a nuestros mayores sino que nos referimos a ese pequeño ser con el que abríamos el artículo. Escribimos haciendo referencia a la alondra de Dupont, pero también al buitre, a la perdiz, o al pingüino, pasando por la gallina y el colibrí, pues todas ellas, así como el resto de las aves que habitan nuestro planeta no dejan de ser las herederas actuales del legado de los dinosaurios. Ellas son sus descendientes como nosotros lo somos de antiguos mamíferos, compartiendo tanto las aves como nosotros antepasados comunes en los albores de la vida. No es nada más que eso lo que nos enseña la teoría evolutiva, quién sabe si reflexionando sobre el común parentesco que nos une a toda la vida sobre el planeta podamos estrechar aún mas nuestras relaciones cobrando un protagonismo protector, a la vez que rector, aquellos a quienes la evolución nos ha colocado en el trono de la naturaleza como especie dominante, a aquellos que a nuestra voluntad podemos plantar bosques y alzar mortales torres metálicas, aquellos que bien podemos cuidar el cambronal así como también acabar con el ecosistema del Campo Taranz.

[1] Hasta entonces sólo existía un continente formado por todos los actuales, que gracias a su progresiva división, en virtud de la teoría, unánimemente aceptada por la ciencia moderna, de la tectónica de placas, daría lugar al mapamundi que conocemos. Un curioso experimento para apreciar el fenómeno sería observar cómo en un mapamundi actual los continentes africano y sudamericano encajan perfectamente, como si de piezas de puzzle se trataran.
[2] Pues éstos eran exclusivamente terrestres, no siendo los grandes reptiles aéreos y marinos dinosaurios.
(publicado en el Cantón 2006 y en la web Soria Goig:


Información complementaria:


Para saber más de la zona existe una web que brinda la posibilidad de realizar una visita virtual por la zona de Arcós de Jalón y la parte soriana del Campo Taranz:
Igualmente informar de que en el dominical de EL PAIS de 27 de mayo de 2007 sale un reportaje de la Ruta del CID, con una foto del abandonado pueblo de Obétago (Layna) sito en el Campo Taranz.
Ambas ilustraciones por cortesía de sus respectivos autores

Cuando el fuerte abusa del débil

La inteligencia es el mejor de los regalos que nos ha donado la madre naturaleza en tanto que nos sirve de inmejorable herramienta para nuestra total adaptación al medio. La técnica, en tanto que manifestación suya, nos ha permitido cierto espacio de autonomía respecto de las vicisitudes del medio, pudiendo con ella incluso modificarlo, incluyendo los seres que en él habitan. La selección natural es quien establece las diferentes relaciones depredador-presa en el devenir de los tiempos variando éstas constantemente. Así pues, quien antes depredaba sucumbe siempre bien ante un cambio explosivo de las circunstancias medioambientales bien ante el acoso de un ser evolucionado con mayor perfección; abriéndose así las puertas a nuevas especies que salpicarán el eternamente en movimiento espectro de seres vivos que han habitado nuestro planeta.
El ser humano, antes que depredador, también fue presa, y la perfección en el uso de la piedra, sílex principalmente, y el fuego, hizo que los antaño temidos felinos diente de sable y cánidos salvajes no fueran solo potenciales depredadores sino también, cada vez más, fáciles víctimas. La superioridad del ingenio humano respecto de las adaptaciones animales ha sido algo de lo cual nos hemos enardecido a lo largo de los tiempos, como queriendo vengarnos de aquellos que evolucionaron cazándonos junto a otras presas. No son pocas las culturas que han encumbrado a sus líderes mostrándoles como los dominadores supremos de todos los que habitan en su reino así como de todos los demás seres que en él medran. Así pues, en la antigua civilización Asiria (en el actual norte de Irak) los soberanos mostraban su desfachatez y poderío acabando con la vida de cuantiosas cantidades de leones asiáticos, caza que produciría la posterior extinción total de la especie en buena parte del globo terráqueo, enardeciéndose de ser ellos, los soberanos asirios, los sujetos más poderosos del vergel mesopotámico. Las expediciones de caza de grandes bestias en el continente africano sobretodo, tan de moda en la elite occidental durante los siglos XIX y XX, y aun existente en muchos casos, nos muestra claros ejemplos de cómo este cruel hábito sigue estando en su esplendor.
Sin embargo, junto a dichas ansias de superioridad sobre aquél que con total seguridad será más débil, los humanos han argumentado en el devenir de los tiempos la caza de animales depredadores con argumentos referentes a su legítima defensa y la de sus bienes (ganado ante todo). Bien lo sabe el antaño abundante lobo, animal que gracias a su desarrollada inteligencia y sus complejas relaciones sociales llegó a habitar, casi en su integridad, el hemisferio norte. Sin embargo, bien es sabido que la peligrosidad de tales animales es ínfima en comparación con otros factores. Así por ejemplo las agresiones realizadas por perros de comportamiento agresivo son extraordinariamente superiores, que las realizadas por sus equivalentes salvajes. No deja de ser paradójico que aquel que defiende contra viento y marea las virtudes de la caza del lobo, anteriormente, o del zorro, en nuestro caso concretamente, permita que seres de la misma familia cánida que los anteriores, y dotados de especial peligrosidad, habiten en las cercanías de nuestras casas.

Quisiera que no se entendieran mis palabras como una directa crítica hacia esa presunta arte llamada caza, aunque ciertamente no sea de mi especial agrado. Únicamente quisiera hacer reflexionar sobre la incongruencia de las actuaciones de muchas personas en nuestros tiempos, declarándose amantes de los ambientes bucólicos y del monte en general, que ante nuestro colosal asombro, acaban con aquello que presuntamente aman. Dice una teoría dentro de la filosofía sobre la Tierra, la teoría Gaia, que nuestro planeta se comporta como un organismo vivo, donde cada elemento le es a ella lo que para nosotros constituye cualquiera de nuestros órganos. Acabando con parte de sus individuos, acabamos con parte de Gaia, y fuera ya de argumentos más propios de la filosofía que de las ciencias puras, debemos decir que el acabar con un ser tiene consecuencias sumamente perjudiciales para el ecosistema, resintiéndose la universalidad de los seres presentes en él con el paso del tiempo. La mosca, el ratón, el conejo, el zorro y el águila, todos ellos son fichas imprescindibles para ese gran tablero llamado bosque mediterráneo. La falta de una, nos impide disfrutar del juego, haciendo desaparecer al resto de las fichas, tarde o temprano, por mera inviabilidad.

Dicen muchos expertos, que si bien el pasado siglo XX fue el siglo de las comunicaciones, el aún lozano siglo XXI será el de la biología, los grandes avances realizados en campos como la genética así lo hacen augurar. Bien podríamos formar parte de este fenómeno y reflexionar sobre cual debe ser nuestra relación con el medio, y por qué no, con nuestro pueblo. Tenemos paisajes, que contra la tendencia imperante en nuestro mundo, aparentan plantar cara a los nuevos tiempos: creciendo, prosperando así como decorando nuestras imágenes del territorio anguiteño. No dejemos que aquello que para los humanos no carece de belleza, se vea despojado de sus, aún no suficientemente conocidos, seres. Participemos de este nuevo siglo con esperanzas buenas y renovadas de querer respetar, no solo a los individuos de nuestra misma especie, sino también a aquellos que quedaron en la carrera de la selección natural en un escalón que lamentablemente depende del nuestro.
(Publicado en el Cantón 2005)